domingo, 15 de octubre de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLIV



El porvenir (L'avenir, Francia-Alemania, 2016), de Mia Hansen-Love. Isabelle Huppert recibió el año pasado y con mucha razón, todos los elogios posibles por su papel protagónico en Elle, abuso y seducción (Verhoeven, 2016). Sin embargo, propongo que la mejor Huppert es la que protagoniza esta tranquila cinta de madurez -en más de un sentido- dirigida por Mia Hansen-Love, una de las cineastas francesas más consistentes de la última década. 
Estamos ante la crónica de vida de Nathalie (Huppert), una profesora de filosofía que, en un corto periodo de tiempo, ve cómo todo se va transformando a su alrededor al entrar a la última etapa de su existencia: su matrimonio de 25 años se desmorona, ve cómo muere su anciana madre, lidia con sus hijos adultos que empiezan a correr por su propio camino, ve cómo su propio trabajo empiezan a ser anacrónico y hasta cierto estudiante que antes la idolatraba, ahora la critica y marca su distancia de ella.
A través de una limpia y elíptica narración a base de cortes directos, Nathalie aprende a aceptar la etapa de vida en la que se encuentra, abrazando la "libertad total" que está frente a ella. Sí, "el porvenir es frágil", pero así es la propia vida. Además, si una vieja gata citadina todavía puede ser capaz de cazar un ratón, ¿qué no podrá hacer Nathalie con la vida que le queda? Una obra mayor de Hansen-Love, de lo mejor que vi el año pasado. (***)

La carga (México, 2016), de Alan Jonsson. El segundo largometraje del mazatleco Jonsson (lejana opera prima Morenita, el escándalo/2008) es una meritoria cinta de aventuras históricas ambientada en una época muy poco frecuentada por el cine mexicano: finales del siglo XVI, unas décadas después de la caía de México-Tenochtitlan.
Con la ayuda de un espléndido reparto -cuatro de sus actores fueron nominados al Ariel 2017- Jonsson y su coguionista Arturo Ruiz Serrano nos ubican en una Nueva España apenas acomodándose en su asfixiante sistema de castas. 
Doña Elisa (María Valverde) es una joven  española que es la única que ha accedido a testificar a favor de un indígena rebelde, Francisco Tenamaztle, detenido para ser juzgado en España. Elisa es cargada -de ahí el título- por Painalli (Horacio García Rojas), un joven tameme que lleva a la mujer en sus espaldas desde la Ciudad de México hasta el puerto de Veracruz. Elisa y Painalli son seguidos por un piquete de soldados enviados por Don Miguel (Eusebio Lázaro), el padre de Elisa. Además, los mismos españoles son guiados por el traicionero indígena Itzím (impecable Gerardo Taracena). 
La carga es un entretenido thriller histórico filmado de forma competente en amplísimos exteriores, una combinación nada común en nuestro cine industrial mexicano. Ya nomás por eso vale la pena la revisión.  (* 1/2).

Cómo cortar a tu patán (México, 2017), de Gabriela Tagliavini. La comedia nacional de la semana desperdicia el innegable talento de Mariana Treviño -quien suele ser lo mejor de las películas en las que ha aparecido- y la buena disposición cómica de Sebastián Zurita -muy en su papel de macho mujeriego y ojete- en una historia sin chiste sobre una "especialista en rompimientos amorosos" -Treviño- que quiere evitar que su hermanita babas (Camila Sodi) se enamore de cierto macho alfa (Zurita). Por supuesto, por ahí aparece el novio perfecto (un perfectamente blando Christopher von Uckerman) que moverá el tapete no solo de la ingenua Sodi sino, también, de la cínica Treviño. 
Lo único notable de esta lamentable comedia es constatar que el castigo para el villano machista sigue siendo el mismo que si estuviéramos en una sexycomedia de los años ochenta: la sodomización (¡y que le guste!) del personaje encarnado con una enjundia digna de mejor causa por Sebastián Zurita. Haga usted de cuenta el final de Sólo para adúlteros (Fregoso, 1989), con Zurita en el papel de Manuel "el Flaco" Ibáñez. Lo triste es que aquella vulgar comedia con encueradas tenía más gracia y hasta más perspectiva de género que este filme realizado en pleno siglo XXI. Pero tampoco me extraña. (+)

La villana (Ak-Nyeo, Corea del Sur, 2017), de Byung-gil Jung. El segundo largometraje de Jung -habrá que ver su opera prima, inédita en México- es una emocionante pieza de acción que nos remite a la seminal Nikita (Besson, 1990), solo que a través de una laberíntica estructura narrativa y una delirante puesta en imágenes. Los primeros 40 minutos de la película no dan descanso alguno al espectador. Mi crítica in extenso, en unos días en este blog. (***)

Las tinieblas (México, 2016), de Daniel Castro Zimbrón. El segundo largometraje de Daniel Castro Zimbrón (fallidísima opera prima Tau/2012) está ubicado en algún espeso bosque -la locación es el Parque Nacional "El Chico", en Hidalgo- en donde se encuentra una cabaña en la que vive un padre (Brontis Jodorowsky) y sus tres hijos: el adolescente Marcos (Fernando Álvarez Rebeil), el niño Argel (Aliocha Sotnikoff, nominado al Ariel 2017 en la categoría de Mejor Revelación Masculina) y la pequeñita Luciana (Camila Robertson Glennie). Aparentemente, estamos en tiempos post-apocalípticos y el severo papá, que no sale al exterior sin su máscara de gas, no permite que ninguno de sus hijos se aventure solo en el bosque y, de hecho, los hace dormir a todos en el sótano, encerrados con candado.
Castro Zimbrón dirige este thriller con una seguridad pasmosa, manejando con precisión quirúrgica cada recursos del género, bien apoyado por un espléndido reparto -todos los chamacos están estupendos- y una fotografía en luz natural de Diego García ubicada en un estilo tenebrista que le debe enormemente a los clásicos barrocos. Ganadora, con toda justicia, del premio del público en Morelia 2016.   (**1/2)

3 mujeres (o despertando de mi sueño bosnio) (México-Bosnia y Herzegovina, 2016), de Sergio Flores Thorija. Presentada en competencia en Morelia 2016, esta opera prima de Flores Thorija se ha programado en el circuito cultural capitalino -entiéndase: Cineteca y salas afines- en este fin de semana.
Las tres mujeres del título son Ivana, Clara y Marina, quienes viven en Bosnia en lugares diferentes y en circunstancias muy distintas. Ivana (Ivana Vojinovic) vive con su mamá, trabaja en un restaurante pero sueña con irse a vivir a Estados Unidos; Clara (Clara Casagrande) es una estudiante brasileña que, con el nombre artístico de Pandora, sobrevive bailando en un table dance; y Marina (Marina Komsic), por su parte, es una jovencita que está enamorada de su amiga Selma (Selma Memovic) que está a punto de irse a vivir a Suecia. 
Las tres, de una u otra manera, viven sueños y frustraciones amorosas: Ivana, con un tejano que conoce en un bar; Clara, con un bosnio que la empieza a cortejar tímidamente; y Marina, por la imposibilidad de confesarle sus verdaderos sentimientos a Selma. De las tres historias entrecruzadas -en algún momento los personajes de una historia aparecen en otra-, la última es la más lograda, pues llega a rozar, en algún momento, el romanticismo sublimado de Wong. 
(* 3/4).

Los días no vuelven (México, 2015), de Raúl Cuesta. Presentado en competencia en Morelia 2015, finalmente se exhibe en el circuito cultural -o sea, Cineteca Nacional- este documental dirigido por Raúl Cuesta centrado en Enrique Jara, un tenista juvenil que llegó a ser el quinto en el ranking nacional pero que nunca pudo dar el salto al profesionalismo. Un prematuro retiro de las canchas, a los 19 años de edad, y una conflictiva relación nunca resuelta con su padre, de extracción popular, son el centro dramático de este filme que termina contagiado de la depresión del propio tenista retirado. (*) 

El patrón, radiografía de un crimen (Argentina, 2014), de Sebastián Schindel. Vista en Guadalajara 2015 y programada en la 60 Muestra Internacional de Cine el año pasado, la notable opera prima de ficción de Schindel finalmente tiene su corrida en la Cineteca Nacional y salas afines. Mi crítica in extenso, por acá. (** 1/2)

jueves, 12 de octubre de 2017

Blade Runner 2049



En un momento clave de Blade Runner 2049 (Ídem, EU-GB-Canadá, 2017), noveno largometraje del ascendente canadiense hollywoodizado Dennis Villeneuve (La mujer que cantaba/2010, Tierra de nadie: Sicario/2015, obra mayor La llegada/2016) y secuela del irrepetible clásico cyberpunk Blade Runner (Scott, 1982), el joven retira-replicantes KD6.3-7 o, simplemente, K (Ryan Gosling en su exitoso modito de engarróteseme ahí), le dice a su jefa policial, la teniente Joshi (Robin Wright), que “nacer es tener un alma”. Ella le responde, sin pestañear: “A ti te ha ido bien sin tener una”.
            En efecto, K es un “portapieles”; un replicante, pues. Estamos en el año 2049 del título, tres décadas después de los acontecimientos de Blade Runner, y K es un replicante de última generación cuya tarea es eliminar a los de su mismo tipo que han intentado rebelarse en contra de sus creadores, los seres humanos.
            Aunque la premisa es bastante similar a la de la cinta de 1982, estamos en terrenos un tanto cuanto diferentes. Mientras que en la cinta de Scott el imponente pero crepuscular replicante Roy (Rutger Hauer) tenía como meta conocer y enfrentarse a su creador, esta vez los replicantes tienen un objetivo mucho más noble pero dramáticamente más inocuo: tener un alma. Es decir, pasamos de la historia gótico-trágica de Frankenstein o el moderno Prometeo a la de un lacónico Pinocho en busca de su identidad, la de un pobre hombre de lata que solo quiere tener un corazón.
            Hay bastante qué admirar en Blade Runner 2049: el meticuloso diseño de producción de Dennis Gassner, la majestuosa fotografía de Roger Deakins (¡ya denle la méndiga estatuilla, por caridad de Dios!), el descubrimiento de Ana de Armas como el idealizado holograma de la novia perfecta Joi –ecos de la superior Ella/Jonze/2013-, el cameo del cada vez más confiable Dave Bautista –quién dijera que se convertiría en tan buen actor- y, por supuesto, la última hora del filme, cuando hace su aparición Harrison Ford como el viejo y curtido blade runner original Rick Deckard en una polvorienta y desértica Las Vegas, con la única compañía de un fiel chucho borracho y los hologramas de Marilyn, Liberace y el inolvidable ol’-blue-eyes entonando el clásico “One For My Baby”. De hecho, al aparecer Ford es cuando, finalmente, la película sale de su letargo narrativo. ¡Loor a Ford, porque ya no hacen/nacen estrellas de cine como antes!
El problema central de Blade Runner 2049 es que Villeneuve y sus guionistas parecen haberse quedado paralizados ante el reto imposible de realizar la secuela de una de las cintas más influyentes de fines del siglo pasado. Planteada la premisa –K descubre el milagro de que cierta replicante que usted y yo conocemos dio a luz a un hijo que anda por ahí y el “portapieles” K tiene como misión encontrarlo y eliminarlo-, el guion de Hampton Fancher y Michael Green no avanza: simplemente se paraliza. Por su parte, Villeneuve, en un estilo narrativo intencionalmente narcotizado, apuesta por alargar cada escena monumental como buscando distraer al respetable con tanta magnificencia (spoiler: en general, lo logra).
Jared Letto, para variar, no ayuda mucho. Letto interpreta al todopoderoso villano Niander Wallace, un visionario ciego (¡ojo con el simbolazo!) y creador de replicantes que tiene sus propias razones para encontrar al niño milagroso, por lo que envía a su implacable asistente Luv (Sylvia Hoeks) para tener en sus manos al chamaco –en realidad, ya un adulto- antes que nadie. Letto, qué remedio, no logra proyectar el mínimo carisma y resulta aún menos amenazante.
Eso sí, fiel al espíritu del Blade Runner original, hay en esta continuación ambigüedades no resueltas –algunas que vienen de la primera cinta, de hecho- pero, en sentido contrario a la obra maestra de Ridley Scott, Villeneuve y compañía han dejado el terreno listo para, por lo menos, realizar otra secuela más. Business are business.
Parafraseando el diálogo citado en un inicio, hay cierto tipo de cine que puede ser bastante eficiente, pero no tiene alma. Blade Runner 2049 es de ese tipo.

martes, 10 de octubre de 2017

Premios Fénix 2017... en un vistazo



Ayer se dieron a conocer las cintas y -por vez primera- las series de televisión nominadas a los Premios Fénix 2017. Se enviaron más de 50 teleseries y más de 800 largometrajes iberoamericanos y los comité de selección de cada país eligieron primero a las películas representativas de cada nación para luego votar por las nominaciones finales de toda iberoamérica. 
Acá está la lista de los nominados en cada categoría y como yo formo parte de los comités de selección en México y, también, en el de nominación, tanto en ficción como en documental, aquí está la lista de los filmes nominados en orden de preferencia. 
Como de costumbre, siento que se cometieron algunas injusticias. ¿Arabia (Dumans y Ochoa, 2017) fuera, en serio? Oh, bueno... Así es la democracia.

La región salvaje (México-Dinamarca-Francia-Alemania-Noruega-Suiza, 2016), de Amat Escalante. Mi crítica, por acá. (***)

La libertad del diablo (México, 2017), de Everardo González. Mi crítica in extenso acá. (***)

La cordillera (Argentina-Francia-España, 2017), de Santiago Mitre. (***)

El otro hermano (Argentina-Uruguay-España-Francia, 2017), de Israel Adrián Caetano. (***)

Un monstruo viene a verme (España-GB-EU, 2016), de J. A. Bayona. Mi crítica in extenso aquí. (** 1/2)

Joaquim (Brasil-Portugal, 2017), de Marcelo Gomes. (** 1/2)

Estiu 1993 (España, 1993), de Carla Simón. (** 1/2)

El pacto de Adriana (Chile, 2017), de Lisette Orozco. (** 1/2)

El ciudadano ilustre (Argentina-España, 2016), de Mariano Cohn y Gastón Duprat. (** 1/2)

Los perros (Chile-Francia, 2017), de Marcela Said. (** 1/2)

Cuatreros (Argentina, 2016), de Albertina Carri. (** 1/2)

Tarde para la ira (España, 2016), de Raúl Arévalo. (**)

Una mujer fantástica (Chile-Alemania-España-EU, 2017), de Sebastián Lelio. (**)

As duas Irenes (Brasil, 2017), de Fabio Meira. (**)

María (y los demás) (España, 2016), de Nely Reguera. (**)

El invierno (Argentina, 2016), de Emiliano Torres. (**)

El hombre de las mil caras (España, 2016), de Alberto Rodrigues. (* 1/2)

La novia del desierto (Chile-Argentina, 2017), de Cecilia Atán y Valeria Pivato. (* 1/2)

Santa y Andrés (Cuba-Colombia-Francia, 2016), de Carlos Lechuga. (* 1/2)

Amazona (Colombia, 2016),  de Clare Weiskopf y Nicolas van Hemelryck. (*)

Medea (Costa Rica-Argentina-Chile, 2016), de Alexandra Latishev Salazar. (-)

El ornitólogo (O ornitólogo, Portugal-Francia-Brasil, 2016), de Joao Pedro Rodrigues. Unos párrafos por acá. (-)

Viejo calavera (Bolivia-Qatar, 2016), de Kiro Russo. Unas líneas por acá. (-)

Niñato (España, 2017), de Adrián Orr. (H)

No intengo agora (Brasil, 2017), de Joao Moreira Salles. (H)

Ejercicios de memoria (Paraguay, 2016), de Paz Encina. (H)

domingo, 8 de octubre de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLIII




Blade Runner 2049 (Ídem, EU-GB-Canadá, 2017), de Dennis Villeneuve. Ni la majestuosa fotografía de Roger Deakins salva al más reciente largometraje de Villeneuve de ser un mero apéndice del auténtico clásico del noir-futurista Blade Runner (Scott, 1982), en cualquiera de sus distintas versiones. Esta secuela es una cinta fácil de admirar -por el nivel de su cuidada producción, por hacernos descubrir a Ana de Armas, por la siempre bienvenida presencia de Harrison Ford, por la contundencia visual que logra el injustamente ninguneado Deakins- pero, por lo menos para mí, imposible de disfrutar al nivel de la primera. Mi crítica in extenso en esta misma semana en el blog. (**)

Vigilante nocturno (Security, EU, 2017), de Alain Desrochers. Antonio Banderas tratando de seguirle los pasos a Liam Neeson en eso de hacerla de galán crepuscular y de acción. Nada qué presumir en casa, pero la cinta se deja ver. Un inocuo palomazo. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (*)

La balada del Oppenheimer Park (México-Canadá, 2016), de Juan Manuel Sepúlveda. Un documental en estilo directo sobre un grupo de indígenas que (sobre)viven en el Oppenheimer Park del título, ubicado en Vancouver. Sepúlveda se pasó un par de años con ellos, sin ánimos de moralizar ni, mucho menos, presentarlos como ejemplos de nada, a no ser de sus propias vidas, que gravitan entre el alcohol y la soledad. Una impecable y, a la vez, implacable cámara neutra; acaso demasiado neutra para su propio bien. Nominado al Ariel 2017 a Mejor Largometraje Documental. (-)

jueves, 5 de octubre de 2017

En línea: Mi vida a los diecisiete



La escena inicial de Mi vida a los diecisiete (The Edge of Seventeen, EU, 2016), opera prima de la cineasta Kelly Fremon Craig, nos ubica en un escenario bien conocido: en alguna preparatoria gringa, una jovencita camina por los pasillos de la escuela a toda velocidad para luego entrar a un salón de clases y avisarle a su profesor de historia –que está tranquilamente comiendo su almuerzo- que ha decidido quitarse la vida. La reacción lacónicamente sarcástica del profesor, perfectamente interpretado por Woody Harrelson, es la primera grata sorpresa de esta película.
            Estamos en terrenos muy conocidos, ya lo dije antes: en el escenario de la comedia romántica y/o de crecimiento adolescente, que tuvo sus mejores momentos de fines del siglo pasado con el cine de John Hughes (El club de los cinco, 1985), hasta inicios de este –con Chicas pesadas (Waters, 2004)-, pasando por algunos insólitos ejercicios shakespearianos, algunos muy sólidos (10 cosas que odio de ti/Junger/1999), otros no tanto (Anímate/O’Haver/2001). Mi vida a los diecisiete recupera esta fórmula no para subvertirla sino para mejorarla con una lectura más madura y compleja.
            La protagonista adolescente –y, por añadidura, narradora en off- es Nadine (Hailee Steinfeld), la muchachita de 17 años del título que, en la escena inicial, acaba de cometer un error de tal magnitud que podría dañar su vida social en la preparatoria para siempre jamás. En realidad, cuando llegamos a saber qué hizo, el problema no es para tanto, pero al mismo tiempo, es perfectamente entendible el horror que siente la jovencita.
            Nadine ha vivido en la infelicidad desde que era una niña y la muerte prematura de su adorado papá no mejoró su perspectiva oscura de la vida. Ahora, en la adolescencia, con una madre con la que no congenia (Kyra Sedgwick) y un hermano mayor, Darian (Blake Jenner), ofensivamente popular, el único solaz que conserva es la amistad de la simpática Krista (Haley Lu Richardson) y las oportunidades que tiene para hacerle la vida difícil a su profesor de historia (Harrelson, robándose cada escena). El problema es que este precario equilibrio se rompe cuando Krista se enamora de Darian, y Nadine interpreta esto –adolescente al fin de cuentas- como una imperdonable traición.
            El escenario es común y la progresión cómico-dramática bastante convencional, pero el guion escrito por la propia cineasta debutante se permite varias vueltas de tuerca imprevisibles –cierto encuentro romántico/sexual que (no) termina (tan) mal- y una construcción de personajes mucho más inteligente de lo que se acostumbra en este tipo de cintas.
Así pues, como si la guionista/cineasta Craig siguiera algún escondido impulso humanista/renoiriano (“Cada quien tiene sus razones”), todos los personajes demostrarán, hacia el desenlace, que son mucho más complejos de lo que Nadine (y nosotros) pensábamos. Al final de cuntas, Nadine ha empezado a madurar y la formulita de la comedia adolescente ha madurado, aunque sea un poco, con ella.
*****
Mi vida a los diecisiete se encuentra disponible en Cinepolis Clik (www.cinepolisclik.com).

domingo, 1 de octubre de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLII



Viejo calavera (Bolivia-Qatar, 2016), de Kiro Russo. Elder (Julio Cézar Ticona) es un joven alcohólico y malandro que, después de que muere su padre, es regresado de La Paz hacia la precaria casa familiar en el interior de Bolivia, para trabajar en las minas, bajo el cuidado de su tío-nino Francisco (Narciso Choquecallata).
La película, interpretada por mineros de verdad, ha ganado varios premios en el circuito festivalero latinoamericano y europeo -BAFICI, Cartagena, Río de Janeiro, IndieLisboa, Locarno- pero debo confesar que no comparto las razones para ello, aunque las entiendo: hay algo morbosamente fascinante en acercarse a un modo de vida -el de los explotados mineros bolivianos- que nunca conoceremos en la realidad. 
Un cine hecho, pues, para el morbo festivalero, parafraseando al implacable mayordomo de Por meterse a redentor (Sturges, 1941). Eso sí, el trabajo fotográfico de Pablo Paniagua es notable. La película, por cierto, acaba de ser elegida por la academia cinematográfica de Bolivia para representar a su país en el Oscar 2018. (-)

Z, la ciudad perdida (The Lost City of Z, EU, 2016), de James Gray. Es más reciente largometraje de Gray es una anacrónica biopic épica (¿bio-epic?) sobre un aventurero inglés de inicios del siglo pasado que se aventuró varias veces en el Amazonas buscando la ciudad perdida del título. Ya nadie quiere hacer cine como el que hace Gray. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (***)

 Estación Zombie: Seúl (Seoulyeok, Corea del Sur, 2016), de Sang-ho Yeon. Precuela animada de la obra mayor de inspiración spielbergiana Estación Zombie: Tren a Busán que, a saber por qué, solo se estrenó en Cinemex. Mi crítica in extenso, por acá. (** 1/2)

sábado, 30 de septiembre de 2017

Estación Zombie: Seúl



A fines del año pasado, se estrenó comercialmente en México Estación Zombie: Tren a Busán (2016), cuarto largometraje –pero primero de acción viva- del consolidado maestro sudcoreano Sang-ho Yeon (notable opera prima El rey de los cerdos/2011). Tren a Busán -que, por cierto, ya está disponible en Netflix- es una emotiva y emocionante película de muertos vivientes que parece haber sido no solo inspirada sino realizada por el mejor Steven Spielberg.
Nueve meses después, he aquí la insólita pero bienvenida exhibición comercial –aunque solo en Cinemex- de Estación Zombie: Seúl (Seoulyeok, Corea del Sur, 2016), quinto largometraje de Yeon y vigorosa pieza de acompañamiento de Tren a Busán que, de hecho, se estrenó en Corea del Sur casi de forma simultánea a la película anterior: Busán se exhibió en julio de 2016; Seúl, en agosto.
Se supone que Estación Zombie: Séul es una precuela animada de los acontecimientos vistos en Busán pero a mi entender estamos ante una suerte de narración paralela, solo que ubicada en Seúl, no en el tren a Busán de la otra cinta. Hay otras coincidencias y diferencias notables: aunque las dos cintas tienen en el centro argumental una difícil relación paterno-filial, en Busán hay un grupo extenso de personajes encerrados en un tren en movimiento, mientras que en Estación Zombie: Seúl seguimos solo a tres personajes que se mueven de un lugar a otro por una ciudad que empieza a ser asolada por los zombis.
La protagonista es la adolescente prostituida Hye-sun, quien después de romper con su inútil novio-padrote, el jovencito anteojudo Ki-wong, es sorprendida en una estación del metro por una horda de zombis y, en compañía de un trío de homeless, se refugia en una estación de policía. Mientras tanto, en otro sitio de la ciudad, no muy lejos de ahí, el apocado padrote Ki-wong es abordado por el fúrico padre de Hye-sun, Suk-gyu, quien se ha hecho pasar como un cliente más de la muchacha para poder encontrar a su hija, a la que no ve hace tiempo.
Así pues, la historia escrita por el propio cineasta avanza por dos vías paralelas. Por un lado, tenemos a la llorosa Hye-sun que, entre lágrimas abundantes y gritos histéricos, resulta más correosa de lo que podríamos haber imaginado; por el otro, tenemos a una extraña pareja/dispareja que lucha también por sobrevivir: el siempre temeroso aprendiz de padrote Ki-wong, y su fuerte y decidido “suegro” Suk-gyu.
Al inicio mencioné la influencia de Spielberg en Busán. En Seúl, Yeon abreva de los clásicos. O, mejor dicho, del clásico. En efecto, a pesar de que sus zombis se mueven más como frenéticos “infectados” que como los lentos “reanimados” de La noche de los muertos vivientes (Romero, 1968) y sus secuelas, la realidad es que en Seúl la influencia del mejor Romero está presente de principio a fin, y no solo por algunas vueltas de tuerca de guillotina, tan rápidas como crueles, sino por el discurso sociopolítico que se vehicula a lo largo de la cinta –ecos de la espléndida La tierra de los muertos (Romero, 2005).
Y es que en una Corea del Sur como la mostrada en la película, en la que las instituciones no son de gran ayuda –los sistemas de salud son insuficientes y los de seguridad apáticos- y en la que las autoridades resultan, por el contrario, ser una amenaza –véase la secuencia de la represión en contra de los ciudadanos acorralados en un callejón, entre zombis y policías antimotines-, acaso la transformación en muerto viviente sea el último (¿o el único?) recurso de los desamparados, de los pobres, de los jodidos, de los que dieron la vida por su país para no recibir nada a cambio.
Por eso, en el desenlace, tan desencantado como torcidamente triunfal, un color verde podrido (como si proviniera de una película de la casa Hammer) invade la animación –hasta ese momento económica, sencilla, apenas funcional-, como señalando el triunfo ineluctable de la muerte sobre la vida. Lo más parecido posible a un final feliz.