domingo, 22 de octubre de 2017

Morelia 2017: Competencia oficial/II



Era un secreto a voces, desde antes de llegar a la capital michoacana, que la competencia oficial de ficción en Morelia 2017 no es, por lo menos en este año, el plato fuerte del quinceañero festival. Las primeras dos películas revisadas coinciden totalmente con el pronóstico (¿o era advertencia?).
A decir verdad, las dos cintas se dejan ver pero las dos, especialmente la primera, sucumbe por sus deficiencias. En el primer caso se trata de Casa Caracol (México, 2017), opera prima del potosino educado cinematográficamente en Francia Jean-Marc Rousseau Ruiz.
La cinta inicia con una mujer encerrada en un cuarto, amarrada de manos y pies, seguramente secuestrada. Pronto sabremos que la mujer en cuestión es Sofía (Rosalba García), quien vive sola, levantando de vez en cuando en algún bar a cualquier hombre (Harold Torres en cameo) que le quiera hacer el favor, por más que ella no demuestra ningún entusiasmo en hacer nada.
Sofía toma unas vacaciones y decide viajar hacia la provincia potosina, en un pueblito aparentemente idílico. Ahí conoce al agradable barbón Nico (Ianis Guerrero) que trabaja en un rústico hotelito -el Casa Caracol del título- y que, para completar para irse al gabacho, vende motita a quien se deje. Por supuesto, como ya sabemos desde el inicio,que la mujer terminará secuestrada, el asunto es saber quién lo va a hacer y por qué razón.
El gran problema de este cinta -"un Hostal (Roth, 2005) contemplativo", me dijo un colega con buena mala leche- es que el director debutante no logra crear el mínimo tono amenazante que necesita el filme. Se supone que Sofía -que, luego sabremos, perdió a su marido un buen día en el que simplemente desapareció de la faz de la tierra- está desde el principio en terreno peligroso, pero Rousseau no logra crear el ambiente ominoso que reclama la historia que, por lo demás, termina de forma tan trágica como previsible, con el personaje más inocente cargando con todas las culpas habidas y por haber. ¡Visita México!, pero recuerda, oh, patria querida que el cielo un malandrín en cada hijo te dio.
Cuadros en la oscuridad (México-Argentina-Alemania, 2017), la segunda cinta de ficción en competencia, es también el segundo largometraje de la experimentada guionista y ocasional cineasta Paula Markovitch (multipremiada opera prima El premio/2011). Como en su primera cinta, he aquí nuevamente una difícil relación entre un adulto y un niño, solo que esta vez no se trata de una madre y su hija, sino de un anciano pintor comunista, Marco, y un niño de la calle, Luis, que llega cual solovino a vivir en la derruida casa del viejo pintor que nunca exhibió nada de su obra, pues la mayor parte de ella fue realizada en tiempos de la dictadura, en la clandestinidad.
El escenario es un depauperado lugar de la Argentina, en las orillas sucias, pobres y contaminadas de alguna ciudad. La cámara de Bruno Santamaría sigue en tracking-shot dardennenianos al viejo que sobrevive trabajando en una gasolinera, mientras que elige las tomas abiertas para atestiguar la precaria vida libre de Luis en la calle.
A través de una abrupta edición ad-hoc -responsabilidad de Paloma López Carrillo, Martín Sappia y Karen Gómez Nava- se nos muestran los retazos de vida en común del viejo y el niño que, temáticamente, nos remiten de nuevo a la obra humanista de los Dardennes, solo que sin la contundencia dramática de los hermanos belgas. 
Como ejercicio de estilo la cinta no está del todo mal, pero comparada con El premio, este es un claro retroceso de Markovitch, que realizó esta película como homenaje a su fallecido padre pintor que sufrió condiciones similares a la del personaje del filme.
En el terreno del documental en competencia -¡quince películas... ¿por los quince años del festival?!- pude ver Witkin y Witkin (México, 2017), el más reciente largometraje de Trisha Ziff.
Como en sus anteriores cintas -las muy superiores La maleta mexicana (2013), El hombre que vio demasiado (2015)- Ziff centra su atención en el arte, los artistas y los que lo rodean, en este caso de los Witkin del título, los gemelos Joel Peter y Jerome, el primero un reputado y provocador fotógrafo "amante de los no amados"; el segundo, un talentoso pintor y académico.
Ziff nos muestra la obra de los hermanos -unidos desde el vientre materno y en la más tierna infancia, pero luego separados y distantes en más de un sentido-, su vida familiar, sus admiradores, sus modelos y coleccionistas, además de los elementos temáticos subterráneos que unen la obra de uno con la del otro. Un documental que cumple, por lo menos, con el simple requisito de ser informativo. 

1 comentario:

carlos arias dijo...

Excelentes críticas. Me pregunto si no hay un excesivo optimismo al creer que puede haber una "competencia" entre películas mexicanas, que usualmente están lejos de tener un nivel similar para competir entre sí. Incluso un periódico de circulación nacional tituló "Arrancan las hostilidades" para decir que empezó la competencia entre peliculas. Me parece que los promotores del cine nacional oscilan entre el modelo Oscar, con glamour y estrellas orientado al mercado masivo, y el modelo europeo de los festivales donde se promueve un cine de autor. Creo que el cine mexicano no está en ninguno de los dos casos.