lunes, 30 de octubre de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLV y CCLVI



Dos por uno porque la semana pasada estuve algo entretenido en Morelia 2017. Así, pues, he aquí los estrenos revisados de los últimos dos fines de semana:

Pacífico (México, 2016), de Fernanda Romandía. La opera prima como cineasta de la productora Fernanda Romandía fue presentada sin pena ni gloria en Morelia 2016. La cinta fue realizada en las costas de Oaxaca sobre la marcha, sin un guion escrito de antemano y eso se nota. La cámara, manejada por la propia cineasta en colaboración con Pedro González-Rubio y Joaquín del Paso, capta en tomas fijas a Oriente, un albañil y poeta que repite cual mantra "De altos espíritus es apreciar las cosas altas"; a Diego, otro albañil que trabaja en la misma construcción que Oriente; y a Coral, una niña, ahijada de Diego, que deambula por los escenarios y frente a una cámara exasperantemente estática. Un ejercicio de slow-movie no exento de interés -gracias a los actores no profesionales que encarnan versiones de sí mismos-, pero anegado de deficiencias conceptuales. (-)

La habitación (México, 2016), de Natalia Beristáin, Carlos Bolado, Carlos Carrera, Ernesto Contreras, Daniel Giménez Cacho, Alfonso Pineda Ulloa, Alejandro Valle e Iván Ávila Dueñas. Un omnibus-film ubicado en un departamento chilango a lo largo de un siglo. Como suele suceder con este tipo de ejercicios, el resultado es muy disparejo. Los mejores episodios, los dirigidos por Carlos Carrera y Ernesto Contreras que, de hecho, son lo que están más íntimamente conectados. Mi crítica en la sección Primera Fila de Reforma del viernes 20 de octubre. (*)

Una paloma reflexiona sobre la existencia desde la rama de un árbol (En duva satt pa en gren och funderade pa tillvaron, Suecia-Alemania-Noruega-Dinamarca-Francia, 2014), de Roy Andersson. La ganadora del León de Oro en Venecia 2014 llega finalmente a las salas de los circuitos culturales después de su paso por la Muestra Internacional de Cine del 2015. Se trata de la última parte de una trilogía realizada por Andersson sobre "lo que significa ser un ser humano", después de Canciones del segundo piso (2000) y Tú que estás vivo (2009). 
El asunto es que si no se han visto las dos primeras cintas, Una paloma... puede resultar una auténtica novedad: una cinta construida con una serie de impávidos sketches con una puesta en imágenes digna de Jacques Tati y un humor absurdo que se mueve entre el surrealismo. el dadaísmo y el simple slapstick. El problema es que un servidor ya ha visto las dos cintas anteriores y esta tercera permutación resulta francamente redundante. Igual, el jurado de Venecia 2014 pensó diferente. Yo qué sé. (* 3/4)

Muchachas (México, 2015), de Juliana Fanjul. Un notable documental centrado en la vida de tres criadas, Remedios Gálvez Gálvez "mi Reme", Guadalupe Liras Robles "Lupita" y Dolores Pérez Díaz "Señora Dolores", quienes han pasado buena parte de su vida sirviendo en las casas de sus patrones que puede que sean "como hermanos" pero que, eso sí, nunca se sentaron a comer juntos. Es obvio que el tema es muy personal para la cineasta, "Juli", quien en algún momento confiesa que en su infancia pasó más tiempo con su nana que con su verdadera madre. A través de la observación respetuosa y de la confesión abierta de estas tres mujeres, se entrega un retrato tan complejo como justo de las divisiones de clases y hasta de castas en nuestro país. Una opera prima documental más que meritoria. (**)

Coco (Íde, EU, 2017), de Lee Unkrich y Adrian Molina. La película inaugural del pasado festival de Morelia está lejos de encajar en la lista de lo mejor de Pixar, pero con todo y que se ha aventurado en terrenos bien conocidos, al estudio de la lamparita le alcanza para entregarnos un espectáculo visual apabullante y un desenlace genuinamente conmovedor. Puntos extras por burlarse de cierto icono de la cultura nacional de exportación. Mi crítica en la sección Primera Fila de Reforma del viernes pasado. (***)

domingo, 29 de octubre de 2017

Morelia 2017... en un vistazo



Hoy finalizó Morelia 2017 y acá abajo está la lista de todo lo que vi programado en el festival, en orden de preferencia y, para ayudar al lector, en dos categorías, largo y cortometraje. ¿Significado de estrellitas, crucecitas y demás simbolitos? A la derecha, si es usted tan amable. 

LARGOMETRAJES

Nelyubov (Rusia-Francia, 2017), de Andrey Zvyagintsev. Estrenos internacionales. (*** 1/2)

Visages Villages (Francia, 2017), de Agnès Varda y JR. Estrenos internacionales. (*** 1/4)

Wonder Wheel (EU, 2017), de Woody Allen. Estrenos internacionales. (***)

La libertad del diablo (México, 2017), de Everardo González. Funciones especiales. Mi crítica in extenso por acá. (***)

Good Time: Viviendo al límite (Good Time, EU, 2017), de Benny y Josh Safdie. Estrenos internacionales. (***)

Un beau soleil interieur (Francia, 2017), de Claire Denis. Estrenos internacionales. (***)

Coco (Ídem, EU, 2017), de Lee Unkrich y Adrian Molina. Película inaugural. Mi crítica en Reforma. (***)

Loving Vincent (GB-Polonia, 2017), de Dorota Kobiela y Hugh Welchman. Estrenos internacionales. (** 1/2)

Toivon tuolla puolen (Finlandia-Alemania, 2016), de Aki Kaurismäki. Estrenos internacionales. (** 1/2)

Verano 1993 (Estiu 1993, España, 2017), de Carla Simón. Estrenos internacionales. (** 1/2)

Los perros (Chile-Francia, 2017), de Marcela Said. Semana de la crítica. (** 1/2)

Chavela (Ídem, EU, 2017), de Catherine Gund y Daresha Kyi. Estrenos internacionales. (** 1/2)

The Killing of a Sacred Deer (GB-Irlanda, 2017), de Yorgos Lanthimos. Estrenos internacionales. (**)

Happy End (Francia-Austria-Alemania, 2017), de Michael Haneke. Estrenos internacionales. (**)

La familia (Venezuela-Chile-Noruega, 2017), de Gustavo Rondón Córdova. Semana de la crítica. (**)

El vendedor de orquídeas (México-Venezuela, 2016), de Lorenzo Vigas. Documental mexicano. (**)

Oso polar (México, 2017), de Marcelo Tobar. Largometraje mexicano. (* 3/4)

Sinvivir (México, 2017), de Anaïs Pareto Onghena. Largometraje mexicano. (* 3/4).

Guerrero (México, 2017), de Ludovic Bonleux. Documental mexicano. (* 3/4)

Siempre andamos caminando (México, 2017), de Dinazar Urbina Mata. Documental mexicano. (* 3/4)

Sueño en otro idioma (México, 2017), de Ernesto Contreras. Presentación especial Sundance. (* 1/2)

Rush Hour (México, 2017), de Luciana Kaplan. Documental mexicano. (* 1/2)

Takeda (México, 2017), de Yaasib Vázquez. Documental mexicano. (* 1/2)

Los ojos del mar (México-Alemania, 2016), de José Álvarez. Documental mexicano. (*)

Witkin y Witkin (México, 2017), de Trisha Ziff. Documental mexicano. (*)

Bosque de niebla (México, 2017), de Mónica Álvarez Franco. Documental mexicano. (*)

En la penumbra (Aus dem Nichts, Alemania-Francia, 2017), de Fatih Akin. Estrenos internacionales. (*)

Cuadros en la oscuridad (México-Argentina-Alemania, 2017), de Paula Markovitch. Largometraje mexicano. (-)

Casa Caracol (México, 2017), de Jean-Marc Rousseau Ruiz. Largometraje mexicano. (-)

Omar y Gloria (México, 2017), de Jimmy Cohen. Documental mexicano. (+)




CORTOMETRAJES

Amor, nuestra prisión (México, 2016; 6 minutos), de Carolina Corral. Cortometraje mexicano de animación. (** 1/2)

Mamartuile (México, 2017; 13 minutos), de Alejandro Saevich. Cortometraje mexicano de ficción. (** 1/2)

Otras personas (México, 2017; 40 minutos), de Raúl Sebastián Quintanilla. Cortometraje mexicano de ficción. (** 1/2)

Cerulia (México, 2017; 13 minutos), de Sofia Carrillo. Cortometraje mexicano de animación. (**)

Última estación (México, 2017; 6 minutos), de Héctor Dávila Cabrera. Cortometraje mexicano de animación. (**)

Horas roca (México, 2017; 22 minutos), de Sandra Reynoso. Cortometraje mexicano de ficción. (**)

La sombra de un dios (México, 2017; 21 minutos), de Bernhard Hetzenauer. Cortometraje mexicano documental. (**)

Oasis (México, 2017; 16 minutos), de Alejandro Zuno. Cortometraje mexicano de ficción. (**)

Los ausentes (México, 2017; 17 minutos), de José Lomas. Cortometraje mexicano de ficción. (**)

Ensueño en la pradera (México, 2017; 16 minutos), de Esteban Arrangoiz. Cortometraje mexicano documental. (**)

Memorias del table dance (México, 2016; 11 minutos), de Silvana Lázaro. Cortometraje mexicano documental. (**)

Bzzz (México, 2017; 4 minutos), de Anna Cetti y Güicho Núñez. Cortometraje mexicano de animación. (**)

Après les cendres (México, 2016; 28 minutos), de Eduardo Sosa. Cortometraje mexicano de ficción. (* 1/2)

La casa de Beatriz (México, 2017; 16 minutos), de Suzanne Andrews Correa. Cortometraje mexicano de ficción. (* 1/2)

Lo dulce de la vida (México, 2017; 11 minutos), de Horacio Romo. Cortometraje mexicano de ficción. (* 1/2)

Encarnación (México, 2017; 14 minutos), de Ricardo Castro. Cortometraje mexicano de ficción. (* 1/2)

Evaporado (México, 2017; 15 minutos), de Jimena Muhlia. Cortometraje mexicano de ficción (* 1/2)

Cielo (México, 2017; 12 minutos), de Miguel Anaya. Cortometraje mexicano de animación. (* 1/2)

Lo que no se dice bajo el sol (México, 2017; 15 minutos), de Eduardo Esquivel. Cortometraje mexicano de ficción. (* 1/2)

Sinfonía de un mar triste (México, 2017; 12 minutos), de Carlos Morales. Cortometraje mexicano documental. (* 1/2)

Collage (México, 2016; 4 minutos), de Eduardo Altamirano. Cortometraje mexicano de animación. (* 1/2)

Aguas tranquilas, aguas profundas (México, 2017; 19 minutos), de Miguel Labastida. Cortometraje mexicano de ficción. (* 1/2)

No pases por San Bernandino (México, 2017; 20 minutos), de Hugo Magaña. Cortometraje mexicano de ficción. (* 1/2)

Escuchando el silencio (México, 2017; 12 minutos), de Roberto Vignau. Cortometraje mexicano de ficción. (* 1/2)

Rino (México, 2016; 8 minutos), de Ricardo Herrera. Cortometraje mexicano de animación. (*)

Tecuani, hombre jaguar (México, 2017; 9 minutos), de Isis Ahumada y Nelson Aldape. Cortometraje mexicano documental. (*)

Relato familiar (México, 2017; 20 minutos), de Sumié García. Cortometraje mexicano documental. (*)

Nkwí Nayá Tonko: Compromiso de palabra (México, 2016), de Ismael Vázquez. Cortometraje mexicano documental. (*)

La proporción aura (México, 2017; 13 minutos), de Mariano Murgía. Cortometraje mexicano de ficción. (*)

Los desterrados hijos de Eva (México, 2017; 17 minutos), de Omar Robles. Cortometraje mexicano de ficción. (*)

Montañistas (México, 2016; 22 minutos), de Romy Tatiana Graullera Espinoza. Cortometraje mexicano de ficción. (*)

My soul is old (México, 2017; 19 minutos), de Claudia González-Rubio. Cortometraje mexicano de ficción. (*)

El abismo (México, 2017; 27 minutos), de Miguel Ángel Sánchez. Cortometraje mexicano de ficción (*)

Merma (México, 2017; 18 minutos), de Enrique Aguilar Jansonius. Cortometraje mexicano de ficción (*)

Loving South (México, 2016), de Oliver Rendón. Cortometraje mexicano de ficción. (*)

Sarro (México, 2017; 11 minutos), de Paul Coronel. Cortometraje mexicano de ficción. (*)

El presente (México, 2017; 8 minutos), de Carlos Hagerman. Cortometraje mexicano de ficción. (*)

Quedan los días (México, 2017; 25 minutos), de Ilana Coleman. Cortometraje mexicano de ficción. (*)

Vuelve a mí (México, 2017; 20 minutos), de Daniel Nájera. Cortometraje mexicano de ficción. (*)

Exequia (México, 2017; 15 minutos), de Emilia Michel. Cortometraje mexicano de ficción. (*)

Algo extraño sucedió camino a la morgue (México, 2017; 19 minutos), de Ricardo Silva. Cortometraje mexicano documental. (*)

Nos faltan (México, 2016; 4 minutos), de Lucía Gajá y Emilio Ramos. Cortometraje mexicano de animación. (*)

Tierra de brujas, mar de sirenas (México, 2016; 10 minutos), de Delia Luna Couturier. Cortometraje mexicano documental. (*)

Intermitencias del sueño (México, 2017; 17 minutos), de Sofía Landgrave. Cortometraje mexicano documental. (*)

Modelado (México, 2017; 13 minutos), de Christian Hernández. Cortometraje mexicano de ficción. (-)

V El artificio (México, 2017; 3 minutos), de Andrea Robles Jiménez. Cortometraje mexicano de animación. (-)

Fou! (México, 2017; 4 minutos), de Nuria Menchaca. Cortometraje mexicano de animación. (-)

Albina (México, 2016; 6 minutos), de Pablo Ortiz. Cortometraje mexicano de ficción. (-)

'Los (México, 2017; 8 minutos), de Alfonso Herrera. Cortometraje mexicano de ficción. (-)

Jager (México, 2017; 6 minutos), de Manuel Ortiz Hunger. Cortometraje mexicano de animación. (-)

Poliangular (México, 2017; 8 minutos), de Alexandra Castellanos. Cortometraje mexicano de animación. (-)

Peñas (México, 2017; 25 minutos), de Sheila Altamirano. Cortometraje mexicano de ficción (-)

Hermano (México, 2017; 19 minutos), de David Zonana. Cortometraje mexicano de ficción (-)

Cangrejo ermitaño (México, 2017; 12  minutos), de Alejandro Ramírez Collado. Cortometraje mexicano de ficción. (+)

El problema de las estrellas binarias (México, 2016; 13 minutos), de Juan Villar. Cortometraje mexicano de ficción. (+)

Playa (México, 2017; 13 minutos), de Francisco Borrajo. Cortometraje mexicano de animación: (+)

Todo sigue tranquilo (México, 2017; 16 minutos), de Gastón Andrade. Cortometraje mexicano documental. (+)

Nuestros mejores días (México, 2017; 19 minutos), de Nicolás Torres. Cortometraje mexicano de ficción. (+)

Resplandece (México, 2017; 26 minutos), de Clemente Castor. Cortometraje mexicano de ficción. (+)

sábado, 28 de octubre de 2017

Morelia 2017: Ganadores/VII y última



Hoy por la noche se dieron a conocer los ganadores de Morelia 2017 en las distintas categorías. Los triunfadores son: 


LARGOMETRAJE MEXICANO
  • Largometraje Mexicano: Oso polar, de Marcelo Tobar
  • Primer o Segundo Largometraje Mexicano: Ayer maravilla fui, de Gabriel Mariño
  • Premio del Público a Largometraje Mexicano: Los adioses, de Natalia Beristain
  • Guerrero de la Prensa Largometraje Mexicano: The drawer boy, de Arturo Pérez
  • Mejor Actriz Largometraje Mexicano: Sonia Franco por Ayer maravilla fui
  • Mejor Actor Largometraje Mexicano: Pedro Hernández por Sinvivir

DOCUMENTAL MEXICANO
  • Largometraje Documental Mexicano: Rush hour, de Luciana Kaplan
  • Guerrero de la Prensa Largometraje Documental Mexicano, Premio Especial AMBULANTE:Potentiae, de Javier Toscano
  • Mejor Documental Realizado por una Mujer: No sucumbió la eternidad, de Daniela Rea
  • Premio del Público Largometraje Documental Mexicano: Regreso al origen, de María José Glender

CORTOMETRAJE MEXICANO
  • Cortometraje de Ficción: Vuelve a mí, de Daniel Nájera
  • Cortometraje de Animación: Cerulia, de Sofía Carrillo
  • Cortometraje Documental: Relato familiar, de Sumie García
  • Premio del Público Programa de Diversidad Sexual: Dos ballenas, de Diego Cruz
  • Cortometraje en Línea: La proporción Aura, de Mariano Murguía
  • Premio Especial Renta Imagen: Los ausentes, de José Lomas

SECCIÓN MICHOACANA
  • Mejor Trabajo: La palabra de la cueva, de María Sosa, Jorge Scobell y Noé Martínez

Algunas líneas a bote pronto: como lo anoté antes, no pude ver la competencia de largometraje completa (ni la de ficción ni la documental), pero el consenso crítico el miércoles -día en el que salí de Morelia- era que se trataba de la competencia más floja en años. De hecho, varios de mis colegas que habían visto ya toda la competencia de ficción me comentaron que yéndome el miércoles no me perdía de nada: la cinta más interesante de la competencia oficial era Oso polar, que ya había visto y que, al final de cuentas, fue la que ganó.
En cuanto a documental no hubo tal consenso -o, por lo menos, yo no me enteré- pero la cinta ganadora, Rush Hour, me parece una obra menor comparada con películas documentales del año pasado como Tempestad o Bellas de noche, ya ni se diga con la obra maestra de Everardo González La libertad del diablo, presentada en Guadalajara 2017.
En todo caso, más allá de la poco satisfactoria competencia oficial, el quinceañero festival de Morelia demostró su fuerza como el festival de festivales de México a través de una riquísima programación que nos obligaba a tomar decisiones difíciles: ver esta cinta europea ganadora en Venecia o ver esta otra película latinoamericana exhibida en Cannes o ver aquel filme nacional que nunca se ha revisado en pantalla grande o, a veces, quedarse en algún café a platicar con los colegas y amigos que hacen más llevaderos aún los días en Morelia. ¡Larga vida al festival!

viernes, 27 de octubre de 2017

Morelia 2017: cortometrajes/VI



Aunque no pude ver toda la competencia oficial de largometraje de ficción (vi cuatro de siete cintas programadas) ni de largometraje documental (vi nueve de las quince elegidas), la realidad es que el consenso crítico coincide con mi incompleta percepción anotada aquí hace unos días: el quinceañero festival de Morelia tuvo una de sus competencias más flojas de los últimos años.
Todo lo contrario a lo que sucedió en el terreno del cortometraje en el que, ahí sí, pude ver todos y cada uno de los filmes: los 12 animados, los 12 documentales y los 36 de ficción. O sea, 60 películas cuyas duraciones fluctuaron entre los 4 y los 40 minutos y con muy disparejos resultados, pues abundaron los correctos ejercicios narrativos escolares, no faltaron algunas exploraciones (dizque) poéticas y varios experimentos bastante fallidos. 
Sin embargo, también hubo tres cortos (uno animados, dos de ficción) que son de lo mejor del cine nacional que he visto en el año y otros nueve cortometrajes (tres animados, tres documentales y tres de ficción) bastante sólidos, y como sigue:
El trío de ases del cortometraje en competencia está formado por Amor, nuestra prisión (México, 2017; 6 minutos), de Carolina Corral; Mamartuile (México, 2017; 13 minutos), de Alejandro Saevich; y Otras personas (México, 2017; 40 minutos), de Raúl Sebastián Quintanilla. 
En el primer caso, se trata de una inventiva cinta animada-documental que recoge los testimonios de cinco presas usando distintas técnicas de animación para proponer la más libertaria y humana de las ideas: el amor como la más absoluta forma de libertad. Genuinamente conmovedor.
En el segundo, estamos ante una excéntrica sátira política realizada con una seguridad pasmosa: cuando faltan seis meses para entregar el poder, el Presidente de la República (el músico Jacobo Lieberman, perfecto) recibe una mala noticia de parte de su secretario particular (José María Yazpik) provocada por cierta decisión de algún lejano país recién formado (el Mamartuile del título) que puede llevar a México a un conflicto internacional. No diré de qué se trata el asunto -la premisa y cómo se ejecuta es parte del placer que ofrece el filme- pero sí puedo afirmar que Saevich tiene un ojo privilegiado para la comedia del absurdo -ah, y que Lieberman, además de actuar, baila bien. O, bueno, digamos que por lo menos baila.
En cuanto a Otras personas, se trata de un mediometraje que nos remite tanto al cine de Woody Allen como al espíritu romántico de la obra maestra de Wong. Fernando (Fernando Álvarez Rebeil) acaba de cortar una problemática relación con Sandra (Sofía Espinosa, en cameo) pero, nomás para dizque provocarle celos, empieza a salir con su amiga de la prepa Ana (encantadora Ximena Romo), fingiendo los dos que están mutuamente enamorados. El asunto es que, ya lo sabemos desde Deseando amar (Wong, 2000), este tipo de jueguitos suelen ser peligrosos. El egresado del CCC Quintanilla demuestra ser un magnífico director de actores y la cámara en blanco y negro de Odei Zavaleta es ejemplar por su elegancia y funcionalidad.
Apunté que hubo otros nueve cortometrajes notables, tres de ellos animados: Cerulia (México, 2017; 13 minutos), de la especialista en stop-motion Sofía Carrillo, sobre una mujer que visita la casa de su niñez; Última estación (México, 2017; 6 minutos), un corto fantástico de Héctor Dávila Cabrera que coquetea con la inquietante premisa de la novela Bajo la piel, de Michael Farber; y Bzzz (México, 2017; 4 minutos), de Guicho Núñez y Anna Cetti, sobre una niña que sabe de la importancia de las abejas. 
Tres documentales: La sombra de un dios (México, 2017; 21 minutos), de Bernard Hetzenauer, que inicia en el terreno de la exploración étnica-cultural para terminar en el universo de la nota roja; Ensueño en la pradera (México, 2017; 16 minutos), de Esteban Arrangoiz, sobre la violencia que acecha en la más aparentemente idílica comunidad rural de nuestro país; y Memorias del table dance (México, 2016; 11 minutos), construido con una serie de testimonios de trabajadoras del conocido baile sicalíptico. 
Y, finalmente, otros tres cortos de ficción dignos de mencionarse (y verse, claro): Horas roca (México, 2017; 22 minutos), de Sandra Reyes, centrado en la relación de un padre (¡otra vez Jacobo Lieberman y en otro registro, revelación actoral de Morelia 2017!) y una hija adolescente a la que hace tiempo que no ve; Oasis (México, 2017; 16 minutos), de Alejandro Zuno, sobre una mujer (Norma Pablo) que va a buscar a su marido gay enclosetado a la cantina gay del título y termina haciendo migas con una prostituta transgénero (la carismática y siempre bienvenida Morganna Love); y Los ausentes (México, 2017; 17 minutos), de José Lomas, realizado en blanco y negro, encantador corto sobre un trío de niños cantantes que son contratados para ir a amenizar un velorio, pero solo tienen tres canciones en su haber.
En suma, doce cintas mexicanas que merecen atención. Esperemos que pronto estén disponibles en la red.  

miércoles, 25 de octubre de 2017

Morelia 2017: autores/V



Morelia es el típico festival de festivales. Es decir, muchas de las cintas que se han exhibido en los más importantes festivales del mundo se programan en Morelia en la sección de "estrenos internacionales". A vuela pluma, la revisión de algunos de estos filmes dirigidos por algunos de los más reverenciados autores cinematográficos de nuestros tiempos.
Happy End (Francia-Alemania-Austria, 2017), el más reciente largometraje de Michael Haneke, se presentó sin pena ni gloria en Cannes 2017. Estamos ante un muestrario de temas, personajes y hasta actores hanekianos. Las referencias anteriores a la obra del cineasta austriaco son bastante obvias, especialmente la conexión que se hace con su filme anterior Amour (2012). Como escribió en tuiter hace unos días Alejando Alemán, 'ora resulta que existe un Michael Haneke Cinematic Universe.
La cinta está centrada en una familia burguesa -otra más- que vive en Calais. El anciano patriarca Georges Laurent (Jean-Luis Trintignant) ya no desea vivir más y se entiende, porque sus dos hijos no son de gran ayuda ni apoyo: Anne (Isabelle Huppert) se ha hecho cargo de la empresa constructora familiar que maneja con mano de hierro, mientras Thomas (Mathieu Kassovitz) es un médico que, por lo que se ve, es incapaz de tener un relación amorosa estable. A la familia llega de improviso Eve (Fantine Harduine), la hija adolescente de Thomas de su anterior matrimonio, quien llega a vivir con los Laurent después de la muerte de su madre.
No hay nada nuevo en esta cinta de Haneke que no hayamos visto y mejor en sus anteriores filmes, pero la niña Harduine está formidable, no faltan los momentos de humor cruel a lo largo de la cinta y la secuencia final -en especial la imagen de Trintignant- es antológica. Un Haneke menor siempre será mejor que casi cualquier cosa que esté en cartelera.
Eso mismo se ha dicho desde hace años con el cine de Woody Allen, pero en el caso de su más reciente película, Wonder Wheel (EU, 2017), no aplica: su chorrogésimo largometraje no es una cinta menor.
Presentada fuera de concurso en el New York Film Festival, Wonder Wheel nos presenta ciertos temas recurrentes en la obra de Allen -la irracionalidad de nuestras decisiones, los remordimientos o la ausencia de ellos, el poder (auto)destructivo del amor- con una oscareable fotografía de Vittorio Storario y una aún más oscareable actuación de Kate Winslet en uno de los mejores trabajos de su apreciable carrera,-sino en el mejor de todos.
Estamos en Coney Island, Nuevay York, en 1950 -un poster de Winchester 73 (Mann, 1950) nos lo indica. Mickey (Justin Timberlake), un veterano de guerra, aprendiz de dramaturgo y salvavidas durante los veranos inicia la narración, presentándonos al personaje pivote de la historia: la guapa jovencita Carolina (Juno Temple), que ha llegado al Parque de Diversiones de Coney Island en busca de su padre, Humpty (un irreconocible Jim Belushi), el encargado del carrusel, que ahora está casado en segundas nupcias con Ginny (Winslet), una antigua actriz teatral segundona que ahora sobrevive sirviendo mesas en un restaurante de almejas. Ginny tiene su propio hijo de su primer matrimonio, Richie (Jack Gore, sensacional), un chamaquito que odia la escuela, se la pasa en el cine y, nomás por joder y porque no lo puede evitar, se lleva quemando cosas.
Todos los elementos de una rutinaria cinta alleniana están ahí: el triángulo amoroso Ginny-Mickey-Carolina, las indecisiones amorosas de Mickey, la histeria autodestructiva de la protagonista, la violencia de la mafia flotando sobre los personajes... Lo que no tenemos es rutina: no es rutina la virtuosa cámara luminosa de Storaro, no es rutina la impresionante actuación de Winslet, no es rutina la forma en la que Allen resuelve hacia el final el destino de sus personajes.
Wonder Wheel es una de las películas más oscuras de Allen. Todos los personajes son conscientes de las pésimas decisiones que han tomado en su vida o que tomarán, pero no quieren o no pueden evitarlo. Tampoco están particularmente arrepentidos de lo que han hecho. O si lo están, el remordimiento no les sirve de maldita la cosa.
El absurdo running-gag de Richie, el niño cinéfilo y piromaniaco -¿el alter-ego alleniano del filme?- cobra sentido en la medida que avanza el filme: el chamaco nunca explica por qué enciende fuegos en donde sea (en la playa, en la escuela, en la oficina de la psicóloga que lo atiende) acaso porque ni él mismo entiende por qué lo hace. Y seguramente lo seguirá haciendo, "hasta que le pase algo o mate a alguien". Como todos los demás personajes de esta sólida obra alleniana.
Pero si Haneke y Allen nos han entregado cintas que encajan muy bien en el canon de su filmografía -en el caso del austriaco en un tono menor; en el caso del neoyorkino, en un tono mayor-, Un beau soleil interieur (Francia, 2017), el más reciente largometraje de Claire Denis, es un animal muy diferente. De hecho, si no apareciera el nombre de la cineasta en los créditos, sería imposible imaginar que ella dirige.
Un beau soleil... es una cinta de actriz: Juliette Binoche permanece de principio a fin en el encuadre, tan madura como atractiva, sea enfundada en medias negras y minifalda, sea en la hilarante escena final, en la que -como Winslet en la cinta de Allen- da una cátedra de como dominar el close-up, cambiando de gestos, miradas y entonaciones de voz para señalar el estado mental de su personaje.
La película es una comedia -la primera en la filmografía de la directora- centrada en una artista plástica parisina (Binoche) que parece salir todos los días en busca del amor perfecto. A lo largo del filme la vemos pasar de un banquero a un actor a su exmarido a un galerista a un tipo que la levanta bailando a lo que encuentre en este fin de semana. Binoche encarna a una adolescente cincuentona que, además, está rodeada de otros adolescentes de la misma edad o incluso más viejos. 
Los personajes hablan hablan y vuelven a hablar -esta es una película francesa, no se le olvide- sobre el amor y el sexo, pero no estamos ante una filosófica y articulada cinta de Rohmer sino ante una ¿consciente' parodia de ese tipo de cine y de ese tipo de personajes. La cinta provoca hilaridad e irritación en partes iguales, y con Binoche en la pantalla grande, imposible resistirse.

martes, 24 de octubre de 2017

Morelia 2017: Competencia oficial/IV



La competencia oficial de la sección de largometrajes de ficción continuó este martes con Sinvivir (México, 2017), opera prima de Anaïs Pareto Onghena, una película a la que no le faltan problemas de construcción argumental pero que también presume no pocos elementos meritorios.
Jairo (Pedro Hernández) tiene como invitado en su casa a su compadre Hugo (Antonio Lopeztorres), un médico legista que fue echado de su casa por infiel ("nomás tantito") y, seguramente, también por ojete. Además, el tipo resulta ser un encajoso, pues lleva a la misma casa a Moi (Horacio García-Rojas), un primo que intentó suicidarse hace unos días, y se lo encarga a Jairo, que no toma de muy buen grado que le impongan la compañía de un tipo catatónico y depresivo. No es que Jairo sea el tipo más alegre del condado: para variar, a él también lo abandonó la esposa -"se fue de hippie a la India"- y no hace otra cosa más que trabajar en su carpintería, haciendo ya un banquito, fabricando ya un bote.
El rapport entre los tres actores es ejemplar y la debutante Pareto dirige con funcionalidad la historia, pero argumentalmente la película tiene algunos problemas: el cambio de conducta de Jairo hacia Moi -de una actitud desinteresada al cuidado súbito del fallido suicida- no está suficientemente justificada y la vuelta de tuerca cerca del desenlace -un coqueteo innecesario con el tremendismo- solo parece haber sido pensada para llegar a la obvia y previsible imagen final. De todas manera, lo mejor del filme es la interacción entre los tres personajes y la forma en la que van cambiando su perspectiva de vida -para bien, para mal- a lo largo del filme. Un debut meritorio.
En cuanto al documental mexicano, aunque su promedio de bateo sigue siendo superior a la ficción, la verdad es que aún no he visto entre la competencia de este año al equivalente de Tempestad (Huezo, 2016). Igual, me faltan varios por ver. De todas formas, como ha pasado en los últimos años, es raro el documental nacional que no sea de interés.
Tómese el caso de Rush Hour (México, 2017), tercer largometraje documental de Luciana Kaplan (La revolución de los alcatraces, 2013). La directora nos muestra tres vidas -la de una mujer que vive en Ecatepec, la de otra mujer que vive en Estambul y la de un joven ingeniero que vive en Los Ángeles- limitadas por las horas que tienen que pasar en el transporte, de su casa al trabajo, del trabajo a su casa -si es que pueden regresar a ella.
En algún momento, el ingeniero -que alguna vez soñó con ser músico- hace unas cuentas escalofriantes: pasa 5 horas diarias en promedio de su casa al trabajo y de regreso, lo que significa que vive 25 horas semanalmente en su auto, solo transportándose. En otras palabras, cada semana pierde un día de su vida. La mujer mexicana tiene otro problema, además del tiempo perdido: vive en una de las zonas más peligrosas del país, en donde la tasa de feminicidios es superior en 48% al resto de México (de hecho, ella fue asaltada, golpeada y violada hace un par de años). Por su parte, la turca vive preocupada por sus hijos, que se crían solos mientras ella tiene que trabajar en alguna tienda departamental en la zona europea de Estambul.
No hay nada que no sepamos o no nos podamos imaginar de lo que significa vivir en una gran metrópolis como la Ciudad de México, Los Ángeles o Estambul, pero la realización de Kaplan es muy fluida y no faltan algunos momentos particularmente iluminadores, como cierta conversación entre la protagonista mexicana, Elena Martínez, y una de sus clientas en el salón de belleza en donde trabaja. La mujer en cuestión ni siquiera es capaz de pronunciar bien Ecatepec, ya no se diga imaginarse cómo vive Elena, la mujer que la está atendiendo.

lunes, 23 de octubre de 2017

Morelia 2017: Competencia oficial/III



Siempre andamos caminando (México, 2017), documental mexicano en competencia y opera prima de la cineasta Dinazar Urbina Mata inicia de forma ominosa: una laaaarga secuencia de créditos de cerca de diez minutos de duración en donde acompañamos a un grupo de mujeres indígenas en la parte trasera de un camión de redilas. Uno teme que la película será de esas que no tienen estructura, que lo mismo pueden durar 40 minutos o tres horas y media. En ese momento, recordé a la siempre admirada cinecrítica Luz Alba cuando escribía aquello de "¡tijeras, tijeras!".
Por fortuna, pasado el prólogo, la cinta se recupera notablemente, tanto en la forma como en el fondo. El documental está centrado en tres mujeres indígenas oaxaqueñas chatinas que salieron de sus poblaciones serreñas natales para migrar, sea al interior -a las costas de Oaxaca-, sea al exterior -una de ellas estuvo en Estados Unidos. Las tres mujeres comparten frente a cámara -la mayoría de las veces en el estilo de Tatiana Huezo, es decir, con ellas en el encuadre pero con la voz confesional en off- sus experiencias amorosas, familiares, laborales, con una sinceridad que provoca empatía inmediata.
El título del filme proviene de una línea dicha por una de las mujeres: "nosotros siempre andamos caminando". En efecto, Juliana, Catalina y Alberta siempre están en movimiento; no pueden darse el lujo de vivir de otra manera. Más allá de los previsibles problemas compartidos -la violencia, la pobreza, la forzada migración- el documental termina mostrándonos a tres mujeres de carne y hueso, esperanzadas, dolidas, mal-habladas.
Otra película cuyos personajes siempre están en movimiento es Oso polar (México, 2017), tercer largometraje de Marcelo Tobar (filme anterior Asteroide/2014, de lo mejor del cine mexicano de ese año). 
Filmada por completo con varios iPhones y un Nokia viejito, estamos ante una suerte de road-movie urbana -la conversación entre dos personajes sobre la saga Mad Max no es gratuita- en la que tres antiguos amigos de la primaria se reúnen para ir a esa plaga que son las reuniones con los excompañeros de la escuela.
Escribí que los tres protagonistas son amigos pero, a decir verdad, no es así: en la medida que avanza la cinta, nos damos cuenta que Heri (impecable Humberto Bustos) fue maltratado todo el tiempo por los dos excompañeros que ha ido a recoger en el viejo y destartalado Ford 1982 de su mamá. Es decir, tanto Flor (Verónica Toussaint) como Trujillo (Cristian Magaloni) le hicieron la vida de cuadritos al siempre tranquilo, bien portado, tolerante y sonriente Heri, quien tiene su teléfono todo el tiempo prendido, pues le gusta "grabar cosas".
Es por esto que continuamente vemos las imágenes grabadas a través del iPhone de Heri -y en momentos claves accedemos a lo que tiene guardado en su celular, cuando trabajaba en el campo o era seminarista-, aunque me queda la sensación que el gimmick no está del todo justificado. Tampoco me convence el tremendismo del desenlace -que, por otro lado, ese sí está justificado dramáticamente- pero esto es problema mío, no de Tobar. Mientras son peras o son manzanas, Oso polar es lo mejor que he visto de la competencia oficial de ficción. 

domingo, 22 de octubre de 2017

Morelia 2017: Competencia oficial/II



Era un secreto a voces, desde antes de llegar a la capital michoacana, que la competencia oficial de ficción en Morelia 2017 no es, por lo menos en este año, el plato fuerte del quinceañero festival. Las primeras dos películas revisadas coinciden totalmente con el pronóstico (¿o era advertencia?).
A decir verdad, las dos cintas se dejan ver pero las dos, especialmente la primera, sucumbe por sus deficiencias. En el primer caso se trata de Casa Caracol (México, 2017), opera prima del potosino educado cinematográficamente en Francia Jean-Marc Rousseau Ruiz.
La cinta inicia con una mujer encerrada en un cuarto, amarrada de manos y pies, seguramente secuestrada. Pronto sabremos que la mujer en cuestión es Sofía (Rosalba García), quien vive sola, levantando de vez en cuando en algún bar a cualquier hombre (Harold Torres en cameo) que le quiera hacer el favor, por más que ella no demuestra ningún entusiasmo en hacer nada.
Sofía toma unas vacaciones y decide viajar hacia la provincia potosina, en un pueblito aparentemente idílico. Ahí conoce al agradable barbón Nico (Ianis Guerrero) que trabaja en un rústico hotelito -el Casa Caracol del título- y que, para completar para irse al gabacho, vende motita a quien se deje. Por supuesto, como ya sabemos desde el inicio,que la mujer terminará secuestrada, el asunto es saber quién lo va a hacer y por qué razón.
El gran problema de este cinta -"un Hostal (Roth, 2005) contemplativo", me dijo un colega con buena mala leche- es que el director debutante no logra crear el mínimo tono amenazante que necesita el filme. Se supone que Sofía -que, luego sabremos, perdió a su marido un buen día en el que simplemente desapareció de la faz de la tierra- está desde el principio en terreno peligroso, pero Rousseau no logra crear el ambiente ominoso que reclama la historia que, por lo demás, termina de forma tan trágica como previsible, con el personaje más inocente cargando con todas las culpas habidas y por haber. ¡Visita México!, pero recuerda, oh, patria querida que el cielo un malandrín en cada hijo te dio.
Cuadros en la oscuridad (México-Argentina-Alemania, 2017), la segunda cinta de ficción en competencia, es también el segundo largometraje de la experimentada guionista y ocasional cineasta Paula Markovitch (multipremiada opera prima El premio/2011). Como en su primera cinta, he aquí nuevamente una difícil relación entre un adulto y un niño, solo que esta vez no se trata de una madre y su hija, sino de un anciano pintor comunista, Marco, y un niño de la calle, Luis, que llega cual solovino a vivir en la derruida casa del viejo pintor que nunca exhibió nada de su obra, pues la mayor parte de ella fue realizada en tiempos de la dictadura, en la clandestinidad.
El escenario es un depauperado lugar de la Argentina, en las orillas sucias, pobres y contaminadas de alguna ciudad. La cámara de Bruno Santamaría sigue en tracking-shot dardennenianos al viejo que sobrevive trabajando en una gasolinera, mientras que elige las tomas abiertas para atestiguar la precaria vida libre de Luis en la calle.
A través de una abrupta edición ad-hoc -responsabilidad de Paloma López Carrillo, Martín Sappia y Karen Gómez Nava- se nos muestran los retazos de vida en común del viejo y el niño que, temáticamente, nos remiten de nuevo a la obra humanista de los Dardennes, solo que sin la contundencia dramática de los hermanos belgas. 
Como ejercicio de estilo la cinta no está del todo mal, pero comparada con El premio, este es un claro retroceso de Markovitch, que realizó esta película como homenaje a su fallecido padre pintor que sufrió condiciones similares a la del personaje del filme.
En el terreno del documental en competencia -¡quince películas... ¿por los quince años del festival?!- pude ver Witkin y Witkin (México, 2017), el más reciente largometraje de Trisha Ziff.
Como en sus anteriores cintas -las muy superiores La maleta mexicana (2013), El hombre que vio demasiado (2015)- Ziff centra su atención en el arte, los artistas y los que lo rodean, en este caso de los Witkin del título, los gemelos Joel Peter y Jerome, el primero un reputado y provocador fotógrafo "amante de los no amados"; el segundo, un talentoso pintor y académico.
Ziff nos muestra la obra de los hermanos -unidos desde el vientre materno y en la más tierna infancia, pero luego separados y distantes en más de un sentido-, su vida familiar, sus admiradores, sus modelos y coleccionistas, además de los elementos temáticos subterráneos que unen la obra de uno con la del otro. Un documental que cumple, por lo menos, con el simple requisito de ser informativo. 

sábado, 21 de octubre de 2017

Morelia 2017: Cannes 2017/I



El quinceañero festival de Morelia -muy simpático el corto de presentación, por cierto- inició el viernes pasado con la première mundial de Coco (Ídem, EU, 2017), décimo-noveno largometraje de la casa Pixar. No voy a gastar espacio en el blog para escribir de ella, pues mi crítica aparecerá en la sección Primera Fila del Reforma el próximo viernes. Además, si escribo aquí de Coco, ¿luego de qué escribo?
Al día siguiente, en el primer día completo del festival, la primera función con público a la que entré justificó el viaje a la capital michoacana: se trata de Nelyubov (Rusia-Francia, 2017), el más reciente largometraje del infalible maestro ruso Andrey Zviagintsev, filme ganador del premio del jurado en Cannes 2017.
Una pareja a punto de divorciarse (Maryana Spivak y Aleksey Rozin, perfectamente despreciables) ponen en venta el departamento en el que viven. Ella es administradora en un salón de belleza, él trabaja en un corporativo de bienes raíces; los dos han empezado de una vez con su brava vida nueva futura: ella tiene un amante mayor que vive claramente en un estatus económico superior; él ha embarazado a una jovencita con la que ya casi vive de tiempo completo.
Zheny y Boris -así se llaman estos monstruos tan universalmente identificables- pelean por cualquier cosa, incluyendo la patria potestad de su único hijo de 12 años. El asunto es que no riñen para ver quién se queda con él sino, por el contrario, para tratar de enjaretarle el chamaco al otro. Hacia la mitad de la cinta la historia da un vuelco, pues el niño, enterado que sus padres lo ven como un estorbo, desaparece del departamento. Durante la siguiente hora veremos a estos mater y pater horribilis buscar a su hijo, apoyados por la policía y un profesional grupo de voluntarios.
Por supuesto, esta no una cinta hollywoodense, así que no espere usted que Boris y Zhenya se reconcilien: de hecho, sucede todo lo contrario. El nivel de animadversión y peleas -a veces de plano a golpes- aumenta con tal intensidad que, llegado el momento, el espectador tiene que empezar a reírse como último signo de defensa psicológica -de hecho, la película no carece de sentido del humor. Cierta visita de la pareja a la gorgónica madre de ella es una pieza maestra de la dramaturgia de la lucidez y lo desagradable.
Como de costumbre tratándose de Zvyagintsev, la película es inocultablemente rusa y, al mismo tiempo, universal: una cinta así podría haberse realizado en nuestro país, por ejemplo. Desde esta trinchera, de lo mejor del año.
No todo lo premiado en Cannes 2017 ha sido como Nelyubov. Para muestra, En la penumbra (Aus dem Nichts, Alemania-Francia, 2017) la más franca decepción de estos primeros días. La actriz alemana internacionalizada Diane Kruger -ganadora del premio a Mejor Actriz en Cannes 2017- interpreta a una mujer cuyo marido, de origen turco, y su hijito de seis años, mueren en un atentado terrorista ejecutado por una joven pareja matrimonial neonazi.
Los criminales son detenidos y durante la extensa segunda parte del filme -casi una hora- vemos el juicio de los supremacistas en un estilo visual cercano a cualquier telefilme gringo de juzgado. En la última parte, la más interesante, Kruger se transforma de mujer doliente a mujer de acción. 
Esto salva, hasta cierto punto, a la película de la ignominia total, pero debo decir que En la penumbra me gustó mucho cuando se llamó El vengador anónimo (Winner, 1974). Es cierto que Kruger está más guapa que Charles Bronson, lo acepto, pero a Bronson le creo más este tipo de papeles.
La tercera cinta presentada en Cannes 2017 y exhibida en Morelia es Good Time: Viviendo al límite (Good Time, EU, 2017), el más reciente largometraje de los hermanos Benny y Josh Safdie.
En los créditos finales de esta cinta -que ganó en Cannes 2017 un premio paralelo de mejor banda sonora- los directores agradecen a decenas de personas pero, en primer lugar, aparece el nombre de Martin Scorsese. En efecto: Good Time... sigue el energético espíritu del primer Marty, el de Calles peligrosas (1973), solo que el protagonista es una suerte de nueva versión del Johnny Boy de Robert de Niro mezclado con el torpísimo delincuente Woody Allen de Robó, huyó y lo pescaron (Allen, 1969).
Robert Pattinson -impresionante el rango interpretativo que demuestra en cada nuevo papel el otrora vampirito ñoño- es Connie Nikas, bienintencionado pero fallido protector de su hermano con leve retraso mental Nick (el co-director Benny Safdie), con quien planea y ejecuta un robo bancario que nos remite a cierto gag alleniano de la película ya referida, secuencia que termina como si los Safdie hubieran sido poseídos por los hermanos Coen de Educando a Arizona (1987).
La historia, escrita por Josh Safdie y Ronald Bronstein no deja descansar al espectador ni, mucho menos, a su personaje central, un Connie que posee una determinación digna de mejor causa pero difícilmente de una mejor película. La acción y la comedia están perfectamente imbricadas: la emoción se confunde con la carcajada cada vez que el Connie de Pattinson sale de un atolladero para meterse en otro aún más grande. Una obra mayor que merece, por lo menos, una revisión más. 

miércoles, 18 de octubre de 2017

¡10 años!



Pues con la novedad que el 2 de septiembre pasado, este blog cumplió su primer década en el ciberespacio. Algunos dirán que soy tan distraído que no me acuerdo ni de mis aniversarios pero errarán: lo que sucede es que, crítico de espíritu hawksiano que soy (brincos diera), me preocupo más de lo hago que de otras cosas de menor importancia. 
Espero que mis lectores no sean tan hawksianos y ayuden a la sobrevivencia de este blog comprando algo en amazon (en el sitio gringo, si son tan amables), porque con felicitaciones no como. Por lo pronto, seguiremos en este blog el tiempo que podamos. ¿Diez años más? Ánimas que aguante. 

domingo, 15 de octubre de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLIV



El porvenir (L'avenir, Francia-Alemania, 2016), de Mia Hansen-Love. Isabelle Huppert recibió el año pasado y con mucha razón, todos los elogios posibles por su papel protagónico en Elle, abuso y seducción (Verhoeven, 2016). Sin embargo, propongo que la mejor Huppert es la que protagoniza esta tranquila cinta de madurez -en más de un sentido- dirigida por Mia Hansen-Love, una de las cineastas francesas más consistentes de la última década. 
Estamos ante la crónica de vida de Nathalie (Huppert), una profesora de filosofía que, en un corto periodo de tiempo, ve cómo todo se va transformando a su alrededor al entrar a la última etapa de su existencia: su matrimonio de 25 años se desmorona, ve cómo muere su anciana madre, lidia con sus hijos adultos que empiezan a correr por su propio camino, ve cómo su propio trabajo empiezan a ser anacrónico y hasta cierto estudiante que antes la idolatraba, ahora la critica y marca su distancia de ella.
A través de una limpia y elíptica narración a base de cortes directos, Nathalie aprende a aceptar la etapa de vida en la que se encuentra, abrazando la "libertad total" que está frente a ella. Sí, "el porvenir es frágil", pero así es la propia vida. Además, si una vieja gata citadina todavía puede ser capaz de cazar un ratón, ¿qué no podrá hacer Nathalie con la vida que le queda? Una obra mayor de Hansen-Love, de lo mejor que vi el año pasado. (***)

La carga (México, 2016), de Alan Jonsson. El segundo largometraje del mazatleco Jonsson (lejana opera prima Morenita, el escándalo/2008) es una meritoria cinta de aventuras históricas ambientada en una época muy poco frecuentada por el cine mexicano: finales del siglo XVI, unas décadas después de la caía de México-Tenochtitlan.
Con la ayuda de un espléndido reparto -cuatro de sus actores fueron nominados al Ariel 2017- Jonsson y su coguionista Arturo Ruiz Serrano nos ubican en una Nueva España apenas acomodándose en su asfixiante sistema de castas. 
Doña Elisa (María Valverde) es una joven  española que es la única que ha accedido a testificar a favor de un indígena rebelde, Francisco Tenamaztle, detenido para ser juzgado en España. Elisa es cargada -de ahí el título- por Painalli (Horacio García Rojas), un joven tameme que lleva a la mujer en sus espaldas desde la Ciudad de México hasta el puerto de Veracruz. Elisa y Painalli son seguidos por un piquete de soldados enviados por Don Miguel (Eusebio Lázaro), el padre de Elisa. Además, los mismos españoles son guiados por el traicionero indígena Itzím (impecable Gerardo Taracena). 
La carga es un entretenido thriller histórico filmado de forma competente en amplísimos exteriores, una combinación nada común en nuestro cine industrial mexicano. Ya nomás por eso vale la pena la revisión.  (* 1/2).

Cómo cortar a tu patán (México, 2017), de Gabriela Tagliavini. La comedia nacional de la semana desperdicia el innegable talento de Mariana Treviño -quien suele ser lo mejor de las películas en las que ha aparecido- y la buena disposición cómica de Sebastián Zurita -muy en su papel de macho mujeriego y ojete- en una historia sin chiste sobre una "especialista en rompimientos amorosos" -Treviño- que quiere evitar que su hermanita babas (Camila Sodi) se enamore de cierto macho alfa (Zurita). Por supuesto, por ahí aparece el novio perfecto (un perfectamente blando Christopher von Uckerman) que moverá el tapete no solo de la ingenua Sodi sino, también, de la cínica Treviño. 
Lo único notable de esta lamentable comedia es constatar que el castigo para el villano machista sigue siendo el mismo que si estuviéramos en una sexycomedia de los años ochenta: la sodomización (¡y que le guste!) del personaje encarnado con una enjundia digna de mejor causa por Sebastián Zurita. Haga usted de cuenta el final de Sólo para adúlteros (Fregoso, 1989), con Zurita en el papel de Manuel "el Flaco" Ibáñez. Lo triste es que aquella vulgar comedia con encueradas tenía más gracia y hasta más perspectiva de género que este filme realizado en pleno siglo XXI. Pero tampoco me extraña. (+)

La villana (Ak-Nyeo, Corea del Sur, 2017), de Byung-gil Jung. El segundo largometraje de Jung -habrá que ver su opera prima, inédita en México- es una emocionante pieza de acción que nos remite a la seminal Nikita (Besson, 1990), solo que a través de una laberíntica estructura narrativa y una delirante puesta en imágenes. Los primeros 40 minutos de la película no dan descanso alguno al espectador. Mi crítica in extenso, en unos días en este blog. (***)

Las tinieblas (México, 2016), de Daniel Castro Zimbrón. El segundo largometraje de Daniel Castro Zimbrón (fallidísima opera prima Tau/2012) está ubicado en algún espeso bosque -la locación es el Parque Nacional "El Chico", en Hidalgo- en donde se encuentra una cabaña en la que vive un padre (Brontis Jodorowsky) y sus tres hijos: el adolescente Marcos (Fernando Álvarez Rebeil), el niño Argel (Aliocha Sotnikoff, nominado al Ariel 2017 en la categoría de Mejor Revelación Masculina) y la pequeñita Luciana (Camila Robertson Glennie). Aparentemente, estamos en tiempos post-apocalípticos y el severo papá, que no sale al exterior sin su máscara de gas, no permite que ninguno de sus hijos se aventure solo en el bosque y, de hecho, los hace dormir a todos en el sótano, encerrados con candado.
Castro Zimbrón dirige este thriller con una seguridad pasmosa, manejando con precisión quirúrgica cada recursos del género, bien apoyado por un espléndido reparto -todos los chamacos están estupendos- y una fotografía en luz natural de Diego García ubicada en un estilo tenebrista que le debe enormemente a los clásicos barrocos. Ganadora, con toda justicia, del premio del público en Morelia 2016.   (**1/2)

3 mujeres (o despertando de mi sueño bosnio) (México-Bosnia y Herzegovina, 2016), de Sergio Flores Thorija. Presentada en competencia en Morelia 2016, esta opera prima de Flores Thorija se ha programado en el circuito cultural capitalino -entiéndase: Cineteca y salas afines- en este fin de semana.
Las tres mujeres del título son Ivana, Clara y Marina, quienes viven en Bosnia en lugares diferentes y en circunstancias muy distintas. Ivana (Ivana Vojinovic) vive con su mamá, trabaja en un restaurante pero sueña con irse a vivir a Estados Unidos; Clara (Clara Casagrande) es una estudiante brasileña que, con el nombre artístico de Pandora, sobrevive bailando en un table dance; y Marina (Marina Komsic), por su parte, es una jovencita que está enamorada de su amiga Selma (Selma Memovic) que está a punto de irse a vivir a Suecia. 
Las tres, de una u otra manera, viven sueños y frustraciones amorosas: Ivana, con un tejano que conoce en un bar; Clara, con un bosnio que la empieza a cortejar tímidamente; y Marina, por la imposibilidad de confesarle sus verdaderos sentimientos a Selma. De las tres historias entrecruzadas -en algún momento los personajes de una historia aparecen en otra-, la última es la más lograda, pues llega a rozar, en algún momento, el romanticismo sublimado de Wong. 
(* 3/4).

Los días no vuelven (México, 2015), de Raúl Cuesta. Presentado en competencia en Morelia 2015, finalmente se exhibe en el circuito cultural -o sea, Cineteca Nacional- este documental dirigido por Raúl Cuesta centrado en Enrique Jara, un tenista juvenil que llegó a ser el quinto en el ranking nacional pero que nunca pudo dar el salto al profesionalismo. Un prematuro retiro de las canchas, a los 19 años de edad, y una conflictiva relación nunca resuelta con su padre, de extracción popular, son el centro dramático de este filme que termina contagiado de la depresión del propio tenista retirado. (*) 

El patrón, radiografía de un crimen (Argentina, 2014), de Sebastián Schindel. Vista en Guadalajara 2015 y programada en la 60 Muestra Internacional de Cine el año pasado, la notable opera prima de ficción de Schindel finalmente tiene su corrida en la Cineteca Nacional y salas afines. Mi crítica in extenso, por acá. (** 1/2)

jueves, 12 de octubre de 2017

Blade Runner 2049



En un momento clave de Blade Runner 2049 (Ídem, EU-GB-Canadá, 2017), noveno largometraje del ascendente canadiense hollywoodizado Dennis Villeneuve (La mujer que cantaba/2010, Tierra de nadie: Sicario/2015, obra mayor La llegada/2016) y secuela del irrepetible clásico cyberpunk Blade Runner (Scott, 1982), el joven retira-replicantes KD6.3-7 o, simplemente, K (Ryan Gosling en su exitoso modito de engarróteseme ahí), le dice a su jefa policial, la teniente Joshi (Robin Wright), que “nacer es tener un alma”. Ella le responde, sin pestañear: “A ti te ha ido bien sin tener una”.
            En efecto, K es un “portapieles”; un replicante, pues. Estamos en el año 2049 del título, tres décadas después de los acontecimientos de Blade Runner, y K es un replicante de última generación cuya tarea es eliminar a los de su mismo tipo que han intentado rebelarse en contra de sus creadores, los seres humanos.
            Aunque la premisa es bastante similar a la de la cinta de 1982, estamos en terrenos un tanto cuanto diferentes. Mientras que en la cinta de Scott el imponente pero crepuscular replicante Roy (Rutger Hauer) tenía como meta conocer y enfrentarse a su creador, esta vez los replicantes tienen un objetivo mucho más noble pero dramáticamente más inocuo: tener un alma. Es decir, pasamos de la historia gótico-trágica de Frankenstein o el moderno Prometeo a la de un lacónico Pinocho en busca de su identidad, la de un pobre hombre de lata que solo quiere tener un corazón.
            Hay bastante qué admirar en Blade Runner 2049: el meticuloso diseño de producción de Dennis Gassner, la majestuosa fotografía de Roger Deakins (¡ya denle la méndiga estatuilla, por caridad de Dios!), el descubrimiento de Ana de Armas como el idealizado holograma de la novia perfecta Joi –ecos de la superior Ella/Jonze/2013-, el cameo del cada vez más confiable Dave Bautista –quién dijera que se convertiría en tan buen actor- y, por supuesto, la última hora del filme, cuando hace su aparición Harrison Ford como el viejo y curtido blade runner original Rick Deckard en una polvorienta y desértica Las Vegas, con la única compañía de un fiel chucho borracho y los hologramas de Marilyn, Liberace y el inolvidable ol’-blue-eyes entonando el clásico “One For My Baby”. De hecho, al aparecer Ford es cuando, finalmente, la película sale de su letargo narrativo. ¡Loor a Ford, porque ya no hacen/nacen estrellas de cine como antes!
El problema central de Blade Runner 2049 es que Villeneuve y sus guionistas parecen haberse quedado pasmados ante el reto imposible de realizar la secuela de una de las cintas más influyentes de fines del siglo pasado. Planteada la premisa –K descubre el milagro de que cierta replicante que usted y yo conocemos dio a luz a un hijo que anda por ahí y el “portapieles” K tiene como misión encontrarlo y eliminarlo-, el guion de Hampton Fancher y Michael Green no avanza: simplemente se paraliza. Por su parte, Villeneuve, en un estilo narrativo intencionalmente narcotizado, apuesta por alargar cada escena monumental como buscando distraer al respetable con tanta magnificencia (spoiler: en general, lo logra).
Jared Letto, para variar, no ayuda mucho. Letto interpreta al todopoderoso villano Niander Wallace, un visionario ciego (¡ojo con el simbolazo!) y creador de replicantes que tiene sus propias razones para encontrar al niño milagroso, por lo que envía a su implacable asistente Luv (Sylvia Hoeks) para tener en sus manos al chamaco –en realidad, ya un adulto- antes que nadie. Letto, qué remedio, no logra proyectar el mínimo carisma y resulta aún menos amenazante.
Eso sí, fiel al espíritu del Blade Runner original, hay en esta continuación ambigüedades no resueltas –algunas que vienen de la primera cinta, de hecho- pero, en sentido contrario a la obra maestra de Ridley Scott, Villeneuve y compañía han dejado el terreno listo para, por lo menos, realizar otra secuela más. Business are business.
Parafraseando el diálogo citado en un inicio, hay cierto tipo de cine que puede ser bastante eficiente, pero no tiene alma. Blade Runner 2049 es de ese tipo.

martes, 10 de octubre de 2017

Premios Fénix 2017... en un vistazo



Ayer se dieron a conocer las cintas y -por vez primera- las series de televisión nominadas a los Premios Fénix 2017. Se enviaron más de 50 teleseries y más de 800 largometrajes iberoamericanos y los comité de selección de cada país eligieron primero a las películas representativas de cada nación para luego votar por las nominaciones finales de toda iberoamérica. 
Acá está la lista de los nominados en cada categoría y como yo formo parte de los comités de selección en México y, también, en el de nominación, tanto en ficción como en documental, aquí está la lista de los filmes nominados en orden de preferencia. 
Como de costumbre, siento que se cometieron algunas injusticias. ¿Arabia (Dumans y Ochoa, 2017) fuera, en serio? Oh, bueno... Así es la democracia.

La región salvaje (México-Dinamarca-Francia-Alemania-Noruega-Suiza, 2016), de Amat Escalante. Mi crítica, por acá. (***)

La libertad del diablo (México, 2017), de Everardo González. Mi crítica in extenso acá. (***)

La cordillera (Argentina-Francia-España, 2017), de Santiago Mitre. (***)

El otro hermano (Argentina-Uruguay-España-Francia, 2017), de Israel Adrián Caetano. (***)

Un monstruo viene a verme (España-GB-EU, 2016), de J. A. Bayona. Mi crítica in extenso aquí. (** 1/2)

Joaquim (Brasil-Portugal, 2017), de Marcelo Gomes. (** 1/2)

Estiu 1993 (España, 2017), de Carla Simón. (** 1/2)

El pacto de Adriana (Chile, 2017), de Lisette Orozco. (** 1/2)

El ciudadano ilustre (Argentina-España, 2016), de Mariano Cohn y Gastón Duprat. (** 1/2)

Los perros (Chile-Francia, 2017), de Marcela Said. (** 1/2)

Cuatreros (Argentina, 2016), de Albertina Carri. (** 1/2)

Tarde para la ira (España, 2016), de Raúl Arévalo. (**)

Una mujer fantástica (Chile-Alemania-España-EU, 2017), de Sebastián Lelio. (**)

As duas Irenes (Brasil, 2017), de Fabio Meira. (**)

María (y los demás) (España, 2016), de Nely Reguera. (**)

El invierno (Argentina, 2016), de Emiliano Torres. (**)

El hombre de las mil caras (España, 2016), de Alberto Rodrigues. (* 1/2)

La novia del desierto (Chile-Argentina, 2017), de Cecilia Atán y Valeria Pivato. (* 1/2)

Santa y Andrés (Cuba-Colombia-Francia, 2016), de Carlos Lechuga. (* 1/2)

Amazona (Colombia, 2016),  de Clare Weiskopf y Nicolas van Hemelryck. (*)

Medea (Costa Rica-Argentina-Chile, 2016), de Alexandra Latishev Salazar. (-)

El ornitólogo (O ornitólogo, Portugal-Francia-Brasil, 2016), de Joao Pedro Rodrigues. Unos párrafos por acá. (-)

Viejo calavera (Bolivia-Qatar, 2016), de Kiro Russo. Unas líneas por acá. (-)

Niñato (España, 2017), de Adrián Orr. (H)

No intengo agora (Brasil, 2017), de Joao Moreira Salles. (H)

Ejercicios de memoria (Paraguay, 2016), de Paz Encina. (H)

domingo, 8 de octubre de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLIII




Blade Runner 2049 (Ídem, EU-GB-Canadá, 2017), de Dennis Villeneuve. Ni la majestuosa fotografía de Roger Deakins salva al más reciente largometraje de Villeneuve de ser un mero apéndice del auténtico clásico del noir-futurista Blade Runner (Scott, 1982), en cualquiera de sus distintas versiones. Esta secuela es una cinta fácil de admirar -por el nivel de su cuidada producción, por hacernos descubrir a Ana de Armas, por la siempre bienvenida presencia de Harrison Ford, por la contundencia visual que logra el injustamente ninguneado Deakins- pero, por lo menos para mí, imposible de disfrutar al nivel de la primera. Mi crítica in extenso en esta misma semana en el blog. (**)

Vigilante nocturno (Security, EU, 2017), de Alain Desrochers. Antonio Banderas tratando de seguirle los pasos a Liam Neeson en eso de hacerla de galán crepuscular y de acción. Nada qué presumir en casa, pero la cinta se deja ver. Un inocuo palomazo. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (*)

La balada del Oppenheimer Park (México-Canadá, 2016), de Juan Manuel Sepúlveda. Un documental en estilo directo sobre un grupo de indígenas que (sobre)viven en el Oppenheimer Park del título, ubicado en Vancouver. Sepúlveda se pasó un par de años con ellos, sin ánimos de moralizar ni, mucho menos, presentarlos como ejemplos de nada, a no ser de sus propias vidas, que gravitan entre el alcohol y la soledad. Una impecable y, a la vez, implacable cámara neutra; acaso demasiado neutra para su propio bien. Nominado al Ariel 2017 a Mejor Largometraje Documental. (-)

jueves, 5 de octubre de 2017

En línea: Mi vida a los diecisiete



La escena inicial de Mi vida a los diecisiete (The Edge of Seventeen, EU, 2016), opera prima de la cineasta Kelly Fremon Craig, nos ubica en un escenario bien conocido: en alguna preparatoria gringa, una jovencita camina por los pasillos de la escuela a toda velocidad para luego entrar a un salón de clases y avisarle a su profesor de historia –que está tranquilamente comiendo su almuerzo- que ha decidido quitarse la vida. La reacción lacónicamente sarcástica del profesor, perfectamente interpretado por Woody Harrelson, es la primera grata sorpresa de esta película.
            Estamos en terrenos muy conocidos, ya lo dije antes: en el escenario de la comedia romántica y/o de crecimiento adolescente, que tuvo sus mejores momentos de fines del siglo pasado con el cine de John Hughes (El club de los cinco, 1985), hasta inicios de este –con Chicas pesadas (Waters, 2004)-, pasando por algunos insólitos ejercicios shakespearianos, algunos muy sólidos (10 cosas que odio de ti/Junger/1999), otros no tanto (Anímate/O’Haver/2001). Mi vida a los diecisiete recupera esta fórmula no para subvertirla sino para mejorarla con una lectura más madura y compleja.
            La protagonista adolescente –y, por añadidura, narradora en off- es Nadine (Hailee Steinfeld), la muchachita de 17 años del título que, en la escena inicial, acaba de cometer un error de tal magnitud que podría dañar su vida social en la preparatoria para siempre jamás. En realidad, cuando llegamos a saber qué hizo, el problema no es para tanto, pero al mismo tiempo, es perfectamente entendible el horror que siente la jovencita.
            Nadine ha vivido en la infelicidad desde que era una niña y la muerte prematura de su adorado papá no mejoró su perspectiva oscura de la vida. Ahora, en la adolescencia, con una madre con la que no congenia (Kyra Sedgwick) y un hermano mayor, Darian (Blake Jenner), ofensivamente popular, el único solaz que conserva es la amistad de la simpática Krista (Haley Lu Richardson) y las oportunidades que tiene para hacerle la vida difícil a su profesor de historia (Harrelson, robándose cada escena). El problema es que este precario equilibrio se rompe cuando Krista se enamora de Darian, y Nadine interpreta esto –adolescente al fin de cuentas- como una imperdonable traición.
            El escenario es común y la progresión cómico-dramática bastante convencional, pero el guion escrito por la propia cineasta debutante se permite varias vueltas de tuerca imprevisibles –cierto encuentro romántico/sexual que (no) termina (tan) mal- y una construcción de personajes mucho más inteligente de lo que se acostumbra en este tipo de cintas.
Así pues, como si la guionista/cineasta Craig siguiera algún escondido impulso humanista/renoiriano (“Cada quien tiene sus razones”), todos los personajes demostrarán, hacia el desenlace, que son mucho más complejos de lo que Nadine (y nosotros) pensábamos. Al final de cuntas, Nadine ha empezado a madurar y la formulita de la comedia adolescente ha madurado, aunque sea un poco, con ella.
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Mi vida a los diecisiete se encuentra disponible en Cinepolis Clik (www.cinepolisclik.com).