miércoles, 30 de mayo de 2018

Aequitas: La palabra es la (in)justicia





Este ensayo fue publicado originalmente en Aequitas, la revista del poder judicial del estado de Sinaloa, número 7.


Hay una escena clave, al inicio de Leviatán (Leviafan, Rusia, 2014), cuarto largometraje del cineasta ruso Andrei Zvyagintsev (El regreso/2003, Elena/2011), en la que la justicia toma la palabra. O, mejor dicho, la injusticia es la que lo toma. Todo lo que vemos es perfectamente legal, por cierto, pero también ofensivamente injusto.


La ley tiene la palabra

El escenario es un pequeño juzgado en algún pueblito costero del Mar de Barents, en la Península de Kola, al noroeste de Rusia. La representación de la ley, del Estado ruso mismo, es una secretaria de juzgado que lee a mil por hora, sin titubear un instante, sin tartamudear un segundo, sin tomar aire, cierta resolución legal en la que Kolia (Aleksey Serebryakov), un huraño mecánico de pocas palabras y bruscas maneras, va a ser despojado de su propiedad, pues el abusivo alcalde del lugar, Vadim Shelevyat (Roman Madyanov, robándose cada escena en la que aparece), quiere esos terrenos para hacer un jugoso negocio.
La letanía legaloide dura varios minutos: al inicio desconcierta, luego irrita y finalmente provoca en el espectador la carcajada. Para ser francos, no recuerdo ningún antecedente similar. Es cierto que alguien podría citar la enrevesada defensa de Cantinflas en la escena del juicio de Ahí está el detalle (Bustillo Oro, 1940), pero en Leviatán estamos en otros terrenos y el tono, además, es muy distinto.
En la mejor comedia que protagonizara Cantinflas en toda su carrera, la palabra servía para escurrir el bulto: hablar mucho no solo para no decir nada, sino para terminar contagiando del sinsentido a todos los demás, es decir, al fiscal, al defensor, al propio juez. Al final de esa delirante escena en Ahí está el detalle, de todas maneras la justicia y la verdad terminaban imponiéndose.
En Leviatán, en contraste, la palabrería de la secretaria sí tiene sentido: todo está bien articulado, todo es indudablemente legal, todo se ha ejecutado conforme a derecho. Y, sin embargo, lo que prevalece al final de cuentas es la más grosera y desvergonzada injusticia.
En la Rusia de Leviatán la personificación de la ley es esa mujer-tarabilla que recita sin descanso todos los artículos y las disposiciones que han hecho posible el despojo que sufre Kolia en manos del borrachales alcalde Shelevyat quien, llegado el momento, no dudará un instante en intimidar a Kolia en su propia casa y, menos aún, en correr a golpes a cierto abogado citadino, Dmitriy Seleznyov (Vladimir Vdovichenkov), un antiguo compañero de armas de Kolia, quien ha llegado de Moscú en el papel de salvador.
El problema es que Dmitriy no representa ninguna solución y sí el agravamiento del problema. Además, el propio Kolia, su joven esposa apagada Lilya (Elena Lyadova) y el hijo adolescente de Kolia de un anterior matrimonio, Roman (Sergey Pokhodaev), tampoco se dejan salvar. A decir verdad, en este pesimista y oscuro filme de Zvyagintsev, Rusia misma no parece tener solución. Y si la ley, a través de la palabra recitada a la velocidad de la luz, es mera caricatura, la fe religiosa está peor representada: en la escena final, un sacerdote ortodoxo articula un largo sermón para consumo de las fuerzas vivas del lugar, para la gente de bien que siempre cae parada, para las personas decentes que conocen bien la ley y que pueden recitar artículos, fracciones y resolutivos legales sin pestañear.
Al pueblo llano, se entiende, solo le resta la amargura, el fracaso, el vodka y algún exabrupto genial, como esa secuencia en la que Kolia, Dmitriy y algunos más organizan un picnic en las afueras del pueblo, llevando carne para asar, cantidades industriales de alcohol y unos retratos de todos los líderes soviéticos –de Lenin a Yeltsin- para ser usados para el tiro al blanco. Cuando alguien le pregunta a quien trajo los cuadros si no hace falta el retrato de alguien más cercano en el tiempo –el de Putin, por supuesto, que adorna la oficina del abusivo alcalde-, el tipo responde, socarronamente, que “todavía no hay suficiente perspectiva histórica”. Zvyagintsev, es obvio, no come lumbre. Y viendo cómo se las gastan los juzgados en Rusia y cómo se aplica la ley por esos lares, ¿alguien puede culparlo?
El Leviatán pensado por Hobbes, ese imponente “dios mortal” que nos debe ayudar a sobrellevar nuestra triste vida “solitaria, pobre, brutal y corta” es, en la Rusia de Putin, un horrendo monstruo bíblico imposible de vencer. No solo tiene todo el poder posible: también tiene la palabra.




La ley y sus procedimientos

En Politist, Adjectiv (Rumania, 2009), segundo largometraje del cineasta rumano Corneliu Porumboiu (opera prima 12:08 al este de Bucarest/2006, ganadora de la Cámara de Oro en Cannes 2006), la palabra y lo que vale está, como en Leviatán, en el centro de la película, un thriller policial desprovisto de acción, pero no de inteligencia ni, mucho menos, de humor.
En la obra fílmica anterior y posterior de Porumboiu –en la hilarante 12:08 al este de Biucarest, en la minimalista película futbolera Al Doilea Joc/2014- aparecen las mismas constantes temáticas: un interés en el significado de palabras o conceptos, y una obsesión por saber de reglas y procedimientos, por más absurdos que estos sean.
Así pues, en 12:08 al este de Bucarest, la película nos muestra un ridículo programa de televisión en el que se discute la hora y el momento precisos en el que inició la Revolución por la que fue derrocado Ceausescu, mientras que Al Doilea Joc –un arriesgado experimento, inédito en México- el propio director Porumboiu y su padre, un antiguo árbitro retirado, ven la vieja grabación en VHS de un juego de futbol que  Porumboiu padre arbitró en 1988 entre dos equipos política y futbolísticamente importantes. 
Al Doilea Joc carece de puesta en imágenes: lo que vemos es el juego de futbol en tiempo real, con los comentarios “en off” del árbitro retirado y su impertinente hijo cineasta, quien interroga a su papá sobre el juego, el equipo, los jugadores, las reglas y cuándo y por qué debe marcarse un foul, cuándo se marca la ley de la ventaja o por qué en tal o cual momento el árbitro debe dejar pasar un foul para que el juego fluya mejor.
¿De dónde viene tal interés de Porumboiu por las palabras y su significado, por las reglas y los procedimientos? El ganador de Cannes lo ha dicho en varias entrevistas: el vivir en un régimen policial y autocrático como el de Ceausescu puede provocar, a la larga, que los ciudadanos dejen de creer en el significado auténtico de las palabras. Todo puede ser manipulado, re-interpretado, usado para el beneficio de quien tiene el poder. De quien tiene la palabra.



                                                                   La palabra es la ley

En Politist, Adjectiv, el protagonista es Cristi (Dragos Bucur), un agente policial treintañero delgado, desgarbado y con una perpetua barda de tres días. Parece más un vago que un detective de la policía de Vaslui -una pequeña ciudad al  norte de Bucarest, lugar de nacimiento del director Porumboiu-, pero su facha tiene sentido: si la chamba es seguir a un grupo de preparatorianos que fuman hachís, lo más lógico es parecer un vago cualquiera y no un policía.
Lo curioso es que cuando lo vemos llegar a la comisaría –una oficina policial auténtica, por cierto- nos damos cuenta que nadie, ni los demás policías ni las secretarías ni los oficiales, tienen una apostura adecuada. No parece policías de película. No lo son: no de película hollywoodense, en todo caso. Ni Politist, Adjectiv es un filme policial típico.
La tarea de Cristi es seguir a Víctor (Radu Costin), un muchacho que ha sido denunciado por su amigo Alex (Alexander Sabadac) de ser el proveedor del hachís que consume. Cristi desconfía de Alex, no solo por ser un soplón, sino porque en sus reportes no ha denunciado a una amiga de ambos que también consume la droga. Cristi le externa sus preocupaciones al procurador (Marian Ghenea): ¿no será que Víctor no es el proveedor de la droga y Alex lo ha denunciado solo porque le interesa la jovencita, amiga de ambos? Además, ¿para qué seguir con el caso? Por lo que ha visto Cristi, los tres muchachos no hacen más que fumarse su cigarrito de mota, no trafican, no delinquen, no son un peligro para la sociedad. Cristi acaba de llegar de su luna de miel en Praga y allá, le dice al Procurador, nadie es molestado por fumar mariguana. No tiene sentido arruinarle la vida a un chamaco –la pena sería de 7 años, 3 años y medio si se porta bien- por unos cuantos gramos de hachís.
El Procurador no quiere escuchar razones. La ley es la ley y en Rumania el consumo de drogas está prohibido, así como el tráfico, por más que el supuesto tráfico que se ha podido comprobar es de los cigarrillos que Víctor le ha pasado a Alex y a su amiguita. La obligación de Cristi es seguir la ley.
Porumboiu parece estar del lado de su policía liberal, cuya conciencia le dice que no debe detener a Víctor.  Pero algo sucede hacia la mitad de esta brillante, elocuente y provocadora slow-movie. Cierta noche, un cansado Cristi llega a su casa a cenar, y su mujer, Anca (Irina Saulescu), está escuchando una y otra vez en youtube cierta cursilísima canción pop. Cristi se sirve la cena mientras, al fondo, escuchamos la canción de marras en tiempo real. Cuando el agotado cuico ha terminado de comer, ya francamente exasperado, le pregunta a su mujer qué significa lo que dice la canción: ¿qué significa eso de “mar sin Sol”? Y cuando dice que la “vida va para adelante”, ¿a dónde tendría que ir?: ¡ni modo que para atrás!
Cristi es una persona práctica que no entiende metáforas ni, mucho menos, anáforas, que es la figura literaria usada en la canción, le dice su esposa, que es profesora de gramática. La discusión termina cuando ella le comenta, con seguridad intelectual, que hay una institución que se llama Academia Rumana de la Lengua, que es la que decide qué palabras son correctas y cuáles no. Y que, por cierto, acaba de leer su reporte final y que se le coló una falta de ortografía.
Esta larga escena está conectada con los minutos finales del filme en los que Cristi se enfrenta a un lector más estricto que su esposa. Durante toda la cinta, hemos visto cómo el policía le ha sacado la vuelta a encontrarse con su jefe, el Capitán Anghelache (el ubicuo Vlad Ivanov). En la escena del desenlace sabemos por qué.
Hasta este momento, Cristi ha sido nuestro héroe: un policía honesto, bien intencionado, liberal, que sabe que debe haber cosas más importantes en su trabajo que echarle a perder la vida a un chamaco por unos cuantos cigarrillos de hachís. Pero cuando se enfrenta al Capitán Anghelache, Cristi no encuentra la salida.
Angelhache no es el típico jefe policial gritón o abusivo. De hecho, el tipo no levanta la voz, habla con claridad, es articulado y argumenta con una lógica que resulta imbatible. Cuando Cristi le repite sus dudas sobre el caso de Víctor y le dice que su conciencia le dice que no debe detener a ese muchacho, el Capitán no suda ni se acongoja. Como un paciente –pero también muy estricto- profesor de gramática, le pide a su secretaria un diccionario y luego le solicita a Cristi que lea, en voz alta, las definiciones de “conciencia”, luego lo que significa “moral” y, finalmente, “ley”.
Cada vez que Cristi lee la definición respectiva, Angelhache lo interrumpe, repite lo que acaba de apuntar su subordinado, agrega algún comentario irónico, interroga implacablemente al joven policía y, poco a poco, lo va acorralando sin amenazarlo un instante, sin levantar nunca la voz. No necesita hacerlo: Algelhache tiene de su lado la autoridad, un diccionario y es, además, mucho más articulado, educado e inteligente que Cristi.
La escena se extiende durante 20 minutos –el clímax procedimental de este thriller policial atípico- y cuando termina nos queda claro quién ha ganado. Por más que el sentido común nos diga que Cristi tiene la razón, la lógica literal y literaria del Capitán ha sido imposible de desmontar. Angelhache es la ley porque conoce las palabras de las que está hecha, sabe decodificarlas y puede convencer a otros de que su interpretación es la correcta. Otra vez: quien es dueño de la palabra, es dueño del poder. Y de la (in)justicia.

lunes, 28 de mayo de 2018

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXXVI



Nunca estarás a salvo (You Were Never Really Here, GB-Francia, 2017), de Lynne Ramsay. El cuarto largometraje de Ramsay no oculta sus deudas con clásicos de la talla de Taxi Driver (Scorsese, 1976) e, incluso, el western seminal Más corazón que odio (Ford, 1956), pero la directora británica sabe cómo dar la vuelta de tuerca en el momento menos esperado y su puesta en imágenes es realmente absorbente. Puntos extras por ciertas canciones que se escuchan en la banda sonora. Mi crítica en la sección Primera Fila del diario Reforma del viernes pasado. (***)


Swagger: Gente con estilo (Swagger, Francia, 2016), de Olivier Babinet. Once adolescentes que viven en el barrio marginado de Aulnay, en los suburbios parisinos, hablan frente a cámara de sus sueños y pesadillas, de Dios y su religión (o su falta de ella), de política (o de su desinterés por ella), del amor, de las drogas, de su familia, de su orgullo de sentirse franceses, de su posición como inmigrantes (o hijos o nietos de ellos). 
Los muchachos son bastante articulados y algunos de ellos -como el gordito que sueña con ser diseñador- hasta simpáticos, pero el documental no descubre nada que no supiéramos o imagináramos. Visualmente, eso sí, el realizador Babinet se da vuelo con algunas escenas que abandonan con toda claridad el documental para acercarse al musical o hasta el cine de ciencia ficción. (*)

martes, 22 de mayo de 2018

En línea: Psychokinesis




Al momento de escribir estas líneas no he visto Deadpool 2 (Leitch, 2018), pero he padecido Avengers: Infinity War (Hermanos Russo, 2018) y como soy bastante escéptico –no tengo grandes esperanzas de Ant-Man: el hombre hormiga (Reed, 2015)- me atrevo a afirmar que la mejor y más original película de súper-héroes del año será Psychokinesis (Yeom-lyeok, Corea del Sur, 2018), quinto largometraje del ascendente cineasta sudcoreano Sang-ho Yeon (cintas animadas El rey de los cerdos/2011 y Estación Zombie:Seúl/2016, filme de acción viva Estación Zombie: Tren a Busán/2016), película disponible desde hace unas semanas en Netflix.
El planteamiento es muy similar a cualquier cinta hollywoodense de súper-héroes. De hecho, el guion –escrito por el propio Yeon- parece una suerte de versión corregida de los orígenes del Hombre Araña. Vea si no: al igual que Peter Parker, el protagonista de Pyschokinesis, el mediocre vigilante bancario Seok-hyeon Shin (Seung-ryong Ryu), recibe sus extraordinarios poderes por accidente –en este caso, al beber agua de un manantial contaminado por cierto meteorito que cae en la Tierra-, no tiene en qué caerse muerto ni manera de mejorar su precaria situación económica y, en algún momento de la película, descubrirá que “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”.
No estoy diciendo que Psychokinesis es un mero pastiche genérico. Al contrario, la convencional premisa ya descrita le sirve a Yeon para explorar un tema muy caro a sus intereses y ya visto en sus dos magníficas películas de zombis: las difíciles relaciones paterno-filiales. Así pues, el centro dramático de la cinta tiene que ver con la complicada relación que tiene Shin con su hija Ru-mi (Eun-kyung Shim), a quien había abandonado diez años atrás. Ante la repentina muerte de su exmujer y madre de Ru-mi, asesinada por una banda de matones que buscaban desalojarla de su exitoso changarro de pollos fritos, Shin se acerca a su resentida hija, que no quiere saber nada de él. Sin embargo, con sus nuevos poderes recién descubiertos –la posibilidad de mover cualquier objeto a su antojo usando la psicoquinesis del título (que debería ser, más bien, telequinesis)-, Shin se empieza a ganar el respeto de la muchacha y, sobre todo, del resto de los amigos de ella, quienes enfrentan la amenaza de ser desalojados a la mala de cierto popular mercadito.
El villano del filme no podría ser más prosaico: una poderosa compañía constructora dirigida por una implacable ejecutiva (Yu-mi Jung robándose la película en un par de escenas) que contrata a un malandrín de copete peñanietista (Min-jae Kim) y a su grupo de matones para que desalojen a los honestos dueños de los pequeños changarros de cierta galería comercial. Como se imaginará, Yeon toma una posición claramente populista: de un lado esa empresa rapaz y sin rostro; del otro, los luchones clasemedieros sudcoreanos con su Super-Barrio psicoquinético.
Yeon se mueve ágilmente entre el melodrama –la relación padre/hija-, la comedia –el asombro inicial del propio Shin ante sus poderes, el retrato de la villanesca ejecutiva, la reacción de un policía cuando le enseñan un video de Shin- y el cine de acción –la última parte del filme, cuando Shin se enfrenta a malandrines y cuicos cual Supermán populachero.
Hacia el final, Yeon da un último irónico giro de tuerca: el triunfo o fracaso depende menos de la buena voluntad de nuestros héroes –Shin, Ru-mi y los demás- que de la maldad sin rostro pero devastadora que se esconde tras el más rapaz capitalismo. Y es que cuando la perra corrupta y neoliberal es brava, hasta a los de la casa muerde.

lunes, 21 de mayo de 2018

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXXV




El tercer asesinato (Sandome no satsujin, Japón, 2017), de Hirokazu Koreeda. El más reciente largometraje estrenado en México del maestro nipón Koreeda es una suerte de drama judicial que, sin renunciar por completo a la influencia temática proveniente de Ozu, se encamina esta vez a una historia que se conecta más con Kurosawa y su clásico Rashomon (1950). Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado.  (** 1/2)

Sunka Raku: alegría evanescente (México, 2015), de Hari Sama. El cuarto largometraje de Sama -y primer documental en su haber- terminó en mi lista de lo mejor del año del 2016. Se trata de una fascinante biopic sobre "el turco" Roberto Behar, que ha tenido una vida, por decir lo menos, bastante interesante.
Dividida en cuatro partes por las estaciones del año y con fragmentos animados responsabilidad de Pedro González "Zulu", Sama nos presenta la vida y obra de Behar, desafiante y hereje masturbador en su infancia/adolescencia -en "Invierno"-, músico ejecutante de clavecín en su precaria juventud parisina y criador de halcones de regreso a México -en "Primavera"-, exitoso publicista responsables de algunas de las campañas más famosas en nuestro país (el comercial de Martell, el "chaca-chaca" de Ariel, aquella del "vaso medio lleno y medio vacío", el del "rápido reforzado" con María Félix) que luego le pega la chifladura de hacer una casa japonesa del té en el cerro del Ajusco -en "Verano"-  y que, al final, en "Otoño", esté plenamente dedicado a la milenaria ceremonia del te, que organiza y lleva a cabo en su propia casa, con el propio Sama como muy serio acompañante.
La personalidad de Behar es el centro organizador de este filme, construido alrededor de su total apertura para compartir los traumas más personales, desde los abusos físicos y sexuales sufridos en su infancia hasta su compleja historia materna y familiar, pasando por algunos súbitos ataques de locura, heredados acaso de un abuelo suicida. 
Por lo aquí escrito no crea usted que estamos ante el  desnudamiento psicológico de un simple narcisista más: esta atípica biopic documental funciona, más bien, como la absorbente crónica existencial de un sobreviviente de sí mismo, alguien que nació en un mundo al que veía como enemigo y al que después terminó arrojándose en sus pasiones -la música, la cetrería-, en sus traiciones -la odiada publicidad- para, al final de cuentas, encontrarse con la alegría evanescente del título. Es decir, la construcción de "una casa donde esperas tranquilamente", un hogar vivo en el que Behar ha encontrado -no, mejor dicho: construido- un equilibrio que se busca y se quiere perfecto. Una película excepcional, acaso lo mejor que ha hecho Sama hasta el momento. (***)

sábado, 19 de mayo de 2018

El cavernícola




Desde el prólogo, ubicado en Manchester en el neopleistoceno –a la hora del almuerzo, para ser más específicamente montypythonescos-, nos damos cuenta que estamos en las mejores manos posibles y que, por lo tanto, pasaremos hora y media de las más pura diversión.
Se trata de El cavernícola (Early Man, GB-EU-Francia, 2018), el más reciente filme de la casa Aardman y tercer largometraje –aunque primero dirigido en solitario- del creador de Wallace y Gromit, Nick Park. En esos primeros minutos vemos que un día cualquiera de esos tiempos remotos es interrumpido por un meteorito que terminará acabando con todos los dinosaurios pero que, en contraste, le dará a los cavernícolas sobrevivientes un regalo del cielo: ¡el futbol!
Muchos años después, los descendientes de esos primeros hombres sobreviven en un idílico valle cazando conejos maloras cuando son invadidos por un ejército superior que han dejado atrás la época de las cavernas para entrar a la era del bronce. Comandados por el sangronazo con acento francés –otra vez montypythonesco- Lord Nuth (voz original de Tom Hiddleston), estos maléficos imperialistas expulsan de sus tierras a los hombres de las cavernas. Sin embargo, el más inquieto de ellos, el siempre optimista Dug (voz original de Eddie Redmayne), encuentra la posibilidad de recuperar su terruño: retar a los hombres de bronce a un partido del citado juego sagrado –es decir, el fut-, de tal forma que el que gane, se quedará con las fértiles tierras del valle.
La estructura narrativa es completamente previsible: ¿cuántas veces no hemos visto una película deportiva –sea de fut, beis o la disciplina que usted quiera- en la que un grupo de supuestos perdedores le terminan ganando a los invencibles campeones? Más allá de la historia, lo que resulta genuinamente disfrutable es, por un lado, la virtuosa sofisticación del trabajo de animación cuadro-por-cuadro de Park y compañía; y por el otro, el regocijante humor anárquico contenido en el argumento, escrito por Mark Burton y el propio cineasta.
Así pues, a los inevitable guiños a la inolvidable teleserie animada Los Picapiedra (un escarabajo usado como rasuradora, unos mini-cocodrilos son ganchos de ropa) hay que sumarle algunos momentos de hilarante slapstick (la interminable caída desde la parte superior del estadio de fut), algunos delirantes gags que parecen no tener fin (la puerta que se cierra con una decena de seguros), la aparición de la nada de ¡¿un ganso gigante?!, el desternillante uso de una paloma mensajera y, finalmente, la cereza en el pastel: me refiero al digno remplazo de Gromit, el voluntarioso cochi-jabalí Hognob –o Cerdog- (gruñidos originales del propio director Park), la inseparable mascota de Dug y, sin lugar a dudas, el personaje más entrañable de todos los que vemos en pantalla.
Un último detalle: como la película está centrada en “el juego enviado del cielo”, los aficionados al fut seguramente encontrarán multitud de detalles paródicos relacionados con el llamado “juego del hombre”. Sospecho que a unas semanas de que empiece el Mundial Rusia 2018, El cavernícola será la mejor película de futbol del año. No sé quién pueda ganarle a Park. Ni, mucho menos, a Cerdog.

miércoles, 16 de mayo de 2018

En línea: Le jeune Karl Marx




Hace apenas unos días, el 5 de mayo para ser precisos, se cumplieron 200 años del nacimiento de Kar Marx (1818-1883), el filósofo y economista alemán que, para bien (por su estudio sobre la naturaleza del capitalismo y el valor del trabajo) y para mal (porque sus ideas dieron pie a algunos de los regímenes más criminales del siglo pasado), se convirtió en una de las figuras más influyentes de la historia moderna.
Así, la aparición de una película de los años juveniles marxistas, Le jeune Karl Marx (Francia-Alemania-Bélgica, 2017), dirigida por el haitiano internacionalizado Raoul Peck, no puede ser una coincidencia. La cinta se presentó en Berlín 2017, tuvo su corrida comercial en Europa durante el año pasado y desde hace unas semanas ya se encuentra disponible para su revisión tanto en DVD de importación como en el servicio streaming de Amazon Prime.
La más curiosa paradoja del más reciente largometraje de Peck es que su estructura narrativa –escrita por él mismo y Pascal Bonitzer, colaborador habitual de Rivette, Ruiz y Techiné- es lo más convencional posible. Es decir, nos acercamos a la vida, obra e ideas revolucionarias de Karl Marx (August Diehl) y Friedrich Engels (Stefan Konarske) –y a las de algunos del reparto secundario, como los anarquistas Proudhon (Olivier Gourmet) y Bakunin (Ivan Franek)- a través de una de las fórmulas fílmicas menos revolucionarias: la biopic.
Más aún, acaso sin proponérselo, Peck y Bonitzer nos presentan a Le jeune Karl Marx como si se tratara del primer episodio de una película de súper-héroes: ¡vea el origen intelectual del veinteañero Marx, escribiendo en Colonia un lúcido texto sobre el sentido de la propiedad!, ¡sea testigo de cómo salió huyendo hacia París con mujer (Vicky Krieps) y bebé en ristre!, ¡contenga la emoción cuando Marx conoce a Engels y encuentra en él un alma intelectual –valga el sinsentido- gemela!, ¡entienda cuál fue el origen de “Las condiciones de la clase trabajadora”, publicada por Engels en 1845!, ¡sepa qué llevó a Marx a escribir el “Manifiesto comunista” en 1848!, ¡vea cómo en el final, Marx y Engels están listos para liberar a los trabajadores!, ¡proletarios del mundo, uníos!
Así pues, seguimos a Marx en su travesía geográfica (de Alemania a Francia a Bélgica y finalmente a Inglaterra), personal (por sus bien conocidos problemas familiares y económicos) e intelectual (por sus ideas, debates y primeros textos), guiados por la funcional mano de Peck y acompañados por un reparto uniformemente competente que dota de auténtica personalidad a estos santones de la filosofía, la política y la economía cuyas ideas cambiarían la faz de la Tierra de durante el siglo pasado.
Peck es un cineasta obviamente de izquierda –recuérdese su anterior filme, la obra mayor documental nominada al Oscar No soy tu negro (2016)- pero es, antes que nada, un cineasta. Es decir, su película funciona como una bien informada e inteligente biopic antes que un vulgar filme de propaganda, por más que termine de una manera tramposamente emotiva: con la voz de Bob Dylan entonando “Like a Rolling Stone” mientras vemos algunas escenas documentales emblemáticas de las distintas revoluciones del siglo XX, inspiradas, de alguna u otra forma, por Marx. Por supuesto, alguien dirá, y dirá bien, que a esas imágenes exultantes le faltó, por ejemplo, la caída del muro de Berlín. Pero no seamos reaccionarios. Aunque sea por un ratito.

lunes, 14 de mayo de 2018

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXXIV




Violeta al fin (Costa Rica-México, 2017), de Hilda Hidalgo. La Violeta del título (Eugenia Chaverri) es una mujer de 72 años de edad, recién divorciada después de un largo matrimonio. A pesar de que sus dos hijos -que ya tienen sus propias familias- le insisten que debería vender el enorme caserón en el que vive en el centro de San José, Costa Rica, para irse con alguno de ellos, ella reafirma su independencia: no quiere aceptar a su exmarido, no quiere vender su casa -que fue la casa de sus padres, de hecho-, no quiere ser un estorbo para nadie. La santa señora pasa el tiempo arreglando su paraíso personal -su amplio y bello jardín-, se reúne con sus amigas de siempre y está aprendiendo a nadar, porque por supuesto que se puede seguir viviendo aunque en el futuro cercano pueda uno estar necesitando un bastón.
Sin embargo, el presente no es tan idílico: cuando empieza a rentar los cuartos vacíos de su casa -su primer inquilino es su maestro de natación mexicano (Gustavo Sánchez Parra)- descubre que su más preciada posesión, la que le da identidad y razón de ser, está en peligro de ir a parar a otras manos. En la segunda parte de la cinta vemos la forma en la que Violeta se enfrenta a esta situación, mientras la narración se permite algunas digresiones por las cuales accedemos al estado mental de la acorralada mujer.
Hidalgo ha dirigido una sencilla woman's film que evita caer en el chantaje sentimental, bien apoyada por la veterana actriz teatral tica Chaverri y una funcional puesta en imágenes a través de la fotografía de Nicolás Wong. (* 1/2)

Hogar (Home, Bélgica, 2016), de Fien Troch. Otro melodrama sobre una Juventud desenfrenada (Díaz Morales, 1956) belga que, más bien, resultar ser una juventud indolente más que nihilista. Aunque realizada con funcionalidad desdramatizada y con un reparto juvenil muy competente, la película no presenta, en forma ni fondo, nada nuevo. Mi crítica en la sección Primera Fila del diario Reforma del pasado viernes. (*)

domingo, 6 de mayo de 2018

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXXIII



Los extraños: Cacería nocturna (The Strangers: Prey at Night, EU, 2018), de Johannes Roberts. La tardía secuela de la eficaz pero derivativa slasher movie Los extraños (Bertino, 2008) merece exactamente los mismos adjetivos: eficaz y derivativa. Un sanguinolento palomazo de fin de semana, con buen soundtrack rock-pop incluido. Mi crítica en la sección Primera Fila del diario Reforma del viernes pasado. (*)

Crimen en El Cairo (The Nile Hilton Incident, Marruecos-Suecia-Dinamarca-Alemania-Francia, 2017), de Tarik Saleh. El cuarto largometraje del sueco de ascendencia egipcia Tarik Saleh está ubicado en El Cairo -aunque fue filmado en Casablanca, pues las autoridades egipcias no dieron el permiso de filmación-, días antes de la revolución de enero de 2011 en la que cayó del poder el dictador Hosni Mubarak.
El mayor de la policía Noredin Mostafa (Fares Fares) investiga el asesinato de una mujer que es encontrada en el Hotel Hilton del título original. La única testigo, una camarera indocumentada sudanesa (Mari Malek), ha desaparecido y, los primeros pasos del policía señalan que el crimen pudo haber sido cometido por ciertas fotos comprometedoras en las que aparece un poderoso desarrollador inmobiliario que, además, es miembro del parlmento (Ahmed Selim). Noredin es un policía común y corriente que, por lo menos ante lo que nos presenta la película, esto quiere decir que es un oficial corrupto, como lo son todos sus demás compañeros, incluyendo su paternal jefe -y, por añadidura, tío- Kammal (Yasser Ali Maher). Sin embargo, como estamos en los terrenos de un neo-noir con todas las de la ley, este policía corrupto, solitario, alcohólico y fumador, recobrará a saber por qué algún viso de conciencia, por lo que empezará a investigar en serio el asesinato de esa muchacha, mientras el régimen corrupto político/policial del que forma parte empieza a derrumbarse a su alrededor.
Una cinta de género que, si bien no aporta nada nuevo a través de su eficaz ejecución, sí se ve enormemente beneficiada por su específico entorno histórico-social y por la buena presencia del actor libanés Fares, quien encarna con justeza al típico protagonista desencantado del clásico noir citadino que se ve obligado a convertirse en el héroe fracasado de antemano y para siempre. (**) 

martes, 1 de mayo de 2018

El cliché que yo ya vi/CLIII



Joel Meza, quien había descuidado de fea manera su sección en este blog, propone el siguiente: 


Agáchense y vuélvanse a agachar... En las películas, cuando el héroe y el villano pelean cuerpo a cuerpo junto a un mecanismo en movimiento cíclico, sólo es cuestión de tiempo para que el bueno se dé cuenta de lo que el malo no: la sincronía hará todo el trabajo. Es tan obvio que hasta las niñas bonitas lo saben y, pues sí, se vuelven a agachar.

Puede ser la hélice de un avión nazi o el molino de una mina, como en las películas de Indiana Jones o una nave espacial rodando en los valles de Wakanda, como se ve estos días, en todas las pantallas, en Avengers: Infinity War.