viernes, 17 de agosto de 2018

Historias de ultratumba




El título en español, Historias de ultratumba (Ghost Stories, GB, 2017), es no solo engañoso sino que niega el sentido último de esta meritoria opera prima dirigida a cuatro manos por el guionista Jeremy Dyson y el actor Andy Dyman. Basada en una exitosa obra teatral montada en Londres por los mismos cineastas debutantes, he aquí una trilogía de historias no de ultratumba sino, como dice el título original, de fantasmas.
El profesor Philip Goodman (Dyman, repitiendo su papel teatral) es un especialista en desenmascarar estafadores que se hacen pasar por psíquicos o médiums. Cierto día, recibe la carta de un admirado antecesor, Charles Cameron (Leonard Byrne), quien transformado en un anciano misántropo, vive oculto y empobrecido en algún tráiler park.
Cameron le asigna una tarea a Goodman: revisar tres casos “paranormales” que, supuestamente, no tienen solución lógica posible. Estos tres episodios, por supuesto, sean las historias de fantasmas del título original: la de un velador (Paul Whitehouse) que cuida un manicomio femenil abandonado en donde ve el tipo ve la aparición de un niña, la de un jovencito (desatado Alex Lawther) que dice haber atropellado a un ser demoniaco en la carretera y la de un acaudalado financiero (Martin Freeman) que, mientras su esposa está hospitalizada debido a un difícil embarazo, sufre la visita de un poltergeist de pocas pulgas.
Lo interesante del formato es que, finalizadas las tres historias, aparecerá una cuarta que nos lleva a otro terreno muy diferente y, después, una quinta que terminará siendo, al final de cuentas, la única que ha existido todo el tiempo. No adelantaré nada porque estaría revelando una vuelta de tuerca clave que, sospecho, molestará a más de un espectador.
Baste apuntar, en todo caso, que el desenlace se conecta a la perfección con el significado del título original: no se trata de historias sobrenaturales pero sí de fantasmas. Y de los peores fantasmas posibles: esos que no pueden ser expulsados por ningún exorcismo porque viven y se alimentan dentro de nosotros. Fantasmas creados a partir de cada decisión que tomamos, de cada acción que hacemos o dejamos de hacer. He aquí el verdadero horror: el tener que vivir con esos fantasmas para toda la vida. 

martes, 14 de agosto de 2018

En línea: Robar a Rodin



Presentada en concurso en varios festivales especializados y/o regionales en este mismo año (Tesalónica, Guadalajara, Toulouse, DocsBarcelona, Valparaíso), Robar a Rodin (Chile, 2017), opera prima documental del cineasta chileno Cristóbal Valenzuela Berríos, ha aparecido insólitamente en el servicio streaming de Prime Video de México, algo que hay que agradecer porque se trata, por lo menos desde esta trinchera, del mejor documental que he visto en lo que va del 2018.
Como se advierte en el título, alguien se robó a Rodin. O para ser más específicos, sucede que expertas manos desconocidas lograron burlar, una noche de julio de 2005, la seguridad del Museo de Bellas Artes de Santiago de Chile, entraron a la sala dedicada a una exposición del escultor francés Auguste Rodin y birlaron una pequeña estatua, "El torso de Adèle", valuada en 500 mil euros. Por supuesto, el escándalo fue inmediato e internacional, como lo señalan las varias y muy articuladas cabezas parlantes que hablan frente a la cámara. ¿Quién podría haber ejecutado tan sofisticado y audaz hurto?
Pronto sabremos que cualquiera: en realidad, el museo no tenía seguridad sofisticada ni de ningún tipo, no había cámaras prendidas hacia el lugar en donde estaba la estatua y ni siquiera alarmas que se encendieran ante la intrusión de algún extraño. En pocas palabras, no se trató de un complejo robo hollywoodense sino de uno que solo pudo ser cometido en Chile -o, vaya, en cualquier país latinoamericano- y esto queda aún más claro cuando la pieza es recuperada y desenmascarado el ladrón: un estudiante de arte de 20 años de edad llamado Luis Emlio Onfray Farbes que, supuestamente, planeó todo como una forma de cuestionar la validez y la importancia del arte mismo. Es decir, al sustraer la pieza de Rodin, todo mundo notó la existencia de la escultura aunque cuando no estuviera presente. "La presencia de la ausencia", dice el bien reflexionado manifiesto del provocador.
Pero, ¿de verdad pasó así? ¿Realmente fue un robo planeado para hacer pensar al mundo del arte? A través de la bien armada edición de Juan Eduardo Murillo, acompañados por la juguetona música de Jorge Cabargas y con una puesta en imágenes que echa mano de reconstrucciones actuadas al modo del cine de Errol Morris, el cineasta debutante Valenzuela nos presenta otra versión muy distinta: que se trató de una puntada de un estudiante de arte que tomó "El torso de Adèle" en un impulso, lo metió en su mochila, salió del museo sin que nadie se diera cuenta y luego intentó intercambiarlo por un botella de alcohol, en el centro de Santiago, esa misma noche. "Eso le habría encantado a Rodin", dice uno de los entrevistados.
Valenzuela le ofrece la voz a todos los involucrados -al propio ladrón regenerado, a funcionarios de la época, a críticos y curadores de arte- y, entre testimonio y testimonio, entre anécdotas históricas reales -el robo de la Mona Lisa en el Louvre en 1911 que, paradójicamente, le dio mayor visibilidad a una obra en ese tiempo no tan famosa- y otras francamente ridículas -una silla de playa, colocada como pieza de arte "contemporáneo" en el propio museo de Santiago, fue robada  para protestar por lo absurdo de considerar ese objeto utilitario una pieza artística-, logra que reflexionemos, en efecto, sobre lo que consideramos arte y por qué. No es una propuesta novedosa, lo sé muy bien, pero sí es tan lúcida como divertida, una combinación no tan común para un filme documental. O para cualquier filme a secas. 

domingo, 12 de agosto de 2018

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXCVII



La negrada (México, 2017), de Jorge Pérez Solano. Ambientado en la costa negra de Oaxaca, donde vive buena parte de nuestra ignorada población afromexicana, el tercer largometraje de Pérez Solano tiene como principal virtud haber sido realizada entre la auténtica "negrada" de Pinotepa Nacional. El problema es que esta virtud es, también, su mayor defecto, pues el reparto no profesional de intérpretes afromexicanos -verdaderos habitantes de esa zona de Oaxaca- no siempre es capaz de cumplir de la mejor manera con su trabajo actoral. 
La cinta va de menos a más, mostrándonos sin moralina de ningún tipo la vida de un negro vaquetón que tiene dos familias y varios amoríos. Es decir, una mujer, una "querida" de planta, uno que otro "jale" por ahí o por allá y, por supuesto, varios hijos. 
Viendo en pantalla grande esa forma de vida, esos paisajes costeños, esa negritud orgullosa de sí misma, me pregunté si no habría sido mejor haber realizado un documental, en lugar de esta ficción trastabillante. De cualquier forma, estamos ante una cinta valiosa que vale la pena revisar. (* 3/4)

Escobar: la traición (Loving Pablo, España-Bulgaria, 2017), de Fernando León de Aranoa. La conocida historia del capo Pablo Escobar (Javier Bardem), vista ahora a través del testimonio de su famosa amante periodista Virginia Vallejo (Penélope Cruz). Esta convencional historia del auge y caída de un gangster habría resultado por lo menos palomera si no hubieran tomado la decisión los productores -uno de ellos Bardem, por cierto- de realizarla hablada en un champurrado de inglés con acento colombiano. Mi crítica en la sección Primera del Reforma del viernes pasado. (-)

jueves, 9 de agosto de 2018

En línea: Invisible




Uno los elementos positivos del nuevo mundo cinéfilo en el que vivimos es que el consumidor tiene muchas más ventanas a las cuales asomarse para ver cine –en pantallas más pequeñas, es cierto, pero es cine al fin y al cabo- y, además, si es curioso, puede encontrar y revisar películas que no podría ver en otras circunstancias.
            Este es el caso del cine latinoamericano que, ausente de las salas comerciales del país, ha encontrado su vía de distribución a través de los servicios streaming, como es el caso de Invisible (Argentina-Francia, 2017), dirigido por Pablo Giorgelli, filme presentado en Venecia 2017 y, desde hace unos días, disponible en Netflix.
            Estamos ante el tardío segundo largometraje de Giorgelli, quien ganara la Cámara de Oro en Cannes 2011 con su minimalista y encantadora opera prima Las acacias (2011). Invisible puede ser etiquetada igualmente como minimalista, aunque no creo que, por su temática ni su ejecución, resulte muy encantadora que digamos.
            La protagonista es Ely (notable Mora Arenillas), una jovencita de 17 años que estudia por las mañanas (o más bien, asiste a la escuela para poner cara de aburrición, como toda adolescente que se respete) y que luego trabaja por las tardes en una veterinaria. La muchacha descubre que está embarazada del hijo casado de su patrón y, llegado el momento, el hombre –que, además, es bastante mayor que ella- le propone abortar.
            Lo que vemos a lo largo de los apretados 87 minutos de duración de Invisible es el camino que sigue Ely para tratar de abortar en un país en el que no solo está prohibido, sino que es un delito que se castiga con varios años de cárcel. La invisibilidad del título es obvia: Ely y su dilema no existe para el hombre que la embarazó, no para su madre que está todo el día en cama y deprimida, no para el resto de la sociedad que espera de esa muchacha que cargue con una responsabilidad para la que claramente no está preparada.
            El guion escrito por el propio cineasta Giorgelli y María Laura Gargarella está muy alejado del discurso militante a favor de la interrupción del embarazo y ni se diga del jodidismo o miserabilismo tan común en cierto cine latinoamericano. Giorgelli no juzga a su personaje central, sino que nos lo muestra en plena acción: del conocimiento puede nacer la empatía.
La puesta en imágenes, con la cámara móvil de Diego Poleri siempre siguiendo a la protagonista, es tan deudora del cine de los hermanos Dardenne como la propia visión humanista de Girogello, quien nos deja entrever la decisión final de Ely sin moralismos ni moralejas.

domingo, 5 de agosto de 2018

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXCVI



Loveling: Amor de madre (Benzinho, Brasil, 2017), de Gustavo Pizzi. Gran melodrama familiar brasileño. De lo mejor del año. Por acá escribí de ella in extenso. (*** 1/2)

Chavela Vargas (Chavela, EU, 2017), de Catherine Gund y Daresha Kyi. Convencional pero efectivo documental sobre Chavela Vargas que cuenta con una amplia investigación documental -imágenes de archivo y antiguas grabaciones al pasto-, además de una larga y franca conversación con la propia cantante, sus amigos (Almodóvar en especial), sus admiradores, sus achichincles y su última amante que, sin dejar de querer/admirar a la anciana bravucona de inolvidable voz rasposa, no deja de mostrarnos el rostro menos agraciado de ella: el de una vieja alcohólica y violenta que, por lo mismo, podía llegar a ser peligrosa. Igual, qué agasajo escucharla. (** 1/2)

Siempre te esperaré (Submergence, Estados Unidos-Alemania-Francia-España, 2017), de Wim Wender. Locaciones preciosas, estrellas atractivas (James McAvoy y Alicia Vikander), historia cursilísima y soporífera. Lo de Wenders no es mala racha: es salación. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (+)

viernes, 3 de agosto de 2018

Loveling: Amor de madre



Cuando vi hace un par de semanas la horriblemente titulada en español Loveling: Amor de madre (Benzinho, Brasil, 2017), tercer largometraje de Gustavo Pizzi (documental Pretérito Perfeito/2006, premiada opera prima de ficción Riscado/2010, no vistas por mí), anoté a bote pronto en tuiter que se trataba de una película notable que podría haberse realizado en la Época de Oro del cine mexicano y que, contra lo que pudiera pensarse, no olía a naftalina.
En efecto, estamos ante una cinta que, a pesar de su historia archi-convencional, bien anclada en un género muy popular y hasta, dirían algunos, inevitablemente conservador -me refiero al melodrama familiar-, logra trascender y hasta subvertir su propio discurso a través, en primera instancia, de una precisa acumulación de anécdotas, que nos va descubriendo el ethos en el que se mueven todos los personajes, y en segundo lugar, por un brillante manejo de los actores, en el que brilla la seguramente premiada Karine Teles. Hay un tercer elemento adicional: con todo y que, insisto, se trata de un filme que no se sale de los parámetros argumentales de cualquier melodrama de hace medio siglo, la cinta logra representar de manera genuina la vida cotidiana de muchas familias -brasileñas, mexicanas, you name it- del día de hoy. 
Irene Ventura (Teles, la ricachona dueña de casa de La segunda madre/Muylaert/2015) es una luchona mamá clasemediera que lidia y carga con un marido buenazo pero fracasado (Otávio Muller), un hijo mayor de 17 años deportista (Kostantinos Sarris), un tranquilo y gordito hijo de en medio que no suelta su tuba (Luan Teles), dos gemelitos irreprimibles de seis años (Arthur y Francisco Teles Pizzi) y, como dirían por ahí ("¡Éramos muchos y parió la abuela!"), hasta con su hermana Sonia (Adriana Esteves), con todo e hijo preadolescente, quien viene huyendo del marido abusivo y golpeador (César Troncoso).
A Irene no le faltan los problemas: la casa en la que vive se está cayendo a pedazos (y no es metáfora), la casa que está construyendo sigue en obra negra quien sabe desde cuando, el changarro del marido -una librería y papelería escolar- dejó de ser negocio, el cuñado violente ronda a Sonia para pedirle (entre ruegos y amenazas) que regrese con él y, para completar el turbulento panorama, el atractivo hijo mayor, Fernando, portero estrella del equipo de balonmano de la preparatoria, le dice a sus padres que ha aceptado la oferta para irse a estudiar y jugar, becado, en cierta universidad alemana.
La estrategia dramática de Pizzi y Teles (antiguos marido y mujer, coautores del guion original y padres de los dos ingobernables gemelitos) es hacernos ver, entre viñeta y viñeta (el encuentro de padre e hijo en el refrigerador, el baile liberador de Irene en la cocina), entre digresión y digresión (la esclarecedora visita de Irene a su antigua patrona), que todas estas broncas -más las que se acumulen en la semana- no representan el fin de mundo para la familia Ventura. 
A diferencia de muchos melodramas latinoamericanos de hace tiempo -y no se diga de ahora- no hay un ápice de truculencia ni de tremendismo en este filme de Pizzi y Teles. Tampoco se nos presenta, aclaro, una visión idealizada de las dificultades que afronta esta familia pobretona-clasemediera. Los Ventura tienen problemas, derrotas y decepciones, pero también alegrías, triunfos y algo de esperanza. Por lo mismo, hacia el desenlace, la cámara de Pedro Faerstein se detiene en el rostro lloroso de Karine Teles. Sabemos que sus lágrimas son de tristeza pero, también, de felicidad. Un sentimiento agridulce que toda madre -que toda familia, de hecho- conoce muy bien. 

miércoles, 1 de agosto de 2018

En línea: The Party




Exhibida en Berlín 2017, The Party (GB, 2017), noveno largometraje de la inquieta cineasta británica Sally Potter (Orlando, 1992; Ginger y Rosa, 2012), está disponible para su revisión desde hace varias semanas tanto en DVD de importación como en el servicio streaming de Amazon Prime Video. Y aunque el lugar común dice que siempre será mejor ver el cine en el cine, la verdad es que The Party no desmerece en nada –por su puesta en imágenes y por su escasa duración de apenas 71 minutos- si se le revisa desde la comodidad del hogar.
Estamos en alguna clasemediera casa londinense. Una exultante Janet (Kristin Scott Thomas) está preparando todo para recibir a un grupo de amigos con el fin de festejar su nombramiento como Ministra de Sombra de Salud del laborismo. La parlamentaria recibe felicitación tras felicitación por teléfono, mientras batalla con los volovanes en el horno y hasta con la imprudente llamada de su amante. Su marido, el viejo académico racionalista Bill (Timothy Spall), permanece aplastado en la sala, sin compartir la emoción por el nombramiento de la esposa. Pronto sabremos por qué.
La cámara en blanco y negro de Aleksei Rodionov nunca sale de la casa de Janet y Bill, pero The Party está muy lejos de ser mero teatro filmado, por más que, a bote pronto, el guion escrito por la propia cineasta nos remita a la dramaturgia de Edward Albee y Alan Ayckbourn y sus bien conocidas adaptaciones fílmicas (¿Quién teme a Virginia Woolf?/Nichols/1966 y Smoking/No Smoking/Resnais/1993, respectivamente). Y es que no solo la cámara nunca está, obviamente, en una sola posición, sino que los encuadres en blanco y negro de Rodionov alternan el clásico estilo plateau con brucos close-ups de sus intérpretes, lo que permite, por un lado, disfrutar del juego corporal de un reparto notable y contrastarlo con los rostros descompuestos –de ira, histeria, exasperación, franca tontería- de sus actores.
Y qué actores: a la fiesta del título llega la pareja lésbica formada por Martha (Cherry Jones) y Jinny (Emily Mortimer), quien aprovecha el bonito encuentro para anunciar que está embarazada y además de triates; la pareja en crisis formada por la cínica feminista April (Patricia Clarkson, filosa) y su buenaonda marido new-age Gottfried (Bruno Ganz, nada menos); y, finalmente, el aún joven financiero Tom (Cillian Murphy), quien se adelanta y llega primero que su esposa, Marianne, una importante colaboradora de Janet y que, cual Godot, nunca llegará al turbulento guateque.
La fiesta se descompondrá antes de haber empezado. Cierto secreto personal que dará a conocer Bill a su mujer y a sus invitados provocará una avalancha de reclamos, reproches, revelaciones y hasta traiciones entre todos, en el interior de las parejas y entre los dizques inseparables amigos. Las fracturas aparecerán por todas partes: Martha no está segura si quiere tener tres hijas, April y Gottfried están a punto de divorciarse, Bill se cuestiona sus convicciones políticas de toda la vida y todos ellos están dispuestos saltarle al otro a la yugular con crueles ataques verbales (“Es una lesbiana de primera y una pensadora de segunda”) o violentos ataques físicos.
La feroz sátira de Potter desnuda la confusión no solo existencial sino intelectual de este grupo de progresistas liberales, académicos, feministas y gays que ven todas sus certezas –las personales y las políticas- hechas añicos en un caos del que ellos mismos son responsables. Así es el mundo matraca en el que vivimos. Así en el mundo matraca que ellos y nosotros hemos creado. Por lo pronto, más vale reírse.