miércoles, 30 de mayo de 2018

Aequitas: La palabra es la (in)justicia





Este ensayo fue publicado originalmente en Aequitas, la revista del poder judicial del estado de Sinaloa, número 7.


Hay una escena clave, al inicio de Leviatán (Leviafan, Rusia, 2014), cuarto largometraje del cineasta ruso Andrei Zvyagintsev (El regreso/2003, Elena/2011), en la que la justicia toma la palabra. O, mejor dicho, la injusticia es la que lo toma. Todo lo que vemos es perfectamente legal, por cierto, pero también ofensivamente injusto.


La ley tiene la palabra

El escenario es un pequeño juzgado en algún pueblito costero del Mar de Barents, en la Península de Kola, al noroeste de Rusia. La representación de la ley, del Estado ruso mismo, es una secretaria de juzgado que lee a mil por hora, sin titubear un instante, sin tartamudear un segundo, sin tomar aire, cierta resolución legal en la que Kolia (Aleksey Serebryakov), un huraño mecánico de pocas palabras y bruscas maneras, va a ser despojado de su propiedad, pues el abusivo alcalde del lugar, Vadim Shelevyat (Roman Madyanov, robándose cada escena en la que aparece), quiere esos terrenos para hacer un jugoso negocio.
La letanía legaloide dura varios minutos: al inicio desconcierta, luego irrita y finalmente provoca en el espectador la carcajada. Para ser francos, no recuerdo ningún antecedente similar. Es cierto que alguien podría citar la enrevesada defensa de Cantinflas en la escena del juicio de Ahí está el detalle (Bustillo Oro, 1940), pero en Leviatán estamos en otros terrenos y el tono, además, es muy distinto.
En la mejor comedia que protagonizara Cantinflas en toda su carrera, la palabra servía para escurrir el bulto: hablar mucho no solo para no decir nada, sino para terminar contagiando del sinsentido a todos los demás, es decir, al fiscal, al defensor, al propio juez. Al final de esa delirante escena en Ahí está el detalle, de todas maneras la justicia y la verdad terminaban imponiéndose.
En Leviatán, en contraste, la palabrería de la secretaria sí tiene sentido: todo está bien articulado, todo es indudablemente legal, todo se ha ejecutado conforme a derecho. Y, sin embargo, lo que prevalece al final de cuentas es la más grosera y desvergonzada injusticia.
En la Rusia de Leviatán la personificación de la ley es esa mujer-tarabilla que recita sin descanso todos los artículos y las disposiciones que han hecho posible el despojo que sufre Kolia en manos del borrachales alcalde Shelevyat quien, llegado el momento, no dudará un instante en intimidar a Kolia en su propia casa y, menos aún, en correr a golpes a cierto abogado citadino, Dmitriy Seleznyov (Vladimir Vdovichenkov), un antiguo compañero de armas de Kolia, quien ha llegado de Moscú en el papel de salvador.
El problema es que Dmitriy no representa ninguna solución y sí el agravamiento del problema. Además, el propio Kolia, su joven esposa apagada Lilya (Elena Lyadova) y el hijo adolescente de Kolia de un anterior matrimonio, Roman (Sergey Pokhodaev), tampoco se dejan salvar. A decir verdad, en este pesimista y oscuro filme de Zvyagintsev, Rusia misma no parece tener solución. Y si la ley, a través de la palabra recitada a la velocidad de la luz, es mera caricatura, la fe religiosa está peor representada: en la escena final, un sacerdote ortodoxo articula un largo sermón para consumo de las fuerzas vivas del lugar, para la gente de bien que siempre cae parada, para las personas decentes que conocen bien la ley y que pueden recitar artículos, fracciones y resolutivos legales sin pestañear.
Al pueblo llano, se entiende, solo le resta la amargura, el fracaso, el vodka y algún exabrupto genial, como esa secuencia en la que Kolia, Dmitriy y algunos más organizan un picnic en las afueras del pueblo, llevando carne para asar, cantidades industriales de alcohol y unos retratos de todos los líderes soviéticos –de Lenin a Yeltsin- para ser usados para el tiro al blanco. Cuando alguien le pregunta a quien trajo los cuadros si no hace falta el retrato de alguien más cercano en el tiempo –el de Putin, por supuesto, que adorna la oficina del abusivo alcalde-, el tipo responde, socarronamente, que “todavía no hay suficiente perspectiva histórica”. Zvyagintsev, es obvio, no come lumbre. Y viendo cómo se las gastan los juzgados en Rusia y cómo se aplica la ley por esos lares, ¿alguien puede culparlo?
El Leviatán pensado por Hobbes, ese imponente “dios mortal” que nos debe ayudar a sobrellevar nuestra triste vida “solitaria, pobre, brutal y corta” es, en la Rusia de Putin, un horrendo monstruo bíblico imposible de vencer. No solo tiene todo el poder posible: también tiene la palabra.




La ley y sus procedimientos

En Politist, Adjectiv (Rumania, 2009), segundo largometraje del cineasta rumano Corneliu Porumboiu (opera prima 12:08 al este de Bucarest/2006, ganadora de la Cámara de Oro en Cannes 2006), la palabra y lo que vale está, como en Leviatán, en el centro de la película, un thriller policial desprovisto de acción, pero no de inteligencia ni, mucho menos, de humor.
En la obra fílmica anterior y posterior de Porumboiu –en la hilarante 12:08 al este de Biucarest, en la minimalista película futbolera Al Doilea Joc/2014- aparecen las mismas constantes temáticas: un interés en el significado de palabras o conceptos, y una obsesión por saber de reglas y procedimientos, por más absurdos que estos sean.
Así pues, en 12:08 al este de Bucarest, la película nos muestra un ridículo programa de televisión en el que se discute la hora y el momento precisos en el que inició la Revolución por la que fue derrocado Ceausescu, mientras que Al Doilea Joc –un arriesgado experimento, inédito en México- el propio director Porumboiu y su padre, un antiguo árbitro retirado, ven la vieja grabación en VHS de un juego de futbol que  Porumboiu padre arbitró en 1988 entre dos equipos política y futbolísticamente importantes. 
Al Doilea Joc carece de puesta en imágenes: lo que vemos es el juego de futbol en tiempo real, con los comentarios “en off” del árbitro retirado y su impertinente hijo cineasta, quien interroga a su papá sobre el juego, el equipo, los jugadores, las reglas y cuándo y por qué debe marcarse un foul, cuándo se marca la ley de la ventaja o por qué en tal o cual momento el árbitro debe dejar pasar un foul para que el juego fluya mejor.
¿De dónde viene tal interés de Porumboiu por las palabras y su significado, por las reglas y los procedimientos? El ganador de Cannes lo ha dicho en varias entrevistas: el vivir en un régimen policial y autocrático como el de Ceausescu puede provocar, a la larga, que los ciudadanos dejen de creer en el significado auténtico de las palabras. Todo puede ser manipulado, re-interpretado, usado para el beneficio de quien tiene el poder. De quien tiene la palabra.



                                                                   La palabra es la ley

En Politist, Adjectiv, el protagonista es Cristi (Dragos Bucur), un agente policial treintañero delgado, desgarbado y con una perpetua barda de tres días. Parece más un vago que un detective de la policía de Vaslui -una pequeña ciudad al  norte de Bucarest, lugar de nacimiento del director Porumboiu-, pero su facha tiene sentido: si la chamba es seguir a un grupo de preparatorianos que fuman hachís, lo más lógico es parecer un vago cualquiera y no un policía.
Lo curioso es que cuando lo vemos llegar a la comisaría –una oficina policial auténtica, por cierto- nos damos cuenta que nadie, ni los demás policías ni las secretarías ni los oficiales, tienen una apostura adecuada. No parece policías de película. No lo son: no de película hollywoodense, en todo caso. Ni Politist, Adjectiv es un filme policial típico.
La tarea de Cristi es seguir a Víctor (Radu Costin), un muchacho que ha sido denunciado por su amigo Alex (Alexander Sabadac) de ser el proveedor del hachís que consume. Cristi desconfía de Alex, no solo por ser un soplón, sino porque en sus reportes no ha denunciado a una amiga de ambos que también consume la droga. Cristi le externa sus preocupaciones al procurador (Marian Ghenea): ¿no será que Víctor no es el proveedor de la droga y Alex lo ha denunciado solo porque le interesa la jovencita, amiga de ambos? Además, ¿para qué seguir con el caso? Por lo que ha visto Cristi, los tres muchachos no hacen más que fumarse su cigarrito de mota, no trafican, no delinquen, no son un peligro para la sociedad. Cristi acaba de llegar de su luna de miel en Praga y allá, le dice al Procurador, nadie es molestado por fumar mariguana. No tiene sentido arruinarle la vida a un chamaco –la pena sería de 7 años, 3 años y medio si se porta bien- por unos cuantos gramos de hachís.
El Procurador no quiere escuchar razones. La ley es la ley y en Rumania el consumo de drogas está prohibido, así como el tráfico, por más que el supuesto tráfico que se ha podido comprobar es de los cigarrillos que Víctor le ha pasado a Alex y a su amiguita. La obligación de Cristi es seguir la ley.
Porumboiu parece estar del lado de su policía liberal, cuya conciencia le dice que no debe detener a Víctor.  Pero algo sucede hacia la mitad de esta brillante, elocuente y provocadora slow-movie. Cierta noche, un cansado Cristi llega a su casa a cenar, y su mujer, Anca (Irina Saulescu), está escuchando una y otra vez en youtube cierta cursilísima canción pop. Cristi se sirve la cena mientras, al fondo, escuchamos la canción de marras en tiempo real. Cuando el agotado cuico ha terminado de comer, ya francamente exasperado, le pregunta a su mujer qué significa lo que dice la canción: ¿qué significa eso de “mar sin Sol”? Y cuando dice que la “vida va para adelante”, ¿a dónde tendría que ir?: ¡ni modo que para atrás!
Cristi es una persona práctica que no entiende metáforas ni, mucho menos, anáforas, que es la figura literaria usada en la canción, le dice su esposa, que es profesora de gramática. La discusión termina cuando ella le comenta, con seguridad intelectual, que hay una institución que se llama Academia Rumana de la Lengua, que es la que decide qué palabras son correctas y cuáles no. Y que, por cierto, acaba de leer su reporte final y que se le coló una falta de ortografía.
Esta larga escena está conectada con los minutos finales del filme en los que Cristi se enfrenta a un lector más estricto que su esposa. Durante toda la cinta, hemos visto cómo el policía le ha sacado la vuelta a encontrarse con su jefe, el Capitán Anghelache (el ubicuo Vlad Ivanov). En la escena del desenlace sabemos por qué.
Hasta este momento, Cristi ha sido nuestro héroe: un policía honesto, bien intencionado, liberal, que sabe que debe haber cosas más importantes en su trabajo que echarle a perder la vida a un chamaco por unos cuantos cigarrillos de hachís. Pero cuando se enfrenta al Capitán Anghelache, Cristi no encuentra la salida.
Angelhache no es el típico jefe policial gritón o abusivo. De hecho, el tipo no levanta la voz, habla con claridad, es articulado y argumenta con una lógica que resulta imbatible. Cuando Cristi le repite sus dudas sobre el caso de Víctor y le dice que su conciencia le dice que no debe detener a ese muchacho, el Capitán no suda ni se acongoja. Como un paciente –pero también muy estricto- profesor de gramática, le pide a su secretaria un diccionario y luego le solicita a Cristi que lea, en voz alta, las definiciones de “conciencia”, luego lo que significa “moral” y, finalmente, “ley”.
Cada vez que Cristi lee la definición respectiva, Angelhache lo interrumpe, repite lo que acaba de apuntar su subordinado, agrega algún comentario irónico, interroga implacablemente al joven policía y, poco a poco, lo va acorralando sin amenazarlo un instante, sin levantar nunca la voz. No necesita hacerlo: Algelhache tiene de su lado la autoridad, un diccionario y es, además, mucho más articulado, educado e inteligente que Cristi.
La escena se extiende durante 20 minutos –el clímax procedimental de este thriller policial atípico- y cuando termina nos queda claro quién ha ganado. Por más que el sentido común nos diga que Cristi tiene la razón, la lógica literal y literaria del Capitán ha sido imposible de desmontar. Angelhache es la ley porque conoce las palabras de las que está hecha, sabe decodificarlas y puede convencer a otros de que su interpretación es la correcta. Otra vez: quien es dueño de la palabra, es dueño del poder. Y de la (in)justicia.

1 comentario:

McCloudKen dijo...

Muy interesante, buen artículo.