martes, 30 de enero de 2018

Lo más sencillo es complicarlo todo



Hacia la mitad de Lo más sencillo es complicarlo todo (México, 2018), tardío tercer largometraje del hacedor de comedias René Bueno (7 mujeres, un homosexual y Carlos/2004, Recién cazado/2009), mi mente empezó a divagar acerca de la importancia que tiene, especialmente en el cine industrial, el peso de la estrella de cine. Y escribo “estrella”, no actor ni actriz, ya que no necesariamente son lo mismo.
Lo más sencillo es complicarlo todo es un vehículo de lucimiento de la exactriz infantil ya muy crecidita Danna Paola (la Patito de “Atrévete a soñar”/2009, la protagonista de un maravilloso gif multi-usos), quien encarna a Renata, una guapa adolescente de 17 que, por añadidura, es también una niña fresa, egocéntrica y, ¿muy cinéfila? El asunto es que Renata se entera que el mejor amigo de su hermano, Leonardo (el barbilindo Alosian Vivancos), de quien ha estado enamorada desde que ella era una bebé, se va a casar con “la mujer perfecta” Susana (Marjorie De Sousa despampanante). Así que, aprovechando unas vacaciones en Puerto Vallarta a las que asisten tanto Leonardo como Susana, Renata, con la complicidad bobalicona de su mejor amiga Valeria (Daniela Wong), tratará de hacer todo lo posible no solo para que la citada pareja rompa el compromiso sino para que Leonardo se dé cuenta que el verdadero amor siempre ha estado enfrente de él. O sea, ella misma: Renata.
Como podrá darse cuenta el lector, el guion original escrito por el propio cineasta es una suerte de re-elaboración de la premisa de La boda de mi mejor amigo (Hogan, 1997), con Danna Paola en el lugar de Julia Roberts. Solo que, en esta versión, la saboteadora es una adolescente y el galán no es “su mejor amigo” sino una especie de hermano mayor postizo (lo que, por cierto, en estos tiempos de histeria puritana, no deja de ser, sin querer, bastante provocador: la aprendiz de seductora es una jovencita de 17 años que quiere atrapar a un hombre inocente y mucho mayor que ella).
De cualquier manera, es más o menos lo mismo: tanto en la película hollywoodense de 1997 como en la cinta mexicana recién estrenada, la protagonista es una mujer egocéntrica, inescrupulosa y manipuladora que no se detendrá un momento hasta lograr lo que busca. Las diferencias radican en la actriz protagónica y su carisma... o la falta de él. La Julia Roberts de La boda de mi mejor amigo es calculadora y malvada, pero nunca deja de ser, al mismo tiempo, graciosa y simpática. Es decir, a pesar de su constante comportamiento nefasto, el espectador no deja de estar al lado de ella. ¿Por qué pasa esto?: en parte, es cierto, porque el guion está bien escrito; en parte, porque la Roberts es una auténtica estrella de cine. Imposible no amarla, por más que se porte mal.
Por supuesto, usted pensará que comparar a Danna Paola con Julia Roberts es un abuso. Está bien, piense usted ahora en la Silvia Pinal de los años 50/60. Ella podría haber interpretado a un personaje como el de Renata dotándolo de simpatía y personalidad. Por desgracia, Danna Paola carece de estas virtudes y los interminables monólogos confesionales que le escribió Bueno tampoco ayudan: convierten a Renata en un personaje molesto e irritante. Diluyen cualquier simpatía que uno pudiera sentir por ella.
Menos ayuda la plana dirección de Bueno, incapaz de inyectarle el mínimo timing cómico a la historia y no se diga su inexistente dirección de actores, con Danna Paola desatada, mientras Vivancos y De Souza subactúan, como para compensar.
Eso sí, Bueno se entretiene montando, a lo largo de la película, homenajes cinematográficos de todo tipo, con la coartada de que Renata es una cinéfila empedernida que relaciona todo lo que le sucede con el cine. Así, la vemos a ella y a otros miembros del reparto interpretar, en las fantasías interiores de Renata, escenas claves de Lo que el viento se llevó, Un final inesperado, Fiebre del sábado por la noche, Belleza americanaLos duelistas (¿o Barry Lyndon?), Gilda y hasta alguna secuencia de cine silente que, debo confesar, fue lo único que me causó gracia. Pero esto se debe a mi placer culpable por “la Tesorito”. Shame-on-me

lunes, 29 de enero de 2018

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXIX



Tres anuncios por un crimen (Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, EU, 2017), de Martin McDonagh. El tercer largometraje del inglés McDonagh está ubicado en el pueblito del medio-oeste americano del largo título en inglés y los tres anuncios se refieren a un reclamo que Mildred (Frances McDormand) le hace al jefe de la policía del pueblo, el amable, dedicado y agonizante de cáncer sheriff Willoughby (Woody Harrelson, espléndido): "VIOLADA MIENTRAS MORÍA", "Y TODAVÍA NO HAY ARRESTOS", "¿CÓMO, JEFE WILLOUGHBY?".
Sucede que siete meses atrás, la hija adolescente de Mildred, Angela (Kathryn Newton), fue encontrada violada, asesinada y luego quemada y, desde entonces, las investigaciones no han avanzado un ápice. No es que el sheriff sea un inútil, sino que simple y llanamente no han encontrado evidencias que puedan resolver el crimen. 
Por supuesto, para una madre que perdió a su hija, nada de esto es suficiente, no los esfuerzos de la policía, no la buena voluntad del sheriff. Ella quiere ver resultados y ya. Los diálogos entre McDormand y Harrelson son, de lejos, lo mejor de la película: por un lado, una mujer que no está dispuesta a dejar que el caso de su hija se olvide -además de la razón natural, hay otra que tiene que ver con cierto sentimiento de culpa-; por el otro, un tipo decente que sabe que, en el fondo, Mildred tiene sus razones para hacer lo que hace, pero que está imposibilitado de ayudarla.
Hasta aquí todo bien. El problema de la película es un tercer personaje que, en el transcurso del filme, se transformará en el más importante de la cinta: el torpe policía racista Dixon (Sam Rockwell) que, al principio, actúa seguido por todos sus prejuicios habidos y por haber, torciendo la ley cada vez que puede, usando la fuerza bruta como última forma de reacción. Pero he aquí que, en algún momento de la película, sin que esté del todo justificado, Dixon se transforma en un buen policía, en un alma si no pura en camino a la purificación, en la personificación perfecta del votante racista de Trump que, en el fondo, no es tan malo ni racista. A otro perro con ese hueso. 
Más allá del apunte político, el asunto no es que Dixon no pueda merecer esa transformación moral. El problema es que el guion de McDonagh no lo hace creíble. Si a eso le sumamos personajes secundarios que agregan poco o nada a la historia -¿qué hace ahí Peter Dinklage, por cierto?-, Tres anuncios... termina desbarrancándose en su última parte, desperdiciando una interesante premisa y una sólida actuación de McDormand que, por lo demás, no hace más que una variación de su igualmente hosca Olive Kitteridge de la superior teleserie del mismo nombre dirigida en 2014 por Lisa Chodolenko. (* 3/4)

Apuesta maestra (Molly's Game, EU, 2017), de Aaron Sorkin. La opera prima como cineasta del oscareado guionista Sorkin es un laaaaaargo y verborreico filme confesional sobre cierta organizadora de partidas de pókar clandestinas que es detenida por el FBI. Esta historia exigía a alguien como Scorsese y, por supuesto, Sorkin no lo es. No es culpa, claro, aunque sí lo es que esté tan enamorado de sus diálogos. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (*1/2)

Lo más sencillo es complicarlo todo (México, 2018), de René Bueno. Este vehículo de lucimiento -es un decir- de la exniña actriz ya crecidita Danna Paola parte de una premisa similar a la de La boda de mi mejor amigo (Hogan, 1997) solo que sin un ápice de gracia, desprovista del mínimo timing cómico y, por supuesto, con la mencionada Danna Paola en lugar de Julia Roberts. Ya escribiré de esta película en la semana. (++)

lunes, 22 de enero de 2018

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXVIII



Todo lo demás (México, 2016), de Natalia Almada. El debut en la ficción de la talentosa documentalista Natalia Almada es un ejercicio de estilo y estético notable que, por desgracia, resulta estéril dramáticamente hablando. Mi crítica in extenso por acá. (-)

Wonderstruck: el museo de las maravillas (Wonderstruck, EU, 2017), de Todd Haynes. El más reciente largometraje de Haynes es un disfrutable relato fílmico que avanza asincrónicamente en dos épocas (1927, 1977), con todo y puesta en imágenes ad-hoc. Otra obra mayor de Haynes que no encontró todo el amor que merece... y si lo duda, cheque las nominaciones al Oscar 2018 de mañana: Haynes no aparecerá por ningún lado. (*** 1/4)

Las horas más oscuras (Darkest Hour, EU, 2017), de Joe Wright. Un buen "cine de papá" centrado en los días de mayo de 1940 cuando Churchill se convierte en primer ministro para luego, enfrentando una rebelión dentro de su propio gabinete, terminar desechando toda posibilidad de paz con el gobierno de Hitler. Wright le echa toda la crema estilística que puede a sus muy convencionales y conocidos tacos, pero el platillo fílmico sabe muy bien. Gary Oldman ganará el Oscar 2018 a Mejor Actor. (**)

The Disaster Artist: Obra maestra (The Disaster Artist, EU, 2017), de James Franco. El más reciente largometraje del prolífico e inquieto (y últimamente apestado) James Franco es una suerte de "detrás de las cámaras" extendido de la dizque "peor película de la historia", The Room (2013), dirigida por el ineptísimo y megalomaniaco Tommy Wiseau. Como actor, Franco se apropió eficazmente de los tics del hombre-orquesta Wiseau, pero la comedia termina en el lado de la condescendencia y la pena ajena. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (-)

Amazona (Colombia, 2016), de Clare Weiskopf y Nicolás van Hemelryck. Val Meikle es la amazona del título y vive, además, en el Amazonas colombiano. Muchos años atrás dejó esposo e hijos y se fue a vivir a la selva, libre y sin ataduras. Ahora, su hija embarazada y cineasta Clare y el marido de esta, Nicolás van Hemelryck, van tras ella para... ¿para qué? ¿Para interrogarla? ¿Para condenarla? ¿Para tratar de entenderla? Algo por el estilo.
La hija viaja en el tiempo y, apoyada por imágenes y películas familiares, nos cuenta la historia de su madre, una jovencita aventurera que algún día dejó la Gran Bretaña para vivir en Colombia, se casó, tuvo hijos, se divorció, se casó en segundas nupcias, siempre viviendo como quiso, siempre siéndole fiel a un "instinto de supervivencia" que, acaso, la propia hija/cineasta heredó.
El documental es una interesante -aunque a veces repetitiva- reflexión sobre la maternidad y las obligaciones y demandas que plantea. Cierto momento clave resume el sentido del documental y de las elecciones que ha tomado Val a lo largo de su vida. Me refiero a la secuencia en la que vemos que la correosa anciana tiene a una gata que vive con ella en su casa de la selva. Cuando el felino acaba de parir, Val toma una de sus crías y se la da a una enorme víbora que vive en uno de los árboles cercanos. La imagen de la víbora deglutiendo el gatito es tan terrible como natural: la vida se apaga para unos, sigue para otros y hay que hacer lo que hay que hacer para seguir viviendo. (*)

domingo, 21 de enero de 2018

Todo lo demás



Todo lo demás (México, 2016), cuarto largometraje -primero de ficción- de la cineasta de origen sinaloense Natalia Almada (documentales Al otro lado/2005, El general/2009 y El velador/2011), fue presentada en Morelia 2016 en donde ganó una mención honorífica por su dirección y el premio a la Mejor Actriz, otorgado a Adriana Barraza.
Doña Flor (Adriana Barraza, en efecto, espléndida) es una burócrata que trabaja en el INE (en la película es el IME) tramitando la credencial para votar con fotografía. Seguimos la vida rutinaria de Doña Flor durante varios días, casi de forma inalterable: se levanta, se va al metro a su trabajo, se pinta los labios, se quita el exceso de carmín con un klínex, le hace las mismas preguntas a todos los ciudadanos, rechaza o no los papeles que le llevan, regresa a su casa en metro, le hace cariños a su única compañía -su gato Manuelito-, anota los nombres de las personas que atendió en algún libro por alguna razón desconocida, va a una alberca a ver a la gente nadar -ella, al parecer, le tiene fobia al agua-, cena alguna concha y se duerme... para levantarse al día siguiente y empezar todo de nuevo.
El catálogo del festival afirma que la cinta está inspirada en Hannah Arendt y su idea de que la burocracia es la peor forma de violencia. No dudo de esa inspiración -cada quien se inspira en lo que quiere, la verdad sea dicha-, pero es obvio que estamos ante una especie de versión nacional de la obra maestra de Chantal Akerman Jeanne Dielmann, 23, quai de commerce, 1080 Bruxelles (1975), solo que sin la contundencia de su desenlace. Es evidente que Almada quiere aburrir al respetable -como en su momento lo hizo concientemente Akerman- representando la vida vacía de esa mujer a la que no le pasa nada de nada, a no ser la muerte de su gato.
La fotografía de Lorenzo Hagerman es exquisita, Barraza está extraordinaria en un personaje que le demanda la mayor sutileza posible y el objetivo de Almada se cumple: uno se siente exasperado y aburrido hacia la primera parte del filme. El problema es que la cinta no pasa de ser un ejercicio de estilo que bien podría haber durado tres horas o cuarenta minutos: el loop vacío de la vida de Doña Flor seguramente se prolongará hasta el día que ella se jubile y, luego, muera. Un ejercicio estético notable, sin duda alguna, pero francamente estéril. 
Un último detalle: ¿y esa obsesión con los pies de la señora Barraza?: si no hay una decena de tomas de ellos, no hay ninguna.

viernes, 19 de enero de 2018

El evangelio del 2017... según ustedes/XVII



Contabilizados los 99 votos que se emitieron durante la última semana, las mejores cinco película estrenadas comercialmente en el 2017 en México fueron:


2. Dunkerque: 17 votos

3. Historia de fantasmas: 14 votos

4. La vida de Calabacín: 9 votos

5. Coco: 7 votos

Así es la democracia, gente. 


jueves, 18 de enero de 2018

Una mujer sin filtro



El primer taquillazo nacional del año -670 mil asistentes y 37 millones de pesos en su primer fin de semana- ha resultado ser Una mujer sin filtro (México, 2017), el más reciente largometraje del director televisivo y ocasional cineasta especializado en comedia Luis Eduardo Reyes (Amor letra por letra/2009, Qué pena tu vida/2016).
Estamos ante el remake mexicano de Sin filtro (2016), una exitosa cinta chilena escrita y dirigida por Nicolás López, quien se ha convertido en una figura clave del cine de nuestro país, pues el taquillazo nacional del año pasado, Hazlo como hombre (2017), fue dirigida por él y, de hecho, Qué pena tu vida, la cinta que dirigió Luis Eduardo Reyes hace un par de años, también fue un refrito de otra película chilena de López, llamada de igual forma y realizada en 2010.
Paz (en la película chilena, Pía) es una publicista de 36 años de edad que un malhadado día sufre una serie de pequeñas y grandes humillaciones que la hacen estallar, provocando que suelte de su ronco pecho todo lo que piensa de los que la rodean: su marido pintor abstraccionista y huevón (Alejandro Calva), su jefecito junior bueno-para-nada (Mariano Palacios), su vecino argentino fiestero (Ariel Levy), la babas muchachita millenial que la acaba de suplantar en el trabajo (Pamela Moreno), el viene-viene extorsionador (Daniel Sosa), el técnico del internet con todo y su contrato abusivo (Guillermo Villegas), su amiga que nunca la escucha (Sofía Niño de Rivera), su patética hermana adoradora de los gatos (Mara Escalante) y hasta su exnovio (Flavio Medina) que, aunque está a punto de casarse, todavía la ronda como el amigo buena-onda que la apapacha en toda ocasión.
La premisa es, sin duda, ingeniosa. La comedia parte de la idea de que es gracioso ver a un personaje actuar de una manera completamente distinta a la que está acostumbrado, tal como el abogado transa Jim Carrey no podía evitar decir la verdad en Mentiroso, mentiroso (Shadyacm 1997). Aquí, pues, se supone que resultará chistoso ver a la estoica y apacible Paz convertirse en un auténtico huracán, dispuesta a decirles sus verdades a todos.
El asunto es que, aunque Fernanda Castillo está muy bien como la encabronada Paz, el resto del reparto no está a la misma altura y, peor aún, el director Luis Eduardo Reyes no logra darle el ritmo adecuado a la comedia, un género que pide a gritos precisión corporal de parte de sus actores, un adecuado movimiento dentro del encuadre, un corte preciso para hacer conectar ideas o imágenes disparatadas. Nada hay de ello en la realización de Reyes, desprovista de la suficiente fuerza para que la comedia funcione como debería. Una lástima, porque el personaje y la actriz merecían otra suerte. 

lunes, 15 de enero de 2018

Sé lo que viste el fin de semana pasado.../CCLXVII



En la penumbra (Aus dem Nichts, Alemania-Francia, 2017), de Fatih Akin. La actriz alemana internacionalizada Diane Kruger -ganadora del premio a Mejor Actriz en Cannes 2017- interpreta a una mujer cuyo marido, de origen turco, y su hijito de seis años, mueren en un atentado terrorista ejecutado por una joven pareja matrimonial neonazi.
Los criminales son detenidos y durante la extensa segunda parte del filme -casi una hora- vemos el juicio de los supremacistas en un estilo visual cercano a cualquier telefilme gringo de juzgado. En la última parte, la más interesante, Kruger se transforma de mujer doliente a mujer de acción. 
Esto salva, hasta cierto punto, a la película de la ignominia total, pero debo decir que En la penumbra me gustó mucho cuando se llamó El vengador anónimo (Winner, 1974). Es cierto que Kruger está más guapa que Charles Bronson, lo acepto, pero a Bronson le creo más este tipo de papeles. (*)

La rueda de la maravilla (Wonder Wheel, EU, 2017), de Woody Allen. La cinta anual alleniana es una luminosa puesta en imágenes de una oscurísima historia en donde hay un triángulo amoroso tóxico en el centro argumental (galán intelectual, histérica mujer madura e hijastra joven e ingenua, ¿les recuerda algo?) mientras que, en la periferia, hay una fascinante subtrama sobre un compulsivo chamaco piromaniaco. La película debería haber sido nominada a varios premios, pero en este clima de linchamiento en contra de él, imposible. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (***)

La forma del agua (The Shape of Water, EU-Canadá, 2017), de Guillermo del Toro. ¿La mejor película de Guillermo del Toro? No lo creo, pero sí es probable que sea la que le haga ganar el Oscar 2018 al tapatio. Mi crítica, in extenso, por acá. (***)

Abril y el mundo extraordinario (Avril et le monde truqué, Francia-Bélgica-Canadám, 2015), de Christian Desmares y Frank Ekinci. Sobre una novela gráfica del prestigiado autor francés Jacques Tardi, he aquí una entretenida y atractiva cinta animada de ciencia ficción especulativa -para ser específicos, del subgénero "steampunk"- en el que el mundo en el que vivimos nunca se desarrolló, pues un día antes de la guerra franco-prusiana de 1870, Napoleón III y su general Bazaine murieron en una explosión, por lo que esa guerra nunca inició. 
Sin embargo, a partir de ese momento, todos los científicos que cambiarían la faz de la tierra (Edison, Fermi, Einstein y demás) empezarían a desaparecer misteriosamente. La Abril del título, una audaz jovencita científica, su enamorado ladronzuelo Julius y un labioso gato parlanchín llamado Darwin se encargarán de resolver el misterio y, de pasada, de regresar al mundo a su vía correcta, pues en este pasado alternativo de los años 40 del siglo pasado no hay aviones ni electricidad y se ha adelantado la destrucción masiva de los bosques.
Los debutantes Desmares y Ekinci -el primero fue coordinador de animados en la superior Persépolis (Paronnaud y Satrapi, 2007) logran varias secuencias de acción de clara influencia spielbergiana -de hecho, a veces me parecía estar viendo algún tipo de homenaje a las aventuras de Indiana Jones- y el reparto vocal original (Marion Cotillard, Jean Rochefort, Olivier Gourmet) es de primer nivel.  (**)


Beach Rats: Ratas de playa (Beach Rats, EU, 2017), de Eliza Hittman. El segundo largometraje de la cineasta indie gringa Hittman (opera prima It Felt Like Love/2013, no vista por mí), ganadora a la Mejor Dirección en Sundance 2017, es un sólido melodrama de crecimiento y maduración juvenil beneficiado por una táctil y lírica fotografia en 16 mm. de Hélène Louvart y el impresionante debut en la pantalla grande del joven actor londinense Harris Dickinson.
Frankie (Dickinson) es un muchacho neoyorkino viviendo en Brooklyn con su madre (Kate Hodge), su hermanita menor y su padre agonizante de cáncer. Mientras espera lo que tiene que pasar -la muerte de su papá-, Frankie mata el tiempo pasando el rato en Coney Island con sus amigos sin oficio ni beneficio, noviando torpemente con la guapa jovencita Simone (Madeline Weinstein) y ligando homosexuales en algún sitio web, con quienes pasa alguna noche (en la playa, en un motel) y comparte alcohol y drogas.
Frankie no sabe lo que quiere o, acaso, sabe perfectamente lo que quiere pero no termina por aceptarlo. Pasa las noches con gays de mayor edad -en gran medida para no toparse con alguien que conozca a sus amigos- pero no desea renunciar a sus camaradas; no parece molestarle la compañía de Simone, pero es obvio que no disfruta el sexo con ella; no se ve a sí mismo como gay pero como uno de los tipos le recuerda, no tiene problema en tener encuentros sexuales con hombres. 
Este cúmulo de contradicciones es perfectamente encarnado por Dickinson, quien es capaz de interpretar lo mismo el deseo que el dolor, lo mismo la capacidad de seducción que la vergüenza, lo mismo la más conmovedora fragilidad que la confusión. Una pena que el trabajo de este jovencito haya pasado desapercibido en esta temporada de premios.  (**)

Una mujer sin filtro (México, 2017), de Luis Eduardo Reyes. El primero -espero que de muchos- de los taquillazos nacionales del 2018 es una comedia femenina en la que una amable mujer treintona a la que todo mundo trae como loro a toallazos decide soltar de su ronco pecho todo lo que trae reprimido, causando caos a su alrededor. La premisa es interesante y Fernanda Castillo es muy convincente, sobre todo en la segunda parte de la cinta, pero la ejecución de la comedia por parte del director Luis Eduardo Reyes es muy torpe. (-)

domingo, 14 de enero de 2018

En línea: Nocturama



Nunca exhibida comercialmente en México, pero disponible en Netflix desde fines del año pasado, Nocturama (Ídem, Francia-Alemania-Bélgica, 2016), octavo largometraje del prácticamente desconocido en México Bertrand Bonello (L’Apollonide/2011, Saint Laurent/2014), se estrenó en París en julio de 2016, unos meses después de los atentados terroristas de noviembre de 2015 ocurridos en la propia Ciudad Luz.
El dato es pertinente porque, aunque la película había sido terminada cuando sucedieron los atentados, lo cierto es que, por la forma y el fondo del filme, Nocturama terminó siendo mucho más provocadora de lo que, probablemente, habría pretendido Bonello.
La cinta está claramente dividida en dos partes. Inicia a las 14:07 de cierto día con el seguimiento de una decena de jóvenes –el más chico tendrá 15 años, el más viejo no más de 30- que preparan lo que en su momento veremos como varios atentados terroristas simultáneos: una bomba estalla en una torre comercial, otra en un edificio de gobierno, un banquero es asesinado en su propia casa, una estatua de Juana de Arco es incendiada...
En esta primera parte, la cámara de Léo Hinstin sigue con frialdad procedimental cada paso que dan estos muchachos mientras que la precisa edición sin crédito –supongo que del propio cineasta- juega con los tiempos y las acciones, de tal forma que la narración avanza, retrocede, se mueve de forma paralela mostrando desde distintas perspectivas los atentados o aparecen flashbacks claves sobre cómo se conocieron y cómo empezaron a planear sus actos criminales.
Cuando termina esta primera sección, que funciona como un espléndido thriller, vemos a los terroristas llegar a un enorme centro comercial en donde se refugiarán durante la noche, mientras ven por televisores las consecuencias de sus crímenes, se prueban ropa de las mejores marcas, comen y beben lo que desean, escuchan la música de su preferencia y hasta uno de ellos interpreta vía fonomímica, maquillado y bajando soberanamente por las escaleras, “My Way”, en la versión de Shirley Bassey.
Por supuesto, esta segunda parte es la que causa mayor escozor, pero por lo mismo, resulta ser la más fascinante de la cinta. Provocadoramente (¿e irresponsablemente?), Bonello despoja de toda ideología clara a los terroristas. Es obvio que los muchachos no forman parte de una organización islámica y, por lo demás, el grupo es lo más diverso posible: hombre y mujeres, magrebíes y blancos, alguno de clase alta, otro de estrato más popular, un par de hermanos, una pareja de novios…
La misma policía los identifica rápidamente como “enemigos del Estado”, no terroristas, lo que hace aún más confusa la posición: ¿por qué hicieron lo que hicieron?, ¿qué buscan obtener?, ¿la destrucción por la destrucción misma?, ¿son anarquistas hípsters-chic de última generación? El nihilismo que mueve a estos muchachos los convierte no en los revolucionarios que acaso quieren ser (pero, otra vez, ¿eso quieren ser?), sino en lamentables zombis que, como en el irrebatible clásico Dawn of the Dead (Romero, 1978), ante la destrucción del mundo en el que habitan/vegetan, no tienen otro universo existencial más que meterse a un mall.
La cinta termina como inicia, con otro despliegue procedimental que no describiré aquí, pero que, como toda la película, resulta ser fascinante y repelente a la vez. La forma y el fondo de Nocturama no se funden, sino chocan una con otro en un desenlace que nos niega toda tranquilidad posible.

sábado, 13 de enero de 2018

La forma del agua



Al inicio de La forma del agua (The Shape of Water, EU-Canadá, 2017), décimo largometraje del tapatío internacionalizado Guillermo del Toro, la voz en off narrativa nos menciona que la historia que a continuación veremos tiene como personaje central a una "princesa sin voz", mientras la elegante cámara de Dan Laustsen navega -nada, más bien- por los pasillos y las habitaciones de un departamento inundado.
Por el tono con el que narrador inicia la historia, por la alusión a la tal "princesa sin voz" y porque se trata de una película no solo dirigida sino escrita por Guillermo del Toro, es obvio que estamos ante un cuento de hadas en el que hay, en efecto, una princesa, una historia de amor, un monstruo y hasta un secuestro, aunque todo esto no sucede ni está ordenado de una forma muy tradicional que digamos.
Baltimore, inicios de los años 60. Elisa (Sally Hawkins), una mujer solitaria, huérfana y muda que vive en un pequeño departamento arriba de un viejo cine sin clientes, se despierta todas las noches para bañarse, masturbarse, prepararse un huevo cocido e irse a trabajar como afanadora en el turno nocturno de un misterioso centro de investigación militar, en donde cierto día llega un "producto" harto valioso capturado en algún lugar del Amazonas: se trata, nada menos, de El monstruo de la Laguna Negra (Arnold, 1954) o, en todo caso, de un pariente muy cercano, pues la criatura no solo es idéntica a la del clásico fantástico y de horror sino que, incluso, hay algún diálogo en esta cinta que nos remite claramente al filme de los años 50.
Sin embargo, tratándose de Guillermo del Toro y de sus simpatías por los monstruos, ya sabemos que la criatura anfibia sin nombre (Doug Jones, ¿quién más?) no es ninguna amenaza, sino que el auténtico peligro es el agente de seguridad Strickland (Michael Shannon) que tortura por puro placer a ese ser "considerado un Dios". Eliza, quien limpia el lugar donde guardan a la criatura, empieza a convivir con ella, le comparte sus huevos cocidos, baila mientras trapea el piso y hasta pone musiquita para levantar el ánimo. La bella y la bestia, dirá usted, aunque a decir verdad en esta historia de amor no hay bestia alguna, a no ser Strickland.
La forma del agua es la película más abiertamente romántica de Guillermo del Toro. Como nos advertía la voz en off narrativa inicial -del vecino gay de Eliza, el viejo dibujante desplazado Giles (Richard Jenkins)- el planteamiento es el de un elemental cuento de hadas. Sin embargo, del Toro y su actriz evitan toda cursilería disneyana: la "princesa sin voz" no es precisamente recatada -ya vimos lo que hace mientras está en la tina-, tampoco es modosita -se enfrenta desafiante a Strickland a través del lenguaje de señas- y su relación con la criatura no es de manita sudada sino completamente carnal -o acuática, pues.
Para ser francos, prefiero la oscuridad de las obras maestras El espinazo del diablo (2001) y El laberinto del Fauno (2006) y es cierto que hay algunos momentos de La forma del agua que parecen provenir del mero capricho del cineasta -esa imagen de la criatura escapándose al cine para ver alguna película bíblica- y que hay otras escenas demasiado obvias dramáticamente hablando, como cuando Giles cambia de parecer sobre ayudar o no a Eliza cuando su joven objeto del deseo no solamente lo rechaza, sino que muestra ser un tipo desagradable y racista.
Sin embargo, estas y otras objeciones terminaron diluyéndose no solo ante el poder de la imaginación visual del cineasta -apoyado por un impecable diseño de producción de Paul D. Austerberry en el cual domina el color verde del líquido en el que vive la criatura- sino, sobre todo, por los irresistibles arrebatos romántico-musicales que se permite del Toro por vez primera.
En especial, hay un momento en el que la película derrumbó todas mis defensas: cuando Eliza se imagina a sí misma y a su acuático enamorado en un escenario de algún clásico de Ginger y Fred (en concreto, Siga a la flota/Sandrich/1936),  radiantes, perfectos y sofisticados. Si no todos podemos ser Ginger ni Fred, todos merecemos soñarlo. Entiendo perfectamente a del Toro.  

viernes, 12 de enero de 2018

Y la mejor película del 2017 fue...



Finalmente ya tenemos las doce cintas más votadas del año pasado, mes por mes, en el blog. En orden de aparición: Luz de luna, La la land: una historia de amor, Aquarius, No soy tu negro, La vida de Calabacín, La tortuga roja, Dunkerque, Your Name, La región salvaje, Coco, Cartas de van Gogh e Historias de fantasmas.
A fe mía, dirían los clásicos, que se trata de una lista balanceada: la película que ganó el Oscar 2017, la que realmente debió haber ganado, una cinta brasileña, un brillante documental militante, cinco cintas animadas -solo una de ellas gringa-, un gran filme bélico a la antigüita, un estreno mexicano oculto y una cinta indie gringa.
Aunque, maldita sea, no hay directora entre las doce votadas. Quién me manda tener puros lectores misóginos. En fin: ya pueden votar aquí mismo, abajito, a la derecha. 

jueves, 11 de enero de 2018

En línea: Dulzura americana



Llegué un año después a Dulzura americana (American Honey, GB-EU, 2016), cuarto largometraje de la consolidada cineasta inglesa Andrea Arnold (notable Fish Tank/2009, temprana obra mayor Cumbres borrascosas/2011), filme que está disponible en Netflix desde fines del año pasado.
¿Por qué no la vi antes? La verdad, su excesiva duración de casi tres horas me hizo que le sacara la vuelta una y otra vez. Parece contradictorio que haya visto una treintena de series televisivas en el 2017 –de seis, ocho, diez episodios- pero que me haya saltado Dulzura americana, pero el asunto es que una serie está dividida en capítulos (de 30, 40, 60 minutos) y puedo administrarme para verla, mientras que una cinta de 163 minutos tengo que verla de una –no reviso películas a retazos.
Lo cierto es que diciembre pasado finalmente me di a la tarea de ver Dulzura americana y, sí, sin duda, la película es demasiado larga, pero también es cierto que vale la pena cada minuto del tiempo invertido.
Filmada en un par de meses a lo largo y ancho de varias locaciones del medio oeste de los Estados Unidos –Kansas, Nebraska, Montana, Dakota del Sur y otros sitios más- después de un scouting personal de la cineasta durante dos años por los vastos caminos gringos, he aquí una fascinante, intensa y digresiva road-movie sobre la inútil búsqueda del sueño americano.
Star (impresionante debutante Sasha Lane) es una muchacha de 18 años que vive en Kansas, arrejuntada con un tipo bueno-para-nada y cuidando a dos chamaquitos que, luego nos enteraremos, no son hijos de ella sino, acaso, sus hermanitos menores. Cierto día, Star ve una vagoneta repleta de muchachos de su misma edad y, atraída por el líder de ellos, Jake (Shia LaBeouf), se une a esta singular tribu de desmadrosos, relajientos y libérrimos… ¡vendedores de revistas!
En efecto, el negocio que supervisa Jake –y que coordina con mano de hierro la guapa sureña Krystal (Riley Keough, nieta de Elvis Presley, nada menos)- es la venta, casa por casa, de suscripciones de revistas que, aunque parezca mentira, sí existe en la vida real (de hecho, el guion original escrito por la propia Arnold está basado en un reportaje que la cineasta leyó sobre un grupo de muchachos que tenían esta chamba).
Sin embargo, muy poco le interesa a Arnold los procedimientos de cambaceo que usan esta docena de jóvenes. Lo que le importa, en general, es atestiguar el ethos en el que ellos se mueven y, en lo particular, seguir a Star a lo largo de esos caminos que resulta, al final de cuentas, no tanto una ruta geográfica sino una existencial. Star y sus compañeros –que realmente no distinguimos, más allá que uno se desnuda a la primera provocación y otra vive obsesionada por Darth Vader- no hacen otra cosa más que vivir al día, al instante, y aunque no sabemos de dónde vienen, es lógico suponer que todos comparten los mismos orígenes: pobreza, soledad y una familia quebrada o de plano inexistente.
Filmada en formato académico 4:3 y con la extraordinaria Lane todo el tiempo en el reducido y táctil encuadre, Dulzura americana es la exploración externa/interna de una vida en perpetua construcción. Star no ha renunciado a su modesto sueño americano –pertenecer a un grupo, tener un lugar en el cual poder establecerse con Jake- pero ella intuye, hacia el final, que el chiste es caminar hacia la meta, más que llegar a ella.
La cualidad digresiva de la película puede exasperar, sin duda, pero así es la propia estructura narrativa –un día Star está en un sitio, otro día está en otro- que es, también, la propuesta dramática del filme, construido por una acumulación de anécdotas que desafían nuestras expectativas no una ni dos ni tres veces, sino todo el tiempo. Así, cuando parece que la cinta se moverá a terrenos más convencionales, Arnold decide, por ejemplo, diluir el suspenso o negar la resolución esperada.
Por eso, con todo y que el desenlace en puntos suspensivos resulta anticlimático, es también el más lógico, el único al que puede acceder Star: vivir ahora, vivir el momento, vivir el instante. 

domingo, 7 de enero de 2018

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXVI



Mañana psicotrópica (México, 2016), de Alejandro Aldrete. Una de las mejores películas mexicanas que vi en el 2016 se estrena -y de manera limitada- apenas ahora. La triste historia de nuestra dizque nueva "Época de Oro". Mi crítica, acá. (** 1/2)

Frantz (Ídem, Francia-Alemania, 2016), de Francois Ozon. El más reciente largometraje de Ozon es un remake de una cinta no muy conocida de Lubitsch, Remordimiento (1932), a su vez basada en una pieza teatral de Maurice Rostand. Aunque parezca mentira, la película de Ozon es mejor que la de Lubitsch, formal y temáticamente. Mi crítica en la sección Primera Fila de Reforma del viernes pasado. (** 1/2)

Más fuerte que el destino (Stronger, EU, 2017), de David Gordon Greene. Sobre un bestseller autobiográfico del sobreviviente al atentado terrorista del Maratón de Boston en el 2013, Jeff Bauman, el otrora prometedor cineasta independiente David Gordon Green (George Washington/2000, Tú y yo/2003, Legado de violencia/2004) entrega una convencional película digna del Hallmark Entertainment sobre un tipo que perdió las dos piernas en una de las explosiones del maratón cuando estaba alentando a su exnovia y que por esa desgracia se convirtió en uno de los símbolos de la ciudad, como lo anunciaba el eslogan "Boston Strong".
Es cierto que el guion de John Pollono entrega un retrato ambivalente de Bauman, bien interpretado por Jake Gyllenhaal: un tipo alegre, buena onda, chistosón, pero también irresponsable, indolente e incapaz de estar a la altura de su sólida novia deportista Erin (Tatiana Maslany). El hecho de que un tipo tan poco admirable como este sea el símbolo de la ciudad es irónico -y el hecho se subraya en más de una ocasión a lo largo de la cinta- pero el director carece del talento necesario -vamos, David Gordon Green está muy lejos del Clint Eastwood de La conquista del honor (2006)- para trascender los clichés de esta edificante historia.
Un último detalle: el pivote dramático por el cual Bauman termina aceptando su responsabilidad como símbolo de la ciudad sucede cuando se encuentra con el tipo que lo salvó minutos después del atentado, cierto costarricence grandote y sombrerudo llamado Carlos (Carlos Sanz) que le cuenta parte de su vida y la razón por la que estaba en el maratón. El monólogo es adecuadamente sentimental  y Sanz lo dice con la suficiente convicción, aunque no deja de resultar una puesta al día del condescendiente cliché del "negro santo" que transforma al "blanco en problemas", con la novedad de que el santo en cuestión es un latino y no un negro. Bueno, pero por lo menos ya es ganancia: el tal Carlos no es un violador ni un "bad hombre". (*1/2)

viernes, 5 de enero de 2018

El evangelio del 2017... según yo/XVI



Otro año de cine y acá está lo mejor que vi el 2017, sea en festivales, en funciones comerciales o en la pantalla casera, vía screeners o algún sitio streaming. En orden de preferencia:

1) Nelyubov (Rusia-Francia-Alemania-Bélgica 2017), Andrey Zviagintsev. La premisa -la desaparición del único hijo de una pareja a punto de divorciarse- parece sacada de una novela de Ruth Rendell. La búsqueda del chamaco no unirá al matrimonio en pleno naufragio sino que servirá para contagiar la falta de amor entre el hombre y la mujer a todos los que los rodean. La negrura del alma se extiende, inexorable, como enfermedad. Más bien, como la plaga.

2) Visages Villages (Francia, 2017), de Agnès Varda. La cinta más alegre y vital del año -y de muchos años- la realizó una santa señora con casi 90 primaveras encima y un impertinente fotógrafo escondido tras unos sangronazos lentes negros. Una deliciosa road-movie con la más simpática pareja/dispareja desde... ¿desde cuándo?

3) Dunkerque (Dunkirk, GB-EU-Holanda-Francia, 2017), de Christopher Nolan. Una cinta bélica que mezcla a la perfección emoción desbordada y estructura cerebral. Con tres narrativas paralelas pero asincrónicas, Nolan entrega una absorbente reflexión sobre el heroísmo: la necesidad de él, la ausencia de él. Mi crítica, acá. 

4) La vida de Calabacín (Ma vie de Courgette, Suiza-Francia, 2016), de Claude Barras. El Calabacín del título es un niño que queda huérfano después de un extraño accidente en el que muere su madre alcohólica. El chamaquito llega a un orfanato en donde convive con otros niños iguales o más dañados que él. Estamos ante una cinta animada cuadro-por-cuadro que logra un balance temático-formal admirable: entre lo oscuro y lo luminoso; entre el fatalismo y la esperanza. Mi crítica en Reforma

5) No soy tu negro (I am not your negro, EU-Suiza-Francia-Bélgica,2016), de Raoul Peck. Un absorbente ensayo documental sobre el escritor afroamericano James Baldwin y sus ideas sobre Estados Unidos y el racismo, que es tan gringo como el pay de manzana. La intelectual pieza de acompañamiento para la siguiente cinta, la visceral…

6) Detroit: Zona de conflicto (Detroit, EU, 2017), de Kathryn Bigelow. Un trepidante thriller urbano que va de lo general -el inicio de los disturbios sociales/raciales en Detroit en julio de 1967- a lo particular -cierto episodio sucedido en un motel que terminó con la muerte de tres afroamericanos-, que no permite tregua alguna y que finaliza entre la emotividad y la indignación. ¿Hay algún cineasta del mainstream hollywoodense de su generación más energético, más viril, que la señora Bigelow?

7) Voraz (Grave, Bélgica-Francia-Italia, 2016), de Julia Ducournau. Una jovencita vegetariana llega a la universidad a estudiar veterinaria y descubrirá los placeres de la carne… en más de un sentido. Una película de crecimiento juvenil femenino y caníbal.

           8) Silencio (Silence, EU-Taiwán-México, 2016), de Martin Scorsese. La cinta más personal de Scorsese en años es una absorbente reflexión cristiana sobre el sacrificio y el perdón. Una lástima que haya sido ninguneada en la temporada de premios y más aún por el público. ¿Dónde están los creyentes sofisticados cuando se les necesita? Mi crítica en Reforma.

9) ¡Huye! (Get Out, EU, 2017), de Jordan Peele. A pesar de un final decepcionante, esta capciosa alegoría racial sobre los Estados Unidos bajo Obama cuestiona de forma brillante la hipocresía liberal gringa, tan peligrosa (¿o aún más?) que el franco racismo del Calígula anaranjado que despacha en estos momentos en la Casa Blanca y el de sus seguidores. Mi crítica en Reforma.

10) Wonder Wheel (EU, 2017), de Woody Allen. La cinta anual alleniana es una luminosa puesta en imágenes de una oscurísima historia en donde hay un triángulo amoroso tóxico en el centro argumental (galán intelectual, histérica mujer madura e hijastra joven e ingenua, ¿les recuerda algo?) mientras que, en la periferia, hay una fascinante subtrama sobre un compulsivo chamaco piromaniaco.

Bueno, estas fueron mis diez películas favoritas irrenunciables que vi el año pasado. ¿No le gustó este top-10? Bueno, aquí están otras 26 cintas que vi el 2017 y que, la verdad, podrían sustituir algunas de las listadas arriba. Sin un orden específico:

Luz de luna, O.J. Made in America, La reconquista, La libertad del diablo, Tower, Sangre de mi sangre, Tras la tormenta, Arábia, El discípulo, Lady Macbeth, La cordillera, Una historia de fantasmas, El otro hermano, El planeta de los simios: la guerra, Eso, Z: la ciudad perdida, La villana, Coco, Good Time: Viviendo al límite, Una bella luz interior, Un amor inseparable, Los pasos de papá, A Quiet Passion, La estafa de los Logan, Nocturama y Dulzura Americana.
Finalmente, dos películas que volví a ver en el 2017 y que confirmé que siguen siendo grandes filmes, auténticos clásicos: La bella y la bestia (Trousdale y Wise, 1991) y ¡shocking news!, Blade Runner (Scott, 1982). 

jueves, 4 de enero de 2018

El evangelio del 2017... según Mauricio González Lara/XV



Estas son mis piezas favoritas de 2017. Me abstuve de elaborar clasificaciones diferentes entre series, películas, streaming, VOD y estrenos en salas cinematográficas. Al fin y al cabo, como diría Steven Soderbergh, “¡todo es cinéma!”*
¿Para qué proteger una epistemología a todas luces caduca desde hace ya varios años?**

1 Twin Peaks: The Return (David Lynch). Mis razones en dos textos que escribí para Letras Libres:



2 Graduación (Cristian Mungiu). La honestidad como disfunción social. Acá un breve texto sobre la cinta y su pertinencia que publiqué en Eje Central. 

3 Paterson (Jim Jarmusch). La belleza está en lo cotidiano. No hay vidas aburridas, sólo miradas pequeñas.

4 Historia de fantasmas (David Lowery). Toda historia de amor es una historia de fantasmas, pues la idea de la permanencia del romance presupone quedar varado en un lugar, aislado en el tiempo. Elegante, expresiva, entrañable.

5 Silencio (Martin Scorsese). Momento cumbre: la pisada apóstata y la voz que florece en el silencio. Epifanía total. En verdad necesitaba eso. Todos, creo.

6 La vida de Calabacín (Claude Barras). Almas quebradas que, pese a todo, seguirán adelante, juntas. Esta cinta se sienta en la misma mesa que Los 400 golpes, Leolo, Slingblade, Cero en conducta y El espíritu de la colmena.

7 Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve). La secuela imposible. Mi crítica para Confabulario, de El Universal

8 Nocturama (Bertrand Bonello). Motivados por la desesperanza, el aburrimiento y la ingenuidad, no habrá paraíso para el paroxismo de los "enemigos del Estado" de Nocturama, sólo un lujoso centro comercial que termina seduciéndolos como zombis de Romero.

9 John Wick 2 (Chad Stahelski). El desfile de acrobacias imposibles estilizadas al máximo por el deslumbrante oficio de Stahelski lo coloca en una tradición que lo mismo abarca a los héroes del cine mudo (la cinta empieza literalmente con Buster Keaton) que a los grandes estetas de acción. Hasta el mismo Orson Welles estaría orgulloso del segmento de los espejos.

10 Manifiesto (Manifesto, Julian Rosefeldt). Las secciones de futurismo, dadaísmo, arte conceptual y cine valen la hora y media. Visualmente brillante. Irónica, perturbadora y lo más sorprendente: entretenidísima.

11 Get out (Jordan Peele).  Además de ser un discurso inteligente sobre la visión blanca liberal de la "experiencia afroamericana", la primera secuencia de hipnosis -por mencionar la escena más fresca en la memoria-evidencia a un director con enormes facultades. Merece su “hype”.

12 Zama (Lucrecia Martel). "Voy a hacer por ustedes lo que nadie hizo por mí: le voy a decir no a su esperanza". El espectador de Zama es como el pez descrito al principio: debe luchar por mantenerse ahí. El cine, según Martel, es como estar debajo del agua, la pantalla es la superficie y el sonido las vibraciones en el líquido, la genuina tercera dimensión.

13 Mindhunter (Joe Penhall, David Fincher). Acá Mindhunter: bienvenido a ninguna parte, un texto que escribí para Letras Libres sobre la serie y su inesperada relevancia. 

14 Lady Macbeth (William Oldroyd). Una cámara estructurada casi en su totalidad por encuadres sin movimiento de la que florece la protagonista de manera rebelde, letal y destructiva. Crueldad, locura e independencia.

15 Z, la ciudad perdida (James Gray). El héroe -un notable Charlie Hunnam- refleja la estética de la cinta: ambiciosa, noble, antiefectista, siempre en búsqueda de la belleza.

16 Fleabag (Phoebe Waller-Bridge). En este texto para Letras Libres esbozo las razones por las que Phoebe Waller-Bridge es una de las revelaciones más iconoclastas de años recientes: Fleabag, una serie egoísta, depravada y entrañable 

17 Dulzura americana (Andrea Arnold). Si la “América” estadounidense es una idea, y no tanto un país, esta obra es clave para entender qué significa el concepto en este siglo. Sasha Lane y Shia LaBeouf entregan actuaciones icónicas. On the Road, 2017. 

18 Oso Polar (Marcelo Tobar). Un juguete lleno de rencor que se mantiene ajeno a cualquier condescendencia. La secuencia de la tienda es de lo más ácido que he visto en el cine mexicano reciente.

19 El planeta de los simios: la guerra (Matt Reeves). ¿No es una ironía hermosa que el otro gran Moisés del cine sea… ¡Charlton Heston!? El éxodo como un gran espectáculo simiesco que ratifica a Andy Serkis como el Lon Chaney del siglo XXI.

20 Dunkerque (Chris Nolan). ¡IMAX por siempre!


22 Big Little Lies. Mi crítica para Letras Libres.

23 Yo, Daniel Blake

24 Trainspotting 2

25 The Big Sick

26 Los Meyerowitz: la familia no se elige

27 La tortuga roja

28 Un monstruo viene a verme

29 Una bella luz interior

30 Tempestad

31 El porvenir

32 Brawl in Cell Block 99

33 Wormwood

34 The Crown 

35 The Americans. El desglose de la quinta temporada en tres textos para Letras Libres:




36 Get me Roger Stone. Mi crítica para Letras Libres.

37 I Love You, Daddy

38 The Deuce

39 Hambre de poder

40 Thor: Ragnarok

*Para los que deseen continuar el debate “películas vs. series”, les recomiendo El cine después del cine, ensayo para Blog de crítica donde profundizo sobre la discusión en torno a la naturaleza del cine tras la muerte del celuloide y el protagonismo cultural de lo que hoy denominamos erróneamente como televisión.

**Basta revisar algunos números de Film Comment para certificar que no pocos críticos enlistaban capítulos de series como Los Soprano en sus listas de lo mejor del año desde principios de este siglo. ¿Por qué escandalizarse ahora con Twin Peaks, una serie que desde su inicio en los noventa fue cubierta y aplaudida por las revistas de cine más celebradas del mundo?

***Dado que se estrenarán oficialmente en México durante las próximas semanas, esta lista no contempla Call Me By Your Name y The Killing of a Sacred Deer