sábado, 30 de noviembre de 2013

El evangelio del 2013... según Fernanda Solórzano/III



La estimada colega Fernanda Solórzano publicó su top-5 en la revista Sight and Sound de enero, como sigue:

1. La Vida de Adèle, de Abdelatiff Kechiche.

2. Heli, de Amat Escalante.

3. Gloria, de Sebastián Lelio.

4. Caníbal, de Manuel Martín Cuenca.

5. All is Lost, de J. C. Chandor. 


viernes, 29 de noviembre de 2013

El evangelio del 2013 según... Sight and Sound/II



Hoy la revista británica Sight and Sound liberó su top-10, votado por un centenar de críticos, como sigue:

1. The Act of Killing, de Joshua Oppenheimer, Christine Cynn y otros. Mi crítica en la Revista Icónica de la Cineteca Nacional.

2. Gravedad, de Alfonso Cuarón. Mi crítica, aquí.

3. La Vida de Adèle, de Abdelatiff Kechiche. Mi crítica en Reforma.

4. La Grande Bellezza, de Paolo Sorrentino.

5. Frances Ha, de Noah Baumbach.

6. Tian-zhu ding, de Zhang-ke Jia. Mi crítica, aquí.

    Los Colores del Destino: Upstream Color, de Shane Carruth. 

8. The Selfish Giant, de Clio Barnard. 

9. Norte, hangganan ng kasaysayan, de Lav Díaz.

    L'Inconnu du Lac, de Alain Guiraudie. 

jueves, 28 de noviembre de 2013

55 Muestra Internacional de Cine... en un vistazo



Como de costumbre, he aquí la lista de las películas programadas en la 55 Muestra Internacional de Cine que pude revisar. Las calificaciones positivas van de uno a cuatro asteriscos; las negativas, de una a dos cruces.

Distinto Amanecer (México, 1943), de Julio Bracho: ****

Jazmín Azul (Blue Jasmine, 2013), de Woody Allen: *** 1/2 (Mi crítica, en la sección cultural de Reforma).

De tal Padre, tal Hijo (Soshite chichi ni naru, Japón, 2013), de Hirokazu Kore-eda: *** 1/4

La Vida de Adèle (La Vie d'Adèle, Francia-España-Bélgica, 2013), de Abdelatiff Kechiche: *** (Mi crítica, en la sección cultural de Reforma).

Los Insólitos Peces Gato (México, 2012), de Claudia Sainte-Luce: ***

Gloria (Chile-España, 2013), de Sebastián Lelio: ***

Berberian Sound Studio: La Inquisición del Sonido (Berberian Sound Studio, GB, 2012), de Peter Strickland: ** 1/2

La Postura del Hijo (Pozitia copilului, Rumania, 2013), de Calin Peter Netzer: ** 1/2

Las Horas Muertas (México-Francia-España, 2013), de Aarón Fernández: **

Érase una Vez Yo, Verónica (Era uma vez eu, Brasil-Francia, 2012), de Marcelo Gomes: ** (Mi crítica en la sección cultural de Reforma).

Sólo Dios Perdona (Only God Forgives, Dinamarca-Francia-Tailandia-Estados Unidos-Suecia, 2012), de Nicolas Winding Refn (Mi crítica en la sección cultural de Reforma): +

Amor Índigo (L'Ecume des Jours, Francia, 2013), de Michel Gondry: + 1/2

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Los Juegos del Hambre: en Llamas



Primero lo obvio: Los Juegos del Hambre: en Llamas (The Hunger Games: Catching Fire, EU, 2013), es una secuela más lograda que la cinta inicial de la saga, Los Juegos del Hambre (Ross, 2012). Aunque, para ser francos, no se necesitaba de mucho para hacer algo mejor que la blandísima primera película de la tetralogía en marcha.
Mejores actores, mejor dirigidos, con mejores escenas de acción. Todo esto puede presumir Los Juegos del Hambre 2. Nada realmente sorprendente, pero se agradece el resultado de todas formas. Lo que sí no esperaba era que, hacia el desenlace, terminara genuinamente interesado -¡al fin!- en la protagonista, la confundida sobreviviente Katniss Everdeen (Jennifer Lawrence) convertida, en la última imagen del filme, en una fiera guerrera dispuesta a liderar la naciente revolución en contra del régimen fascista que gobierna en la distópica sociedad futura de Panem y sus 12 –perdón: 13- distritos.
La secuela inicia poco tiempo después de haber finalizado el primer filme. Como se recordará, al malévolo Presidente Snow (Donald Sutherland) no le hizo gracia el desafío final de Katniss y su (dizque) enamorado Peeta (Josh Hutcherson) con el que los dos –y no solo uno de ellos- se convirtieron en los triunfadores de los 74tos. Juegos del Hambre. Temiendo que Katniss inyecte de esperanza a la oprimida población de Panem, Snow y su nuevo director televisivo de los juegos, Plutarch Heavensbee (Philip Seymour Hoffman), idean una forma de acabar con esa heroína en ciernes: desprestigiándola. ¿Qué tal si se organizan otros juegos, los número 75, con una selección de los ganadores de los 12 distritos? ¿Y qué tal si vemos a la terca y decente Katniss finalmente asesinar a sangre fría, complotar, engañar, con tal de salvar el pellejo?
Francis Lawrence dirige con solvencia las extensas secuencias de acción –sin mucha sangre, ya se sabe, pues hay que cuidar la clasificación PG13-, pero lo mejor está en los detalles del guion escrito por los oscareados Simon Beaufoy y Michael Arndt, que nos permite ver a los mismos personajes bajo otra perspectiva, facilitándole el trabajo a sus actores, como los rasgos de humanidad que demuestra la irritante publirrelacionista Effie Trinket (Elizabeth Banks) o la noble heroicidad del bueno-para-nada Peeta.
Sin embargo, la película le pertenece a Jennifer Lawrence y, por lo menos desde su primer filme importante, Invierno Profundo (Granik, 2010), creo que la (injustamente) ganadora del Oscar  2013 merece, por fin, todos los elogios que se le han dedicado. En esta ocasión, Lawrence tiene la oportunidad de darle suficientes matices a su personaje: la temerosa heroína a la fuerza que no sabe qué hacer, la jovencita de mirada sardónica que cuelga la armadura de un guardia frente a los poderosos de Panem, el hilarante rostro desencajado cuando cierta rival/aliada (reaparecida Jena Malone) se desnuda frente a ella en el elevador y, por supuesto, la imagen final, en la que la confusión deja el paso a la ira y la determinación. Ha nacido una lideresa implacable.
Un último apunte: como recordará, el diseño de producción y de vestuario nos presenta a Panem como una sociedad futura que parece mezcla del Imperio Romano más decadente –de El Satiricón (1969) fellinesco, por ejemplo-, con las pelucas y modales de la Francia de Luis XVI y la cultura del espectáculo contemporánea, con todo y su conductor apenas paródico (desatado Stanley Tucci). En medio de todos los excesos, hay un momento clave en el que Miss Lawrence aparece, junto al tal Peeta, imperturbable, imperiosa, desfilando en una cuadriga. En ese momento pude ver a Miss Lawrence en el papel perfecto para su pose, su maquillaje, su mirada: el de Cleopatra, el proyecto que, se supone, será estelarizado por Angelina Jolie y dirigido por Ang Lee.
Mensaje urgente a los productores y a Mr. Lee: la señora de Pitt ya está vieja para ese personaje. Quien da el tipo es Jennifer Lawrence. Sería una formidable Reina de Egipto. 

martes, 26 de noviembre de 2013

El evangelio del 2013 según... Cahiers du Cinéma/I



Y empieza la listamanía... Como de costumbre, los franceses van primero. Cahiers du Cinéma acaba de liberar su lista de lo mejor del 2013, como sigue:

1. L'inconnu du Lac, de Alain Giruadie.

2. Spring Breakers: Viviendo al Límite, de Harmony Korine.

3. La Vie d'Adèle, de Abdellatif Kechiche. Mi crítica en Reforma.

4. Gravedad, de Alfonso Cuarón. Mi crítica, aquí.

5. Tian-zhu ding, de Zhang-ke Jia. Mi crítica, aquí. 

6. Lincoln, de Steven Spielberg. Mi crítica, aquí. 

7. La Jalouise, de Philippe Garrel.

8. Nugu-ui ttal-do anin Haweon, de Sang-soo Hong.

9. Les Rencontres d'après Minuit, de Yann Gonzalez.

10. La Bataille de Solférino, de Justine Triet.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXI



Todo el Mundo Tiene a Alguien Menos Yo (México, 2011), de Raúl Fuentes. Una suerte de re-elaboración de Apuntes al Natural (el segmento scorsesiano de Historias de Nueva York/Scorsese-Allen-Coppola/1989) pero con amantes lesbianas. La fotografía, lo mejor, como suele suceder con las cintas producidas por el CUEC. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado.

Los Juegos del Hambre: en Llamas (The Hunger Games: Catching Fire, EU, 2013), de Francis Lawrence. Debo confesar que salí gratamente sorprendido de la secuela de la blandísima Los Juegos del Hambre (Ross, 2012). Como voy a escribir largo y tendido de ella, aquí me detengo. Por lo pronto.

Mi Amiga Betty (México, 2012), de Diana Garay. Después de un año de haber ganado como Mejor Documental Mexicano en el DOCSDF 2012, la opera prima de la egresada del CCC Diana Garay tiene finalmente su modesta corrida en la Cineteca y las salas afines. La amiga Betty del título fue, en efecto, la mejor amiga de la cineasta en su infancia. Ahora, está recluida en la cárcel cumpliendo una sentencia de 30 años por haber asesinado a su propia madre. Pero, ¿es realmente culpable? ¿O es inocente? Garay nos muestra a Beatriz y, en el camino, se muestra a sí mismo, a su círculo social y de amistades, a ese tiempo que, trágicamente, ya se fue. Y con él, esa Bety que ya no es. Como ella misma, la cineasta, que también ha cambiado mucho: ahora tiene una cámara, hace preguntas y, a veces, obtiene respuestas. Una cinta que merece revisarse. 

sábado, 23 de noviembre de 2013

Cuéntamela otra vez/XXXII



¿Para qué hacer un remake de la primera obra mayor de Brian de Palma, Carrie: Extraño Presentimiento (Carrie, EU, 1976)? Pregunta retórica de la semana: por el cochino dinero. Así que como lo más interesante que se puede decir del refrito Carrie (Ídem, EU, 2013) es la cantidad de lana que ha ganado, habría que señalar que, en este terreno, los números no son muy positivos para la casa productora.
Con un presupuesto de 30 millones de dólares  y a un mes de su estreno en Estados Unidos y varios mercados mundiales, la nueva versión de Carrie apenas ha obtenido 53 millones de billetes verdes. Es decir, tomando en cuenta que cualquier película de Hollywood necesita el doble de taquilla para empezar a ser negocio –en este caso, por lo menos 60 millones de dólares-, las perspectivas de Carrie, el remake, son, para decirlo amablemente, dudosas. Y,  por lo menos en este caso, los espectadores alrededor del mundo han tenido razón. 
El tercer largometraje de Kimberly Peirce (Los Muchachos No Lloran, 1999) está años luz no solo del ingenio visual de la versión de 1976 dirigida por De Palma, sino que, además, ha desprovisto a la historia basada en la novela de Stephen King del humor torcido, la histeria desatada y el auténtico pathos de la cinta original. Es cierto, la Carrie de hoy (Chloë Grace Moretz) es de verdad una adolescente –la actriz tiene 16 años-, pero esto es lo único genuino que ofrece el filme. Todo lo demás está en un tono deslavado: nada de desnudos, nada de malevolencia y unos efectos especiales que de plano terminan saliéndose de madre cuando nos muestra a Carrie –en la famosa secuencia final de la venganza- casi como si fuera un miembro más de los X-Men (Singer, 2000).



No digo que la película no entretenga, pero para quien recuerde la original de 1976, esta nueva versión no ofrecerá nada nuevo. De hecho, antes de ver el filme de la señora Peirce volví a revisar Carrie: Extraño Presentimiento –que la vi en el cine en el momento del estreno: todavía recuerdo los gritos y saltos del público al final-, solo para constatar que no estaba exagerando mis buenos recuerdos de la cinta. Y no, no estaba exagerando.
Ahí está una ratonil Sissy Spacek, perfecta en el papel de la frágil, inocente y abusada muchachita que quiere empezar a vivir –en contraste, la señorita Moretz es demasiado bella para ser Carrie-; ahí está una desbocada Piper Laurie como la histérica mamá religiosa con cuchillo cebollero en ristre –en contraste, Julianne Moore, en la cinta de 2013, se toma demasiado en serio-; ahí está, en todo su esplendor, la extensa secuencia del baile, con sus pantalla divida y sus virtuosas tomas largas –una casi de tres minutos cuando Carrie está bailando con su pareja y la cámara los rodea hitchcockianamente; otra más cuando la cámara de Mario Tosi nos muestra los preparativos en bambalinas para echarle a perder la noche a Carrie-; y ahí está, finalmente, la furia vengadora de Carrie, que no conoce prudencia ni excepciones.
La malevolencia de un grupo de adolescentes ojetes ha desatado una malevolencia mayor, apenas reprimida, y todos –inocentes y culpables- pagarán igualmente. Esa crueldad políticamente incorrecta es imposible, al parecer, en cierto cine de horror hollywoodense del día de hoy. Qué remedio. 

viernes, 22 de noviembre de 2013

55 Muestra Internacional de Cine/V


La Vida de Adèle (La Vie d'Adèle, Chapitre 1&2, Francia, 2013) es muy común. En los años en los que seguimos su vida, la conocemos como una adolescente que se descubre a sí misma, se enamora apasionadamente, entra en una relación que funciona y que luego ya no, pasa el tiempo, tiene un trabajo que disfruta pero, qué remedio, le sigue doliendo ese primer amor que no puede olvidar. De hecho, el quinto largometraje de Abdelatiff Kechiche es casi una bildungsroman tradicional. 
Lo notable es la forma en la que el cineasta cuenta la historia y, más aún, las actrices que le han servido para ello...

La crítica completa, hoy viernes 22 de noviembre en la sección cultural de Reforma. 

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Aningaaq

Lo vi en Morelia 2013 y debería mostrarse después de Gravedad (Cuarón, 2013). Se trata de Aningaaq (EU, 2013), el excelente corto dirigido y escrito por Jonás Cuarón, el talentoso hijo de su papá Alfonso. Seguramente el corto apareceré en el BD de Gravedad pero, por lo pronto, está disponible acá abajito. De nada.

El cliché que yo ya vi/CXIX

Joel Meza propone:


El burro que tocó la flauta: En las películas (y en la tele), cuando al menos dos personajes están en una situación desesperada en la cual aparentemente no hay salida, sólo basta con que el menos inteligente suelte la lengua para que el cerebrito del grupo tenga su momento de "¡eureka!". La escena es archiconocida. El tonto habla y habla sin parar: "bla bla bla bla bla -LA RESPUESTA- bla bla bla bla..." y entonces, el inteligente del grupo, que hasta ese momento había estado sumido en sus pensamientos, saldrá de su sopor, preguntando: "¿qué dijiste?", a lo que el tonto responderá, extrañado: "¿bla bla bla?" y el cerebrito corregirá, exasperado: "no, no, antes de eso"; el primero repetirá, sin saber realmente que acaba de decir "LA RESPUESTA" y el héroe saltará: "¡CLARO! ¿Cómo no lo pensé antes?", y procederá a salvar a todos del problema en el que estaban metidos.

Ejemplos, hay muchos. La idea es usada en forma muy divertida en el episodio 9 de la temporada 2 de Breaking Bad:

lunes, 18 de noviembre de 2013

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLX



Morir de Pie (México, 2010), de Jacaranda Correa. La ganadora del Mayahuel a Mejor Documental en Guadalajara 2011, llega finalmente a su modesto estreno comercial. Se trata de un tema y un personaje fascinantes, sin duda. Vea si no: un joven militante mexicano de izquierda radical, admirador de la Revolución Cubana y con gran parecido físico a su ídolo, el Che Guevara, sufre una enfermedad degenerativa (polioneuritis) que lo postra en una silla de ruedas. En uno de sus viajes en solidaridad con el pueblo cubano, nuestro héroe conoce en la isla a Nélida, una cubana con la que cual contrae un muy revolucionario matrimonio.
La transformación física de este muchacho en una especie de Che Guevara de petatiux -boina, barbas y mirada fiera incluidas- será lo de menos: en la segunda parte de la cinta veremos que este mismo hombre se ha tranformado en una mujer y que la irreprochable Nélida sigue a su lado.
Lo escribí en su momento: creo que había mejores películas qué premiar ese año en Guadalajara -El Cielo Abierto (González, 2010), por ejemplo- pero supongo que el tema, tan de moda y tan políticamente correcto, fue imposible de resistir para el jurado. Con todo y mis objeciones -creo que hizo falta una contextualización social y política más clara del entorno del(a) protagonista-, Morir de Pie merece, sin duda, ser revisada. 

Los Fabulosos 7 (México, 2010), de Fernando Sariñana. La fecha de producción de la cinta -me quedé a ver los créditos finales- dice 2010. Desconozco por qué la estrenaron tres años después, pero puedo pensar en una hipótesis: trataron de arreglar este desastre en la sala de edición y apenas en estos días terminaron. 
"Los Fabulosos 7" del título es una banda de siete integrantes, fundada por la pareja matrimonial de Odiseo Bichir y Arcelia Ramírez. La especialidad de la banda es tocar y cantar en XV años y bodas clásicos de la talla de "La Suavecita" o "Amor Prohibido", pero el hijo de Bichir/Ramírez, intepretado por José Ángel Bichir, quiere irse a Nueva York a estudiar y tocar jazz con su camarada platónica Ximea Sariñana y dejar atrás las pachangas familiares. 
El guión de Anaí López Pérez está repleto de gratuidades -el affaire entre Ramírez y otro miembro de la banda (Juan Carlos Remolina), la muerte del papá de una novia en plena fiesta (¿cómo para qué?)-, el filme tiene problemas de continuidad inocultables (Remolina aparece a veces caminando con bastón, a veces no y a veces está bailando en el escenario sin problemas), presume un protagonista consistentemente subactuado (el joven Bichir) y, al final, hay tantos cabos sueltos telenoveleros que uno no halla la puerta. Bueno, en realidad sí se puede hallar: hacia la salida.
Si no me salí y terminé de ver Los Fabulosos 7 hasta el meritito final, se debe a una sola razón:  Arcelia Ramírez. Desde que aparece en la primera escena, cantando -bueno, ella no: fue doblada- "I Will Surive", ya me tenía convencido de que, en efecto, ella era el personaje. Se movía como lo hace cualquier cantante/animadora en ese tipo de fiestas.
Arcelia Ramírez es una de nuestras pocas actrices insumergibles: puede sobrevivir lo mismo a una película de Ripstein que a una de Sariñana.

El Abogado del Crimen (The Counselor, EU, 2013), de Ridley Scott. De pena ajena. El primer guión original escrito para la pantalla grande por el gran novelista Cormac McCarthy es un desperdicio de talentos -me refiero al extendido y sufrido reparto- y de tiempo -el de nosotros, los espectadores. Una película a la que le queda a la perfección el neologismo acuñado por la cinecrítica del NY Post Sara Stewart: "goring", es decir, una malhadada mezcla de sangre (gore) y aburrimiento (boring). Acaso la peor película en la carrera de Ridley Scott. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. 

Carrie (Ídem, EU, 2013), de Kimberly Peirce. Un remake visible pero innecesario del clásico de Brian de Palma. La historia es más o menos la misma, sólo que con menos desnudos, menos humor, menos malevolencia. Mejor hay volver a ver la original. No ha envejecido un ápice. Escribí una líneas en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. 

Contra el Viento (Des Vents Contraires, Bélgica-Francia, 2011), de Jalil Lespert. Un sólido melodrama familiar y masculino -una mezcla no tan común- del que ya escribí largo y tendido por acá.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Los Cabos 2013... en un vistazo




La segunda emisión del Baja International Film Festival en Los Cabos (BIFF) inició el miércoles y terminó ayer sábado y, aunque no pude estar presente por allá -recibí la invitación pero mi agenda familiar no me permitió hacer el viaje respectivo-, de todas formas, gracias a una pequeña ayuda de mis amigos -los screeners físicos y/o en línea, esa maravilla que es Festival Scope, la asistencia a otros festivales- pude ver buena parte del material en competencia.
Además de los estrenos internacionales, las galas, homenajes y presentación especiales, Los Cabos 2013 tuvo dos secciones competitivas: la primera, formada por ocho películas norteamericanas -es decir, canadienses, gringas y mexicanas- y la segunda, llamada México Primero, formada por media docena de operas primas u operas secondas nacionales. 
Así cerré, pues, la lista de lo que vi, en orden de preferencia. Como de costumbre, las calificaciones positivas van de una a cuatro estrellas; las negativas de una a dos cruces.
(Una nota final: felicitaciones a los jurados. Las cintas ganadoras de cada sección -Sarah Prefiere Correr y Los Insólitos Peces Gatos- fueron, en efecto, lo mejor.


Luz Silenciosa (México-Bélgica-Francia-Alemania, 2007), de Carlos Reygadas. Feliz Cumpleaños Mantarraya: *** 1/2

Los Insólitos Peces Gato (México, 2013), de Claudia Saint-Luce. México Primero: ***

Monsieur Lazhar (Ídem, Canadá, 2011), de Philipe Falardeau. Foco Philippe Falardeau: ** 1/2

Alamar (México, 2009), de Pedro González Rubio. Feliz Cumpleaños Mantarraya: ** 1/2

Sangre (México-Francia, 2005), de Amat Escalante. Feliz Cumpleaños Mantarraya: **1/2

Sarah Prefiere Correr (Sarah Préfère la Course, Canadá, 2013), de Chloé Robichaud: ** 1/2. Competencia los Cabos: ** 1/2

La Vida Después (México, 2013), de David Pablos. México Primero: **

Las Horas Muertas (México-Francia-España, 2013), de Aarón Fernández. Competencia Los Cabos: **

¿Quién es Dayani Cristal? (México-EU-GB, 2013), de Marc Silver. Competencia Los Cabos: **

Cumbres (México, 2013), de Gabriel Nuncio. México Primero: * 1/2

Paraíso (México, 2013), de Mariana Chenillo. Galas: * 1/2

LuTo (México, 2013), de Katina Medina Mora. México Primero: *

Los Dirties (The Dirties, Canadá-EU, 2013), de Matt Johnsoon. Competencia Los Cabos: *

Alphée de las Estrellas (Alphée des étoiles, Canada, 2013), de Hugo Latulippe. Competencia Los Cabos: +

sábado, 16 de noviembre de 2013

Los Cabos 2013/III



Canadá -uno de los tres países en competencia: los otros, México y Estados Unidos- está representado en Los Cabos 2013 por dos películas, una de ficción, la otra documental. Despachemos primero el documental, que es el menos logrado y, por lo menos por lo que pude ver, el menos interesante de los filmes en competencia. 
Alphée de las Estrellas (Alphée des Étoiles, Canadá, 2013) es un documental personalísimo. Lo dirige Hugo Latulippe, un documentalista conocido y premiado en Canadá, quien también es el narrador en off y, además, el papá de la Alphée del título, una encantadora niñita de 5 años que nació con el síndrome Smith-Lemli-Opitz, que la condena a un desarrollo neuromuscular más lento del normal. Como las autoridades educativas canadienses pretender colocar a Alphée en una escuela para discapacitados mentales -algo que, dice el papá/cineasta Hugo, no es muy claro que sea lo correcto-, toda la familia Latulippe decide cruzar el Atlántico para ir a vivir a un encantador pueblito suizo, lugar en donde vivieron los abuelos del cineasta. Ahí, en ese lugar, en una escuela más abierta que sus similares canadiense, Alphée parece hacer avances. No a una velocidad "normal" pero, ¿quién puede definir normalidad?
El gran problema de Alphée de las Estrellas es el ¿inevitable? involucramiento del director y papá de la criatura. La voz en off, en forma de una especie de carta de amor a su hijita, cae en más de una ocasión en los excesos (dizque) poéticos, además de que domina en el filme una idealización visual/narrativa de los problemas de toda la familia y de Alphée. No hay nada que nuble los heroicos esfuerzos del papá Hugo, de la mamá Laure y del hermanito mayor Colin por ayudar a Alphée. Por supuesto, la experiencia que nos transmite el cineasta es la de él y no la de cualquier otro, pero por lo mismo la película termina convertida en una larga y repetitiva home-movie en la que realmente no pasa nada que otras familias en condiciones similares -y de hecho, mucho peores- hayan vivido, pues no todo mundo puede irse un año escolar a Suiza, vivir de sus rentas y hacer una película mientras tanto. 
Es bastante más lograda, de lejos, Sarah Prefiere Correr (Sarah Préfère la Course, Canadá, 2013), opera prima de Chloé Robichaud, exhibida en Una Cierta Mirada en Cannes 2013.
La Sarah del título (espléndida Sophie Desmarais) es una jovencita de 20 años que deja Quebec para irse a vivir a Montreal con su amigo Antoine (Jean-Sébastien Courchesne), pues ella no desea otra cosa en la vida que correr y en la Universidad McGill de Montreal puede formar parte del equipo, con la meta, por lo pronto, de terminar en la selección nacional de atletismo.
Sarah tiene que vencer algunos obstáculos: su falta de dinero -el por qué no puede tramitar una beca deportiva en la Universidad se me escapa-; el rechazo de su madre a que construya su vida alrededor de correr -hay una razón para ello que sabremos hacia la mitad del filme-; la relación con Antoine, que empieza como simple amistad pero que se convierte en algo más cuando acepta la idea de casarse con él para obtener una ayuda económica que el gobierno otorga a parejas jóvenes universitarias-; y, finalmente, la sugerencia -que termina en hecho- de que hay algo en la propia Sarah que ella misma no tenía idea. Sin embargo, todos estos obstáculos no la hacen desfallecer. Ella quiere correr y seguirá corriendo, pésele a quien le pese.
La directora debutante Robichaud le saca la vuelta a todo melodramatismo barato. Las "sorpresas" que nos ofrece el personaje central se dan a conocer de manera directa o, en su defecto, se sugieren a través de una sabia elipsis escamoteadora. Este tono narrativo le hace justicia a Sarah, quien no hace demasiados tangos por lo que sucede a su alrededor ni, tampoco, intelectualiza el acto de correr. No es que sea inarticulada: lo que pasa es que le gusta correr y ya. No quiere -¿o no puede o no sabe?- hacer otra cosa. Otras hablan de cuando lleguen a los Juegos Olímpicos. Ella solo piensa en la siguiente carrera.

55 Muestra Internacional de Cine/IV



La violencia en el cine puede tener múltiples rostros: como sustituto o extensión del acto sexual –todas las slasher movies-, como el acto final en el que la camaradería viril se afirma sentimentalmente –La Pandilla Salvaje (Peckipah, 1969)-, como un recurso narrativo casi operático (las ejecuciones de El Padrino/Coppola/1972) y hasta como el preludio o desenlace de diálogos/monólogos tan ingeniosos como divertidos (Tarantino).
Pero he aquí que el danés Nicolas Winding Refn, con su noveno largometraje, Sólo Dios Perdona (Only God Forgives, Dinamarca-Francia-Tailandia-EU-Suecia, 2013), ha encontrado otro rostro más: mostrar la violencia de la manera más gráfica posible, al mismo tiempo que ofrece una puesta en imágenes solemne, alertagada, tediosa. La cinecrítica Sara Stewart, del New York Post, propuso un neologismo para etiquetar este filme de Winding Refn: “goring”. Es decir, aburrido (boring) y sangriento (gore). Ojalá se me hubiera ocurrido a mí... 


La crítica completa, hoy sábado 16 de noviembre, en la sección cultural de Reforma.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Los Cabos 2013/II



La sección Primero México, de Los Cabos 2013, está conformada por seis primeras o segundas cintas mexicanas. Es el caso de LuTo (México, 2013), opera prima de Katina Medina Mora. Sin embargo, ese también es el caso de Las Horas Muertas (México-Francia-España, 2013), segundo largometraje de Aarón Fernández (más que meritoria Partes Usadas/2007, Mejor Opera Prima en Guadalajara 2007), que se ha programado en la sección norteamericana Los Cabos, compitiendo al lado de filmes gringos y canadienses. El porqué Las Horas Muertas no está, pues, compitiendo con sus similares -operas primas y operas secondas nacionales- y recibió el privilegio de estar en la sección central se me escapa pero, vaya, alguna razón debe de haber.
Las Horas Muertas nos remite a un formato dramático harto conocido: la relación de un joven que, en un corto tiempo, crece y madura, ayudado por una mujer un poco mayor y de no malos bigotes. Sebastián (Kristyan Ferrer), un chamaco de 17 años, llega a administrar el pequeño motel ("10 habitaciones, bueno, 9, todas igualitas") que su tío Gerry (Fermín Martínez) regentea en la carretera Nautla-Poza Rica. El tío va a Jalapa por 15 días, acaso más, a hacerse unos exámenes médicos, así que deja a cargo del changarro sexoso a este muchachito que, más pronto que tarde, aprenderá a lidiar con cuanta bronquita se le presente: que si no hay recamarera porque no hay mujer que quiera trabajar en ese lugar non-sancto, que si un chamaquito de por ahí le está bajando los cocos de sus palmeras sin darle nada, que si a veces escucha ruidos raros que parecen provenir de una habitación que no está en uso.
Nada que no pueda resolver tarde o temprano. Precisamente ese motel, el Palma Real, es el favorito de la morenaza vendedora de condominios Miranda (Adriana Paz, Mejor Actriz en Morelia 2013), quien se encuentra ahí cotidianamente con su incumplido amante Mario (Serio Lasgón). Como el tipo siempre llega tarde a su cita sexual, la mujer, tan guapa como independiente, empieza a platicar con Sebastián, a quien ve como una especie de amiguito o hermanito menor aunque, por supuesto, el chamaco desearía otra cosa muy diferente. Teniendo a Adriana Paz a un lado, ¿quién no?
La sencillez de la historia se compensa por la bella fotografía por Javier Morón, la impecable dirección de actores y por el tono que Fernández le impone a su filme. En ningún momento se subraya lo obvio -el aburrimiento de Miranda, la confusión hormonal de Sebastián- y el propio desenlace es ejemplar en su rigurosa economía. ¿Para qué hacer tanto drama? Un capítulo se cierra para Miranda y, también, para el más maduro Sebastián. Así es la vida.
Igual de sencilla, aunque menos meritoria, resulta LuTo, programada en la sección de la competencia nacional. El (apenas) largometraje -62 minutos de duración- de la debutante Katina Medina Mora nos presenta una historia vista en innumerables filmes mucho mejores que este, alguno de ellos clásicos.
Luisa (Patricia Garza) y Tomás (Juan Pablo Campa) -de ahí el título de la película: LuTo- es una joven pareja que tiene una relación muerta. Al inicio del filme vemos cómo, a pesar de que duermen juntos, no se dirigen prácticamente la palabras. "Comper", es la palabra más amable que se dicen uno al otro. Él es escritor de novelas infantiles, ella es relacionista pública y alguna vez estuvieron tan enamorados -acaso más ella que él, diría yo- que hablaron de vivir juntos para siempre. 
Esto último lo vemos en algunos idílicos flash-backs, porque el presente es de perros y gatos. La distancia entre los dos, queda claro, se ha ido construyendo con una serie de pequeños detalles que cualquiera que esté casado -o que viva en pareja- sabe que pueden ser la tumba de una relación: que si alguien olvidó comprar el café cuando fue al mandado, que si el otro no sacó la basura cuando ella se lo pidió, que si ella tiene más dinero que él, que si los celos patológicos de él, que si los temores y la inseguridad de ella...
La película no es más que un buen ejercicio de estilo y la señorita Garza está muy bien, acaso porque su personaje le permite demostrar más y mejor sus emociones. No es el caso de Juan Pablo Campa, cuya inexpresividad termina resultando un  lastre para la cinta. Además, tengo la sensación que la cineasta/guionista Medina Mora creo un personaje más distante y cerrado en Tomás que en Luisa. ¿Inevitable inclinación femenina? 

jueves, 14 de noviembre de 2013

55 Muestra Internacional de Cine/III



Con unos días de diferencias, hemos visto en la ciudad de México dos películas brasileñas dirigidas por cineasta jóvenes, las dos ubicadas en la norteña ciudad costera de Recife y las dos más preocupadas en construir lentamente un ambiente de soledad y alienación que en contar una historia convencional. No es que no exista una trama, pero esta es muy sencilla, de tal manera que funciona como excipiente para otros temas que les interesan a esos realizadores.

Me refiero a Sonidos Vecinos (Mendonca Filho, 2011), presentada en el FICUNAM 2013 y estrenada en un puñado de salas hace unos días y Érase una Vez Yo, Verónica (Era Uma Vez Eu, Verônica, Brasil-Francia, 2012), tercer largometraje de Marcelo Gomes (espléndida opera prima Cine, Aspirinas y Buitres/2005, inédita comercialmente en México), presentado dentro de la 55 Muestra Internacional de Cine...

La crítica, completa, hoy jueves 14 de noviembre, en la sección cultural de Reforma.

Los Cabos 2013/I



La selección competitiva Los Cabos está formada por ocho películas provenientes de los países de América del Norte (Canadá, Estados Unidos y México), sin importar que sean ficción o documental. Curiosamente, las dos primeras cintas en competencia que revisé juegan con estos modos de producción: una, se trata de un documental con elementos autoasumidos de ficción; la otra, se mueve entre el "mockumentary" y el muy gastado formato de la "found-footage movie".
La mejor de las dos es ¿Quién es Dayani Cristal? (EU-GB-México, 2013), opera prima documental de Marc Silver. En los créditos inicial y finales, sin embargo, la cinta se identifica como "una película de Gael García Bernal y Marc Silver". Es decir, el involucramiento de Gael en la realización del filme es total: aparece no solo como coproductor sino que, además, es la voz en off narrativa del filme y, más aún, aparece en pantalla en el papel de una suerte de guía reflexivo.
En el prólogo, Gael está en algún sitio leyendo "la oración del migrante", listo para cruzar al otro lado. Interpreta a alguien que se llama Yohan. Alguien lo busca por su nombre y él se levanta, listo para ir al gabacho. Estas primeras imágenes contrastan con las siguientes: en un tono claramente documental, vemos cómo la policía de Pima, Arizona, encuentra un cuerpo en el desierto cuya única identificación resulta ser un nombre tatuado en el pecho: "Dayani Cristal". Se trata del cadáver anónimo de un indocumentado, uno más, uno de tantos. El Dr. Bruce Anderson, médico forense, una de las muchas cabezas parlantes que aparecen en el filme, presenta las cifras: la oficina del sheriff recoge unos 200 cuerpos al año. En la última década, más de 2 mil personas han muerto tratando de cruzar el inclemente desierto de Arizona. 
"Dayani Cristal" -así le llaman mientras se averigua quién era y de dónde vino- entra entonces, a un meticuloso protocolo forense-migratorio-policial-consular. El personal de la oficina del sheriff contacta a los consulados de México y otros países centroamericanos, busca a través de las huellas dactilares del cadáver si esa persona fue detenida antes y trata de encontrar algún dato -el que sea- que les haga poner nombre y apellido a ese cuerpo, uno de tantos que pasan por sus planchas. Cada cuerpo, se nos informa. es guardado hasta que, llegado el momento, pasa a la incineración. Sin papeles ni identificación cruzan la frontera; sin papeles ni identificación los encuentra la muerte.
Poco a poco, el documental nos va dando pistas quién fue "Dayani Cristal". Las cámaras del propio Silver y Paul Esteve Birba se ubican en un pueblito de Honduras llamado El Escanito. De ahí salió, al parecer, el hombre que ha muerto. Conocemos a su familia -su esposa, sus hijos, su madre, su padre, su muy articulado hermano- y vemos las difíciles condiciones en las que vivía y sus sueños para lograr una mejor condición económica. Otra cabeza parlante contextualiza estas escenas: la necesidad de mano de obra barata de los gringos, la movilización inevitable en busca de mejores horizontes de parte de una población rural acorralada, los efectos de la globalización en zonas agrícolas como esa de Honduras.
El documental, bien informado y con una narración tan clara como convencional, avanza sin problemas. Pero he aquí que, desde el inicio, Gael ha aparecido interpretando el papel de ese hombre, "Dayani Cristal". Es decir, lo vemos partir de Honduras, cruzar Guatemala, atravesar el Suchiate, llegar a México, montarse en "La Bestia", platicar con otro migrantes montados en el tren, ser atendido por el heroico Padre Solalinde, llegar a Altar en Sonora, estar a punto de cruzara Estados Unidos... Es decir, la información documental del caso real de "Dayani Cristal" -de quien sabremos su verdadero nombre en los últimos minutos del filme, además de la razón para ese tatuaje- se va intercalando con el periplo que Gael hace de Honduras hasta Arizona, mientras él mismo, voz en off de por medio, reflexiona sobre ese hombre que ha sido encontrado muerto y sobre otros tantos con los que se ha topado en el camino. 
Esta elección, me temo, es discutible. Entiendo la idea de Silver y su guionista Mark Monroe de sacarle la vuelta al documental tradicional usando a Gael como guía y sustituto del desafortunado "Dayani Cristal". De hecho, el propio actor admite que está jugando ese papel: en algún momento, entra en conversación con verdaderos migrantes en un camión y hasta les muestra los hijos que él, Gael/Dayani, dejó atrás, en Honduras. La voz en off de Gael afirma, ¿acaso con un poco de pena?: "me dejan hacer el personaje". Es decir, él está actuando mientras la gente que le rodea está viviendo un drama verdadero y real. Y a veces, trágico.
Por supuesto, no me atrevo a dudar de las buenas intenciones de Gael y la presencia de él en la película ayuda a que se haga ruido alrededor de ella, a que sea mandada y recibida en festivales -como Los Cabos 2013- y, al final de cuentas, a que la cinta se logre ver más allá de los circuitos especializados. Y esto es bueno, porque la historia de Dilcy Yohan Sandres Martínez -ese es el nombre de "Dayani Cristal"- merecía ser contada. El asunto es que, ni modo, cuando una celebridad se coloca frente a la cámara buscando hacer presente un tema -por ejemplo, la ocupación del antiguo Sahara español, tema del documental Hijos de las Nubes: la Última Colonia (Longoria, 2012), con Javier Bardem como productor/narrador/Michael-Moore-hispano- no puede evitarse que, además del tema, la propia celebridad se convierta en protagonista.
Con todo, ¿Quién es Dayani Cristal? es bastante más meritoria que Los Dirties (The Dirties, Canadá-EU, 2013), opera prima del egresado de la Toronto Film School Matt Johnson.
La película tiene su gracia, sin duda, pero su torpe y arbitraria ejecución me terminó por distraer demasiado. Dos preparatorianos, Matt (el director/coguionista/coproductor/coeditor Matt Johnson) y Owen (Owen Williams), quienes no pueden hablar dos minutos sin soltar una referencia cinefílica -que si Irreversible, que si Los Sospechosos Comunes, que si Pulp Ficition, que si Malcolm X, que si Los Excéntricos Tennenbaums- están haciendo un vídeo como parte de un proyecto escolar. En ese vídeo, los dos muchachos -que son abusados un día sí y otro también por los bullies que no faltan- son los protagonistas de una violenta venganza en contra de todos los "malosos" que dominan en esa high-school. El asunto es que Matt se toma en serio la película y, más aún, la venganza. Su idea es documentar, cámara de por medio, los planes y la ejecución de la masacre real que pretende hacer. 
La premisa es inquietante, pero la realización, insisto, es tan torpe como arbitraria. Desde el principio, una leyenda nos informa que lo que veremos son imágenes reales de algo que, por desgracia, sucedió. Es decir, estamos en los terrenos del ya muy choteado "found-footage". Y, en efecto, desde el principio, cuando Matt y Owen están haciendo su película escolar "The Dirties", hay una cámara omnipresente que los sigue dentro y fuera de sus respectivos papeles, es decir, como los preparatorianos que son y como los personajes que encarnan en su cinta pseudotarantinesca. En algún momento, incluso, se dirigen al de la cámara, le ofrecen palomitas, hablan con él, aunque él (o ella) nunca contesta.
El primer problema es que el cineasta debutante Johnson no respeta en ningún momento su propia premisa. En más de una ocasión es obvio que lo que vemos en pantalla no pudo ser hecho por una sola cámara: hay distintos emplazamientos, ángulos diversos simultáneos, además de la aparición de una narrativa más convencional con ralenti y música de fondo incluidas. Hay otros momentos en el que Matt y Owen actúan como si no hubiera cámara frente a ellos, es decir, como si de repente, el amigo/compañero camarógrafo hubiera desaparecido y fueran personajes reales en una película tradicional.
Alguien podría alegar que esto se trata de un ambiguo juego de espejos entre la "realidad cinematográfica" y una parodia de la misma, pero más bien me parece el resultado de una confusión en el planteamiento de la puesta en imágenes. Lo mismo puede afirmarse con respecto a la posición que tiene el cineasta frente al tema de la violencia y el cine: es obvio que Matt vive en un mundo propio, cuyo principio y fin ocurre en el cine que ha visto y en ciertas películas que idolatra. De ahí, del cine, él obtiene la inspiración para su venganza final. Es cierto que Owen, el otro muchacho, tan cinéfilo como Matt, no tiene esas inclinaciones psicopáticas, pero quiérase que no, el argumento más fuerte y que queda en la memoria es cómo el cine -y la cultura popular que le rodea- ha provocado las muertes que veremos al final. De nuevo: se podría decir que también es una posición ambigua y provocadora. Más bien, de nuevo, creo que a Johnson tampoco le quedó claro qué es lo que quería decir.
Eso sí, los créditos finales son magníficos: un juego cinefílico que Matt (el personaje/el cineasta), seguramente, disfruto mucho. Las referencias son interminables: de Woody Allen a Leone, pasando por Coppola, Rosen, Curtiz, Hitchcock, Kubrick, los hermanos Coen y muchos más. Para eso sí demuestra bastante talento el joven Johnson: para homenajear/saquear a los grandes maestros. Para lo otro, para hacer buen cine, le queda mucho por aprender. 

martes, 12 de noviembre de 2013

55 Muestra Internacional de Cine/II



Gloria (Paulina García, Mejor Actriz en Berlín 2013), divorciada desde hace más de una década, tiene cincuenta y tantos años, dos hijos veinteañeros ya independientes -una está a punto de irse a vivir a Suecia con su novio, el otro vive en Chile y ya tiene un hijo- y un trabajo de oficina que le permite irla llevando sin mayores problemas. 
Gloria tiene una ganas de vivir que no puede con ellas: a pesar que el tiempo avanza, alguna enfermedad -el glaucoma- aparece y hasta un horrendo gato solovino se le mete a su departamento todos los días, ella no está dispuesta a dejarse vencer. Corre al susodicho felino -típica compañía de las doñitas solteronas-, se depila sus delgadas piernas, canta en el carro y con enjundia la balada ochentera "Eres" de Massiel y, ni tarda ni perezosa, va a echarse una -o, más bien, varias- canas al aire a algún salón de baile repleto de vitales cincuentones/sesentones que quieren sacar juventud de su pasado. Ahí, con todo y sus enormes gafas, la delgada Gloria lo mismo se revienta aquello de "Devórame otra vez" o baila de cachetito el clásico "Nosotros". Ahí, también, coquetea con el sesentón Rodolfo (Sergio Hernández), recién divorciado, con el que hace clic sensual/sexual casi de inmediato. 
Gloria (Chile-España, 2012), cuarto largometraje de Sebastián Lelio (La Sagrada Familia/2005, Navidad/2009, El Año del Tigre/2011), nos muestra la vida de esta mujer común y corriente sin asomo de patetismo, condescendencia o impulso fársico. Por ejemplo, las escenas sexuales entre García y Hernández están montadas con frescura e inmediatez, sin esconder los años de los actores ni sus cuerpos, algo que no es tan extraño en otras latitudes -cf. Entre Nubes (Dresen, 2008)- pero sí en el cine latinoamericano, en el que no se acostumbra mostrar que dos venerables abuelitos puedan tener sexo vital, gozoso, apasionado.
De cualquier forma, la película se sostiene no tanto en las citadas escenas sexosas, sino en el retrato de esa alegre mujer que tiene una vida completa y a la que, de improviso, se le aparece una nueva posibilidad: el reiniciar una vida en pareja con un hombre amable, de recursos económicos, pero que parece incapaz de cortar su pasado.
De hecho, el pasado que no se puede olvidar y el difícil presente que se ve aquí y ahora en las calles de Santiago aparecen como telón de fondo a lo largo de la película. Lo mismo en una cena con amigos que se quejan de un Chile que ya no existe pues el de ahora es "copia de otro país", que en una fiesta de cumpleaños en la que Rodolfo le dice a la familia de Gloria de su anterior trabajo en la Marina, que en un cacerolazo en el que participa desde su balcón Gloria o que en cierta manifestación estudiantil con la que la mujer se topa cuando sale a la calle. 
Los muchachos, se entiende, están ahí, luchando por lo que creen, pero uno sabe que Gloria ya tuvo sus propios años de lucha y, más aún, tiene en este momento algo por qué luchar: por sí misma. Para tener la libertad de no necesitar a nadie. Para poder bailar y cantar en coro, exultante y en medio de la pista, la versión original de "Gloria". Una opción bastante obvia, ya lo sé, pero qué gran momento musical/emotivo/cinematográfico logran Lelio, su cinefotógrafo Benjamín Echazarreta y la actriz Paulina García. De los mejores del año. 

lunes, 11 de noviembre de 2013

55 Muestra Internacional de Cine/I



Hace unos años, Cate Blanchett interpretó en el teatro a la (dizque) aristócrata sureña venida a menos Blanche DuBois de “Un Tranvía Llamado Deseo”. Para quienes no pudimos ver su tratamiento de ese personaje en las tablas, tenemos como muestra su encarnación de  Jasmine, la protagonista de Jazmín Azul (Blue Jasmine, EU, 2013), cuadragésimo-tercer largometraje de Woody Allen.
La historia, escrita como siempre por el propio cineasta, parte, de hecho,  de la premisa de la obra teatral de Tennessee Williams para aterrizarla en el mundo contemporáneo de la crisis económica, los engaños financieros y las fortunas perdidas en un abrir y cerrar de ojos...

La crítica, completa, hoy lunes 11 de noviembre en la sección cultural de Reforma. 

domingo, 10 de noviembre de 2013

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLIX



Mi Universo en Minúsculas (México, 2011), de Hatuey Viveros. Cual personaje rulfiano repensado, una joven catalana llamada Aina (Aida Folch), llega a la Ciudad de México porque sabe que ahí vive su padre. Su única prueba es una vieja fotografía en la que ella, de tres años de edad, es cargada por su papá y al fondo de la foto, se ve la casa en donde vivió: Juárez 37. Por supuesto, la enorme Ciudad de México tiene más de una calle Juárez, así que veremos a la muchacha recorrer a pie, en microbús, en metro, en taxi, toda la inmesidad chilanga en busca de su papá, en busca de su origen.
¿Slow-cinema otra vez? No precisamente o no al nivel antidramático que hemos sufrido en algunos filmes nacionales de los últimos años. Aina se encuentra con varias personas que tienen sus propios problemas -un joven padre soltero (Harold Torres) con un niñito de tres años, una solitaria mesera (infalible Diana Bracho) a la que el banco le va a embargar su casa, una "cultora de belleza" (Sonia Couoh) embarazada con una tía gravísima de sus pulmones-, tan singulares como los de Aina, que se pierde y se encuentra a sí misma caminando y viajando por toda Chilangolandia. La cámara está acreditada a Vidblain Valbás pero también aparecen otros seis fotógrafos en los créditos finales, responsables de esos fragmentos de vidas y rostros anónimos que vemos en todo el filme. Se trata de la meritoria opera prima de Hatuey Viveros, egresado del CCC. 

Sonidos Vecinos (O Som al Redor, Brasil, 2012), de Kleber Mendonca Filho. El segundo largometraje -primero de ficción- del cinecrítico convertido en cineasta Mendonca Filho fue exhibido a inicios del año en México en el FICUNAM 2013 y ahora ha vuelto en una modesta corrida cultural/comercial en la Cineteca y en salas afines. 
La película, ganadora en Rotterdam 2012 del premio FIPRESCI, está ubicada en la costera y norteña ciudad de Recife, en un barrio cercano al malecón. Ahí, enormes edificios de departamentos alternan con casas individuales, en donde viven algunos acomodados clasemedieros y de clase alta, servidos por los chalanes de siempre: lavacarros, criadas, guardias. La cinta va mostrando, sin prisa alguna, inevitables tensiones sociales, broncas familiares y la permanencia de la violencia y la venganza, pues en una sociedad con tantos agravios como la brasileña -o la mexicana, en todo caso- es dificil sino es que imposible olvidar el pasado. 
Una media docena de personajes van apareciendo como los protagonistas: la frustrada ama de casa Bia (Maeve Jinkings), el dueño de casi todo el barrio Don Francisco (W. J. Solha, el papá de Érase una Vez Yo, Verónica/Gomes/2012), su nieto Joao (Gustavo Jahn), su otro nieto Dinho (Yuri Holanda) y el vigilante solovino Clodoaldo (Irandhir Santos), quien se ofrece a patrullar el barrio junto con sus camaradas para evitar que sucedan robos -¿o será para evitar que ellos mismos roben?
Los "sonidos vecinos" -los sonidos de alrededor del título original- son persistentes y, llegado el momento,  imposibles de soportar, como esos ladridos de un perro que no descansa ni de día de noche. Se podrán acallar por un momento, pero volverán porque son parte de la vida en común. Como el pasado, que por más que se quiera olvidar, vuelve por sus fueron en el momento menos esperado. En el caso de esta película, en la misma escena final.

Este es el Fin (This in the End, EU, 2013), de Evan Goldberg y Seth Rogen. La opera prima a cuatro manos de Rogen y Goldberg muestra a un sexteto de celebridades cómicas -Rogen, Jonah Hill, James Franco, Jay Baruchel, Danny McBride y Craig Robertson- en plena pachanga cuando la fiesta es interrumpida por el Apocalipsis. Y no, no es metáfora. Los gags se suceden de manera ininterrumpida y por cada chiste que no da en el blanco, hay dos o tres que sí. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Thor: un Mundo Oscuro



Llegué apenas a tiempo a ver Thor: un Mundo Oscuro (Thor: the Dark World, EU, 2013), flojísima secuela de la por sí apenas pasable Thor (Branagh, 2011) y no pude comprar el vaso de palomitas respectivo que, en este tipo de películas, ayuda enormidades a pasar bien el rato. Craso error: sin palomitas que comer, toda la primera hora de Thor 2 resultó insoportablemente soporífera.
El filme inicia con un prólogo recitado con voz engolada por el ahuevonado Rey Odín (un ahuevonado Anthony Hopkins), en el que nos informa que muchos años atrás su papá le partió en gajos su mandarina a los Elfos Oscuros y a su malévolo líder Malekith (Christopher Eccleston, escondido tras kilos de maquillaje), quien quería apoderarse de cierta “sustancia de destrucción masiva”  llamada Aether con el único fin de… bueno… destruir todo masivamente.
Pasado el prólogo, pasamos de Asgard a Londres y de Londres a Asgard –y a otros sitios impronunciables como Svartalheim, Alfheim et al-, pero nada de esto resulta particularmente interesante. En Londres, la astrofísica Jane Foster (Natalie Portman, de adorno) no halla la puerta pues su Thorito (Chris Hemsworth) le dijo hace dos años que iba por cigarros a otro de los Nueve Reinos y ya no volvió; en Asgard, Odín le echa unos choros interminables al Thorito sobre sus responsabilidades como heredero al trono (que ya olvida a esa humana chaparrita, que es muy poco para ti, que mejor empieza a ver cómo vas a gobernar); y en Malolandia –o como se llame el sitio-, el tal Malekith hace hartos ñaca-ñaca junto con otro anónimo actor, mientras ve dónde pusieron el tal Aether porque ya le urge empezar a destruir todo masivamente.
No es hasta la segunda parte de la película, cuando el carismático villano Loki (Tom Hiddleston) tiene un papel importante que jugar, cuando la cinta despega. Hiddleston dota a su personaje de la dosis perfecta de pathos, malevolencia, cinismo y humor. Cuando él es liberado por el propio Thorito para que le ayude a derrotar al tal Malekith, la divertida rivalidad de pareja/dispareja entre los dos personajes y los dos actores libera por un momento a la historia de tanta estulticia.
En esta segunda parte, ya ambientada en gran medida en Londres, es cuando los chispazos de humor autoparódico, lo mejor del primer Thor, vuelven a aparecer: que si el Thorito toma el metro en Londres para que una ciudadana le dé un abusivo arrimón, que si la sorpresiva historia de amor entre la asistente Darcy (Kat Dennings) y el asistente de la asistente Ian (Jonathan Howard), que si las extravagancias del encuerado Dr. Erik Selvig (Stellan Skarsgard ganándose la papa).
El director Alan Taylor logra manejar razonablemente bien las escenas finales de acción, en las que keatonianamente los personajes pasan de una dimensión a otra de un plumazo, pero la película, sobre todo en esa insoportable primera hora, no parece más que una deslavada copia de Game of Thrones –de hecho, Taylor es productor ejecutivo de esa teleserie y ha dirigido varios episodios de la misma-, con todo y la épica música de fondo, sólo que sin violencia y sin un solo minutos de sexo implícito, explícito o por lo menos platicado –ni modo: estamos en el mundo Marvel/Disney.
Es más, el final-final –hay dos en la interminable secuencia de créditos- es tan ñoño que estaría perfecto para el desenlace de cualquier telenovela del Canal de las Estrellas. O quién sabe: a lo mejor es tan cursi que ni en Televisa se animarían a usarlo.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Gravedad



Al inicio de Gravedad (Gravity, EU, 2013), séptimo largometraje de Alfonso Cuarón (obras mayores La Princesita/1995 y Niños del Hombre/2006), un letrero nos informa que "la vida en el espacio es imposible". En los siguientes 90 minutos, la película se hará cargo de subrayar una y otra vez eso mismo: que la vida en el espacio es imposible... a menos que seas una estrella de cine. Mejor dicho: una gran estrella de cine. Más específicamente, Sandra Bullock.
Estamos en el espacio. El veterano astronauta Matt Kowalsky (George Clooney en su gustado papel de George Clooney) en su última misión, la novata ingeniera Ryan Stone (Bullock) en su primer viaje y un tercer astronauta llamado Shariff (Phaldut Sharma), están allá arriba, haciendo reparaciones en el Hubble. La única concentrada en su chamba es la ingeniera Stone, pues Shariff, atado al transbordador espacial, se deja llevar por la gravedad cero, chiroteando de aquí para allá, mientras Kowalsky escucha música, bromea y cuenta anécdotas que todo mundo ha escuchado infinidad de veces, como le dice la voz que le contesta desde Houston (Ed Harris, en obvio guiño a Apolo 13/Howard/1995).
Todo mundo sabe que en "el espacio nadie escuchará tus gritos", pero este lema es lo de menos: muy pronto los tres astronautas estarán gritando, llorando y hasta resollando por falta de oxígeno cuando innumerables fragmentos de basura espacial, provenientes de un satélite espía ruso destruido, se dirijan contra ellos a velocidad mortal. Con el transbordador destruido, las comunicaciones con Houston suspendidas y Sharif muerto al instante, el experimento Kowalsky y la debutante Stone tratarán de sobrevivir en las peores condiciones imaginables, ahí donde la vida "es imposible".
En el segundo párrafo anoté "Estamos en el espacio". En efecto, lo que atrapa inicialmente en Gravedad es que, cinematográficamente hablando, estamos en el espacio. Todas las leyes fílmicas son derrumbadas por una mágica puesta en imágenes en la que, a través de la cámara de Emmanuel Lubezki, los efectos especiales supervisados por Tim Webber y los creadores/manejadores de las marionetas de la obra teatral "War Horse", no hay arriba ni abajo, ni izquierda ni derecha, solo un encuadre que, evidentemente, se queda corto para captar la infinitud del espacio. En este escenario visual maravilloso, la Ryan Stone de la señora Bullock flota grácilmente en el espacio y en el interior de una estación rusa o china, con una cámara que, como ella, flota libremente, sin atadura de ningún tipo, porque en el espacio no hay suelo ni cielo posibles. Los 13 minutos iniciales del filme -esos que, tecnología digital de por medio, están contenidos en una sola toma extendida- son la desafiante carta de presentación de Cuarón/Lubezki para este bravo nuevo mundo de imagen postcinematográfica: la cámara viaja libremente entre los astronautas, se aleja o se acerca a ellos objetivamente, en un acto de prestidigitación se transforma en la mirada subjetiva de uno de ellos, atraviesa el casco para compartir la visión, sale de él para seguir viajando... No es la mirada de Dios, pero sí su cámara. 
Solo por su proeza visual, Gravedad merece listarse no solo entre lo mejor del año sino, acaso, como la primera obra mayor de un auténtico cineasta que ha entendido mejor que nadie -por lo menos hasta el momento- los alcances que la nueva tecnología (¿post?)cinematográfica le ofrece. Sin embargo, si solo fuera por esto, podríamos seguir escribiendo maravillas de la película para, después, hacerla a un lado de forma displicente, como sucedió, por ejemplo, con Avatar (Cameron, 2009). "Imágenes impresionantes + historia convencional = mero espectáculo hollywoodense", dijeron justamente de la cinta de Cameron y lo han repetido algunos, injustamente, con respecto al filme de Cuarón.
Habría que partir de un primer argumento muy simple: que una película sea visualmente espectacular no es, por sí mismo, un defecto. Es, en todo caso, una característica más y, tratándose de un arte cuyo sostén central son las imágenes en movimiento, la espectacularidad no puede ser rechazada per se. El otro argumento es mucho más subjetivo: más allá de lo revolucionaria que puede resultar la cinta y más allá de su espectacularidad visual -que ninguno de sus detractores ha puesto en duda, por cierto-, hay otro elemento que ha conectado con una parte importante del público. Me refiero a las emociones que produce la película. Emociones que, acaso, tienen un origen muy simple -después de todo, estamos ante un filme cuya historia es la de la supervivencia de una mujer en un ambiente hostil-, pero que son manipuladas de manera maestra por Alfonso Cuarón, el cineasta, y por Sandra Bullock, la actriz.
Por supuesto, la gente que se desentiende de Gravedad con el argumento de que es "una película hollywoodense", tiene razón. Gravedad es, antes que nada y, al final de cuentas, una cinta de Hollywood. Sólo que yo diría algo más: es una gran cinta de Hollywood en la tradición no de la intelectual y ambiciosa 2001: Odisea Espacial (Kubrick, 1968), como han afirmado varios, sino en otra veta más típicamente hollywoodense: la romántica/sentimental/heroica de, por ejemplo, Casablanca (Curtiz, 1942) o ¡Qué Bello es Vivir! (Capra, 1947). Es decir, la odisea que sufre la ingeniera Stone de Sandra Bullock es la de una heroína que tiene el corazón roto por la muerte de su hija y que, al buscar sobrevivir en el espacio, se re-encuentra con el sentido de la vida. O el de su vida, por lo menos. Los Cuarón -el papá cineasta y su hijo coguionista Jonás-, Lubezki y la señora Bullock podrán haber hecho una cinta ubicada en el espacio -y que parece, mágicamente, filmada allá- pero la historia es lo más terrenal posible. Por lo mismo, fue un acierto inconmensurable que el personaje central de Gravedad esté encarnado por la estrella femenina más terrenal que tiene el Hollywood contemporáneo. 
Y es que Sandra Bullock podrá interpretar, como es en este caso, a toda una ingeniera-astronauta pero, en el fondo, nunca deja de ser esa simpática mujer tan abrazable que, en uno de los momentos más angustiosos del filme, de plano se suelta diciendo "de-tin-marín-de-do-piringüé" porque no le entiende ni madres a un teclado chino; que en otra escena le reclama desesperada/exasperada acaso a Dios (¿o a los Cuarón y a Lubezki?) por todos los peligros, uno tras otro, que ha estado enfrentando desde el inicio ("Odio el espacio", cual Indiana Jones femenina); o que en otra parte logra conectar de inmediato con algún inuit llamado Aningaaq (J. Cuarón, 2013) que, allá en la Tierra, rodeado de hielo y perros, también parece tener sus propios problemas.
Sandra Bullock es, pues, el mejor efecto especial de la película. En los años por venir, Gravedad podrá verse y volverse a ver como un paso histórico en esta etapa post-cinematográfica que estamos viviendo. Pero si emociona y seguirá emocionando es porque se trata de una película hollywoodense interpretada por una auténtica estrella de cine: Sandra Bullock. 

jueves, 7 de noviembre de 2013

Gustavo García


Fotografía de David Eisenberg
Arte Digital de José Luis Santana



Conocí personalmente a Gustavo García a inicios de los 90, cuando visitó Culiacán, en plena investigación y escritura de "No Me Parezco a Nadie: La Vida de Pedro Infante", la espléndida biografía publicada por Clío en 1994. Recuerdo que en aquella ocasión compartimos un café que se convirtió en varios que luego se transformaron el algún líquido menos caliente y de color ambarino. Esa placentera conversación -y vaya que siempre fue un placer platicar con Gustavo- continuó a lo largo de los años y hasta hace pocos meses, sea porque coincidimos en alguna conferencia sobre el estado de la crítica de cine en México -en Mazatlán, nada menos-, sea porque nos encontramos en algún festival de cine, sea porque compartimos el pan -y alguno que otro líquido- en la casa de algún amigo mutuo, sea porque a través de la red intercambiábamos públicamente encuentros (su lista de lo mejor del año, su lista de lo mejor de la historia del cine) o desencuentros (su escepticismo sobre la crítica de cine publicada en internet, que nunca compartí). 
Es una pena, de verdad, que nos haya dejado tan tempranamente. La generosidad, la bonhomía, el entusiasmo y el buen humor de Gustavo hará falta en un ambiente profesional en el que es muy común que cada crítico de cine crea que su palabra es la primera, la última y la única, a tal grado que termina despreciando a quien lo lee. Este tipo de actitudes nunca encajaron en la personalidad de Gustavo. Muchos colegas -mayores que Gustavo García, menores que él, de su misma generación- tendrían que aprenderle algo. Mejor dicho, tendríamos que aprenderle algo.

Addenda:

Cómo homenaje a Gustavo, qué mejor que recordar el cine mexicano que más le gustaba. A continuación, su top-25 del cine nacional en sus primeros 100 años, publicado en la revista SOMOS número 100, en julio de 1994.

1. Vámonos con Pancho Villa, de Fernando de Fuentes.

2. La Mujer del Puerto, de Arcady Boytler.

3. La Oveja Negra, de Ismael Rodríguez.

4. Una Familia de Tantas, de Alejandro Galindo.

5. El Compadre Mendoza, de Fernando de Fuentes.

6. Los Olvidados, de Luis Buñuel.

7. El Ángel Exterminador, de Luis Buñuel.

8. Doña Perfecta, de Alejandro Galindo.

9. La Otra, de Roberto Gavaldón.

10. Río Escondido, de Emilio Fernández.

11. Ahí Está el Detalle, de Juan Bustillo Oro.

12. La Fórmula Secreta, de Ruben Gámez.

13. El Gallo de Oro, de Roberto Gavaldón.

14. Los Hermanos del Hierro, de Ismael Rodríguez.

15. Los Tres Huastecos, de Ismael Rodríguez.

16. Aventurera, de Alberto Gout.

17. Torero, de Carlos Velo.

18. Poetas Campesinos, de Nicolás Echevarría.

19. Campeón sin Corona, de Alejandro Galindo.

20. México de Mis Recuerdos, de Juan Bustillo Oro.

21. La Casa del Ogro, de Fernando de Fuentes.

22. Salón México, de Emilio Fernández.

23. El Lugar sin Límites, de Arturo Ripstein.

24. El Rey del Barrio, de Gilberto Martínez Solares.

25. Sensualidad, de Alberto Gout.


miércoles, 6 de noviembre de 2013

El cine que no vimos/LIX




Tian zhu ding (China, 2013), décimo largometraje del Zhang-ké Jia (Ren Xiao Yao/2002, Naturaleza Muerta/2006, Ojalá Hubiera Sabido/2010), se ha distribuido internacionalmente -bueno, a donde ha llegado; a México todavía no- con el título de A Touch of Sin, un guiño inocultable al clásico del wuxia A Touch of Zen (Hu, 1971). Este juego con las palabras indica no solo el homenaje cinefílico a la película ya citada: también es una suerte de confesión de parte. Jia ha realizado, conscientemente, su película más accesible hasta el momento: A Touch of Sin es lo más cercano al "mainstream" que ha hecho el mejor cineasta chino de la Sexta Generación.
A Touch of Sin muestra el rostro más violento y desesperanzado de la poderosa China post-comunista. El guión escrito por Jia, premiado en Cannes 2013, nos muestra cuatro historias levemente conectadas, con cuatro protagonistas muy diferentes que, de cualquier forma, terminan compartiendo un destino similar: ser las víctimas y/o victimarios de una feroz sociedad rapaz, corrupta, materialista, inhumana, alienada. Cada historia está ubicada en una zona distinta de China: la norteña provincia minera de Shanxi, la municipalidad urbana central de Chongqing, la provincia también central de Hubei y la cosmopolita ciudad sureña de Dongguan, una de las urbes económicas más importantes de China y donde se encuentra el centro comercial más grande del mundo, el New South China Mall.
La película inicia cuando tres malandrines tratan de parar en una carretera a un joven que viaja en una moto con el fin de asaltarlo. El tipo, ante la amenaza, saca una matona y se escabecha a los desafortunados delincuentes. El muchacho sigue su camino y se cruza en la carretera con Dahai (Wu Jiang), quien observa un accidente automovilístico: el cadáver del chófer de un camión yace por un lado, innumerables manzanas están regadas por todas partes y, al momento de que Dahai toma una y la muerde, sucede una explosión tras él.
Dahai, el primer protagonista, vive en perpetua frustración: trata de combatir y denunciar la corrupción que ve a su alrededor y nadie lo pela. En donde vive, en una ciudad minera de la provincia de Shanxi, a los trabajadores los acarrean para recibir al preclaro líder empresarial y pueden ser comprados por un mero saco de harina. Dahai, diabético, pobre, humillado, no soporta más la situación: tiene Un Día de Furia (Schumacher, 1993), toma una escopeta y empieza a matar todo lo que se mueve.
Zhou San (Baoquiang Wang), el motociclista de la primera escena, llega finalmente a San'er, en Chongqing, al cumpleaños de su madre. Zhou es un trabajador migrante o, mejor dicho, itinerante: es un asesino a sueldo que, muy responsablemente, le envía parte de su salario a una esposa con la que apenas habla. Después de cumplir con su chamba -elimina a una pareja quién sabe por qué motivos- regresa al camino, acaso a Burma, lugar a donde quiere ir para comprar una mejor arma.
En el mismo camión en el que va Zhou, viaja un tipo a encontrarse con su joven amante, Xiaoyu (la esposa y musa de Jia, Tao Zhao), quien trabaja como recepcionista en un prostíbulo/baño-sauna en algún lugar de Hubei. La muchacha no haya la puerta: el marido no puede divorciarse de su esposa quien, fúrica, llega al lugar de trabajo de Xiaoyu a gritarle, humillarla y darle de golpes. El mal día de Xiaoyu termina peor cuando un cliente del sauna no entiende -o no quiere entender- que ella no es masajista ni prostituta, solo la recepcionista. Como el susodicho ojete (Hongwei Wang) está acostumbrado a hacer lo que quiere -antes lo hemos visto en la carretera extorsionando chóferes de camiones, a quienes les pide una "voluntaria cooperación" para dejarlos pasar-, no puede aceptar un "no" de alguien que está ahí para servirle: "Tengo, dinero, tengo dinero", le grita y le avienta, briago, unos billetes. La mujer no tiene dinero ni paciencia, pero sí un cuchillo. Ya no puede más.
Algo similar le sucede al jovencito Xiao Hui (Lanshan Luo), quien trabaja muy lejos de su casa, en Dongguan. Pierde su chamba -aunque gana otra-, pierde un hipotético amor, pierde toda salida posible. Bueno, no todas las salidas. Le queda una y, al final, es la que usa.
En el epílogo, el círculo se cierra: Xiaoyu, quien ha huido después de cometer su crimen en el baño sauna, llega a trabajar a la compañía del primer segmento, la Shengli Corporation. El dueño ya no está -fue una de las víctimas de los iracundos escopetazos que recetó Dahai-, pero sí su viuda, que parece estar a cargo de la situación. Al final de cuentas, después de aquel baño de sangre, nada parece haber cambiado. ¿Por qué tendría que hacerlo?
Jia escribió el guión, aparentemente, después de haber leído varias noticias sobre distintos actos violentos en varias partes de China, además de una suerte de epidemia de suicidios de jóvenes trabajadores que ocurrió en 2012 en algunas zonas industriales cercanas a Hong Kong. La película, entonces, termina funcionando como una feroz y airada crítica al estado de cosas en la China del nuevo siglo. Sin embargo, Jia es demasiado cineasta para dejar que su obvio "mensaje político" nuble otras habilidades, en especial la de hacer avanzar cada una de las historias sin que perdamos de vista un solo momento que el paisaje en el que viven y mueren todos estos personajes los rebasa por completo. Es tan grande que apenas si podemos atisbarlo a través de esta película. Se llama globalización.