jueves, 21 de junio de 2018

Los increíbles 2




El más reciente largometraje de la casa Pixar, Los increíbles 2 (Incredibles 2, EU, 2018), vuelve a demostrar que a la compañía fundada por el ahora apestado John Lasseter no se le dan las secuelas –con excepción, claro está, de la trilogía Toy Story (1995-1999-2010).
Aclaro: no es que la tardía continuación de Los increíbles (Bird, 2004) sea fallida, sino que como ha sucedido con las anteriores secuelas de Pixar, la extensión de la historia y los personajes originales no logran trascender lo planteado en el primer filme.
Estamos poco después del momento en el que terminó la primera cinta: las actividades de la familia súper-heroica que ya conocemos –el Señor Increíble, su esposa Elastigirl y sus hijos, la adolescente Violet, el ingobernable chamaco Dash y el bebé Jack Jack- están prohibidas por el gobierno debido a los destrozos causados cuando los increíbles, como equipo, salvaron a la ciudad entera del villano que nunca falta.
Obligados a renunciar a su calidad de súper-héroes, los Parr afrontan la perspectiva de vivir en la sombra como simples ciudadanos comunes y corrientes, cuando aparece en escena cierto joven empresario de la comunicación, Winston Deavor (voz de Bob Odenkirk) quien, junto a su hermana inventora Evelyn (voz de Catherine Keener), les presenta el plan perfecto para que los increíbles salgan de nuevo a la luz, derrotando de pasada a oooootro villano más, autonombrado “el raptapantallas”.
La estrategia de Winston es que Elastigirl (voz de Helen Hunt) sea el rostro visible de todos los súper-héroes (es mujer, carismática y menos destructiva que el marido), mientras el señor Increíble (voz de Craig T. Nelson) se queda en casa con la sencillísima tarea de lidiar con la adolescente hormonal Violet (voz de Sarah Vowell), de ayudar en la tarea de matemáticas al hiperactivo Dash (voz de Huck Milner) y de dormir y cambiarle los pañales al bebé Jack-Jack, que resulta que también tiene súper-poderes –como media docena de ellos, de hecho. La idea es que Elastigirl venza al “raptapantallas” –que se echa unos rollos tipo Unabomber sobre las sociedades idiotizadas por los medios de comunicación- y, al no hacer tantos destrozos, convenza al gobierno de que levante la prohibición anti-súper-heroica.
Ya dije antes que esta secuela, dirigida nuevamente por el infalible Brad Bird, no es exactamente fallida. La cinta tiene buenos momentos cómicos -las dificultades que enfrenta Mr. Increíble en sus tareas de papá soltero, cierta delirante escena en la que Jack Jack pelea contra un correoso mapache ladrón- y, para variar, presume varias secuencias de acción impecablemente ideadas y creadas por Bird. El problema es que nada de esto es particularmente notable, tomando en cuenta que si algo abunda en la obra acumulada de Pixar es inspiración en la comedia y virtuosismo en la acción.
Un último detalle argumental que, viéndolo bien, no deja de ser una vuelta de tuerca inesperada: la identidad del villano “raptapantallas”, quien resulta ser el personaje más creativo de todos, mientras que el simple vendedor, el que sabe “lo que quiere la gente”, es visto con simpatía, prácticamente como otro héroe más. ¿Confesión de parte de los ejecutivos de Pixar? ¿De plano ya están más interesados en vender que en ser creativos?

martes, 19 de junio de 2018

El legado del diablo




Al inicio de El legado del diablo (Hereditary, EU, 2018) la cámara de Pawel Pogorzelski se pasea por un paisaje de algún anónimo lugar ¿del medio-oeste americano?, toma una casa que se encuentra en medio de un bosque y luego, dentro de ese hogar, penetra en una pequeña casa de muñecas en donde se ve la figura de alguien acostado en su cuarto. Sin corte alguno, el escenario en miniatura cobra vida y alguien entra por la puerta para despertar al que se encuentra dormido.
Este inicio es la metáfora perfecta, en la forma y en el fondo, de esta impresionante opera prima de Ari Aster: por un lado, he aquí una puesta en imágenes maniáticamente precisa –como las propias casas de muñeca que construye la protagonista, Annie (Toni Collette)- y, por otra parte, he aquí que nos metemos literalmente hasta la recámara para (re)conocer a la familia protagónica, dueña y señora de todas las broncas hereditarias del título, de generación en generación: de madre a hija a nietos.
El filme inicia con la muerte de la matriarca familiar, quien no parece haber dejado un grato recuerdo en su hija Annie, quien da un discurso de despedida desconcertada y desconcertante. Poco a poco sabremos por qué: su madre nunca fue una mujer cercana a ella (a casi nadie en realidad), hay tragedias familiares escondidas pero no olvidadas en el clóset (enfermedades psiquiátricas, un suicidio) y el propio núcleo familiar de Annie no pasa por el mejor momento. La relación con su marido Steve (Gabriel Byrne) es distante, su hijo mayor adolescente Peter (Alex Wolff) está en su propio mundo y la hija menor Charlie (Milly Shapiro), la favorita de la anciana fallecida, se la pasa dibujando cosas extrañas en su cuaderno, tiene visiones de la abuela y construye perturbadores juguetes con partes de objetos y animales (incluyendo la premonitoria cabeza de un pájaro).
El legado del diablo es una película de horror que no solo transmite miedo –que sí lo provoca, sobre todo en sus últimos minutos, francamente delirantes- sino, también, un creciente sentido de malestar. Como en muchos otros clásicos del género, el horror se encuentra anidado en la familia y, por lo mismo, es mucho más difícil de enfrentar y de vencer.
El guion original, escrito por el propio director Aster, construye con todo cuidado las enfermizas dinámicas familiares (madre-hija, marido-mujer, madre-hijos) como si estuviéramos viendo un filme de Bergman, más que algún conocido clásico de Polanski Friedkin o Kubrick. Es después que el cineasta/guionista ha construido meticulosamente su escenario dramático –su perversa casa de muñecas, pues- cuando el horror más genérico se desata en una virtuosa fusión de forma y fondo: una cámara que se retira lentamente para permitirnos ver los banales objetos ominosos que se encuentran en una mesa, una pesadillesca figura que apenas si se ve en la parte superior izquierda del encuadre provocándonos el sentido del más inminente horror, un personaje que flota en el aire mientras lleva a cabo una acción que no podemos dejar de ver, un desenlace en el que todo -hasta lo más torcido- termina por encajar.
Es decir, hacia el final entendemos el sentido completo del título original en inglés, cada elemento argumental del filme se justifica dramáticamente y descubrimos, entre el asombro, el horror y la fascinación, al verdadero protagonista del filme. Escalofríos puros.

lunes, 18 de junio de 2018

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXXIX



La idea de un lago (Argentina-Suiza-Holanda-Qatar, 2016), de Milagros Mumenthaler. Inés (Malena Moirón), una fotógrafa separada y a punto de parir, decide dar una muestra de su sangre al Equipo de Antropología Forense para saber si entre algunos cadáveres recién descubiertos está el de su padre, desaparecido en 1977, en plena dictadura militar. Inés convivió con su papá hasta los tres años y apenas si conserva una solo foto en la que están él y ella, a la orilla de un lago, en las vacaciones veraniegas.
Mumenthaler -que adquirió cierta notoriedad con su premiada opera prima Abrir puertas y ventanas (2011), sobre la relación de tres hermanas- se acerca en este, su segundo largometraje, a otro tipo de dinámica familiares que tienen que ver, también, con la memoria, los recuerdos  y el pasado político de un país que sufrió una cruenta y violenta dictadura. La cinta tiene buenos momentos -el mejor, el uso de cierta canción de Neil Diamond-, pero el tema no es particularmente original y su ejecución no es muy notable que digamos. A ratos me remitió a una suerte de versión femenina de La prima Angélica (Saura, 1974), lo cual resultó peor para La idea de un lago: es difícil competir con el Saura de los años 70. (*)

Los increíbles 2 (Incredibles 2, EU, 2018), de Brad Bird. Con esta esperada pero tardía secuela de Los increíbles (Bird, 2004), Pixar demuestra que, exceptuando la saga de Toy Story (1995/1999/2010), las continuaciones no son lo suyo. En sentido estricto, la película no tiene nada de malo y las secuencias de acción son espectaculares -¡aprende, MCU!-, pero la gran novedad argumental del primer filme -las dinámicas en el interior de la familia "súper"- se ha diluido. Eso sí, el ingobernable Jack-Jack -con la ayuda de un mapache peleonero- se roba la película. (**)

Las estrellas de cine nunca mueren (Film Stars Don't Die in Liverpool, GB, 2017), de Paul McGuigan. Sobre un libro escrito por el actor Peter Turner, el último juvenil amante de la legendaria Gloria Grahame (1923-1981), he aquí una biopic cuyo mayor mérito es, acaso, dar a conocer a los jóvenes cinéfilos quién fue Grahame. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (*)

El habitante (México-Chile, 2018), de Guillermo Amoedo. Esta coproducción mexicano-chilena dirigida por el especialista uruguayo Amoedo (Retorno/2010, premiada en Sitges 2014 Caníbales/2014, ninguna vista por mí) es una muy efectiva cinta de horror que, sin ocultar en ningún momento sus enormes deudas con el clásico de clásicos El exorcista (Friedkin, 1973), logra trascenderlas, por lo menos en parte, gracias a una ejecución eficaz, un reparto sólido, algunos momentos de delirio herético puro y el uso torcido de cierta canción interpretada por el Enrique Guzmán de los años 60. Creo que vale la pena volver a esta película en unos días más. (* 1/2)

El club de los insomnes (México, 2018), de Joseduardo Giordano y Sergio Goyri Jr. Esta opera prima a cuatro manos de Giordano y Goyri Jr. -apadrinada, por cierto, por la presencia de Goyri senior- es un sencilla dramedy ubicada en el turno de la noche en una tienda de conveniencia. En ella convergen Danny (sensacional Cassandra Cianguerotti), una cajera hosca y desgarbada; Santiago (perfecto Leonardo Ortizgris), un oficinista que no puede dormir debido a continuas pesadillas; y Estela (Alejandra Ambrosi), una veterinaria que tampoco puede dormir debido a que tiene cierto problema que no haya cómo resolver.
Escrita por la propia pareja de cineastas debutantes, esta cinta va de menos a más, en gran medida por la acumulación de ciertos detalles argumentales y por el trío de actores protagónicos quienes interpretan con toda justicia a sus desconcertados personajes insomnes, atrapados en el limbo de la indecisión. Una agradable sorpresa. (**)

domingo, 10 de junio de 2018

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXXVIII



Un nuevo camino (Please Stand By, EU, 2017), de Ben Lewin. Wendy (Dakota Fanning) es una joven autista de alta funcionalidad que, sin embargo, necesita la supervisión constante de su muy profesional terapista (infalible Toni Collette). Obsesionada por Star Trek, Wendy escapa para viajar hasta Los Ángeles con el fin de entregar un guion que ha escrito sobre las aventuras de sus personajes favoritos, Mr. Spock y el Capitán Kirk. Una amable road-movie que se beneficia con una muy justa interpretación de Fanning y un magnífico reparto secundario. Una feel-good indie. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (*1/2)

Cada día (Every Day, EU, 2018), de Michael Sucsy. Sobre el best-seller juvenil homónimo, esta cinta parte de una premisa interesante: la adolescente Rhi (Angourie Rice) se enamora de alguien que cada día despierta en un cuerpo diferente, sin importar género o color de piel, aunque siempre de la misma edad. Por desgracia, el director Sucsy no pudo -o no quiso o no lo dejaron- explotar esta idea y la cinta desemboca en una cursilería inocua aunque, también es cierto, bastante entretenida. Eso sí, Miss Rice está llamada a convertirse en una auténtica estrella de cine. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (*)

Nadie nos mira (Argentina-España-Colombia-Brasil-Estados Unidos, 2017), de Julia Solomonoff. Nicolás Lencke (Guillermo Pfenning) es un actor televisivo reconocido en Argentina que, por alguna razón que luego sabremos, ha decidido ir a "hacer la América" a Nueva York. Mientras aterriza el proyecto de protagonizar una película dirigida por un cineasta mexicano de moda, Nico sobrevive como puede mesereando en un restaurante, limpiando departamentos y hasta cuidando al bebé de su única amiga (Elena Roger) en la Gran Manzana. Lo que sea, menos regresar a Buenos Aires con el rabo entre las piernas.
El tercer largometraje de Solomonoff (espléndida El último verano de la boyita/2009) es una absorbente cinta sobre un actor argentino auto-exiliado en Nueva York. El guion, escrito por la propia cineasta en colaboración con Christina Lazaridi, nos muestra a un personaje progresivamente acorralado y auto-saboteado por sus malas decisiones, su orgullo, sus mentiras y por un pasado que no ha podido ni querido dejar atrás. Pfenning -ganador del premio a Mejor Actor en el Festival TRIBECA del 2017- encarna con extraordinaria sutileza a este tipo que nunca nos es enteramente simpático pero tampoco completamente despreciable. (**)

Sin muertos no hay carnaval (Ecuador-México-Alemania, 2016), de Sebatián Cordero. El sexto largometraje del ecuatoriano Cordero es un fallido thriller social que inicia con el asesinato accidental de un niño alemán en las afueras de Guayaquil, muerto por el balazo de un cazador. Esta muerte y su misterioso perpetrador estarán conectados con una serie de personajes de distintas clases sociales, desde las más encumbradas hasta las más desposeídas, que se cruzan y entrecruzan debido a un conflicto de tierras.
Aunque el reparto está bien dirigido por Cordero, la historia escrita por el propio cineasta y Andrés Crespo no solo presume un discurso telenovelero muy obvio sino que, al acumular coincidencias tras coincidencias, termina por sabotear dramáticamente al propio filme. Una pena, porque Cordero ha demostrado en otras ocasiones (Crónicas/2004, Rabia/2009) que es capaz de hacer cosas mejores. (+)

El legado del diablo (Hereditary, EU, 2018), de Ari Aster. Probablemente la opera prima gringa del año. Después de la muerte de la excéntrica y difícil abuela, la familia nuclear -hija, yerno, nieto mayor, nieta menor- tiene que lidiar con los problemas hereditarios del título: una historia familiar en la que abundan problemas psicológicos, mentales y tragedias al pasto. Es una película de horror que podría haber sido dirigida -por lo menos en partes- por Bergman. (*** 1/2)

miércoles, 6 de junio de 2018

Eres mi pasión




A unos días del inicio del Mundial de Fútbol Rusia 2018, se ha estrenado en México Eres mi pasión (México, 2018), futbolero segundo largometraje de Anwar Safa.
Sobre la cinta argentina El fútbol y yo (Carnevale, 2017), he aquí la patética vida del obseso futbolero Pedro Gallo (Mauricio Isaac) que desayuna, come y cena con el fut; duerme, sueña y se despierta con el fut; trabaja pensando en el fut y, hasta cuando tiene que asistir a un velorio, habla de la muertita como si se tratara de un jugador retirado que tuvo una gran temporada. Es más: hasta se imagina su propia vida narrada por Christian Martinoli.
Por supuesto, esto no le hace mucha gracia a su workhólica mujer pastelera Luli (Mariana Treviño, apagadona), quien no logra que su inútil marido ni su hijo aprendiz de influencer apodado “Hugol” le hagan el menor de los casos. La crisis de esta familia disfuncional y multi-adicta –al fut, al trabajo, al internet- llegará al máximo cuando Luli descubra que Pedro ha comprado, a sus espaldas, un paquete completo para viajar a Rusia 2018.
No he visto la cinta original argentina en la que está basada Eres mi pasión, pero por lo menos en su adaptación mexicana, la película –escrita por Javier Peñalosa- nunca logra despegar más allá de la inicial premisa sobre la adicción futbolera de Pedro, aún más lastimosa, pues su equipo favorito es el muy popular Cruz Azul, famoso incluso entre los que no nos interesamos por el futbol debido a que los continuos fracasos de ese equipo han provocado el nacimiento de un verbo muy mexicano: “cruzazulear”.
Las escasas risas no se deben, por lo tanto, al guion más que previsible, sino a los destellos de su muy esforzado reparto: alguna escena en la que Mauricio Isaac ejecuta una perfecta cantinfleada, un Silverio Palacios cumplidor en el papel del “padrino” de Alcohólicos Anónimos que trata de evitar que Pedro recaiga en su adicción pambolera, una hilarante Norma Angélica yucateca tratando de imitar un acento chihuahuense y una Patricia Reyes Spíndola en un brevísimo cameo como una correosa madre cruzazulina.
Sawa y su equipo le echan los kilos al efectismo visual/narrativo –cortes abruptos que tratan de mover a risa, uso excesivo del barrido en la puesta en imágenes-, pero nada de eso logra esconder los pobres resultados obtenidos. Después de haber debutado en la primera división con la simpática El Jeremías (2015), Sawar ha caído, apenas en su segundo largometraje, en la liga de ascenso. Esperemos que para la próxima no vuelva a cruzazulear.

martes, 5 de junio de 2018

Ariel 2018: preferencias



Hoy entregan el Ariel 2018 y no tengo idea cómo han votado las decenas de miembros de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas así que no tengo quiniela pero sí mis preferencias. Así que, en cada categoría, me gustaría que ganara...

Película: La libertad del diablo... o La región salvaje... o Tiempo compartido. Cualquiera de las tres serían dignas ganadoras.

Dirección: Everardo González, por La libertad del diablo; o Amat Escalante, por La región salvaje.

Mejor actor: Humberto Busto, por Oso polar.

Mejor actor de cuadro: Andrés Almeida, por Tiempo compartido.

Mejor actriz: Cassandra Cianguerotti, por Tiempo compartido; o Karina Gidi, por Los adioses.

Mejor actriz de cuadro: Norma Angélica, por Sueño en otro idioma.

Coactuación femenina: Verónica Toussaint, por Oso polar; o Tessa Ia, por Los adioses.

Coactuación masculina: Miguel Rodarte, por Tiempo compartido.

Revelación femenina: Ruth Ramos, por La región salvaje.

Revelación masculina: Luis Amaya Rodríguez, por Ayúdame a pasar la noche.

Guion original: Sebastián Hoffman y Julio Chávezmontes, por Tiempo compartido; o Amat Escalante y Gibrán Portela, por La región salvaje.

Fotografía: María Secco, por La libertad del diablo.

Diseño de arte: Carlos Jacques, por La habitación o Los adioses.

Edición: Paloma López Carrillo, La libertad del diablo.

Música original: Guro Moe, por La región salvaje.

Efectos especiales: José Manuel Martinez, por La región salvaje.

Efectos visuales: Peter Hjorth, por La región salvaje; o Raúl Prado, Juan Carlos Lepe y Edgar Piña, por Vuelven.

Maquillaje: Adam Zoller, por Vuelven.

Sonido: Raúl Locatelli, Sergio Díaz y Vincent Arnadri, por La región salvaje.

Vestuario: Mariestela Fernández y Gabriela Diaque, por La habitación.

Largometraje documental: La libertad del diablo, de Everardo González.

Opera prima: Ayúdame a pasar la noche, de José Ramón Chávez.

Película iberoamericana: Aquarius, de Kleber Mendonca Filho.

Cortometraje de animación: Amor, nuestra prisión, de Carolina Corral.

Cortometraje documental: La muñeca tetona, de Diego Enrique Osorno y Alexandro Aldrete.

Cortometraje ficción: Mamartuile, de Alejandro Saevich.

lunes, 4 de junio de 2018

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXXVII



Eres mi pasión (México, 2018), de Anwar Safa. El segundo largometraje de Safa -simpática opera prima de aliento norteño El Jeremías (2015)- es una fallida comedia sobre un pobre diablo (Mauricio Isaac) cuya adicción al fut hace que su matrimonio con Luly (Mariana Treviño) peligre. Los únicos momentos rescatables de este remake de una cinta argentina -El fútbol y yo (Carnevale, 2017)- se deben, en gran medida, a su buen reparto secundario: Silverio Palacios, Norma Angélica, Enrique Arreola y Patricia Reyes Spíndola... (+)