viernes, 15 de diciembre de 2017

El evangelio del 2017... según José Luis Losa/VII




José Luis Losa, respetado y estimado colega, además de director del Festival Cineuropa, ha enviado su top-15, con el extra de sus series favoritas de televisión:



1. NO INTENSO AGORA, de Joao Bautista Salles

2. THE KILLING OF A SACRED DEER, de Yorgos Lanthimos


3. AS BOAS MANEIRAS, de Marco Dutra y Juliana Rojas


4. THREE BILLBOARDS OUTSIDE EBBING, MISSOURI, de Martin McDonagh


5. YOU WERE NEVER REALLY HERE de Lynne Ramsay


6. ON BODY AND SOUL, de Indikó Enyedi


7. ON THE BEACH AT NIGHT ALONE, de Hong Sang-soo


8. LOVELESS, de Andrei Zygantisev


9. FIRST REFORMED, de Paul Schrader


10. MY FRIEND DAHMER, de Marc Meyers.


11.  ZAMA, de Lucrecia Martel


12. SUBURBICON, de George Clooney/ Hermanos Coen


13. DOWNSIZING, de Alexander Payne


14. THE BEGUILED, de Sofia Coppola


15. A FÁBRICA DE NADA, de Pedro Pinho.





SERIES DE TELEVISION


1. THE LEFTOVERS- Temporada 3


2. WORMWOOD (Errol Morris)


3. TWIN PEAKS


4. MINDHUNTER


5. FEUD

jueves, 14 de diciembre de 2017

En línea: Los Meyerowitz: La familia no se elige (Historias nuevas y selectas)



Hacia la mitad de Los Meyerowitz: La familia no se elige (Historias nuevas y selectas) (The Meyerowitz Stories: News and Selected, EU, 2017), el más reciente largometraje del cineasta neoyorkino Noah Baumbach (Historias de familia/2005, Greenberg/2010, Mientras somos jóvenes/2014), el fracasado músico Danny (Adam Sandler) levanta la voz para contestarle a su exitoso medio hermano financiero Matthew (Ben Stiller), mientras el anciano padre de ambos, el escultor mediocre y profesor de arte Harold (Dustin Hoffman) yace en la cama, inconsciente, debido a las consecuencias de un golpe en la cabeza.
            Es un auténtico logro del cineasta/guionista Baumbach que Sandler logre nuestra simpatía y hasta nos conmueva, aun cuando echa mano de los mismos tics actorales de siempre: la voz que se vuelve chillona, el tono de exasperación, el rostro que se va deformando. La clave es que la construcción del personaje encaja perfectamente con la presencia de Sandler y que la escena entre los dos medios-hermanos –el primer momento que comparten los dos comediantes en el filme- termina siendo completamente verosímil. ¿No terminamos gritándole de vez en cuando a nuestros hermanos, tengamos o no razón en nuestros reclamos o resentimientos?
            El décimo-primer largometraje de Baumbach está lleno de este tipo de escenas. Resueltas de forma funcional, sin florituras estilísticas de ninguna especie, sostenidas en la incómoda veracidad de sus diálogos, en la interpretación justa de su extenso reparto. He aquí, pues, el retrato de una familia judío-neoyorkina (padre, madrastra, tres hijos, exesposa, una nieta, amigos) cuyo único lazo de unión parece provenir de ese patético y egocéntrico patriarca escultor que ha hecho infeliz a todos sus hijos sin tener siquiera la coartada de ser un gran artista al que, por lo mismo, se le podría perdonar ser un auténtico monstruo.
            Estructurada en cinco capítulos en los que Baumbach nos muestra algunos signos claves de los sueños y pesadillas cotidianas de la citada familia –la tirante relación entre los medios hermanos Danny y Matthew, el palpable amor de Danny por su precoz hija aprendiz de cineasta Eliza (Grace van Patten), la dolorosa incapacidad de comunicación entre Harold y sus hijos, la lucidez de la hermana eternamente ninguneada Jean (Elizabeth Marvel)-, Los Meyerowitz… avanza a partir de bruscas elipsis, vía corte directo, que no dejan a los personajes (ni a sus actores) caer en excesos de ninguna especie, sean cómicos o dramáticos.
Al final, los Meyerowitz (el viejo, la mujer, los hijos) no dejan de causarnos irritación, pero como anoté al inicio, también nos provocan empatía. Es cierto que alguno de ellos –el viejo Harold- no tienen remedio ni lo tendrán, pero algún otro –como el vulnerable/vulnerado Danny- se ha ganado acaso una nueva oportunidad en su vida y la menor de todos, Eliza, no parece estar tan dañada. No como su padre, no como sus tíos, no como su abuelo.
Ah, esa esperanza tan necesaria que nos hace desear que nuestros hijos serán mejores que nosotros. A pesar, precisamente, de nosotros.
*****
Los Meyerowitz... está disponible en Netflix. 

martes, 12 de diciembre de 2017

El evangelio del 2017... según Film Comment/VI



La revista Film Comment liberó su lista de lo mejor del 2017 con algunas interesantes sorpresas y como sigue:

1. Good Time: Viviendo al límite (Good Time, EU, 2017), de Benny y Josh Safdie. Escribí de ella por acá.

2. A Quiet Passion (GB-Bélgica, 2016), de Terence Davies.

3. Fantasmas del pasado (Personal Shopper, Francia-Alemania-República Checa-Bélgica, 2016), de Olivier Assayas. 

4. ¡Huye! (Get Out, EU, 2017), de Jordan Peele. Mi crítica en Reforma.

5. Nocturama (Ídem, Francia-Alemania-Bélgica, 2016), de Bertrand Bonello. 

6. Ex-Libris: New York Public Library (EU, 2017), de Frederick Wiseman. 

7. La mort de Louis XIV (Francia-Portugal, 2016), de Albert Serra. 

8. Visages Villages (Francia, 2017), de Agnès Varda y JR.

9. Z, la ciudad perdida (The Lost City of Z, EU, 2017), de James Gray. Mi crítica en Reforma.

10. Lady Bird (EU, 2017), de Greta Gerwig.

La lista completa, que llega a 20, está por acá. Y la lista de los mejores 20 filmes no distribuidos en Estados Unidos, acá

lunes, 11 de diciembre de 2017

En línea: Kedi



“Puma” se llamaba. Fue mi primer gato y su nombre se lo impuso mi madre, por “Sandro de América”, que estaba de moda en mi infancia con una canción que trataba, precisamente, de un mujeriego al que le decían “puma”. A ese primer gato –que murió tronchado y al que enterré en la ribera del Río Tamazula de Culiacán con un cuchillo de cocina que terminé quebrando, chistecito que todavía me recuerda mi señora madre- le sucedieron, en mi adolescencia, en mi juventud y, después, ya en mi casa con mi esposa y mis hijos, una decena de felinos más: “Tencuache”, “Revoltoso”, “Peludita”, “Tota”, “Negro”, “Puma II”, “Gatilla”, “Patu”, “Tontín”, “Garañona” y la que tenemos ahora, que fue bautizada primero como “Aguada”, luego “Botete” y ahora, simplemente, “Gorda”.
Algunos de los nombres -“Revoltoso”, “Tontín”, “Garañona”- se los pusimos, de hecho, porque describían la personalidad de esos gatos o, si usted quiere, su carácter, su muy particular forma de ser. ¿Su “felinidad”?
Todo esto viene a cuento porque en algún momento de Kedi (Turquía-EU, 2016), opera prima documental de la antropóloga convertida en cineasta Ceyda Torun, uno de los varios entrevistados que habla sobre los gatos callejeros que abundan en Estambul, menciona que cada gato es distinto, tiene un carácter y una forma de ser. Y esto es cierto, pues cada gato que he tenido ha sido muy diferente: los ha habido cazadores, perezosos, manipuladores, líderes, agresivos, braveros, gruñones, buenazos…
Alguna de estas personalidades (¿o felinidades?) aparecen en Kedi, pues las fluidas cámaras de Alp Korfali y Charlie Wupperman siguen a siete felinos callejeros por las calles de Estambul, de tal forma que somos testigos de cómo viven y sobreviven: pidiéndole comida a quien se deje para ir a alimentar a las crías, ganándose su sustento al cazar ratas en un restaurante al lado del muelle, exigiendo las sobras en un café bien fifí en donde se alimentan de queso de primera y pavo ahumado, peleándose por el territorio con un recién llegado, echándole bronca a una gata que está coqueteando con el marido…
Estos mini-relatos gatunos están punteados por una serie de testimonios de varios habitantes de Estambul, quienes hablan de su relación con los gatos, los propios y los callejeros. La mirada de la directora Torun es completamente empática: su cámara no está para juzgar las excentricidades de sus entrevistados –el tipo que se salvó de un colapso nervioso alimentado gatos, el dueño de una pescadería que es obviamente el “loco de los gatos” del barrio- sino para recoger el testimonio de un genuino amor por esos animales que, en algunas ocasiones, parecen hacernos el favor de permitirnos acercarnos a ellos.
Torun ha creado un encantador documental sobre los felinos y el amor hacia ellos y, de refilón, sobre la otra gran ciudad eterna, Estambul, la antigua Constantinopla, la auténtica sucesora de Roma que, a través de los lentes de las cámara dirigidas por Torun, aparece más hermosa y atractiva de lo que nos habíamos imaginado.
Después de ver Kedi he reafirmado un viejo propósito: alguna vez iré a Estambul, a conocer la ciudad, a ver sus gatos callejeros y a escuchar su pegajosa música. Y si no voy, qué remedio: por lo menos tendré Kedi como íntimo placer vicario.
*****

            Kedi está disponible en streaming a través del servicio Youtube Red.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXII



Actos de venganza (Acts of Vengeance, EU-Bulgaria, 2017), de Isaac Florentine. Un convencional thriller en el que el abogado Antonio Banderas se inspira en las "Meditaciones" del emperador y filósofo estoico Marco Aurelio (121-189 d.C.) para cobrar venganza por el asesinato de su esposa y su hijita. La premisa es de risa loca, pero Banderas se toma en serio todo lo que hace y el director Florentine es especialista en las peleas y el kickboxing. Mi crítica en la sección Prima Fila del Reforma del viernes pasado. (* 1/2)

La cordillera (Argentina-España-Francia, 2017), de Santiago Mitre. El tercer largometraje del consolidado cineasta argentino Santiago Mitre (temprana obra mayor El estudiante/2011, sólida segunda cinta Paulina (La patota)/2015) está ubicado en la cordillera chilena del título, donde se encuentra un exclusivo resort en el que se reúnen los presidentes de América Latina para discutir la inminente fundación de una suerte de OPEP regional, que controle producción, precios y distribución del petróleo.
El protagonista es es presidente argentino, Hernán Blanco (Ricardo Darín, ¿quién más?), un sencillo provinciano, poco sofisticado, algo anodino, que fue gobernador de Las Pampas y que acaba de ser electo. Esta cumbre será la primera reunión de Blanco, a quien sus críticos consideran un tipo débil y mal preparado para estos menesteres maquiavélicos de la política internacional. Quienes llevan la voz cantante en la región es, por el lado sudamericano, el presidente brasileño Prete (Leonardo Franco, cual Lula con más fuerza que simpatía) y, como esquirol de los gringos, el extrovertido y malhablado presidente mexicano Sebastián Sastre (formidable Daniel Giménez Cacho, encarnando a una fusión de Fox y Salinas).
La fundación de la OPEP latinoamericana y las discusiones al respecto son el McGuffin de este sólido thriller político pero, como todo buen McGuffin, por más que le importe demasiado a todos los personajes -a los presidentes de Argentina, Brasil, México, a la mandataria anfitriona chilena (Paulina García en cameo extendido)- la realidad es que a nosotros, los espectadores, nos debe importar muy poco. Blanco tiene, además, otros problemas que resolver, en especial las broncas provocadas por el tumultuoso divorcio de su hija Marina (Dolores Fonzi), quien es enviada a la cumbre a acompañar a su papá para tenerla a la mano. Ahí, Marina tendrá un colapso nervioso que provocará la aparición de un psicólogo (Alfredo Castro, nada menos) que, mediante hipnosis, intentará tratar a la muchacha.
El guion escrito por Mitre en colaboración con Mariano Llinás cuenta dos historias que, aparentemente, tienen poco en común: la grilla internacional de las negociaciones petroleras y la relación del presidente argentino con su perturbada hija. Sin embargo, hacia el final, es evidente que las dos líneas temáticas y las dos fórmulas trabajadas -el thriller político y el thriller psicológico- terminan encontrándose para entregarnos el auténtico retrato de Blanco. La cordillera se descubre, entonces, hacia el desenlace como lo que siempre fue: una oscura y opaca crónica sobre la obtención del poder y el ejercicio del mismo. ¿Qué se esconde en el corazón de alguien que busca el poder y que finalmente lo logra? ¿De qué están hechas estas personas? ¿Qué son capaces de hacer? ¿A qué son capaces de renunciar? (***)

La cazadora de águilas (The Eagle Huntress, GB-Mongolia-EU, 2016), de Otto Bell. La opera prima documental de Bell es una convencional feel-good movie tan obviamente tramposa como disfrutable. Estamos en el Macizo de Altái, una cordillera que se encuentra entre Mongolia, China, Rusia y Kazajistán. En ese remoto lugar conocemos a Aisholpan, una sonriente jovencita de 13 años que proviene de una familia nómada kazaja. La niña va a la escuela, quiere ser doctora cuando sea grande pero en este momento su único sueño es seguir los pasos de su papá, alguna vez campeón en el torneo anual de "cazadores de águilas".
Sucede que en esta remota sociedad nómada kazaja, los hombres han seguido una tradición milenaria: capturan aguiluchos dorados -no tan grandes para poder volar, no tan chicos para que no se mueran fuera de su nido- a los que entrenan pacientemente para convertir al animal adulto, la majestuosa águila dorada, en una imponente cazadora de zorros. Cada año, decenas de cazadores de águilas de toda la región participan en un torneo en el que un grupo de muy serios jueces califican al cazador y a su ave. El papá ha ganado en dos ocasiones, el abuelo fue también un cazador, así como lo fue el papá del abuelo y el abuelo del abuelo. No tendría nada de particular que el retoño mayor de la familia quiera seguir esos mismos pasos, pero Aisholpan es una mujer, así que los viejos de la tribu no ven con buenos ojos ese desafío a las buenas costumbres.
Para fortuna de Aisholpan, su padre Nurgaiv es bastante liberal: cree que las mujeres deben tener las mismas oportunidades que los hombres, así que ayuda a su hija a capturar un aguilucho, la entrena concienzudamente a ella y al ave y, luego, la acompaña al torneo anual, en donde han llegado 70 cazadores de toda la región. Aisholpan no solo es la única mujer en el torneo sino, además, el competidor más joven. Su reto es doble. O triple. O cuádruple.
No diré qué pasa en el torneo; baste decir que, independientemente del resultado, Aisholpan tiene luego que demostrarle a los demás y demostrarse a sí misma que, independientemente lo que digan los viejos de la tribu, ella es una verdadera cazadora de águilas, por lo que al final la veremos en los abiertos escenarios nevados cazando un elusivo zorro con su enorme y feroz pajarraco en el brazo.
El cineasta debutante Bell y su cinefotógrafo Simon Niblett -con la ayuda del editor Pierre Takal- logran algunas escenas notables, gracias a la combinación de las clásicas tomas fordianas en espacios abiertos, al uso de drones en las fluidas tomas aéreas y hasta la colocación de una cámara en el cuerpo de una de las águilas doradas. Eso sí, esta virtuosa puesta en imágenes choca a veces con una narración demasiado tramposa -es obvio que algunos pasajes fueron recreados- y con una edificante resolución que roza con lo disneyano. Pero, bueno, tampoco hay razones para quejarse; después de todo, Aisholpan se merece eso y más. (**)

sábado, 9 de diciembre de 2017

En línea: Lady Macbeth



No sabía que existía Lady Macbeth (GB, 2016) hasta que la vi enlistada en el top-10 del2017 que dio a conocer el cineasta de culto John Waters. Me llamó la atención la forma en la que Waters la definió: la película que es todo lo opuesto a otra de las obras fílmicas del año, la sátira de horror ¡Huye! (Peele, 2017).
Después de haberla visto –Lady Macbeth se encuentra disponible en el servicio estadounidense de streaming de Amazon Prime, además de que ya está en DVD/BD de importación-, tengo que confirmar que Waters está en lo correcto: la opera prima del director teatral y operístico William Oldroyd no solo puede aparecer dignamente en cualquier lista de lo mejor de este año, sino que también es una perversa pieza de acompañamiento/contraste de la también opera prima dirigida por Jordan Peele.
El título adelanta el tema de la historia, pero no la ejecución de la misma ni, tampoco, el sentido político/alegórico que tiene el guion de Alice Birch, basado en el cuento ruso Lady Macbeth de Mtsensk (1865), de Nikolái Leskov, ya adaptado al cine en varias ocasiones, en una de ellas por Andrzej Wajda (Obsesión cruel/1962, no vista por mí) y también convertido en una ópera homónima escrita por Shostakovich y estrenada en 1934.
Birch ha movido el escenario de la historia de la Rusia original al norte de Inglaterra, aunque la época es la misma: 1865. La joven Lady Macbeth del título se llama en realidad Katherine (la veinteañera Florence Pugh, todo un descubrimiento) y la conocemos en la primera escena de la cinta, casándose, escondida tras un velo blanco. Katherine se ha casado con un tal Alexander Lester (Paul Hilton), un tipo que tiene nombre y dinero y que le dobla fácilmente la edad. El por qué se casó con ella es un misterio, pues no la toca en la noche de bodas –ni en las noches subsiguientes-, aunque él sí se toca a sí mismo. La realidad es que la muchacha fue adquirida, casi como si fuera una suerte de bono extra, cuando el hombre compró algún pedazo de tierra “que no sirve ni para criar una vaca”.
Katherine es un objeto más de los Lester, el hijo y su tiránico y anciano padre (Christopher Fairbank, formidable): sirve de adorno en alguna reunión en la amplía y fría casa, funciona como rotundo pedazo de carne para los desvíos onanistas de su marido, está inventariada como propiedad pues se le prohíbe salir de la casa, es vigilada por la criada negra Anna (Naomi Ackie) bajo las órdenes de los patrones…
Sin embargo, pronto queda claro que a Katherine no se le da bien eso de estar amarrada, como lo dice uno de los criados de la casa, el mulato Sebastian (Cosmo Jarvis), aunque refiriéndose a una perra a la que saca a pasear por los alrededores. Katherine demostrará, pues, que es tan inquieta como ese animal y, eso sí, mucho más peligroso.
La cámara de Ari Wegner toma de manera constante a Katherine en el centro del encuadre, dominando el escenario y, al mismo tiempo, siendo objetificada. Es de esta mirada, la de la cámara, la de nosotros, ante la que se rebela Katherine. Primero, entregándose al placer con el criado; luego, ante los violentos reproches de su suegro; después, ante el desprecio de su marido; finalmente, ante su condición de víctima natural a la que, de manera perversa, maquiavélica, cual Lady Macbeth shakespeariana, le da la vuelta en la secuencia final, usando tantos las armas femeninas como las sociales y raciales que tiene a su disposición.
¿Katherine es una heroína proto-feminista, un simple monstruo de maldad pura o, como lo dice Sebastian, “una enfermedad”? Pensándolo bien, ¿por qué no puede ser todo al mismo tiempo? 

viernes, 8 de diciembre de 2017

El evangelio del cine mexicano del 2017... según yo/V



Otro año de cine nacional marcado por el éxito taquillero de la comedia, la presencia exitosa en los festivales de primer nivel -esta vez con Las hijas de Abril (Franco, 2017) en Cannes 2017- y la constante calidad del cine documental que, frente a la ficción, sigue teniendo mejor promedio de bateo:

En orden de preferencia, el top 5 del cine nacional que vi en el 2017 (dos de esas cintas son de 2016, ya sé, pero qué quiere, las vi este año):

1. La libertad del diablo (México, 2017), de Everardo González. Mi crítica in extenso, por acá.

2. Las tinieblas (México-Francia, 2016), de Daniel Castro Zimbrón. Escribí un par de párrafos acá.

3. El alien y yo (México, 2016), de Jesús Magaña Vázquez.

4. Etiqueta no rigurosa (México, 2017), de Cristina Herrera Bórquez. Escribí de este documental por acá.

5. Ayúdame a pasar la noche (México, 2017), José Ramón Chávez. Escribí unas líneas por aquí.


Y como bono, tres cortometrajes  y un mediometraje notables, en orden de preferencia:

1. La casa de los Lúpulos (México, 2016), de Paula Hopf.

2. Amor, nuestra prisión (México, 2017; 6 minutos), de Carolina Corral.

3. Mamartuile (México, 2017; 13 minutos), de Alejandro Saevich.

4. Otras personas (México, 2017; 40 minutos), de Raúl Sebastián Quintanilla.

Escribí de estos cortos y de otros más, por acá.