lunes, 16 de julio de 2018

El cliché que yo ya vi/CLIV



Joel Meza propone:

Los Godínez nunca serán estrellas de cine. En las películas, cuando un hombre es el protagonista o tiene un papel importante y tiene que ponerse una corbata, siempre necesitará que alguien más (una mujer, generalmente) le arregle el nudo. Pero es raro ver esa escena con un oficinista común, que a diario tiene que usar el inútil trapo amarrado al cuello.

A veces el cliché sirve de pretexto para una escena poderosa, como lo demuestran Max Von Sydow y Kathryn Morris en Sentencia Previa, pero la verdad es que casi nunca lleva a nada, como se ve esta semana con La Roca y Neve Campbell en Rascacielos.

domingo, 15 de julio de 2018

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXCIII



¿La semana más floja en estrenos cinematográficos en lo que va del año? Probablemente. Lo único que vi fue Una familia peculiar (Cigarettes et chocolat chaud, Francia, 2016), opera prima de Sophie Reine. Se trata de un previsible pero agradable melodrama familiar sobre un padre viudo -exactivista, rebelde y militante de izquierdas- que cría a sus dos hijitas como puede, bajo la vigilancia del Estado francés, que le manda una trabajadora social para supervisarlo. Peores cosas se pueden ver este fin de semana, sospecho. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (* 1/2)

lunes, 9 de julio de 2018

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXCII




Un final feliz (Happy End, Francia-Austria-Alemania, 2017), de Michael Haneke. El décimo-segundo largometraje de Haneke es una menor cinta-summa de temas, obsesiones y personajes del cineasta austriaco. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (**)

La maldición del diablo (Still/Born, Canadá, 2017), de Brandon Christensen. Después de perder a uno de sus gemelos en el parto, la joven pareja formada por Mary (Christie Burke) y Jack (Jesse Moss) empieza a vivir en una enorme caserón de algún adinerado suburbio en una anónima ciudad norteamericana. Sin embargo, desde los primeros días al llegar a su nuevo hogar, a la comprensible depresión post-parto (y al dolor por la muerte al nacer de uno de los dos bebés), Mary le agrega alucinaciones visuales y auditivas que le hacen creer y luego asegurar que alguien quiere llevarse a su hijo recién nacido. Por supuesto, como se trata de una joven mamá inexperta, depresiva e histérica, nadie le cree nada.
La opera prima de Christensen es una entretenida pieza de género que, más allá de las referencias visuales, temáticas y argumentales dejadas caer por aquí y por allá -desde La profecía (Donner, 1976) hasta la saga de Actividad paranormal, pasando por El resplandor (Kubrick, 1980) o la saga nipona Ju-on-, se logra sostener por una sólida ejecución y una convincente interpretación de parte de Miss Burke, que demuestra poseer un amplio rango como actriz. Perfecto como palomazo de fin de semana para los amantes del horror. (*1/2)

Ant-Man and the Wasp (Ídem, EU, 2018), de Peyton Reed. Lo escribí hace tres años por acá cuando se estrenó la presentación de este poco conocido personaje de la Marvel y, ni modo, tuve la razón: echaron a perder todo. Mi crítica in extenso, por acá. (-)

A la deriva (Tjuvheder, Suecia, 2015), de Peter Grönlund. La opera prima de Grönlund -ganadora de una mención especial en la sección de Nuevos Directores en San Sebastián 2015- es un sólido drama femenino centrado en Minna (espléndida Malin Levanon, ganadora del premio de la academia sueca de cine en 2016 por esta actuación), una mujer que, como el titulo en español lo indica, sobrevive como puede y a la deriva -aunque con un gato en ristre- entre nubes de alcohol, dosis de droga, deudas de juego y broncas diversas que la mantienen con un pie de volver a la cárcel.
En una de sus -literalmente- correrías, Minna traba amistad con Katja (Lo Kauppi), una alcohólica que ha perdido el derecho de vivir con su hijo debido a su adicción. Las dos mujeres empiezan a vivir en una suerte de colonia marginal de trailers-park regenteada por el generoso pero enérgico Boris (Tomasz Neuman) hasta que el pasado -y las coincidencias del guion escrito por el propio cineasta debutante- las alcanza.
A la deriva cumple con creces con dos de los elementos básicos de cualquier woman's film que se respete: sus protagonistas sufren -la madre alcohólica Katja lucha por su rehabilitación- y/o se sacrifican -la  decisión que toma al final Minna a favor de Katja, que nos remite a otro melodrama femenino más o menos reciente, Río helado (Hunt, 2008). 
Formalmente hablando, la nerviosa cámara de Staffan Övgard funciona a la perfección para transmitir el precario estado emocional/existencial/socioeconómico de Minna, además de mostrar el rostro (casi) desconocido de la pobreza en Suecia -que, por lo menos visto desde acá, no se compara con la miseria de nuestros países. (**)

domingo, 8 de julio de 2018

Ant-Man and the Wasp




Cuando se estrenó, hace tres años, Ant Man: el Hombre-Hormiga (Reed, 2015), escribí en mi blog lo siguiente: “Como suele suceder con las entregas iniciales de la Marvel… esta primera entrega de El Hombre Hormiga logra presentarnos al nuevo personaje de forma ligera y divertida. Seguramente en las secuelas, Marvel echará a perder todo”.
            No me gusta decir “se los dije” –es un decir: claro que me gusta-, pero se los dije: en la inevitable continuación, Ant-Man and the Wasp (Ídem, EU, 2018), todo lo que había salido bien en el primer filme vuelve a aparecer, aunque en cantidades menores, y todo lo que había salido mal aparece también, pero en proporciones mayores. ¿El resultado?: una cinta bostezante que se salva a ratos por la simpatía de su estrella protagónica Paul Rudd, por la vis cómica de un desatado Michael Peña y por alguna entretenida persecución por las calles de San Francisco, con personajes y automóviles que, como el chorrito, se hacen grandotes, se hacen chiquitos.
            El ladrón Scott Lang aka Ant-Man (Rudd) ha sido condenado a dos años de prisión domiciliaria después de haber violado la ley al lado de Steven Rogers en Capitán América: Civil War (Hermanos Russo, 2016). Sin embargo, a tres días de recuperar su libertad –condicional, pero libertad al fin-, Lang vuelve a hacer equipo con el genio proscrito Hank Pym (Michael Douglas) y su guapa hija, Hope Van Dyne aka La Avispa (Evangeline Lilly), quienes lo necesitan para encontrar, en el mundo subatómico, a Janet (Michelle Pfeiffer, en cameo extendido), esposa de Hank y madre de Hope, quien ha permanecido perdida en el universo cuántico desde hace treinta años, días más, días menos.
La explicación a todo esto no tiene demasiado sentido y los cinco guionistas acreditados de la película –uno de ellos, el propio Paul Rudd- supongo que lo saben, pues en por lo menos dos ocasiones, interrumpen los pseudo-científicos choros mareadores de los personajes con alguna inocente pregunta (-“¿Siempre tienen que usar la palabra cuántico para todo?”) o, de plano, con una llamada telefónica de la niña de Lang, quien tiene una emergencia: no encuentra sus zapatos.
Como se podrá dar cuenta, en esta nueva entrega del Marvel Cinematic Universe no está en juego el destino del planeta entero sino la unión familiar por partida doble: la de Hank y Hope con Janet, y la del propio Lang con su hijita Cassie (Abby Ryder Forston), pues al salir de su casa y volver a las andadas como Ant-Man, nuestro agradable protagonista se arriesga a ser condenado a 20 años de prisión.
Además de los ya mencionados choros mareadores científicos-dramáticos-expositivos que lastran la cinta de principio a fin –yo conté media docena de ellos-, Ant-Man and the Wasp tiene otro problema: la inexistencia de un personaje antagónico carismático. De hecho, la cinta tiene dos, pero ninguno de ellos funciona: la primera, es Ava aka Fantasma (Hanna John-Kamen), una resentida jovencita que atraviesa todo tipo de materiales pues se integra/desintegra casi sin control, y un mafioso de pacotilla (Walton Goggins) que solo sirve para hacer funcionar –vía Michael Peña- un divertido running-gag sobre el uso de cierto “suero de la verdad”.
Eso sí, como es obligación que suceda, esta nueva entrega de la Casa Marvel tiene que encajar con la interminable saga en desarrollo, así que la inevitable escena post-créditos se conecta directamente con el final de Avengers: Infinity War (Russo, 2018) y su pathos de pacotilla. El mensaje que aparece hacia el final del filme se pregunta, con signo de interrogación incluido, si el Hombre Hormiga y la Avispa volverán. Déjeme decirle que estoy en posibilidad de quitarle esa duda: claro que volverán. Y todos los Avengers también, incluidos los eliminados por Thanos. O, mejor dicho: especialmente los eliminados por Thanos. Qué remedio.

sábado, 7 de julio de 2018

En línea: Thoroughbreads




El título original en inglés de la opera prima del joven dramaturgo convertido en cineasta Cory Finley, Thoroughbreads (EU, 2017), se refiere, en primera instancia, a cierto caballo purasangre sacrificado por una de las protagonistas y, en un sentido apenas metafórico, a dos jóvenes purasangres de Connecticut, un par de adolescente ricachonas que están en el centro de este inquietante thriller satírico-alegórico.
Amanda (Olivia Cooke, antes de coprotagonizar Ready Player One: Comienza el juego/Spielberg/2018) llega a la casa de su antigua amiga de la infancia Lily (Anya Taylor-Joy, inolvidable en La bruja/Eggers/2015) para que ella le ayude a prepararse para su próximo examen de ingreso a la universidad. Desde el inicio, queda claro que Amanda no tiene problemas académicos sino de otro tipo: ha sido diagnosticada como “antisocial” y “esquizoide” y ella misma acepta que no tiene sentimiento alguno. Puede imitar emociones y sabe cómo llorar cada vez que quiere, pero no siente nada por nadie. Empezando por ella misma.
Al principio, la Amanda de Miss Cooke parece una versión juvenil y femenina del Bruno Antony (Robert Walker) de Pacto siniestro (Hitchcock, 1951): una muchachita brillante, desvergonzada, de mente ágil y que no expresa la menor pena de nada ni de nadie. Sin embargo, en la medida que avanza la historia, nos damos cuenta que este juicio no es del todo justo. Puede que ella sí sea una psicópata, es cierto, pero eso no la hace una peor persona que su amiga Lily que, por lo menos al inicio, aparece como la normal, la amable, la bien portada.
Aunque el guion del debutante Finley está basado en una obra teatral escrita por él mismo, la fluida y elegante cámara de Lyle Vincent, la música percutida y atonal de Erik Friedlander y la propia dirección de actores del joven cineasta nos ubican en espacios audiovisuales y dramáticos estrictamente cinematográficos. Thorouhbreads está, pues, muy lejos de ser una mera obra teatral filmada por más que, en efecto, sea una historia centrada en la interacción de dos personajes que inician como antagónicos para terminar siendo torcidamente complementarios: las dos caras de una misma inquietante y enfermiza moneda.
*****
Thoroughbreads se presentó en Sundance 2017, se estrenó comercialmente en marzo de este año en Estados Unidos y ya está disponible para ser revisada tanto en el Amazon Prime gringo como en DVD y BR de importación.

martes, 3 de julio de 2018

En línea: Ciertas mujeres




A inicios del año, cuando se dieron a conocer las cinco nominaciones al Oscar de Lady Bird (2017), incluyendo la de Mejor Directora a la actriz convertida en cineasta Greta Gerwig, expresé mi desencanto por tantas y tan poco merecidas nominaciones, tomando en cuenta que si la academia de cine gringa quería expresar una clara acción afirmativa a favor de las cineastas mujeres  –en el año de la caída de Harvey Weinstein, por supuesto-, podían haber elegido a directoras de auténtico talento y con mucho mejores películas, como la Kathryn Bigelow de Detroit (2017), la Elizabeth Hittman de  Beach Rats: Ratas de playa (2017) o, claro está, la legendaria Agnès Varda y su Rostros y lugares (2017), su más reciente cinta que, aunque sí fue nominada, fue derrotada en la categoría de Mejor Largometraje Documental en la entrega del Oscar 2018.
En fin, quejarse de quién merece o no una nominación al Oscar es ociosidad pura, pero para eso sirven las redes sociales –y para intercambiar vídeos de perritos y gatitos, claro está. Pero, bueno, todo esto viene a cuento porque en la lista de grandes directoras contemporáneas que merecen más nominaciones y premios de Academia gringa habría que agregar a Kelly Reichardt, cuya más reciente película, Ciertas mujeres (Certain Women, EU, 2016), nunca se estrenó comercialmente en México, aunque está disponible desde hace meses en el sitio web de Cinepolis Klic (www.cinepolisklic.com).
Sobre tres relatos de la escritora americana Maile Meloy adaptados por la propia cineasta, he aquí tres vidas femeninas apenas entrecruzadas en algún pueblito rabón de Montana. La abogada Laura (Laura Dern), que tiene como amante a un hombre casado (James Le Gros), lucha para hacerle entender a uno de sus clientes (Jared Harris) que está imposibilitado para demandar a sus antiguos patrones por haber firmado una injusta indemnización. Gina (la habitual actriz de Reichardt, Michelle Williams), esposa del tipo con el que se acuesta Laura, arrastra a su inútil marido para tratar de convencer a  un solitario anciano (el veterano reaparecido Rene Auberjonois) que le venda unas piedras areniscas para con ellas construir una añorada casa de verano. Y en el tercer –y mejor- relato, una joven indígena ranchera (Lily Gladstone, el descubrimiento del filme) toma por azar una clase nocturna con Elizabeth (Kristen Stewart), una abogada recién graduada que, luego descubriremos, trabaja en el mismo bufete de Laura. Entre las dos muchachas, Elizabeth y la tímida ranchera sin nombre, irán apareciendo curiosos rasgos de afinidad, por más que las dos sean, aparentemente, tan distintas.
Como en su notable obra anterior casi desconocida en México  (Old Joy/2006, Wendy y Lucy/2008, Meek’s Cutoff/2010, Radicales/2013), Reichardt desafía los límites del género –en este caso, el women’s film- para entregarnos un sereno melodrama sobre tres mujeres que viven en el límite de sus posibilidades existenciales, económicas y sociales. La abogada que no es tomada en serio por ser mujer, la esposa que no tiene otro afán que conseguir unas rocas para hacer chica casota campirana o la marginal y marginada ranchera indígena que entrevé otra forma de vida nunca antes imaginada, son personajes muy similares a los anteriores protagonistas de Reichardt: criaturas dramáticas que sobreviven en los márgenes, que han perdido sus sueños o, incluso, su capacidad de soñar pero que, aun así, insisten en echar para adelante.
El cine de Reichardt no es dado a las grandes escenas climáticas: sus personajes toman decisiones de vida mientras hablan quietamente por teléfono, discuten sobre cómo levantar una casa, comen una hamburguesa en algún cafetín nocturno. Pero, acaso por eso mismo, resultan personajes más cercanos, más entrañables. Pero también, acaso por eso mismo, su cine no es tan galardonado: la sutileza no cae bien en el mainstream. Pues peor para el mainstream.

lunes, 2 de julio de 2018

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXCI



Mimic: Voces del más allá (Jang-san-beom, Corea del Sur, 2017), de Jung Hu. Una dispareja pero meritoria cinta de género que parte de una premisa clásica: la familia como origen y/o víctima del horror. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (* 1/2)

Guerrero (México, 2017), de Ludovic Bonleux. El tercer largometraje del especialista Bonleux es un meritorio documental centrado en tres activistas que, cada quien a su manera, lidian con la violencia, la impunidad y el abuso en uno de los estados más peligrosos de nuestro país: Mario, quien busca a su hermano desaparecido; Coni, un policía comunitario; y Juan, un profesor normalista en lucha y resistencia. La valía del filme radica en la crónica no solo en la crónica de vida de estos tres individuos, sino en la descripción del estado de cosas en Guerrero que, en realidad, es un reflejo de todo este país convulsionado en el que vivimos. La cinta se está exhibiendo en la Ciudad de México y ya está disponible en Filmin Latino. (* 3/4)

martes, 26 de junio de 2018

El habitante



El habitante (México-Chile, 2017), tercer largometraje del uruguayo internacionalizado Guillermo Amoedo (dos primeros filmes de producción chilena Retorno/2010 y Caníbales/2014, por desgracia no vistos por mí), ha permanecido en el top-10 de la taquilla mexicana en sus dos primeros fines de semana, en el tercero y cuarto sitio, respectivamente.
La razón es fácil de explicar: estamos ante una convencional cinta de horror que, a pesar de sus claras deudas temáticas y visuales con el clásico entre clásicos del cine de posesión satánica –El exorcista (Friedkin, 1973), por supuesto-, logra trascender, por lo menos a ratos, la fórmula y los clichés del género.
Estamos en alguna exclusiva colonia de la Ciudad de México. Tres mujeres jóvenes, que luego nos enteraremos que son hermanas (María Evoli, Vanessa Restrepo y Carla Adell), entran a robar a la casa de un encumbrado senador de la República (Flavio Medina). Luego de inmovilizar al político y a su esposa (Gabriela de la Garza), las tres muchachas empiezan a buscar todo aquello de valor, hasta que una de ella se topa, en el sótano, con un misterioso cuarto cerrado. En él se encuentra Tamara (espléndida Natasha Cubría), la pequeña hija del senador, amarrada a la cama y con señales de haber sido continuamente maltratada. Las tres hermanas, que comparten la misma historia familiar de abusos, se horrorizan. Pero más horrorizados parecen estar el político y su mujer, que ruegan a las muchachas no liberar a la niña.
Como lo anoté antes, las deudas de El habitante con El exorcista son varias y evidentes: una adolescente en cuyo rostro y cuerpo podemos ver los estragos de la posesión satánica, un encuadre emblemático en el que vemos llegar a la casa al anciano sacerdote exorcista (Fernando Becerril), una serie de engaños de los que echa mano el demonio para dejar cada vez más vulnerables a quienes tiene a su lado…
Y, sin embargo, al lado de estos saqueos/homenajes, el guion escrito por el propio Amoedo se permite no pocos desvíos: el truculento pasado compartido de las tres hermanas, marcado por el abuso paterno y la dolorosa traición entre ellas; el provocador manejo herético de un crucifico en cierta escena clave; un asesinato ejecutado y montado –cámara de Erwin Jaquez- en pleno delirio formal; el retorcido uso de una conocida canción pop-religiosa interpretada por Enrique Guzmán; y esa última imagen final, que puede parecer tan inquietante como ridícula. ¿O será ridículamente inquietante? Da lo mismo: estamos ante una compulsivamente entretenida pieza de género

lunes, 25 de junio de 2018

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXC



Lucky (Ídem, EU, 2017), de John Carroll Lynch. La opera prima del inconfundible actor secundario Lynch es una suerte de cinta-summa del también inconfundible e inolvidable actor secundario Harry Dean Stanton. Se trata de la segunda y última cinta protagonizada por Stanton -la primera fue la obra maestra de Wenders, París, Texas (1984)-, un entrañable homenaje al actor y al tipo de personajes que encarnó. Mi crítica en la Primera Fila del Reforma del viernes pasado y un ensayo que escribí, inspirado en parte por Stanton, se publicará en estos días en Letras Libres. 

jueves, 21 de junio de 2018

Los increíbles 2




El más reciente largometraje de la casa Pixar, Los increíbles 2 (Incredibles 2, EU, 2018), vuelve a demostrar que a la compañía fundada por el ahora apestado John Lasseter no se le dan las secuelas –con excepción, claro está, de la trilogía Toy Story (1995-1999-2010).
Aclaro: no es que la tardía continuación de Los increíbles (Bird, 2004) sea fallida, sino que como ha sucedido con las anteriores secuelas de Pixar, la extensión de la historia y los personajes originales no logran trascender lo planteado en el primer filme.
Estamos poco después del momento en el que terminó la primera cinta: las actividades de la familia súper-heroica que ya conocemos –el Señor Increíble, su esposa Elastigirl y sus hijos, la adolescente Violet, el ingobernable chamaco Dash y el bebé Jack Jack- están prohibidas por el gobierno debido a los destrozos causados cuando los increíbles, como equipo, salvaron a la ciudad entera del villano que nunca falta.
Obligados a renunciar a su calidad de súper-héroes, los Parr afrontan la perspectiva de vivir en la sombra como simples ciudadanos comunes y corrientes, cuando aparece en escena cierto joven empresario de la comunicación, Winston Deavor (voz de Bob Odenkirk) quien, junto a su hermana inventora Evelyn (voz de Catherine Keener), les presenta el plan perfecto para que los increíbles salgan de nuevo a la luz, derrotando de pasada a oooootro villano más, autonombrado “el raptapantallas”.
La estrategia de Winston es que Elastigirl (voz de Helen Hunt) sea el rostro visible de todos los súper-héroes (es mujer, carismática y menos destructiva que el marido), mientras el señor Increíble (voz de Craig T. Nelson) se queda en casa con la sencillísima tarea de lidiar con la adolescente hormonal Violet (voz de Sarah Vowell), de ayudar en la tarea de matemáticas al hiperactivo Dash (voz de Huck Milner) y de dormir y cambiarle los pañales al bebé Jack-Jack, que resulta que también tiene súper-poderes –como media docena de ellos, de hecho. La idea es que Elastigirl venza al “raptapantallas” –que se echa unos rollos tipo Unabomber sobre las sociedades idiotizadas por los medios de comunicación- y, al no hacer tantos destrozos, convenza al gobierno de que levante la prohibición anti-súper-heroica.
Ya dije antes que esta secuela, dirigida nuevamente por el infalible Brad Bird, no es exactamente fallida. La cinta tiene buenos momentos cómicos -las dificultades que enfrenta Mr. Increíble en sus tareas de papá soltero, cierta delirante escena en la que Jack Jack pelea contra un correoso mapache ladrón- y, para variar, presume varias secuencias de acción impecablemente ideadas y creadas por Bird. El problema es que nada de esto es particularmente notable, tomando en cuenta que si algo abunda en la obra acumulada de Pixar es inspiración en la comedia y virtuosismo en la acción.
Un último detalle argumental que, viéndolo bien, no deja de ser una vuelta de tuerca inesperada: la identidad del villano “raptapantallas”, quien resulta ser el personaje más creativo de todos, mientras que el simple vendedor, el que sabe “lo que quiere la gente”, es visto con simpatía, prácticamente como otro héroe más. ¿Confesión de parte de los ejecutivos de Pixar? ¿De plano ya están más interesados en vender que en ser creativos?

martes, 19 de junio de 2018

El legado del diablo




Al inicio de El legado del diablo (Hereditary, EU, 2018) la cámara de Pawel Pogorzelski se pasea por un paisaje de algún anónimo lugar ¿del medio-oeste americano?, toma una casa que se encuentra en medio de un bosque y luego, dentro de ese hogar, penetra en una pequeña casa de muñecas en donde se ve la figura de alguien acostado en su cuarto. Sin corte alguno, el escenario en miniatura cobra vida y alguien entra por la puerta para despertar al que se encuentra dormido.
Este inicio es la metáfora perfecta, en la forma y en el fondo, de esta impresionante opera prima de Ari Aster: por un lado, he aquí una puesta en imágenes maniáticamente precisa –como las propias casas de muñeca que construye la protagonista, Annie (Toni Collette)- y, por otra parte, he aquí que nos metemos literalmente hasta la recámara para (re)conocer a la familia protagónica, dueña y señora de todas las broncas hereditarias del título, de generación en generación: de madre a hija a nietos.
El filme inicia con la muerte de la matriarca familiar, quien no parece haber dejado un grato recuerdo en su hija Annie, quien da un discurso de despedida desconcertada y desconcertante. Poco a poco sabremos por qué: su madre nunca fue una mujer cercana a ella (a casi nadie en realidad), hay tragedias familiares escondidas pero no olvidadas en el clóset (enfermedades psiquiátricas, un suicidio) y el propio núcleo familiar de Annie no pasa por el mejor momento. La relación con su marido Steve (Gabriel Byrne) es distante, su hijo mayor adolescente Peter (Alex Wolff) está en su propio mundo y la hija menor Charlie (Milly Shapiro), la favorita de la anciana fallecida, se la pasa dibujando cosas extrañas en su cuaderno, tiene visiones de la abuela y construye perturbadores juguetes con partes de objetos y animales (incluyendo la premonitoria cabeza de un pájaro).
El legado del diablo es una película de horror que no solo transmite miedo –que sí lo provoca, sobre todo en sus últimos minutos, francamente delirantes- sino, también, un creciente sentido de malestar. Como en muchos otros clásicos del género, el horror se encuentra anidado en la familia y, por lo mismo, es mucho más difícil de enfrentar y de vencer.
El guion original, escrito por el propio director Aster, construye con todo cuidado las enfermizas dinámicas familiares (madre-hija, marido-mujer, madre-hijos) como si estuviéramos viendo un filme de Bergman, más que algún conocido clásico de Polanski Friedkin o Kubrick. Es después que el cineasta/guionista ha construido meticulosamente su escenario dramático –su perversa casa de muñecas, pues- cuando el horror más genérico se desata en una virtuosa fusión de forma y fondo: una cámara que se retira lentamente para permitirnos ver los banales objetos ominosos que se encuentran en una mesa, una pesadillesca figura que apenas si se ve en la parte superior izquierda del encuadre provocándonos el sentido del más inminente horror, un personaje que flota en el aire mientras lleva a cabo una acción que no podemos dejar de ver, un desenlace en el que todo -hasta lo más torcido- termina por encajar.
Es decir, hacia el final entendemos el sentido completo del título original en inglés, cada elemento argumental del filme se justifica dramáticamente y descubrimos, entre el asombro, el horror y la fascinación, al verdadero protagonista del filme. Escalofríos puros.

lunes, 18 de junio de 2018

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXXIX



La idea de un lago (Argentina-Suiza-Holanda-Qatar, 2016), de Milagros Mumenthaler. Inés (Malena Moirón), una fotógrafa separada y a punto de parir, decide dar una muestra de su sangre al Equipo de Antropología Forense para saber si entre algunos cadáveres recién descubiertos está el de su padre, desaparecido en 1977, en plena dictadura militar. Inés convivió con su papá hasta los tres años y apenas si conserva una solo foto en la que están él y ella, a la orilla de un lago, en las vacaciones veraniegas.
Mumenthaler -que adquirió cierta notoriedad con su premiada opera prima Abrir puertas y ventanas (2011), sobre la relación de tres hermanas- se acerca en este, su segundo largometraje, a otro tipo de dinámica familiares que tienen que ver, también, con la memoria, los recuerdos  y el pasado político de un país que sufrió una cruenta y violenta dictadura. La cinta tiene buenos momentos -el mejor, el uso de cierta canción de Neil Diamond-, pero el tema no es particularmente original y su ejecución no es muy notable que digamos. A ratos me remitió a una suerte de versión femenina de La prima Angélica (Saura, 1974), lo cual resultó peor para La idea de un lago: es difícil competir con el Saura de los años 70. (*)

Los increíbles 2 (Incredibles 2, EU, 2018), de Brad Bird. Con esta esperada pero tardía secuela de Los increíbles (Bird, 2004), Pixar demuestra que, exceptuando la saga de Toy Story (1995/1999/2010), las continuaciones no son lo suyo. En sentido estricto, la película no tiene nada de malo y las secuencias de acción son espectaculares -¡aprende, MCU!-, pero la gran novedad argumental del primer filme -las dinámicas en el interior de la familia "súper"- se ha diluido. Eso sí, el ingobernable Jack-Jack -con la ayuda de un mapache peleonero- se roba la película. (**)

Las estrellas de cine nunca mueren (Film Stars Don't Die in Liverpool, GB, 2017), de Paul McGuigan. Sobre un libro escrito por el actor Peter Turner, el último juvenil amante de la legendaria Gloria Grahame (1923-1981), he aquí una biopic cuyo mayor mérito es, acaso, dar a conocer a los jóvenes cinéfilos quién fue Grahame. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (*)

El habitante (México-Chile, 2018), de Guillermo Amoedo. Esta coproducción mexicano-chilena dirigida por el especialista uruguayo Amoedo (Retorno/2010, premiada en Sitges 2014 Caníbales/2014, ninguna vista por mí) es una muy efectiva cinta de horror que, sin ocultar en ningún momento sus enormes deudas con el clásico de clásicos El exorcista (Friedkin, 1973), logra trascenderlas, por lo menos en parte, gracias a una ejecución eficaz, un reparto sólido, algunos momentos de delirio herético puro y el uso torcido de cierta canción interpretada por el Enrique Guzmán de los años 60. Creo que vale la pena volver a esta película en unos días más. (* 1/2)

El club de los insomnes (México, 2018), de Joseduardo Giordano y Sergio Goyri Jr. Esta opera prima a cuatro manos de Giordano y Goyri Jr. -apadrinada, por cierto, por la presencia de Goyri senior- es un sencilla dramedy ubicada en el turno de la noche en una tienda de conveniencia. En ella convergen Danny (sensacional Cassandra Cianguerotti), una cajera hosca y desgarbada; Santiago (perfecto Leonardo Ortizgris), un oficinista que no puede dormir debido a continuas pesadillas; y Estela (Alejandra Ambrosi), una veterinaria que tampoco puede dormir debido a que tiene cierto problema que no haya cómo resolver.
Escrita por la propia pareja de cineastas debutantes, esta cinta va de menos a más, en gran medida por la acumulación de ciertos detalles argumentales y por el trío de actores protagónicos quienes interpretan con toda justicia a sus desconcertados personajes insomnes, atrapados en el limbo de la indecisión. Una agradable sorpresa. (**)

domingo, 10 de junio de 2018

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXXVIII



Un nuevo camino (Please Stand By, EU, 2017), de Ben Lewin. Wendy (Dakota Fanning) es una joven autista de alta funcionalidad que, sin embargo, necesita la supervisión constante de su muy profesional terapista (infalible Toni Collette). Obsesionada por Star Trek, Wendy escapa para viajar hasta Los Ángeles con el fin de entregar un guion que ha escrito sobre las aventuras de sus personajes favoritos, Mr. Spock y el Capitán Kirk. Una amable road-movie que se beneficia con una muy justa interpretación de Fanning y un magnífico reparto secundario. Una feel-good indie. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (*1/2)

Cada día (Every Day, EU, 2018), de Michael Sucsy. Sobre el best-seller juvenil homónimo, esta cinta parte de una premisa interesante: la adolescente Rhi (Angourie Rice) se enamora de alguien que cada día despierta en un cuerpo diferente, sin importar género o color de piel, aunque siempre de la misma edad. Por desgracia, el director Sucsy no pudo -o no quiso o no lo dejaron- explotar esta idea y la cinta desemboca en una cursilería inocua aunque, también es cierto, bastante entretenida. Eso sí, Miss Rice está llamada a convertirse en una auténtica estrella de cine. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (*)

Nadie nos mira (Argentina-España-Colombia-Brasil-Estados Unidos, 2017), de Julia Solomonoff. Nicolás Lencke (Guillermo Pfenning) es un actor televisivo reconocido en Argentina que, por alguna razón que luego sabremos, ha decidido ir a "hacer la América" a Nueva York. Mientras aterriza el proyecto de protagonizar una película dirigida por un cineasta mexicano de moda, Nico sobrevive como puede mesereando en un restaurante, limpiando departamentos y hasta cuidando al bebé de su única amiga (Elena Roger) en la Gran Manzana. Lo que sea, menos regresar a Buenos Aires con el rabo entre las piernas.
El tercer largometraje de Solomonoff (espléndida El último verano de la boyita/2009) es una absorbente cinta sobre un actor argentino auto-exiliado en Nueva York. El guion, escrito por la propia cineasta en colaboración con Christina Lazaridi, nos muestra a un personaje progresivamente acorralado y auto-saboteado por sus malas decisiones, su orgullo, sus mentiras y por un pasado que no ha podido ni querido dejar atrás. Pfenning -ganador del premio a Mejor Actor en el Festival TRIBECA del 2017- encarna con extraordinaria sutileza a este tipo que nunca nos es enteramente simpático pero tampoco completamente despreciable. (**)

Sin muertos no hay carnaval (Ecuador-México-Alemania, 2016), de Sebatián Cordero. El sexto largometraje del ecuatoriano Cordero es un fallido thriller social que inicia con el asesinato accidental de un niño alemán en las afueras de Guayaquil, muerto por el balazo de un cazador. Esta muerte y su misterioso perpetrador estarán conectados con una serie de personajes de distintas clases sociales, desde las más encumbradas hasta las más desposeídas, que se cruzan y entrecruzan debido a un conflicto de tierras.
Aunque el reparto está bien dirigido por Cordero, la historia escrita por el propio cineasta y Andrés Crespo no solo presume un discurso telenovelero muy obvio sino que, al acumular coincidencias tras coincidencias, termina por sabotear dramáticamente al propio filme. Una pena, porque Cordero ha demostrado en otras ocasiones (Crónicas/2004, Rabia/2009) que es capaz de hacer cosas mejores. (+)

El legado del diablo (Hereditary, EU, 2018), de Ari Aster. Probablemente la opera prima gringa del año. Después de la muerte de la excéntrica y difícil abuela, la familia nuclear -hija, yerno, nieto mayor, nieta menor- tiene que lidiar con los problemas hereditarios del título: una historia familiar en la que abundan problemas psicológicos, mentales y tragedias al pasto. Es una película de horror que podría haber sido dirigida -por lo menos en partes- por Bergman. (*** 1/2)

miércoles, 6 de junio de 2018

Eres mi pasión




A unos días del inicio del Mundial de Fútbol Rusia 2018, se ha estrenado en México Eres mi pasión (México, 2018), futbolero segundo largometraje de Anwar Safa.
Sobre la cinta argentina El fútbol y yo (Carnevale, 2017), he aquí la patética vida del obseso futbolero Pedro Gallo (Mauricio Isaac) que desayuna, come y cena con el fut; duerme, sueña y se despierta con el fut; trabaja pensando en el fut y, hasta cuando tiene que asistir a un velorio, habla de la muertita como si se tratara de un jugador retirado que tuvo una gran temporada. Es más: hasta se imagina su propia vida narrada por Christian Martinoli.
Por supuesto, esto no le hace mucha gracia a su workhólica mujer pastelera Luli (Mariana Treviño, apagadona), quien no logra que su inútil marido ni su hijo aprendiz de influencer apodado “Hugol” le hagan el menor de los casos. La crisis de esta familia disfuncional y multi-adicta –al fut, al trabajo, al internet- llegará al máximo cuando Luli descubra que Pedro ha comprado, a sus espaldas, un paquete completo para viajar a Rusia 2018.
No he visto la cinta original argentina en la que está basada Eres mi pasión, pero por lo menos en su adaptación mexicana, la película –escrita por Javier Peñalosa- nunca logra despegar más allá de la inicial premisa sobre la adicción futbolera de Pedro, aún más lastimosa, pues su equipo favorito es el muy popular Cruz Azul, famoso incluso entre los que no nos interesamos por el futbol debido a que los continuos fracasos de ese equipo han provocado el nacimiento de un verbo muy mexicano: “cruzazulear”.
Las escasas risas no se deben, por lo tanto, al guion más que previsible, sino a los destellos de su muy esforzado reparto: alguna escena en la que Mauricio Isaac ejecuta una perfecta cantinfleada, un Silverio Palacios cumplidor en el papel del “padrino” de Alcohólicos Anónimos que trata de evitar que Pedro recaiga en su adicción pambolera, una hilarante Norma Angélica yucateca tratando de imitar un acento chihuahuense y una Patricia Reyes Spíndola en un brevísimo cameo como una correosa madre cruzazulina.
Sawa y su equipo le echan los kilos al efectismo visual/narrativo –cortes abruptos que tratan de mover a risa, uso excesivo del barrido en la puesta en imágenes-, pero nada de eso logra esconder los pobres resultados obtenidos. Después de haber debutado en la primera división con la simpática El Jeremías (2015), Sawar ha caído, apenas en su segundo largometraje, en la liga de ascenso. Esperemos que para la próxima no vuelva a cruzazulear.

martes, 5 de junio de 2018

Ariel 2018: preferencias



Hoy entregan el Ariel 2018 y no tengo idea cómo han votado las decenas de miembros de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas así que no tengo quiniela pero sí mis preferencias. Así que, en cada categoría, me gustaría que ganara...

Película: La libertad del diablo... o La región salvaje... o Tiempo compartido. Cualquiera de las tres serían dignas ganadoras.

Dirección: Everardo González, por La libertad del diablo; o Amat Escalante, por La región salvaje.

Mejor actor: Humberto Busto, por Oso polar.

Mejor actor de cuadro: Andrés Almeida, por Tiempo compartido.

Mejor actriz: Cassandra Cianguerotti, por Tiempo compartido; o Karina Gidi, por Los adioses.

Mejor actriz de cuadro: Norma Angélica, por Sueño en otro idioma.

Coactuación femenina: Verónica Toussaint, por Oso polar; o Tessa Ia, por Los adioses.

Coactuación masculina: Miguel Rodarte, por Tiempo compartido.

Revelación femenina: Ruth Ramos, por La región salvaje.

Revelación masculina: Luis Amaya Rodríguez, por Ayúdame a pasar la noche.

Guion original: Sebastián Hoffman y Julio Chávezmontes, por Tiempo compartido; o Amat Escalante y Gibrán Portela, por La región salvaje.

Fotografía: María Secco, por La libertad del diablo.

Diseño de arte: Carlos Jacques, por La habitación o Los adioses.

Edición: Paloma López Carrillo, La libertad del diablo.

Música original: Guro Moe, por La región salvaje.

Efectos especiales: José Manuel Martinez, por La región salvaje.

Efectos visuales: Peter Hjorth, por La región salvaje; o Raúl Prado, Juan Carlos Lepe y Edgar Piña, por Vuelven.

Maquillaje: Adam Zoller, por Vuelven.

Sonido: Raúl Locatelli, Sergio Díaz y Vincent Arnadri, por La región salvaje.

Vestuario: Mariestela Fernández y Gabriela Diaque, por La habitación.

Largometraje documental: La libertad del diablo, de Everardo González.

Opera prima: Ayúdame a pasar la noche, de José Ramón Chávez.

Película iberoamericana: Aquarius, de Kleber Mendonca Filho.

Cortometraje de animación: Amor, nuestra prisión, de Carolina Corral.

Cortometraje documental: La muñeca tetona, de Diego Enrique Osorno y Alexandro Aldrete.

Cortometraje ficción: Mamartuile, de Alejandro Saevich.

lunes, 4 de junio de 2018

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXXVII



Eres mi pasión (México, 2018), de Anwar Safa. El segundo largometraje de Safa -simpática opera prima de aliento norteño El Jeremías (2015)- es una fallida comedia sobre un pobre diablo (Mauricio Isaac) cuya adicción al fut hace que su matrimonio con Luly (Mariana Treviño) peligre. Los únicos momentos rescatables de este remake de una cinta argentina -El fútbol y yo (Carnevale, 2017)- se deben, en gran medida, a su buen reparto secundario: Silverio Palacios, Norma Angélica, Enrique Arreola y Patricia Reyes Spíndola... (+)

domingo, 3 de junio de 2018

En línea: Hao Jile




Presentado en Berlín 2017 con el irónico nombre en inglés de “Have a Nice Day”, Hao Jile (China, 2017), segundo largometraje animado del cineasta chino Jian Liu (opera prima Piercing I/2010, no vista por mí), ha llegado casi de forma simultánea al DVD de importación y al servicio streaming de Amazon Video. Se trata de una muy entretenida cinta animada que, sin tratar de ocultar sus muy obvias influencias cinefílicas, plantea una seca visión desencantada de la China del nuevo siglo.
Estamos en algún lugar de China. Mientras el gánster verborreico apodado Tío Liu (voz de Siming Yang) dirige la tortura de un antiguo amigo de la infancia, al otro lado de la ciudad un millón de yuanes están cambiando de manos: el joven chalán Xiao Zhang (voz de Changlong Zhu) le arrebata una maleta llena de billetes al chofer del Tío Liu, Lao Zhao (voz de Kai Cao), con la idea de pagarle una cirugía plástica a su novia. En el transcurso de la cinta, veremos pasar todo ese dinero de mano en mano, de las del joven enamorado Xiao a las de cierto excéntrico inventor, luego a las de la novia madura de él, de regreso a las de Xiao y así hasta finalizar los bien tramados 77 minutos de la cinta, en la que aparecen también un par de jóvenes motociclistas y el infaltable –por lo menos en este tipo de filmes- asesino profesional (casi) invencible.
A través de una animación tradicional hecha a mano, se nos presenta una China oscura, grisácea, deslavada, con personajes mal vestidos, con un perpetuo cigarrillo en los labios y un teléfono celular en la oreja. La bolsa llena de billetes con la efigie del líder comunista Mao es el perfecto McGuffin por el cual conocemos a este grupo de personajes a los que no les interesa más que el dinero, un mundo exterior añorado/idealizado –el estatus de tener una hija estudiando en Estados Unidos, el sueño de pagar una cirugía plástica en Corea del Sur- e iniciar una empresa a partir de una idea original y exitosa, cual deseando ser los Steve Jobs del Lejano Oriente.
Así pues, las digresiones típicamente tarantinescas –el monólogo del Tío Liu sobre sus recuerdos infantiles, una conversación en la que dos personajes discuten los poderes de Dios o Buda- se entrelazan con súbitos episodios violentos y estos con algún delirante interludio musical que bien podría provenir de alguna añeja película de propaganda maoísta. El resultado es una cinta que nunca deja de sorprender en su forma –con esa efectiva animación de corte realista- ni en su fondo -pues la historia pudo haber sido dirigida, con actores de carne y hueso, por el mismísimo Zhangké Jia.
Por el resultado visto en Hao Jile, habría que buscar la primera película de Jian Liu, realizada en 2010, y esperar que termine su tercer largometraje, también animado, que se encuentra en proceso de producción. Ánimas que no tarde siete años en entregarlo.

sábado, 2 de junio de 2018

Ariel 2018... en un vistazo



El próximo martes se entrega el Ariel 2018 y, como en años anteriores, he aquí la lista de todos los filmes nominados que he visto, en orden de preferencia, con ligas a críticas y/o comentarios:


Aquarius (Ídem, Brasil, 2015), de Kleber Mendonca Filho. (*** 1/2)

La libertad del diablo (México, 2017), de Everardo González. Mi crítica por acá. (***)

Tiempo compartido (México, 2017), de Sebastián Hoffman. (***)

La región salvaje (México-Francia-Dinamarca-Noruega-Alemania-Suiza, 2017), de Amat Escalante. Mi crítica aquí. (***)

Zama (Ídem, Argentina-Brasil-España-México-Francia-República Dominica-Holanda-Suiza-Portugal-Estados Unidos-Líbano, 2017), de Lucrecia Martel. (** 1/2)

Una mujer fantástica (Chile-Alemania-España-Estados Unidos, 2017), de Sebastián Lelio. Mi critica en Reforma. (** 1/2)

Ayúdame a pasar la noche (México, 2017), de José Ramón Chávez. Escribí unas lineas por acá, cuando la vi en Guadalajara 2017. (** 1/2)

Amor, nuestra prisión (México, 2017; 6 minutos), de Carolina Corral. (** 1/2)

Mamartuile (México, 2017; 13 minutos), de Alejandro Saevich. (** 1/2)

La muñeca tetona (México, 2017; 25 minutos), de Alexandro Aldrete y Diego Enrique Osorno. (**1/2)

El vigilante (México, 2016), de Diego Ros. Escribí unos párrafos por acá. (**)

Vuelven (México, 2017), de Issa López. (**)

El elegido (España-México, 2016), de Antonio Chavarrías. Escribí unas líneas aquí. (**)

Batallas íntimas (México, 2016), de Lucía Gajá. Escribí unas líneas por acá. (**)

Un exilio (Película familiar) (México, 2017), de Juan Francisco Urrusti. (**)

Plaza de la Soledad (México, 2016), de Maya Goded. Mi crítica en Reforma. (**)

Las hijas de Abril (México, 2017), de Michel Franco. Mi crítica en Reforma. (**)

Tamara y la Catarina (México-España, 2016), de Lucía Carreras. (**)

Cerulia (México, 2017; 13 minutos), de Sofía Carrillo. (**)

Artemio (México, 2017; 48 minutos), de Sandra Luz López Barroso. (**)

Última estación (México, 2017; 6 minutos), de Héctor Dávila. (**)

Oasis (México, 2017; 16 minutos), de Alejandro Zuno. (**)

Oso polar (México, 2017), de Marcelo Tobar. Escribí de ellas estas líneas cuando la vi en Morelia 2017. (* 3/4)

Los años azules (México, 2017), de Sofía Gómez-Córdova. (* 3/4)

La mujer del animal (Colombia, 2016), de Víctor Gaviria. (* 3/4)

Sueño en otro idioma (México-Holanda, 2017), de Ernesto Contreras. Acabo de escribir de ella por acá. (* 1/2)

El maíz en tiempos de guerra (México, 2016), de Alberto Cortés. Mi crítica por acá. (*1/2)

Los adioses (México, 2017), de Natalia Beristáin. (* 1/2)

Los crímenes de Mar del Norte (México, 2016), de José Buil. Escribí unas líneas por acá. (* 1/2)

Purasangre (México, 2016), de Noé Santillán-López. (*)

La habitación (México, 2016), de Natalia Beristáin, Carlos Bolado, Carlos Carrera, Ernesto Contreras, Daniel Giménez Cacho, Alfonso Pineda Ulloa, Alejandro Valle e Iván Ávila Dueñas. Mi crítica en Reforma. (*)

Alba (Ecuador-México-Grecia, 2016), de Ana Cristina Barragán. Escribí unas líneas por aquí. (*)

Retrato familiar (México, 2017; 20 minutos), de Sumié García. (*)

Nos faltan (México, 2016; 4 minutos), de Lucía Gajá y Emilio Ramos. (*)

Tecuani, hombre jaguar (México, 2017; 9 minutos), de Isis Ahumada y Nelson Aldape. (*)

Poliangular (México, 2017; 8 minutos), de Alexandra Castellanos. (-)

Libre de culpa (México, 2017; 20 minutos), de Mariana Arriaga y Santiago Arriaga. (-)

Mientras el lobo no está (México, 2016), de Joseph Hemsani. Escribí unas líneas por acá. (+)


miércoles, 30 de mayo de 2018

Aequitas: La palabra es la (in)justicia





Este ensayo fue publicado originalmente en Aequitas, la revista del poder judicial del estado de Sinaloa, número 7.


Hay una escena clave, al inicio de Leviatán (Leviafan, Rusia, 2014), cuarto largometraje del cineasta ruso Andrei Zvyagintsev (El regreso/2003, Elena/2011), en la que la justicia toma la palabra. O, mejor dicho, la injusticia es la que lo toma. Todo lo que vemos es perfectamente legal, por cierto, pero también ofensivamente injusto.


La ley tiene la palabra

El escenario es un pequeño juzgado en algún pueblito costero del Mar de Barents, en la Península de Kola, al noroeste de Rusia. La representación de la ley, del Estado ruso mismo, es una secretaria de juzgado que lee a mil por hora, sin titubear un instante, sin tartamudear un segundo, sin tomar aire, cierta resolución legal en la que Kolia (Aleksey Serebryakov), un huraño mecánico de pocas palabras y bruscas maneras, va a ser despojado de su propiedad, pues el abusivo alcalde del lugar, Vadim Shelevyat (Roman Madyanov, robándose cada escena en la que aparece), quiere esos terrenos para hacer un jugoso negocio.
La letanía legaloide dura varios minutos: al inicio desconcierta, luego irrita y finalmente provoca en el espectador la carcajada. Para ser francos, no recuerdo ningún antecedente similar. Es cierto que alguien podría citar la enrevesada defensa de Cantinflas en la escena del juicio de Ahí está el detalle (Bustillo Oro, 1940), pero en Leviatán estamos en otros terrenos y el tono, además, es muy distinto.
En la mejor comedia que protagonizara Cantinflas en toda su carrera, la palabra servía para escurrir el bulto: hablar mucho no solo para no decir nada, sino para terminar contagiando del sinsentido a todos los demás, es decir, al fiscal, al defensor, al propio juez. Al final de esa delirante escena en Ahí está el detalle, de todas maneras la justicia y la verdad terminaban imponiéndose.
En Leviatán, en contraste, la palabrería de la secretaria sí tiene sentido: todo está bien articulado, todo es indudablemente legal, todo se ha ejecutado conforme a derecho. Y, sin embargo, lo que prevalece al final de cuentas es la más grosera y desvergonzada injusticia.
En la Rusia de Leviatán la personificación de la ley es esa mujer-tarabilla que recita sin descanso todos los artículos y las disposiciones que han hecho posible el despojo que sufre Kolia en manos del borrachales alcalde Shelevyat quien, llegado el momento, no dudará un instante en intimidar a Kolia en su propia casa y, menos aún, en correr a golpes a cierto abogado citadino, Dmitriy Seleznyov (Vladimir Vdovichenkov), un antiguo compañero de armas de Kolia, quien ha llegado de Moscú en el papel de salvador.
El problema es que Dmitriy no representa ninguna solución y sí el agravamiento del problema. Además, el propio Kolia, su joven esposa apagada Lilya (Elena Lyadova) y el hijo adolescente de Kolia de un anterior matrimonio, Roman (Sergey Pokhodaev), tampoco se dejan salvar. A decir verdad, en este pesimista y oscuro filme de Zvyagintsev, Rusia misma no parece tener solución. Y si la ley, a través de la palabra recitada a la velocidad de la luz, es mera caricatura, la fe religiosa está peor representada: en la escena final, un sacerdote ortodoxo articula un largo sermón para consumo de las fuerzas vivas del lugar, para la gente de bien que siempre cae parada, para las personas decentes que conocen bien la ley y que pueden recitar artículos, fracciones y resolutivos legales sin pestañear.
Al pueblo llano, se entiende, solo le resta la amargura, el fracaso, el vodka y algún exabrupto genial, como esa secuencia en la que Kolia, Dmitriy y algunos más organizan un picnic en las afueras del pueblo, llevando carne para asar, cantidades industriales de alcohol y unos retratos de todos los líderes soviéticos –de Lenin a Yeltsin- para ser usados para el tiro al blanco. Cuando alguien le pregunta a quien trajo los cuadros si no hace falta el retrato de alguien más cercano en el tiempo –el de Putin, por supuesto, que adorna la oficina del abusivo alcalde-, el tipo responde, socarronamente, que “todavía no hay suficiente perspectiva histórica”. Zvyagintsev, es obvio, no come lumbre. Y viendo cómo se las gastan los juzgados en Rusia y cómo se aplica la ley por esos lares, ¿alguien puede culparlo?
El Leviatán pensado por Hobbes, ese imponente “dios mortal” que nos debe ayudar a sobrellevar nuestra triste vida “solitaria, pobre, brutal y corta” es, en la Rusia de Putin, un horrendo monstruo bíblico imposible de vencer. No solo tiene todo el poder posible: también tiene la palabra.




La ley y sus procedimientos

En Politist, Adjectiv (Rumania, 2009), segundo largometraje del cineasta rumano Corneliu Porumboiu (opera prima 12:08 al este de Bucarest/2006, ganadora de la Cámara de Oro en Cannes 2006), la palabra y lo que vale está, como en Leviatán, en el centro de la película, un thriller policial desprovisto de acción, pero no de inteligencia ni, mucho menos, de humor.
En la obra fílmica anterior y posterior de Porumboiu –en la hilarante 12:08 al este de Biucarest, en la minimalista película futbolera Al Doilea Joc/2014- aparecen las mismas constantes temáticas: un interés en el significado de palabras o conceptos, y una obsesión por saber de reglas y procedimientos, por más absurdos que estos sean.
Así pues, en 12:08 al este de Bucarest, la película nos muestra un ridículo programa de televisión en el que se discute la hora y el momento precisos en el que inició la Revolución por la que fue derrocado Ceausescu, mientras que Al Doilea Joc –un arriesgado experimento, inédito en México- el propio director Porumboiu y su padre, un antiguo árbitro retirado, ven la vieja grabación en VHS de un juego de futbol que  Porumboiu padre arbitró en 1988 entre dos equipos política y futbolísticamente importantes. 
Al Doilea Joc carece de puesta en imágenes: lo que vemos es el juego de futbol en tiempo real, con los comentarios “en off” del árbitro retirado y su impertinente hijo cineasta, quien interroga a su papá sobre el juego, el equipo, los jugadores, las reglas y cuándo y por qué debe marcarse un foul, cuándo se marca la ley de la ventaja o por qué en tal o cual momento el árbitro debe dejar pasar un foul para que el juego fluya mejor.
¿De dónde viene tal interés de Porumboiu por las palabras y su significado, por las reglas y los procedimientos? El ganador de Cannes lo ha dicho en varias entrevistas: el vivir en un régimen policial y autocrático como el de Ceausescu puede provocar, a la larga, que los ciudadanos dejen de creer en el significado auténtico de las palabras. Todo puede ser manipulado, re-interpretado, usado para el beneficio de quien tiene el poder. De quien tiene la palabra.



                                                                   La palabra es la ley

En Politist, Adjectiv, el protagonista es Cristi (Dragos Bucur), un agente policial treintañero delgado, desgarbado y con una perpetua barda de tres días. Parece más un vago que un detective de la policía de Vaslui -una pequeña ciudad al  norte de Bucarest, lugar de nacimiento del director Porumboiu-, pero su facha tiene sentido: si la chamba es seguir a un grupo de preparatorianos que fuman hachís, lo más lógico es parecer un vago cualquiera y no un policía.
Lo curioso es que cuando lo vemos llegar a la comisaría –una oficina policial auténtica, por cierto- nos damos cuenta que nadie, ni los demás policías ni las secretarías ni los oficiales, tienen una apostura adecuada. No parece policías de película. No lo son: no de película hollywoodense, en todo caso. Ni Politist, Adjectiv es un filme policial típico.
La tarea de Cristi es seguir a Víctor (Radu Costin), un muchacho que ha sido denunciado por su amigo Alex (Alexander Sabadac) de ser el proveedor del hachís que consume. Cristi desconfía de Alex, no solo por ser un soplón, sino porque en sus reportes no ha denunciado a una amiga de ambos que también consume la droga. Cristi le externa sus preocupaciones al procurador (Marian Ghenea): ¿no será que Víctor no es el proveedor de la droga y Alex lo ha denunciado solo porque le interesa la jovencita, amiga de ambos? Además, ¿para qué seguir con el caso? Por lo que ha visto Cristi, los tres muchachos no hacen más que fumarse su cigarrito de mota, no trafican, no delinquen, no son un peligro para la sociedad. Cristi acaba de llegar de su luna de miel en Praga y allá, le dice al Procurador, nadie es molestado por fumar mariguana. No tiene sentido arruinarle la vida a un chamaco –la pena sería de 7 años, 3 años y medio si se porta bien- por unos cuantos gramos de hachís.
El Procurador no quiere escuchar razones. La ley es la ley y en Rumania el consumo de drogas está prohibido, así como el tráfico, por más que el supuesto tráfico que se ha podido comprobar es de los cigarrillos que Víctor le ha pasado a Alex y a su amiguita. La obligación de Cristi es seguir la ley.
Porumboiu parece estar del lado de su policía liberal, cuya conciencia le dice que no debe detener a Víctor.  Pero algo sucede hacia la mitad de esta brillante, elocuente y provocadora slow-movie. Cierta noche, un cansado Cristi llega a su casa a cenar, y su mujer, Anca (Irina Saulescu), está escuchando una y otra vez en youtube cierta cursilísima canción pop. Cristi se sirve la cena mientras, al fondo, escuchamos la canción de marras en tiempo real. Cuando el agotado cuico ha terminado de comer, ya francamente exasperado, le pregunta a su mujer qué significa lo que dice la canción: ¿qué significa eso de “mar sin Sol”? Y cuando dice que la “vida va para adelante”, ¿a dónde tendría que ir?: ¡ni modo que para atrás!
Cristi es una persona práctica que no entiende metáforas ni, mucho menos, anáforas, que es la figura literaria usada en la canción, le dice su esposa, que es profesora de gramática. La discusión termina cuando ella le comenta, con seguridad intelectual, que hay una institución que se llama Academia Rumana de la Lengua, que es la que decide qué palabras son correctas y cuáles no. Y que, por cierto, acaba de leer su reporte final y que se le coló una falta de ortografía.
Esta larga escena está conectada con los minutos finales del filme en los que Cristi se enfrenta a un lector más estricto que su esposa. Durante toda la cinta, hemos visto cómo el policía le ha sacado la vuelta a encontrarse con su jefe, el Capitán Anghelache (el ubicuo Vlad Ivanov). En la escena del desenlace sabemos por qué.
Hasta este momento, Cristi ha sido nuestro héroe: un policía honesto, bien intencionado, liberal, que sabe que debe haber cosas más importantes en su trabajo que echarle a perder la vida a un chamaco por unos cuantos cigarrillos de hachís. Pero cuando se enfrenta al Capitán Anghelache, Cristi no encuentra la salida.
Angelhache no es el típico jefe policial gritón o abusivo. De hecho, el tipo no levanta la voz, habla con claridad, es articulado y argumenta con una lógica que resulta imbatible. Cuando Cristi le repite sus dudas sobre el caso de Víctor y le dice que su conciencia le dice que no debe detener a ese muchacho, el Capitán no suda ni se acongoja. Como un paciente –pero también muy estricto- profesor de gramática, le pide a su secretaria un diccionario y luego le solicita a Cristi que lea, en voz alta, las definiciones de “conciencia”, luego lo que significa “moral” y, finalmente, “ley”.
Cada vez que Cristi lee la definición respectiva, Angelhache lo interrumpe, repite lo que acaba de apuntar su subordinado, agrega algún comentario irónico, interroga implacablemente al joven policía y, poco a poco, lo va acorralando sin amenazarlo un instante, sin levantar nunca la voz. No necesita hacerlo: Algelhache tiene de su lado la autoridad, un diccionario y es, además, mucho más articulado, educado e inteligente que Cristi.
La escena se extiende durante 20 minutos –el clímax procedimental de este thriller policial atípico- y cuando termina nos queda claro quién ha ganado. Por más que el sentido común nos diga que Cristi tiene la razón, la lógica literal y literaria del Capitán ha sido imposible de desmontar. Angelhache es la ley porque conoce las palabras de las que está hecha, sabe decodificarlas y puede convencer a otros de que su interpretación es la correcta. Otra vez: quien es dueño de la palabra, es dueño del poder. Y de la (in)justicia.