lunes, 28 de agosto de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXLVII



Verónica (México, 2017), de Carlos Algara y Alejandro Martínez Beltrán. La opera prima de The Visualistas -así aparecen en los créditos de la cinta- es un meritorio thriller psicológico deudor lo mismo de Bergman que de Polanski con una impecable puesta en imágenes. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (**)

En el nombre de mi hija (Au nom de ma fille, Francia-Alemania, 2016), de Vincent Garenq. Sólido thriller procedimental centrado en la búsqueda de justicia de parte de un padre que ha perdido a su hija. Mi crítica in extenso por acá. (**)

Mar (Argentina-Chile, 2014), de Dominga Sotomayor. El mar del título no es el océano -aunque la cinta fue filmada en Villa Gesell, Argentina- sino el nombre de cariño de Martín (Lisandro Rodríguez), un treintón que visita ese balneario acompañado de su pareja Eli (Vanina Montes). Los dos no tienen que mucho qué decirse y menos aún cuando aparece la extrovertida mamá de él (Andrea Strenitz) a poner las cosas patas pa'rriba en unos días que se suponían eran de descanso y reconciliación.
Como en su cinta anterior, la muy superior De jueves a domingo (2012), la película está centrada en la incomunicación de una pareja destinada al fracaso. La precisa cámara de Nicolás Ibieta mutila a sus personajes perpetuamente pasmados cuyas estólidas cuitas no terminan de cuajar dramáticamente. Por lo que ha dicho la cineasta, la película fue realizada en apenas ocho días y en ella dominó la improvisación. Y eso se nota. ( *3/4)

domingo, 27 de agosto de 2017

En el nombre de mi hija



Exhibida el año pasado en el 20º. Tour de Cine Francés, ha vuelto a la cartelera comercial En el nombre de mi hija (Au nom de ma fille, Francia-Alemania, 2016), cuarto largometraje de Vincent Garenq, un cineasta especializado en teleseries y filmes realizados para la televisión francesa.
En la pantalla grande, Garenq tiene otra especialidad: tres de sus cuatro largometrajes están basados en célebres casos reales. Así pues, Présumé coupable (2011) estaba centrado en el infierno legal que vivió un matrimonio cuando fue acusado, injustamente, de abuso sexual infantil; L’Enquête (2014) sigue los esfuerzos de un periodista por dar a conocer los tejes y manejes de una compañía financiera y los de un juez anticorrupción para que los culpables responsables paguen sus culpas; y, ahora, En el nombre de mi hija, la historia –escrita por el propio cineasta en colaboración con Julien Rappeneau- está basada en un caso criminal que se extendió durante casi treinta años y que involucró a los sistemas policiales y judiciales de Alemania, Francia y Austria.
El filme inicia en Mulhouse, Francia, en 2009. La policía entra al sitio en donde se encuentra un tal André Bamberski (Daniel Auteuil, impecable), quien es detenido, acusado de secuestro. El tipo, de edad avanzada, no parece sorprendido: no opone resistencia, no pierde la compostura, no levanta la voz. Parece como si estuviera satisfecho. Acaso, hasta orgulloso.
En corte directo y con un letrero explicativo de por medio, la edición de Valérie Deseine nos ubica ahora casi 30 años antes, en 1974, en Maruecos. Bamberski es un alto ejecutivo de una compañía francesa, está casado con la guapa Dany (Marie-Josée Croze) y tiene dos hijos pequeños: Kalinka y Pierre. Los Bamberski conocen al Dr. Dieter Krombach (Sebastian Koch) entre la comunidad francesa en Marruecos, quien tiene una hija que se convierte en la mejor amiga de Kalinka. Con la convivencia cotidiana, Krombach y Dany se vuelven algo más que amigos y, con el paso del tiempo, cuando Bamberski lo descubre, le pide el divorcio a su mujer.
Los años pasan y todo parece haberse estabilizado: Bamberski vive en Francia con sus hijos, mientras que Dany se ha casado con Krombach y vive en Alemania. En el verano de 1982, Kalinka y Pierre visitan a su madre y a su padrastro, y en esa visita una horrenda tragedia sucede. No quiero anotar aquí lo que pasa, por más que el propio título del filme lo indique: baste adelantar que después de ese acontecimiento, Garenq nos entrega una exasperante crónica procedimental de cómo pueden (dis)funcionar los sistemas judiciales europeos que, acaso de manera inevitable, están repletos de obstáculos burocráticos.
Lo que llama la atención de En el nombre de mi hija es que Garenq y su editora Deseine logran contar esta laberíntica historia en menos de 90 minutos, por lo que, sin espacios para digresión alguna y con un ritmo siempre cortante, mantienen al espectador en el borde de su asiento, atento a las vueltas de la fortuna que sufre Bamberski en busca de justicia.
Es cierto que la brevedad del filme evita profundizar en algunos de los personajes –especialmente en el antagonista, Krombach- pero, por otro lado, Garenq lo compensa al contar con Daniel Auteuil, quien dota a su personaje de una complejidad y una dignidad irrefutables.
                                                                         

viernes, 25 de agosto de 2017

Morelia 2017: Selección oficial






El día de hoy se dio a conocer la selección oficial para el quinceañero Festival de Morelia. Los resultados completos de la convocatoria están por acá y abajo los largometrajes elegidos en la sección documental (catorce) y ficción (siete).
Un par de comentarios al calce: ya he visto tres de los documentales -Bosque de niebla, Guerrero y El vendedor de orquídeas- y, como suele suceder con el cine documental mexicano (aunque el de Vigas es más venezolano en realidad), se trata de cintas valiosas. En cuanto a las siete películas de ficción, no he visto ninguna, pero hay que aplaudir que de las quince cintas seleccionadas el año pasado, el número bajo a la mitad. 
Me explico: no me da gusto que haya menos cine mexicano en Morelia; lo que aplaudo es la valentía del comité de selección. Si realmente solo hubo siete filmes mexicanos dignos de participar en la sección oficial competitiva, pues que sean siete y no diez ni quince, por tener que llegar a un número pre-establecido. 
Los filmes seleccionados son: 

Sección de Documental Mexicano

1. Artemio. Sandra Luz López
2. Bosque de niebla. Mónica Álvarez Franco
3. La compañía que guardas. Diego Gutiérrez
4. Guerrero. Ludovic Bonleux
5. No sucumbió la eternidad. Daniela Rea Gómez
6. Omar & Gloria. Jimmy Cohen
7. Potentiae. Javier Toscano
8. Regreso al origen. María José Glender
9. Rush Hour. Luciana Kaplan
10. Siempre andamos caminando. Dinazar Urbina Mata
11. Takeda. Yaasib Vázquez
12. Truenos de San Juan. Santiago Maza Stern
13. El vendedor de orquídeas. Lorenzo Vigas
14 .Witkin & Witkin. Trisha Ziff





Sección de Largometraje Mexicano

1. Los adioses. Natalia Beristáin
2. Ayer maravilla fui. Gabriel Mariño
3. Casa Caracol. Jean-Marc Rousseau Ruiz
4. Cuadros en la oscuridad. Paula Markovitch
5. The Drawer Boy. Arturo Pérez Torres
6. Oso polar. Marcelo Tobar
7. Sinvivir. Anaïs Pareto Onghena

miércoles, 23 de agosto de 2017

Annabelle 2: La creación



Éramos muchos y parió la abuela. En este siglo hollywoodense hemos tenido que lidiar con el Universo Cinematográfico de la Marvel (que es de Disney) con el Thorito y demás súper-héroes, con el Universo Extendido de los DC-Cómics de la casa Warner con Supermán y héroes que lo acompañan, con el Dark Universe de la Universal y sus monstruos clásicos como el vampiro o la momia, y el MonsterVerse de Warner-Legendary-Toho con sus monstruos gigantescos como Godzilla y King Kong.
Pues he aquí que ha aparecido ooooootro “universo cinematográfico” más: el Universo Cinematográfico del Conjuro. En efecto, a partir del impresionante éxito taquillero de la espléndida cinta de espantos El conjuro (Wan, 2013), centrada en el matrimonio Warren, expertos de lo oculto y luchadores contra las fuerzas demoníacas, las casas productoras Warner y New Line produjeron la efectiva secuela El conjuro 2: el caso Enfield (Wan, 2016), el spin-off Annabelle (Leonietti, 2014) -sobre una malévola muñeca depositaria de Satanás-, su inevitable secuela que se ha estrenado este fin de semana, Annabelle 2: La creación (Annabelle: Creation, EU, 2017) y, próximamente otro spin-off, The Nun (Hardy, 2018), en el que la protagonista será la monja satánica de El conjuro 2. Es decir, en cinco años se han hecho cinco películas y contando, pues está en planes una tercera parte de El conjuro.
Económicamente hablando, el Universo Cinematográfico del Conjuro ha sido un negocio redondo para Warner y New Line –las cintas de horror son relativamente baratas y la taquilla suele ser muy generosa con el horror- pero, si dejamos a lado el negocio, que no es tema de mi especialidad, ¿qué tal han resultado las películas?
Veamos. Es cierto que el díptico de El conjuro es muy superior en forma y fondo al spin-off y su secuela, pero también es cierto que tanto Annabelle como Annabelle 2 son entretenidas cintas de horror que explotan con bastante eficacia las convenciones de sus respectivas fórmulas. En el caso de la primera Annabelle, la premisa partía de una re-elaboración de los miedos y ansiedades de una mujer a punto de parir, con todo y saqueos/homenajes a la inalcanzable El bebé de Rosemary (Polanksi, 1968). Ahora, en la secuela, el escenario es una casa enorme y siniestra a la que llegan a vivir un grupo de niñas y jovencitas, fórmula tan manida que nuestro cine nacional tiene su propio clásico en Hasta el viento tiene miedo (Taboada, 1968).
El guion de Annabelle 2 escrito por Gary Dauberman cumple con el título del filme: no solo vemos la creación de la muñeca de marras –al inicio vemos cómo un artesano crea al siniestro juguete-, sino con el nacimiento de la propia maldad, es decir, de qué manera Annabelle, la muñeca, se convirtió en vehículo del demonio.
David F. Sandberg y su muy profesional equipo (el fotógrafo Maxime Alexandre, la diseñadora de producción Jennifer Spence, el músico Benjamin Wallfisch) nos entregan un filme de horror tan convencional como efectivo, con un magistral manejo del encuadre (esas figuras fuera de foco que aparecen en las esquinas), una experta iluminación de manchas (con la oscuridad como espacio del que esperamos salte el horror), un escenario de por sí terrorífico sin necesidad de muñeca alguna (esa casa enorme, vieja y oscura) y una música que al prevenirnos del susto nos está provocando uno de antemano.
Pero ya es hora de responder a la pregunta planteada: ¿qué tal ha resultado el Universo Cinematográfico del Conjuro? Bastante entretenido, diría yo. Y mejor, en promedio, que el de Marvel, ni se diga.

martes, 22 de agosto de 2017

11 (críticos) mexicanos dijeron...




Entre los 253 críticos de cine (y periodistas cinematográficos y programadores de festivales) de todo el mundo a quienes les pidieron su top-10 de la comedia en la historia del cine, hay once mexicanos (en orden alfabético: Arturo Aguilar, Aurélie Dupire -no se confunda: es más mexicana que el chile güero-, Erick Estrada, Adriana Fernández, Elena Fortes, Mauricio González Lara, Daniela Michel, Alejandra Musi, Fernanda Solórzano, Leonardo García-Tsao y acá su charro), así que como no tengo mucho negocio, me di a la tarea de revisar cómo habían votado mis diez colegas. 
El resultado, comparado con el top-10 final de los 253 críticos de todo el mundo, tiene similitudes naturales pero, nacionalidad obliga, también algunas muy saludables diferencias. Las cintas más votadas entre los once críticos mexicanos fueron:

1. Some Like It Hot (6 votos)

2. Annie Hall (5 votos)

3. Life of Brian
    Dr. Strangelove...
    The Big Lebowsky (4 votos)

4. His Girl Friday
    The General  (3 votos)
    
5. Groundhog Dog
    Airplane!
    Sherlock Jr. 
    Ahí está el detalle
    El esqueleto de la señora Morales
    Sullivan's Travels
    Duck Soup
    Tootsie          (2 votos)

Por acá puede buscar el top-10 individual de cada uno de nosotros. 

El evangelio de la comedia en la historia del cine




Hace tres meses la BBC contactó a 253 críticos de cine de 52 países para que enviáramos nuestras respectivas listas de las mejores diez comedias en la historia del cine. Los resultados completos están por acá y ¡spoiler! la película ganadora está en la imagen aquí arriba.

Mi lista, tal como la envié, acá abajo. En cuanto lo envié, me arrepentí: debí haber anotado Por meterse a redentor y, por supuesto, Dos tipos de cuidado

1. Luces de la ciudad (City Lights, Chaplin, 1931)

2. Sherlock Jr. (Keaton, 1924)

3. A Nous la Liberté (Clair, 1931)

4. Las vacaciones de Monsieur Hulot (Les vacances de Monsieur Hulot, Tati, 1953)

5. La vida de Brian (Life of Brian, Jones, 1979)

6. Dos extraños amantes (Annie Hall, Allen, 1977)

7. Amarcord (Fellini, 1973)

8. Terrible verdad (The Awful Truth, McCarey, 1937)

9. Ayuno de amor (His Girl Friday, Hawks, 1940)

10. Una Eva y dos Adanes (Some Like It Hot, Wilder, 1959) 

domingo, 20 de agosto de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXLVI




Aquí sigo (México-España, 2016), de Lorenzo Hagerman. El cineasta/fotógrafo/guionista/co-editor Hagerman, con el invaluable apoyo de un grupo de investigadores, visita varias partes del mundo (de un pueblito de Querétaro a las costas de Okinawa, pasando por Puerto Progreso, Barcelona, Cerdeña, Montreal y la selva costarricense) para conocer a una docena de ancianos centenarios (o casi) para que los ancianos y ancianas pasitas -aunque ya quisiera yo la energía de esos dones y esas doñas para un domingo- nos cuenten de sus recuerdos, sus amores y su secretos para rondar los cien años de edad. En el mejor sentido del término, un documental encantador. De lo mejor del cine nacional en lo que val del año. (** 1/2)

Sieranevada (Ídem, Rumania-Francia-Croacia-Macedonia-Bosnia y Herzegovina, 2016), de Cristi Puiu. Un maduro doctor rumano -que en realidad ya no ejerce sino vende productos médicos- visita a su familia en Bucarest para conmemorar a su papá, muerto recientemente. En esa tarde, mientras llega el sacerdote a bendecir la comida, la familia extendida entra en eternas discusiones de todo tipo -globales, nacionales, familiares, matrimoniales-, cual muestrario de la eterna crisis de la familia -de cualquier familia- y del país entero -de Rumania, pero bien podría ser México. Esta cinta de Puiu está expertamente realizada y la dirección de actores es impecable, pero la excesiva duración -¡173 minutos!- termina por exasperar. Por supuesto, acaso de esto se trataba, pero se les pasó la mano. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (* 3/4)

Annabelle 2: La creación (Annabelle: Creation, EU, 2017), de David F. Sandberg. La cuarta película del Universo Cinematográfico del Conjuro (sí, ya lo llaman así) es una convencional pero muy entretenida película de horror que nos presenta el origen de la muñeca satánica del título. Mi crítica in extenso el próximo martes en este blog. (*)

Café (México, 2014), de Hatuey Viveros. El segundo largometraje -aunque primero documental- de  Viveros -sensible y meritoria opera prima Mi Universo en Minúsculas (2011)- cumple con un requisito clásico de este modo de producción fílmica: documenta. En este caso, lo que documenta es la vida de una pequeña familia indígena que vive en Cuetzalan del Progreso, en la sierra norte de Puebla.
El papá ha fallecido sin ver a su hijo, Jorge Antonio Hernández Desión, graduarse de abogado y hasta con mención honorífica. Tampoco puede ver cómo su otra hija, Chayo, ha quedado embarazada, sin que quede muy claro que el muchacho el cuestión "le cumpla" como ella quiere. La cámara del propio Viveros ve lo que pasa frente a ella, sin intervenir en ningún momento de forma directa. No hay narración en off, no hay contextualización de datos en pantalla, no hay cabezas parlantes dirigiéndose a nosotros. Tampoco se necesita nada de esto, por cierto.
Viveros y su guionista Monika Revilla parecen tener una sola ambición: documentar la vida de esta familia rural que habla náhuatl, sus logros, sus trabajos, sus fiestas, sus decisiones...  Su ethos como tal, en el más amplio sentido del término: sus costumbres como parte de una comunidad y, al mismo tiempo, el caracter individual de cada uno de los miembros de la familia. El resultado nunca deja de ser interesante. (* 1/2)

Zeus (México, 2016), de Miguel Calderón. Vista en Morelia 2016, esta opera prima escrita por el propio cineasta nos presenta la vida de un nini sin oficio ni beneficio que vive con su castrante madre neurocirujana.
Joel (el escritor Daniel Saldaña París en su debut como actor) ya araña los 30 años y, fuera de hacerle los mandados a su mamá (ir a la tintorería, hacer el mandado, diseñar las presentaciones de su señora madre para algún congreso) no tiene otra vida más que ir a cazar con el Zeus del título: un imponente halcón que Joel quiere más que a sí mismo. O más bien, el pajarraco es una extensión deseada de sí mismo, pues en sus sueños -simbolazo obliga-, Joel ve cómo Zeus ataca a su madre o cómo, de plano, le hace el amor. 
Dicho de otra manera: madre e hijo comparten una relación enfermiza de mutua dependencia, aunque la (no tan) santa señora tiene en un vecino a su amante de planta y el propio Joel ve la oportunidad de crecer -o, bueno, solamente coger- cuando conoce a Ilse (sensacional Diana Sedano robándose cada escena), una secretaria buenota que parece estar encarnando a La Pelangocha del nuevo siglo.
Hay que decir que la cinta está hecha correctamente -es difícil que una película fotografiada en parte por María Secco se vea mal-, pero no tiene mucho qué ofrecer. (-)

viernes, 18 de agosto de 2017

El baúl: Dawn of the Dead



Ante la exhibición de Dawn of the Dead hoy en la Cineteca Nacional, me di a la tarea de rescatar del baúl de mis archivos este viejo texto publicado hace... ufff... no sé. Hace mucho tiempo. 


Diez años después de su histórica opera prima La noche de los muertos vivientes (1968), George A. Romero volvió al tema de los zombies con la secuela Dawn of the Dead (EU-Italia, 1978) que, inexplicablemente, nunca encontró distribución comercial en nuestro país. La historia, escrita por el propio Romero, es básicamente la misma (un pequeño grupo de seres humanos se protegen del ataque de una multitud de muertos vivientes que quieren comérselos), pero esta vez el tono ha dejado de ser dramático para inclinarse más hacia la sátira.
Si el primer filme exigía una lectura alegórica que nos mostraba a un microcosmos estadounidense dividido y enfrentado entre sí, cual réplica de los problemas sociales que vivió la Unión Americana durante los años sesenta, en la secuela vemos a un centenar de zombies deambular por un emblemático mall típicamente gringo pues, como dice uno de los seres humanos sobrevivientes “eso es lo que acostumbraban hacer cuando estaban vivos”. 
Así, la tardía continuación se instala rápidamente en los terrenos de la sátira social, con decenas de muertos vivientes caminando por los pasillos del centro comercial, con cuatro humanos encerrados en una enorme tienda y consumiendo todo lo que quieren (caviar, embutidos, licores, armas) sin que nadie se los impida y, finalmente, con una banda de motociclistas que entran a la fuerza al mall, provocando una orgía de sangre, balazos y canibalismo.
La película, filmada a colores –a diferencia de La noche..., que fue realizada en blanco y negro-, tiene el mismo aire semidocumental de la primera, con la cámara siempre en mano, con movimientos bruscos y poco elegantes, con los encuadres desordenados de un reportaje in situ, no de una película de ficción. En el terreno de los efectos especiales y el maquillaje, el maestro Tom Savini se hizo cargo de ese departamento, así que no faltan mutilaciones varias y momentos de gore desbocados (para la trivia, Savini participó en el filme como uno de los brutales motociclistas que toman por asalto el centro comercial).
Como de costumbre en el cine de Romero, en este, su sexto largometraje, no hay un solo actor reconocible entre los cuatro humanos y las decenas de zombies caníbales pues lo que le importa a Romero es contar su historia sin que nos estorbe la presencia de alguna estrella –por supuesto, otro motivo por el cual (casi) nunca aparece nadie importante en las cintas de este director es que Romero siempre ha trabajado con presupuestos relativamente modestos.
¿Dawn of the Dead es mejor que La noche de los muertos vivientes? Probablemente sí. Por supuesto, el impacto del primer filme es irrepetible, pero Dawn... muestra un cineasta más seguro, tanto en lo que quiere decir como en de qué manera decirlo. Acaso no solo sea la mejor película de la saga zombiesca de Romero sino es, seguramente, uno de sus filmes más logrados. 

jueves, 17 de agosto de 2017

Hazlo como hombre



Hacia el final de Hazlo como hombre (México-Chile, 2017), noveno largometraje –pero primero mexicano- del taquillero productor y cineasta chileno Nicolás López (exitosa trilogía chilena Qué pena tu vida/2010, Qué pena tu boda/2011 y Qué pena tu familia/2012, con remake mexicano Qué pena tu vida/Reyes/2016), el gay recién salido del clóset Santiago (Alfonso Dosal) se da cuenta que su novio chef multicultural Xavier Dolan, digo Julián Dolan (Ariel Levy), le pone los cuernos cada vez que va a Miami. Cuando Julián se da cuenta de la decepción en el rostro de Santiago, le dice, palabras más, palabras menos, que es “demasiado gay para ser heterosexual, pero demasiado heterosexual para ser un auténtico gay”. En otras palabras, Santiago es un gay modosito, del siglo pasado, demasiado recatado y no suficientemente retacado (perdón, no lo pude evitar: he visto demasiadas cintas albureras en los últimos meses, luego le platico por qué).
Esta escena que, por lo demás, tiene un pésimo chiste (-“Yo te advertí que era poliamoroso”, –“Ah, es que yo creía que eso significaba que tenías fijación sexual con los policías”), da en el clavo del tono de la cinta dirigida por López. Esta farsa no osa burlarse ni con el pétalo de una rosa de sus personajes gays –como sí lo hace toda buena comedia que aboga por la aceptación de lo queer, desde La jaula de las locas (Molinaro, 1978)-, pues elige mostrarlos tan idealizados y perfectos que, la verdad, resultan mortalmente aburridos.
Los dardos del guion escrito por el propio cineasta y Guillermo Amoedo están dirigidos, con toda justicia, al homofóbico, machista y farolón protagonista Raúl (Mauricio Ochmann) quien, cuando se da cuenta que su amigo de la infancia Santiago es gay, pasa por un laaaaaaargo proceso (o sea, por toda la méndiga película) de negación, ira, negociación, acomodo y aceptación de la “enfermedad” que tiene su amigo.
No he visto ninguna película anterior de López –aunque he leído que varias de ellas han impuesto marcas taquilleras en Chile-, pero Hazlo como hombre es un pésimo muestrario de sus aptitudes como cineasta y guionista. Si formalmente hablando la película es en el mejor de los casos funcional, la historia apenas puede nombrarse comedia: está lastrada por digresiones sin chiste –la cura de la homosexualidad por equinoterapia, por ejemplo-, diálogos inanes (creo que la mejor línea es cuando el siempre bienvenido Humberto Bustos subraya que las películas de súper-héroes son realmente muy gays) y running-gags penosos (hacer “la tortuguita” para bajar la ira) o más viejos que viajar a pie (el jabón caído bajo la regadera).
A quien peor le va, por cierto, es a Aislinn Derbez, quien interpreta a Nati, la novia despechada de Santiago, como una histérica desatada que habría que encerrarla en un manicomio. Las escenas en las que aparece la Derbez desaforada no son graciosas sino penosas, y más pena dan cuando uno se da cuenta que Hazlo como hombre es coproducida por la propia Derbez a través de su casa productora A Toda Madre Entertainment. ¿No habrá alguien que la aconseje? Pero, bueno, yo qué sé: la cinta, al momento de escribir estas líneas, es un irrebatible trancazo taquillero, como los que acostumbra hacer Nicolás López en Chile.

martes, 15 de agosto de 2017

Baby: El aprendiz del crimen

-"¿Si veo así, bien intenso, a poco no me parezco a Steve McQueen?"
"-No".



Hay una escena, hacia la última parte de Baby: El aprendiz del crimen (Baby Driver, EU-GB, 2017), sexto largometraje de Edgar Wright, que héroe y villano escuchan, compartiendo audífonos, cierta canción de Barry White (“Never, Never Gonna Give You Up”) que sirve no solo como perfecto resumen de lo que está sucediendo en pantalla sino, también, como ilustración de un momento que se quiere grave, importante, incluso dramático.
Esta y muchas otras escenas más del mismo tipo funcionan, pero solo en el primer nivel: es decir, en la perfecta fusión de música y acción, sea en la primera secuencia a ritmo de “Bellbottoms”, de The Jon Spencer Blues Explosion; sea en una balacera acompañada con los acordes clásicos del “Tequila” de Chuck Rio; sea cuando todo se sale de madre bajo los sonidos de Queen (“Brighton Rock”).
Por lo demás, a nivel dramático, Baby… es un fracaso total: no me habría podido interesar menos el destino del héroe, el Baby del título (Ansel Elgort), un personaje tan desprovisto de personalidad y carisma que solo puede hacerlo soportable el hecho de que tenga tan buen gusto musical. Él mismo, los demás personajes y la propia historia –una heist movie que no es más que serie de clichés eficazmente embonados- son meros excipientes del impresionante trabajo de edición a cuatro manos de Jonathan Amos y Paul Machliss.
Aunque en la película aparece de forma prominente los créditos de un coreógrafo, la realidad es que no veo para qué lo utilizaron. Y es que este Ballet Mécanique (Léger, 1924) del siglo XXI tiene sus mejores momentos (¿de plano sus únicos momentos?) en esas escenas en las que vemos las imágenes casi abstractas de autos, balas, cuerpos y rostros que aparecen y desaparecen del encuadre al ritmo de alguna tonada popular. Es decir, en Baby… no hay más coreógrafo que el virtuoso montaje de Amos y Machliss, que logra hacer danzar a los autos que corren, chocan y hasta vuelan por las calles de Atlanta.
El asunto es que, como bien lo apuntó Anthony Lane en The New Yorker, Baby… no es tanto una película sino, cuando mucho, un excelente video musical. Y los videos musicales, incluso los mejores –véase el que el propio Wright realizó para Mint Royale, “Blue Song” (2003), claro antecedente de esta cinta- duran unos cuantos minutos. Y tienen protagonistas más carismáticos. Que, además bailan mejor. Por ejemplo, Christopher Walken en “Weapon of Choice” (Jonze, 2001). 

domingo, 13 de agosto de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXLV



Hermia y Helena (Argentina-EU, 2016), de Matías Piñero. La mejor película neo-shakespeariana de Piñeiro -tanto en la forma como en el fondo- está ubicada entre Buenos Aires y Nueva York, con las inevitables Agustina Muñoz y María Villar en los papeles protagónicos.  Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (** 1/2)

El lobo detrás de la puerta (O lobo atrás da porta, Brasil, 2013), de Fernando Coimbra. La multipremiada opera prima de Fernando Coimbra -vista en Guadalajara 2014- finalmente ha tenido su estreno cultural en la Cineteca y salas afines. Mi crítica, in extenso, por acá. (***)

Baby: el aprendiz del crimen (Baby Driver, EU-GB, 2017), de Edgar Wright. El sexto largometraje de Wright es un entretenido video-musical que tiene algunos momentos virtuosos gracias a la perfecta edición visual/musical, pero que está lastrado por un actor protagónico desprovisto de todo carisma y por una serie de clichés que ni siquiera son comentados/deconstruidos con la suficiente gracia. Mi crítica, el próximo martes en este blog. (* 1/2)

Hazlo como hombre (México-Chile, 2017), de Nicolas López. El noveno largometraje del exitoso cineasta y productor chileno Nicolás López es una inocua -aunque a veces cae en lo inicua- comedia de enredos en la que un trío de muy machotes amigos vive una crisis cuando uno de ellos (Alfonso Dosal) les confiesa a los otros dos que es gay. Aunque el hipster (un impecable Humberto Bustos) se lo toma a bien, el otro, el homofóbico y machista Raúl (Mauricio Ochmann), no puede aceptar que a su amigo del alma sea "un desviado". La comedia tiene buenas intenciones, pero casi nada más que eso. Escribiré de ella en los próximos días en este mismo blog. (+)

viernes, 11 de agosto de 2017

El lobo detrás de la puerta




Presentada en competencia en Guadalajara 2014, ha llegado al circuito cultural chilango -léase Cineteca Naciona- El lobo detrás la puerta (O Lobo atrás da Porta, Brasil, 2013), multipremiada opera prima de Fernando Coimbra, ganadora del Premio Horizontes en San Sebastián 2013 y Mejor Opera Prima en La Habana 2013, entre otros muchos reconocimientos.
Estamos en Río, tiempo presente. La cinta inicia con la desaparición de una niña que fue recogida de la guardería, supuestamente por una amiga de la mamá. Sin embargo, resulta que la madre, Sylvia (Fabiula Nascimento), no mandó a nadie por la chamaca. Cuando llega a recoger la niña y se entera que alguien se le adelantó, se levanta la denuncia respectiva y un joven inspector (Antonio Saboia) inicia los interrogatorios.
Los primeros minutos del filme nos instalan en un escenario casi fársico: la policía parece más obsesionada en averiguar la vida íntima de Sylvia y su marido, Bernardo (Milhem Cortaz), que encontrar a la niñita perdida. El inspector no se detiene, tampoco, para soltar un comentario imprudente por aquí y por allá. Sin embargo, muy pronto nos daremos cuenta que, acaso, esas preguntas sobre cómo anda el matrimonio de Sylvia y Bernardo no están de más. La aparición de una guapa jovencita llamada Rosa (impresionante Leandra Leal), antigua amante de Bernardo, empieza a enturbiar la situación.
Las declaraciones ministeriales se van sucediendo ante el joven inspector, mientras los episodios retrospectivos van reconstruyendo los acontecimientos que llevaron a la desaparición de la niña. Así, la historia avanza entre mentiras, engaños, certezas y fatalidades. 
El guión escrito por el propio cineasta debutante Coimbra es ejemplar por su balance de humor, suspenso y sorpresivas vueltas de tuerca, pero quien termina apoderándose de la película es la señorita Leal, quien logra entregarnos un personaje con múltiples matices: sensual, frágil, calculadora, vengativa, esfinge... 
Cuando vi esta cinta en Guadalajara 2014 escribí que sería una injusticia que Leal saliera de ese festival con las manos vacías. Y, bueno, la injusticia sucedió: Leal no ganó el Mayahuel a Mejor Actriz, aunque ese gazapo se limpió un poco, pues el debutante Coimbra obtuvo el Mayahuel a Mejor Director. Por su parte, Leal  no se cansó de recibir reconocimientos: Mejor Actriz en Río 2014 y Lleida 2014, Mejor Actriz para la Academia Brasileña de Cine en 2015 y Mejor Actriz en la primera entrega del Premio Fénix en 2014. Apenas así le hizo justicia la Revolución a Leandra Leal. 

martes, 8 de agosto de 2017

Your Name




Your Name (Kimi no na wa, Japón, 2016), cuarto largometraje del ascendente maestro del anime Makoto Shinkai, ha llegado insólitamente a México distribuida nacionalmente por Cinépolis este pasado fin de semana -es decir, el 4, 5 y 6 de agosto- en 77 ciudades del país y se volverá a exhibir el próximo, el 11, 12 y 13 de agosto.
La historia, escrita por el propio Shinkai basada en una novela de su propia autoría, inicia como una divertida comedia adolescente. La sensible adolescente Mitsuha (Mone Kamishiraishi) vive en Itomori, un pequeño, idílico pero, según ella, también muy aburrido pueblito. En contraste, Taki (Ryûnosuke Kamiki), un tímido adolescente preparatoriano, vive en la gran ciudad de Tokio, en donde además de interesarse por el dibujo y la arquitectura, trabaja como mesero en un restaurante.
Mitsuha se levanta un buen día y se da cuenta que todos a su alrededor (su hermanita, su abuela, su amiga) le dicen que les da gusto que haya vuelto a ser como antes, después de haberse portado de manera tan extraña un día anterior. Muy pronto nos damos cuenta lo que está sucediendo: por alguna razón desconocida, hay días en los que Mitsuha y Taki intercambian sus cuerpos. Es decir, ella despierta como Taki en Tokio, él se levanta como Mitsuha en Itomori.
Después de la confusión, los dos jovencitos se las arreglan lo mejor que pueden para sobrellevar sus cambios de cuerpo. Incluso, encuentran algunas ventajas: cuando Taki está dentro de ella, Mitsuha demuestra mejor capacidad atlética jugando basquetbol; cuando Mitsuha está dentro de Taki, él demuestra más sensibilidad para tratar de conquistar a su guapísima compañera de trabajo Okudera (Masami Nagasawa).
La primera media hora de Your Name funciona como una comedia adolescente de cuerpos intercambiados, como si se tratara de una versión animada y japonesa de Un viernes alocado (Nelson, 1976) o su remake de 2003 –con todo e hilarante running gag de Taki tocándose los pechos cada vez que despierta como Mitsuha- pero luego la película termina avanzando por otros rumbos menos previsibles, a través de una trama rompe-cocos en la que los tiempos de los personajes se traslapan/dislocan, para luego finalizar en una conmovedora historia de amor.
Al final de cuentas, esto es lo más interesante de Your Name: cómo la cinta desafía nuestras expectativas y va cambiando de rumbo (y hasta de género) con una fluidez pasmosa.
Y, a todo  esto, ¿es Shinkai el digno heredero del (dizque) retirado Hayao Miyazaki, como se ha dicho por ahí? Ni idea: no he visto (shame-on-me) sus tres largometrajes anteriores aunque, por la calidad de la animación de Your Name y las inclinaciones mágicas/metafísicas/naturalistas de su historia, va por buen camino. 

domingo, 6 de agosto de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXLIV



Your Name (Kimi no na wa, Japón, 2016), de Makoto Shinkai. El cuarto largometraje del (dizque) heredero de Hayao Mizayaki inicia como hilarante pero convencional comedia adolescente para transformarse, poco a poco, en algo mucho más imprevisible e inteligente. Todo un descubrimiento. Para mí, digo. Mi crítica, el martes próximo aquí en el blog. (** 1/2)

París puede esperar (Paris can wait/Bonjour Anne, EU-Japón, 2016), de Eleanor Coppola. La opera prima de ficción de la octogenaria señora Coppola (mujer de Francis, madre de Sofia) es una inocua película para doñitas que, supuestamente, está basada en una experiencia personal vivida por la santa señora. La esposa descuidada (encantadora Diane Lane) de un magnate hollywoodense (Alec Baldwin) es llevada por auto a París desde Cannes por el encantador socio (Arnaud Viard) del marido. Por el camino, van turisteando, tragando y tomando vino. Al espectador se le hace agua la boca. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (*)

jueves, 3 de agosto de 2017

El planeta de los simios: la guerra



Moisés de los monos. Con El planeta de los simios: la guerra (War for the Planet of the Apes, EU-Canadá-Nueva Zelandia, 2017), tercera y última parte de la nueva saga simiesca iniciada con El planeta de los simios: (R)Evolución (Wyatt, 2011) y continuada con El planeta de los simios: Confrontación (Reeves, 2014), el reboot de la seminal El planeta de los simios (Schaffner, 1968) finaliza en terrenos bíblicos-épicos.
A diferencia de la saga original (1968-1973), que exigía una clara lectura sociopolítica, este reboot del nuevo siglo optó inicialmente por una postura diríase filosófica. La rebelión liderada por César en el primer filme inicia no desde la rabia ni el resentimiento sino desde la toma de conciencia camusiana (“La rebelión no se concibe sin el sentimiento de tener uno mismo, de alguna manera y en parte, la razón”), con aquel inolvidable “¡Noooooooo!” gritado por César.
Ahora, en la tercera parte, después de tratar de evitar infructuosamente la confrontación con los humanos, César se ha convertido en el estoico profeta de su especie, en el simio elegido que deberá llevar a los suyos a la Tierra Prometida, mientras su Dios -¿la naturaleza, cansada de nosotros y nuestros estropicios?- desata la última de varias plaga contra el homo sapiens.
El tono de este cierre de la trilogía es serio, solemne. Aunque hay por ahí alguna referencia chusco-cinefílica inevitable –el grafitti de “Ape-calypse Now” que aparece en una pared-, las conexiones dramático/visuales que hace el realizador Matt Reeves –también director de la segunda parte- son más ricas: una furiosa lluvia de letales flechas como salida de alguna cinta de Kurosawa (Trono de sangre, 1957), steady-cam que sigue con admiración a César revisando sus tropas cual homenaje de una toma similar al intachable oficial Kirk Douglas en las trincheras de Patrulla infernal (Kubrick, 1957), César transformado en el marmóreo Charlton Heston de los monos, apoyado por Dios mismo (o la naturaleza, pues), para castigar a los desalmados egipcios -digo, humanos-, cual nueva versión de Los diez mandamientos (De Mille, 1956).
Cierto, a la cinta no le faltan excesos -140 minutos son demasiados, aunque se trate del cierre de la trilogía- y una que otra carencia –Preacher, el soldado interpretado por Gabriel Chavarría, está pésimamente desarrollado-, pero estos son defectos menores en un balance final en el que tenemos una sólida ejecución general de la historia, un villano multidimensional (un Woody Harrelson cual Coronel Kurtz de Apocalipsis/Coppola/1979) y una emotiva resolución anticlimática que no termina en la cansina batalla de siempre sino en la trágica aceptación de la derrota inevitable y en la serena mirada satisfecha ante lo conseguido.
A estas alturas del juego, uno pensaría que está de más alabar los resultados de la captura de movimiento a través del cual se descargan (¿o decantan?) las actuaciones humanas en los cuerpos animados de los simios. Sin embargo, es necesario seguir haciéndolo: el trabajo de Andy Serkis como César ha sido elogiado antes y con toda justicia, pero ahora es necesario centra la mirada hacia otras partes. Por ejemplo, en los graciosos manierismos del “Mal Simio” que encarna Steve Zahn –el responsable de los únicos momentos ligeros de la cinta- o en los ojos claros, abiertos y bondadosos de Maurice (Karin Konoval) cuando se topa con una niñita desvalida (Amiah Miller). Si el trabajo de Zahn y Konoval –y, claro, el de Serkis- no es actuación, entonces no sé qué sea.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Changómetro



Ante el estreno de El planeta de los simios: la guerra, me di a la tarea de listar en orden de preferencia las nueve cintas realizadas a partir de la adaptación/inspiración de la novela original (y muy entretenida) de Pierre Boulle. 

1. El planeta de los simios (1968). Mi crítica y de las cuatro siguientes de la saga original (1979-73), por acá.

2. El planeta de los simios (R)Evolución (2011)

3. El planeta de los simios: la guerra (2017). Mi crítica acá.

4. El planeta de los simios: Confrontación (2014). Mi crítica aquí.

5. El planeta de los simios (2001). Mi crítica acá.

6. Escape del planeta de los simios (1971)

7. Conquista del planeta de los simios (1972)

8. Bajo el planeta de los simios (1970)

9. Batalla por el planeta de los simios (1973)


martes, 1 de agosto de 2017

Dunkerque



Desde los primeros minutos de Dunkerque (Dunkirk, GB-EU-Francia-Holanda, 2017), décimo largometraje de Christopher Nolan, queda clara la apuesta narrativa/estructural/temática del director de El origen (2010): desafiar al público global hollywoodense, pero hasta ciertos límites aceptables; manipularlo con todos los elementos a la mano, sin llegar al franco chantaje sentimental; construir un discurso bélico/patriótico muy a la británica que no renuncia, tampoco, a cierto nivel de ambigüedad.
Estamos en la playa francesa de Dunkerque, entre mayo y junio de 1940, cuando más de 300 mil soldados aliados, en su mayoría británicos, evacuaron el continente europeo rumbo a Inglaterra, derrotados irrebatiblemente por el ejército alemán que parecía, en ese momento, invencible.
El guion original de Nolan divide la acción en tres espacios y tres tiempos claramente delimitados y hasta anunciados que, ocasionalmente, se entrecruzarán: en el muelle de Dunkerque, durante una semana, miles de soldados tratan de subirse a alguno de los barcos militares o civiles que empiezan a arribar a las costas francesas para regresar, con el rabo entre las piernas, rumbo a casa; en el mar, durante un día, el viejo dueño de un barquito, su hijo y un jovencito solovino, dirigen su pequeña nave hacia el océano, tratando de salvar la mayor cantidad de vidas posibles; y en el aire, durante una hora, un audaz piloto de un avión Spitfire se enfrenta a sus rivales alemanes que vuelan temibles aviones Heinkel, cubriendo así desde arriba la Operación Dínamo, que fue el nombre con el que se le llamó a esa monumental evacuación, ya vista, por cierto, en un espectacular plano secuencia en Expiación, deseo y pecado (Wright, 2007).
La narración paralela pero asincrónica de estos tres escenarios está armada gracias a la precisa edición de Lee Smith -que nos hace pasar de un espacio/tiempo a otro mediante cortes directos a raja tabla- y, sobre todo, a través de la partitura escrita por el habitual colaborador nolaniano Hans Zimmer, quien con una música pulsante y ascendente lleva a tiempo presente y simultáneo todas las acciones que estamos viendo, como si lo que está sucediendo siguiera los dictados de las notas de Zimmer y no al revés, como si la música del oscareado compositor borrara todas las distancias espacio-temporales del filme para dotar estas historias de una urgencia irrefutable: esto está sucediendo aquí y ahora, frente a ti, en la pantalla.
Dunkerque, también, funciona como una exploración del heroísmo bélico –o la ausencia de él- a través de un haz de personajes corales, algunos interpretados por rostros harto conocidos o no. Heroísmo típicamente británico (el famoso “stiff upper lip”) el del serio Comandante Bolton (Kenneth Branagh), que dirige la evacuación en la playa y que en algún momento cierra los ojos sin moverse un centímetro esperando su muerte; heroísmo hawksiano de matiné de un audaz piloto casi suicida (Tom Hardy) que salva a sus compatriotas en más de una ocasión; admirable heroísmo sereno del viejo Mr. Dawson (Mark Rylance impecable), que decide arriesgar su vida para salvar la mayor cantidad de soldados posibles en el mar; heroísmo pueril pero conmovedor de un pobre chamaco (Barry Keoghan) que ofrenda su vida por nada, porque sí.
Pero también, porque esto es una guerra y la muerte reina por doquier, ausencia de heroísmo sin reproche alguno de un desesperado soldado sin nombre (Cillian Murphy) que ha visto morir a demasiados compañeros; ausencia de heroísmo que no es cobardía sino mero impulso de sobrevivencia de un par de soldados (Fionn Whitehead y Aneurin Barnard) que salen una y otra vez de Dunkerque para ser regresados a la playa como si estuvieran en un demencial juego buñueliano; ausencia de heroísmo que se convierte en franca mezquindad cuando se trata de elegir quién puede vivir o no (“es un franchute”).
Nolan le ha apostado de nuevo al gran cine industrial, al blockbuster formalmente arriesgado y temáticamente convencional, en una venerable tradición iniciada hace un siglo por Griffith y su seminal Intolerancia (1916). Esas son sus ambiciones, esos son sus límites.