martes, 19 de septiembre de 2017

Cuéntamela otra vez/XLV



Eso (Ed. Viking Press, 1986), la monumental novela de más de mil páginas de Stephen King, fue publicada en 1986 y no había pasado un lustro cuando fue llevada a la pantalla chica en una teleserie homónima, Eso (It, EU, 1990), dirigida por el artesano televisivo Tommy Lee Wallace.
La teleserie –que está disponible en Cinepolis Klic, por si alguien quiere revisarla- es un producto entretenido, pero fatalmente quebrado: trata de permanecer más o menos fiel a la estructura general de la novela (ubicada en dos escenarios temporales, los años cincuenta y los años ochenta del siglo pasado) al mismo tiempo que traiciona, inevitablemente, varios elementos claves de la historia escrita por Stephen King.
En un ensayo reciente publicado en The New Yorker, Joshua Rothman subraya con toda precisión el profundo sentido alegórico del texto de King –el mal enraizado en ese pueblito de Maine llamado Derry es casi cósmico y prácticamente invencible- al mismo tiempo que señala, perspicazmente, la cualidad meta-narrativa del libro, pues el protagonista infantil, Bill Denbrough (Jonathan Brendis) crecerá para convertirse en un afamado escritor (Richard Thomas) de novelas de horror, claro alter-ego del propio King. De hecho, Eso, la novela, se puede leer como una suerte de exploración del propio King sobre el origen de las propias historias de horror que él –o que Bill, pues- imagina.
La teleserie se concentra solo en lo primero, en la mera anécdota que da pie a la lectura alegórica ya mencionada. Es decir, me refiero a la presencia del “eso” del título, que cada 27 años regresa a Derry a alimentarse básicamente de sus pobladores, niños o adultos. “Eso”, que toma múltiples formas, entre ellas la de un payaso que se hace llamar Pennywise (Tim Curry), es la perfecta alegoría de todo lo podrido que esconde el American Dream al que aspiran los protagonistas, siete niños baby-boomers que son acechados por el abuso, la violencia, el racismo, la indolencia y la crueldad de los adultos.
Vencido por la unión de los sietes chamacos liderados por Bill, quien había perdido a su hermanito de seis años a manos del mismo “Eso”, Pennywise regresará 27 años después, cuando los siete miembros del “Club de los Perdedores” son cualquier cosa menos perdedores. De hecho, solo uno de ellos, Mike (Marlon Taylor), se ha quedado a vivir en el pueblo, pues los otros siete han triunfado en la vida: Bill es escritor, otro es arquitecto, aquel es dueño de una empresa de limusinas, este otro es un prestigiado contador y la única niña del grupo, Beverly (Emily Perkins) ha crecido (Annette O’Toole) para convertirse en una importante diseñadora de ropa.
Así pues, de regreso al olvidado Derry debido a cierto juramento infantil que apenas recuerdan, los siete amigos –en realidad solo seis- tendrán que enfrentar a sus propios miedos si quieren vencer de nuevo (¿pero nunca para siempre?) a Pennywise y detener así la plaga de asesinatos y desapariciones infantiles que han asolado al pueblo de nuevo.
La teleserie se deja ver sin mayor problema, sin duda, pero la adaptación escrita por el propio director en colaboración con Lawrence D. Cohen se concentra demasiado en el monstruo mismo y no lo suficiente en la fuerza alegórica de la historia, algo que la nueva versión, Eso (It, EU-Canadá, 2017, dirigida por el ascendente argentino Andy Muschietti (notable opera prima Mamá/2014) logra evitar con inteligencia.



El guion escrito por Cary Fukunaga, Chase Palmer y Gaby Dauberman, está centrado, en esta primera parte –todo parece indicar que habrá una secuela ubicada en nuestra época-, en el verano de fines de los años 80 en el que nuestros siete protagonistas se enfrentan a “Eso”. Al elegir esta estructura narrativa lineal, Muschietti y sus guionistas evitan los saltos temporales de la teleserie –y de la novela, de hecho- para concentrase en los niños, la interacción entre ellos y su relación con el mundo adulto que es el auténtico creador de “Eso”.
Los adultos en Eso no ayudan mucho o, incluso, son parte de la amenaza. Pueden ser indiferentes con sus hijos –el caso del protagonista, el tartamudo Billy (Jaeden Lieberher)-, pueden ser sobreprotectores y asfixiantes –la manipuladora mamá del hipocondriaco Eddie (Jack Dylan Grazer)-, pueden ser abusivos –el padre policía del patético bully del pueblo Henry (Nicholas Hamilton)-, pueden ser francamente incestuosos –el horrendo papá de Beverly (sensacional Sophia Lillis)- o no estar presentes –los padres fallecidos del continuamente perseguido, solo por ser negro y pobre, Mike (Chosen Jacobs).
Son ellos, los adultos, y todos los vicios que han dejado crecer en su interior –la indiferencia, la indolencia, la crueldad, el racismo, más lo que se acumule en la semana- lo que alimentan a “Eso”, lo que hacen que aparezca cada 27 años a quemar un orfanato, a hacer estallar alguna caldera o a propiciar una epidemia de asesinatos desde tiempos inmemoriales, desde la misma creación de Derry, cuyos fundadores desaparecieron sin dejar huella.
La metáfora contenida en la novela de King queda más que clara hacia el desenlace, cuando los siete “perdedores” deciden salvar a uno de ellos, en contra de los "racionales" consejos de “Eso” convertido en Pennywise (Bill Skarsgard, efectivamente siniestro y cabuleador). Para sobrevivir hay que voltear hacia otro lado, no dejar que lo malo que pasa alrededor te afecte, darle la espalda a quien necesita ayuda y, ¿por qué no?, hasta ser partícipe de la crueldad, del abuso, de la mentira.
Cuando llegamos hacia el desenlace de esta primera parte, el enfrentamiento de nuestros héroes y Pennywise se ha tornado en algo más que una entretenida –aunque algo oscura- aventura fantástica. La lucha contra “Eso” se ha convertido en un imperativo moral para estos siete niños “fracasados” y para el propio el espectador –o por lo menos para el espectador que ha escrito esto- que, a estas alturas de la historia, está atrapado por el carisma de los siete chamaquitos.
La elección de los siete protagonistas infantiles y la espléndida dirección de actores de Muschietti es el arma (no tan) secreta para el triunfo de esta película. Los siete chamacos sostienen sin mayor problema sus respectivas historias de amor –la torpeza del gordito Ben (Jeremy Ray Taylor) al conocer a Beverly es genuinamente conmovedora-, de horror –la relación de Beverly con su abusador papá-, de culpa –Bill y su búsqueda de expiación por la muerte de su hermanito Georgie (Jackson Robert Scott)-, de rebeldía –el falsamente enfermizo Eddie gritándole a su chantajista mamá-, de crecimiento –el adolescente negro Mike (Chosen Jabos) aprendiendo a enfrentar el odio racial, el serio judío Stan (Wyatt Oleff) lidiando con su paso religioso a la adultez- y hasta de humor –el chistosito Richie (Finn Wolfhand), con la boca más rápida del condado.
Es el rapport, pues, entre todos ellos lo que provoca que las más de dos horas de la película se vaya como agua y, más importante aún, lo que causa que uno esté interesado de verdad en los personajes y genuinamente emocionado en el desenlace. Y, también, que la metáfora de la novela de King dé en el blanco y más aún al haberse estrenado este fin de semana en un país en el que violan y matan a una muchacha y hay gente que voltea para otro lado, que dice que no pasa nada o, peor aún, que opina, dice y escribe que la víctima se lo merecía o que es, de alguna forma, culpable de su terrible fin. Pennywise estaría orgulloso de esta gente.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCL



Una segunda madre (Que Horas ela Volta?, Brasil, 2015), de Anna Muylaert. Vista hace más de dos años en Jerusalén 2015, por fin ha llegado a México -y en el circuito cultural de la Cineteca Nacional nada más- esta obra mayor en forma de (no tan) convencional melodrama. Estamos ante una capciosa exploración sobre las tensiones de casta y de clase en el Brasil contemporáneo a través de la historia de una criada que es "como de la familia" y de su rebelde hija que, ella sí, es su verdadera familia. De lo mejor que vi en el 2015. Por cierto, Muylaert ya dirigió otro espléndido melodrama anticonvencional, Mae Só Há Uma (2016) que, si tenemos suerte, podremos ver en algún cine mexicano por ahí del 2019.  (*** 1/2)

Made in Bangkok (México-Alemania-Tailandia, 2015), de Flavio Florencio. Esta opera prima del argentino radicado en México Florencio es una feel-good movie documental sobre Morgana Love, una carismática mujer transgénero que sueña con ganar un concurso de belleza para poder hacerse la operación con la que sueña. Morgana es, como su nombre lo dice, amor. Mi crítica en la sección Primera Fila del diario Reforma del viernes pasado. (* 1/2)

Eso (It, EU-Canadá, 2017), de Andy Muschietti. Contra todo pronóstico -bueno, a lo mejor nomás contra el mío- esta nueva adaptación de la monumental novela homónima de Stephen King es de lo mejor que se ha hecho en los últimos años basado en alguno de sus libros. El guion da en el blanco del centro alegórico de la novela de King, el reparto infantil está sensacional y, por desgracia, el mal cósmico que retratan el libro y la película no parece estar en Derry, Maine, sino en cada esquina, en cada noche, en cada taxi, de este país. Vista este fin de semana en el cine, Eso parece haber sido realizada teniendo en mente a México. ¡King, hermano/ya eres mexicano! Mi crítica in extenso, sobre la película y la fallida serie de televisión de los años 90, aquí mismo en los próximos días (***)

sábado, 16 de septiembre de 2017

En línea: Zulú



Una de las menos conocidas víctimas del macarthysmo en el Hollywood de los años cincuenta, fue el escritor, dramaturgo y cineasta sudafricano avecindado en Estados Unidos Cy Endfield, quien inició su carrera como guionista para luego trabajar como director de cortometrajes en la Metro-Goldwyn-Mayer.
Realizador inclinado en un inicio hacia el film-noir, Enfield dirigió a inicios de los cincuentas dos cintas claves del género, Un grito ahogado (1950) y El grito de la furia (1951). Sin embargo, identificado por el Comité de Asuntos Antinorteamericanos como simpatizante comunista, se vio obligado a huir de América. Durante los años 50 Endfield trabajó en la Gran Bretaña como guionista y cineasta, aunque en proyectos muy menores y siempre firmando con diferentes seudónimos (C. Raker, C. Raker Enfield, Hugh Baker) o de plano retirando su nombre de los créditos.
            Sin embargo, pasada la histeria anticomunista, Endfield logró volver a trabajar en proyectos personales y con más libertad, de hecho, que la que llegó a tener en Hollywood. Junto al actor británico Sir Stanley Baker –uno de los intérpretes favoritos de Joseph Losey, otro realizador estadounidense obligado a huir a la Gran Bretaña por las mismas razones-, Endfield fundó su propia compañía productora con la que levantó dos filmes muy exitosos de los 60: el trepidante filme bélico Zulú (Ídem, GB, 1964) y la excelente cinta de aventuras Las arenas del Kalahari (1965). Zulú, disponible insólitamente desde hace unos días en Netflix es, con mucho, la mejor de las dos cintas y, acaso, la obra maestra de Endfield.
1879: Natal, Sudafrica. Un grupo de soldados británicos –más exactamente, galeses- resguarda un hospital en una misión llamada Rourke’s Drift. Estos soldados, que no pasan de cien, tendrán que enfrentarse a cinco mil guerreros zulúes que pretenden arrasar con la misión y toda presencia europea.
            Zulú es uno de los mejores filmes bélicos que he visto. Más que una versión maniquea del asunto –nada de que los británicos son los buenos civilizados y los zulúes unos bárbaros malosos-, Endfield se da a la tarea de analizar con acuciosidad los dos frentes de batalla y las acciones y estrategias de los dos bandos, tan dignos de respeto uno como el otro. Endfield tiene tiempo, incluso, de detenerse en los soldados británicos para escudriñar en sus ideas, sentimientos, caracteres y pensamientos; en sus conceptos de heroísmo, de responsabilidad, de vida y de muerte.
            Dirigida con precisión milimétrica, Zulú es, acaso, la cinta bélica que cuenta con la mejor y más larga batalla en la historia del cine. La batalla en cuestión se extiende durante hora y media y, sin embargo, nunca deja de emocionar, conmover, asombrar. Oportunidad de oro de (re)descubrir este clásico desde la pantalla casera.

martes, 12 de septiembre de 2017

Atómica



El escenario es una sala de interrogatorio en Londres. Atrás del cristal, se encuentra el jefe del MI6 británico, apodado “C” y adentro de la sala hay una mesa, una grabadora y dos mandos que interrogan a una agente que acaba de llegar de una misión particularmente complicada en el Berlín de fines de 1989, cuando acaba de caer el muro que separaba a las dos Alemanias.
No, no se trata de una adaptación de alguna novela de John le Carré, aunque por el escenario (Berlín al final de la Guerra Fría), el nombre del jefe de espionaje –“C”, o sea, “Control”-, por el McGuffin que da pretexto a la acción (cierta lista de agentes occidentales que puede caer en manos de los soviéticos, la identidad de un topo en el interior del MI6) y hasta por la presencia de uno de los actores (Toby Jones) de la obra maestra basada en le Carré El espía que sabía demasiado (Alfredson, 2011), podríamos pensar que estamos ante alguna aventura del cerebral espía godinezco George Smiley.
Nada de eso. Atómica (Atomic Blonde, EU-Alemania-Suecia, 2017), opera prima oficial del coordinador de dobles convertido en cineasta David Leitch (co-dirección sin crédito de algunas escenas de John Wick: otro día para matar/Stahelsky/2014), tiene como necesarias a estas escenas-pausa en las que la súper-espía británica Lorraine Broughton (soberbia Charlize Theron) es interrogada por su jefe inmediato del MI6 (Toby Jones) y un aprontado jefe de la CIA (John Goodman). Mientras la cámara permanece en estas cuatro paredes, sí, es cierto, parece que estamos en el confuso y traicionero mundo de le Carré, solo que con la grandota, despampanante y atlética (plantosa, pues) Charlize Theron en lugar del grisáceo George Smiley en cualquiera de sus distintas pero memorables encarnaciones (James Mason, Alec Guiness, Gary Oldman).
Estas breves escenas-pausas –que sirven tanto como descanso que como mero excipiente narrativo- son los marcos para que Leitch, su competente equipo (fotógrafo Jonathan Sela, editora Elísabet Ronaldsdóttir, coordinador de dobles Sam Hargrave) y su carismática estrella (Miss Theron) nos ofrezcan una serie de ballets visuales/musicales/de-acción que quitan genuinamente el aliento.
El McGuffin ya citado –con todo y sus interminables vueltas de tuerca- pasan a segundo término cuando vemos, por ejemplo, a Miss Theron enfrentarse a una decena (¿o son más?) espías de la KGB en una interminable pelea que inicia en el interior de un edificio y que termina en las calles de Berlín. Se trata de más o menos cinco minutos de una toma única extendida –o eso parece, aunque juraría que hay por ahí algún corte al salir a la calle- ejecutada con un virtuosismo irrefutable por todo el equipo dirigido por Leitch.
Además de la experta puesta en imágenes de las escenas de acción y las peleas, hay una fisicalidad –perdón por el anglicismo- que casi se siente en cada corretiza, en cada puñetazo, en cada patada, en cada golpe bajo… Es como si el espíritu del primer Charles Bronson se hubiera apoderado del cuerpo de la bellísima Charlize Theron para convertirla en una implacable máquina de golpear todo lo que se mueva.
He aquí una coreografía de golpes convertida en una forma de las bellas artes. Y con Charlize en el centro de todo, más bella arte aún.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXLIX





Terror profundo (Open Water 3: Cage Dive, Australia, 2016), de Gerald Rascionato. La tercera iteración de la fórmula de un grupo de cristianos en medio del mar a merced de la inmensidad del océano y/o el hambre de unos enormes escualos está ubicada ahora en el sur de Australia. Lo mismo de siempre, con personajes aún menos agradables que los anteriores. Uno termina simpatizando con los tiburcios, que se ven imponentes en las tomas submarinas. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (+)

Kaili Blues (Ídem, China, 2015), de Bi Gan. Aunque demasiado enamorado de sí mismo y de sus recursos fílmico-visuales, el debutante Bi Gan demuestra aquí ser un cineasta listo para grandes proyectos. Estamos ante una suerte de relato de raigambre borgiana -mitad sueño, mitad recuerdos- en el que un médico de la Kaili del título, Sheng Chen (Yongzhong Chen) viaja a otro lugar de China -por tren, por moto, por moto, a pata- para rescatar a su pequeño sobrino, que fue mandando allá por su desobligado padre, hermano de Chen. 
El dominio de Gan de sus recursos cinematográficos es total: elegantes paneos todoabarcadores, manejo del impecable del encuadre con aparición de espejos fassbinderianos y un plano secuencia perfectamente coreografiado de más de 40 minutos que sería la envidia de Lubezki e Iñárritu. Acaso la cinta es demasiado elusiva en su historia, pero esto es más una característica que un defecto. (**)

jueves, 7 de septiembre de 2017

Grand Prix FIPRESCI 2017



Después del conteo de votos de 576 colegas de todo el mundo, la Federación de Prensa Cinematográfica (FIPRESCI) ha anunciado a la cinta ganadora del Grand Prix FIPRESCI 2017. Se trata de Toivon tuolla puollen (2017), el más reciente largometraje de Aki Kaurismäki, cinta con la que cineasta finés ganó el premio a Mejor Director en Berlín 2017.
La película de Kaurismäki venció a la ganadora del Oscar 2017 Luz de luna (2016), de Barry Jenkins, y a Trestol és lelekröl, cinta húngara de Ildikó Enyedi (2017), ganadora del Oso de Oro en Berlín 2017. Por cierto, fiel a mi costumbre, no voté por la cinta ganadora. De estas tres finalistas, mi voto fue para Luz de luna. Oh, bueno...

domingo, 3 de septiembre de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXLVIII




Viaje por la paz (The Journey, GB, 2016), de Nick Hamm. En el 2006, durante las pláticas de la paz de Irlanda del Norte, el radical unionista británico Ian Paisley (Timothy Spall) y el exterrorista ahora representante del Sinn Fein Martin McGuinness (Colm Meaney) se ven obligados a compartir un auto durante un trayecto por los caminos de Escocia. Básicamente un duelo actoral de primer nivel que vehicula un didáctico discurso político no exento de interés. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (* 1/2)

Juego del terror (Scare Campaign, Australia, 2016), de Cameron Cairnes y Colin Cairnes. El segundo largometraje de los hermanos Cairnes (opera prima 100 Bloody Acres/2012, no vista por mí) es un ingeniosa cinta de horror que, después de una vuelta de tuerca bastante previsible, se transforma en una efectiva slasher movie con asesino -o más bien, asesinos- sueltos.
El "Scare Campaign" del título original es un programa de televisión "de sustos" que va por su quinta temporada. Básicamente consiste en montar un escenario ad-hoc con multitud de cámaras escondidas para asustar al incauto elegido en cada programa. Haga usted de cuenta La risa en vacaciones pero de terror.
Sin embargo, la productora del programa, Vicki (Sigrid Thornton), está harta de "Scare Campaign": después de cinco temporadas la fórmula está agotada y más aún cuando un desconocido grupo de enmascarados están subiendo vídeos a la red en donde, aparentemente, están asesinando de verdad a sus víctimas. O sea, nada de sustos baratos: los "Masked Freaks" están matando cristianos -o eso parece. Por supuesto, Vicky no le puede pedir a su equipo que haga lo mismo, pero sí les exige que vayan "a otro nivel" -what-ever-that-means- en el último episodio de la quinta temporada como condición de aprobar la realización de una sexta.
Así pues, el entusiasta director Marcus (Ian Meadows) y su actriz protagónica Emm (Meegan Warner) pasan a montar el siguiente episodio, ubicado en un hospital psiquiátrico abandonado. Ahí llegará a trabajar como jardinero un tal Rohan (Josh Quong Tart) que, a las primeras de cambio, revelará que conoce bien el lugar porque trabajó ahí... ¿o será que ahí estuvo internado? Por supuesto, todas las cámaras, todos los actores, todo el equipo técnico está listo para darle el susto de su vida al tal Rohan aunque, en este caso, ¿quién será el que asusta a quién?
La vuelta de tuerca es previsible, pero he aquí que el guion escrito por los dos hermanos Cairnes logran darle otra vuelta más a la historia, convirtiendo esta sátira de los productos del horror y de su público (o sea, nosotros) en una muy efectiva slasher movie con una escena de horror gore -ya la verá usted- particularmente bien ejecutada.
El único problema es que esta película solo se exhibe en Cinemex y, por lo menos de acuerdo con la cartelera, todas las copias menos una están dobladas al español. Por lo tanto, a menos que usted tenga relativamente cerca el único cine en el que se exhibe la copia original en inglés, yo le recomendaría que se espere a verla en streaming. La única manera de combatir el doblaje es no consumiéndolo. (** 1/2)

La lección (Urok, Bulgaria-Grecia, 2014), de Kristina Grozeva y Peter Valchanov. Nade (Margita Gosheva) trabaja como profesora de inglés en alguna secundaria de un pequeño pueblo búlgaro y completa su escaso "chivo" trabajando como traductora para una compañía cuyo jefe siempre le promete que le pagará todo lo que le debe el martes -aunque nunca queda claro cuál martes será, específicamente.
 Cierto día, una de sus alumnas se queja que alguien le ha robado dinero de su mochila. Indignada,  Nade -que parece que es muy profesional, aunque poco simpática- le suelta un choro ético a todos sus alumnos, hace una revisión de cada una de las mochilas, vuelve a soltarles otro discurso y hasta le ofrece la oportunidad al ladrón de regresar el dinero anónimamente -lo cual, de forma previsible, no sucede.
En todo caso, Nade tiene otros problemas muchos más graves: su marido alcohólico y cero-a-la-izquierda Mladen (Ivan Barnev) no ha depositado las mensualidades de la hipoteca de la casa en el banco, así que su hogar puede ser subastado en los próximos tres días si no consigue el suficiente dinero para pagar todo lo que debe, más los infaltables intereses, por supuesto.
El guion, escrito por los propios cineastas debutantes en ficción Grozeva y Valchanov -porque juntos ya han dirigido un documental-, sigue los denodados esfuerzos de Nade por salvar su casa -que es el espacio en el que quiere ver crecer a su hijita- sin perder la dignidad frente a su padre -que le pide algo razonable (que ella no cumplirá) como única condición para prestarle el dinero- o frente a un siniestro prestamista (sensacional Stefan Denolyubov) que, llegado el momento, le solicitará una felación como primer abono.
La realización de la pareja Grozeva-Valchanov es impecable: la cinta avanza de forma trepidante mientras en el espectador va creciendo la sensación de impotencia o franco desespero. Inteligentemente, el guion nos presenta a una protagonista honesta pero con la que es difícil empatizar. Es claro que la situación en la que se encuentra ella nace, de hecho, de las propias decisiones que ha tomado. 
Por lo mismo, el desenlace resulta decepcionante: no solo por la forma en la que decide obtener el dinero que le falta -que pertenece más a una vuelta de tuerca cinematográfica que a la lógica del personaje- sino por el muy previsible epílogo. Y es que en este tipo de cine pareciera que no solo hay que castigar al honesto sino que hay que convertir en cómplice al espectador. 
Es una pena que el final no funcione tan bien como debería , pero se trata, de todas formas, de un notable debut en el cine de ficción de la pareja Grozeva-Valchanov. (** 1/2)

Atómica (Atomic Blonde, EU-Alemania-Suecia, 2017), de David Leitch. La opera prima del coordinador de dobles Leitch -y codirector sin crédito de algunas escenas de John Wick: Otro día para matar (Stahelski, 2014)- esta repleta de guiños y citas del mejor cine de espionaje posible -el basado en las novelas de Le Carré, además de El tercer hombre (Reed, 1949)- pero en realidad, si la película aguanta el palomazo, se debe a la convincente y soberana presencia de Charlize Theron y a varias escenas de golpes, patines y trompadas que ya quisieran Jason Bourne o el mismísimo Charles Bronson. Mi crítica, en esta semana en el blog. (**)

lunes, 28 de agosto de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXLVII



Verónica (México, 2017), de Carlos Algara y Alejandro Martínez Beltrán. La opera prima de The Visualistas -así aparecen en los créditos de la cinta- es un meritorio thriller psicológico deudor lo mismo de Bergman que de Polanski con una impecable puesta en imágenes. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (**)

En el nombre de mi hija (Au nom de ma fille, Francia-Alemania, 2016), de Vincent Garenq. Sólido thriller procedimental centrado en la búsqueda de justicia de parte de un padre que ha perdido a su hija. Mi crítica in extenso por acá. (**)

Mar (Argentina-Chile, 2014), de Dominga Sotomayor. El mar del título no es el océano -aunque la cinta fue filmada en Villa Gesell, Argentina- sino el nombre de cariño de Martín (Lisandro Rodríguez), un treintón que visita ese balneario acompañado de su pareja Eli (Vanina Montes). Los dos no tienen que mucho qué decirse y menos aún cuando aparece la extrovertida mamá de él (Andrea Strenitz) a poner las cosas patas pa'rriba en unos días que se suponían eran de descanso y reconciliación.
Como en su cinta anterior, la muy superior De jueves a domingo (2012), la película está centrada en la incomunicación de una pareja destinada al fracaso. La precisa cámara de Nicolás Ibieta mutila a sus personajes perpetuamente pasmados cuyas estólidas cuitas no terminan de cuajar dramáticamente. Por lo que ha dicho la cineasta, la película fue realizada en apenas ocho días y en ella dominó la improvisación. Y eso se nota. ( *3/4)

domingo, 27 de agosto de 2017

En el nombre de mi hija



Exhibida el año pasado en el 20º. Tour de Cine Francés, ha vuelto a la cartelera comercial En el nombre de mi hija (Au nom de ma fille, Francia-Alemania, 2016), cuarto largometraje de Vincent Garenq, un cineasta especializado en teleseries y filmes realizados para la televisión francesa.
En la pantalla grande, Garenq tiene otra especialidad: tres de sus cuatro largometrajes están basados en célebres casos reales. Así pues, Présumé coupable (2011) estaba centrado en el infierno legal que vivió un matrimonio cuando fue acusado, injustamente, de abuso sexual infantil; L’Enquête (2014) sigue los esfuerzos de un periodista por dar a conocer los tejes y manejes de una compañía financiera y los de un juez anticorrupción para que los culpables responsables paguen sus culpas; y, ahora, En el nombre de mi hija, la historia –escrita por el propio cineasta en colaboración con Julien Rappeneau- está basada en un caso criminal que se extendió durante casi treinta años y que involucró a los sistemas policiales y judiciales de Alemania, Francia y Austria.
El filme inicia en Mulhouse, Francia, en 2009. La policía entra al sitio en donde se encuentra un tal André Bamberski (Daniel Auteuil, impecable), quien es detenido, acusado de secuestro. El tipo, de edad avanzada, no parece sorprendido: no opone resistencia, no pierde la compostura, no levanta la voz. Parece como si estuviera satisfecho. Acaso, hasta orgulloso.
En corte directo y con un letrero explicativo de por medio, la edición de Valérie Deseine nos ubica ahora casi 30 años antes, en 1974, en Maruecos. Bamberski es un alto ejecutivo de una compañía francesa, está casado con la guapa Dany (Marie-Josée Croze) y tiene dos hijos pequeños: Kalinka y Pierre. Los Bamberski conocen al Dr. Dieter Krombach (Sebastian Koch) entre la comunidad francesa en Marruecos, quien tiene una hija que se convierte en la mejor amiga de Kalinka. Con la convivencia cotidiana, Krombach y Dany se vuelven algo más que amigos y, con el paso del tiempo, cuando Bamberski lo descubre, le pide el divorcio a su mujer.
Los años pasan y todo parece haberse estabilizado: Bamberski vive en Francia con sus hijos, mientras que Dany se ha casado con Krombach y vive en Alemania. En el verano de 1982, Kalinka y Pierre visitan a su madre y a su padrastro, y en esa visita una horrenda tragedia sucede. No quiero anotar aquí lo que pasa, por más que el propio título del filme lo indique: baste adelantar que después de ese acontecimiento, Garenq nos entrega una exasperante crónica procedimental de cómo pueden (dis)funcionar los sistemas judiciales europeos que, acaso de manera inevitable, están repletos de obstáculos burocráticos.
Lo que llama la atención de En el nombre de mi hija es que Garenq y su editora Deseine logran contar esta laberíntica historia en menos de 90 minutos, por lo que, sin espacios para digresión alguna y con un ritmo siempre cortante, mantienen al espectador en el borde de su asiento, atento a las vueltas de la fortuna que sufre Bamberski en busca de justicia.
Es cierto que la brevedad del filme evita profundizar en algunos de los personajes –especialmente en el antagonista, Krombach- pero, por otro lado, Garenq lo compensa al contar con Daniel Auteuil, quien dota a su personaje de una complejidad y una dignidad irrefutables.
                                                                         

viernes, 25 de agosto de 2017

Morelia 2017: Selección oficial






El día de hoy se dio a conocer la selección oficial para el quinceañero Festival de Morelia. Los resultados completos de la convocatoria están por acá y abajo los largometrajes elegidos en la sección documental (catorce) y ficción (siete).
Un par de comentarios al calce: ya he visto tres de los documentales -Bosque de niebla, Guerrero y El vendedor de orquídeas- y, como suele suceder con el cine documental mexicano (aunque el de Vigas es más venezolano en realidad), se trata de cintas valiosas. En cuanto a las siete películas de ficción, no he visto ninguna, pero hay que aplaudir que de las quince cintas seleccionadas el año pasado, el número bajo a la mitad. 
Me explico: no me da gusto que haya menos cine mexicano en Morelia; lo que aplaudo es la valentía del comité de selección. Si realmente solo hubo siete filmes mexicanos dignos de participar en la sección oficial competitiva, pues que sean siete y no diez ni quince, por tener que llegar a un número pre-establecido. 
Los filmes seleccionados son: 

Sección de Documental Mexicano

1. Artemio. Sandra Luz López
2. Bosque de niebla. Mónica Álvarez Franco
3. La compañía que guardas. Diego Gutiérrez
4. Guerrero. Ludovic Bonleux
5. No sucumbió la eternidad. Daniela Rea Gómez
6. Omar & Gloria. Jimmy Cohen
7. Potentiae. Javier Toscano
8. Regreso al origen. María José Glender
9. Rush Hour. Luciana Kaplan
10. Siempre andamos caminando. Dinazar Urbina Mata
11. Takeda. Yaasib Vázquez
12. Truenos de San Juan. Santiago Maza Stern
13. El vendedor de orquídeas. Lorenzo Vigas
14 .Witkin & Witkin. Trisha Ziff





Sección de Largometraje Mexicano

1. Los adioses. Natalia Beristáin
2. Ayer maravilla fui. Gabriel Mariño
3. Casa Caracol. Jean-Marc Rousseau Ruiz
4. Cuadros en la oscuridad. Paula Markovitch
5. The Drawer Boy. Arturo Pérez Torres
6. Oso polar. Marcelo Tobar
7. Sinvivir. Anaïs Pareto Onghena

miércoles, 23 de agosto de 2017

Annabelle 2: La creación



Éramos muchos y parió la abuela. En este siglo hollywoodense hemos tenido que lidiar con el Universo Cinematográfico de la Marvel (que es de Disney) con el Thorito y demás súper-héroes, con el Universo Extendido de los DC-Cómics de la casa Warner con Supermán y héroes que lo acompañan, con el Dark Universe de la Universal y sus monstruos clásicos como el vampiro o la momia, y el MonsterVerse de Warner-Legendary-Toho con sus monstruos gigantescos como Godzilla y King Kong.
Pues he aquí que ha aparecido ooooootro “universo cinematográfico” más: el Universo Cinematográfico del Conjuro. En efecto, a partir del impresionante éxito taquillero de la espléndida cinta de espantos El conjuro (Wan, 2013), centrada en el matrimonio Warren, expertos de lo oculto y luchadores contra las fuerzas demoníacas, las casas productoras Warner y New Line produjeron la efectiva secuela El conjuro 2: el caso Enfield (Wan, 2016), el spin-off Annabelle (Leonietti, 2014) -sobre una malévola muñeca depositaria de Satanás-, su inevitable secuela que se ha estrenado este fin de semana, Annabelle 2: La creación (Annabelle: Creation, EU, 2017) y, próximamente otro spin-off, The Nun (Hardy, 2018), en el que la protagonista será la monja satánica de El conjuro 2. Es decir, en cinco años se han hecho cinco películas y contando, pues está en planes una tercera parte de El conjuro.
Económicamente hablando, el Universo Cinematográfico del Conjuro ha sido un negocio redondo para Warner y New Line –las cintas de horror son relativamente baratas y la taquilla suele ser muy generosa con el horror- pero, si dejamos a lado el negocio, que no es tema de mi especialidad, ¿qué tal han resultado las películas?
Veamos. Es cierto que el díptico de El conjuro es muy superior en forma y fondo al spin-off y su secuela, pero también es cierto que tanto Annabelle como Annabelle 2 son entretenidas cintas de horror que explotan con bastante eficacia las convenciones de sus respectivas fórmulas. En el caso de la primera Annabelle, la premisa partía de una re-elaboración de los miedos y ansiedades de una mujer a punto de parir, con todo y saqueos/homenajes a la inalcanzable El bebé de Rosemary (Polanksi, 1968). Ahora, en la secuela, el escenario es una casa enorme y siniestra a la que llegan a vivir un grupo de niñas y jovencitas, fórmula tan manida que nuestro cine nacional tiene su propio clásico en Hasta el viento tiene miedo (Taboada, 1968).
El guion de Annabelle 2 escrito por Gary Dauberman cumple con el título del filme: no solo vemos la creación de la muñeca de marras –al inicio vemos cómo un artesano crea al siniestro juguete-, sino con el nacimiento de la propia maldad, es decir, de qué manera Annabelle, la muñeca, se convirtió en vehículo del demonio.
David F. Sandberg y su muy profesional equipo (el fotógrafo Maxime Alexandre, la diseñadora de producción Jennifer Spence, el músico Benjamin Wallfisch) nos entregan un filme de horror tan convencional como efectivo, con un magistral manejo del encuadre (esas figuras fuera de foco que aparecen en las esquinas), una experta iluminación de manchas (con la oscuridad como espacio del que esperamos salte el horror), un escenario de por sí terrorífico sin necesidad de muñeca alguna (esa casa enorme, vieja y oscura) y una música que al prevenirnos del susto nos está provocando uno de antemano.
Pero ya es hora de responder a la pregunta planteada: ¿qué tal ha resultado el Universo Cinematográfico del Conjuro? Bastante entretenido, diría yo. Y mejor, en promedio, que el de Marvel, ni se diga.

martes, 22 de agosto de 2017

11 (críticos) mexicanos dijeron...




Entre los 253 críticos de cine (y periodistas cinematográficos y programadores de festivales) de todo el mundo a quienes les pidieron su top-10 de la comedia en la historia del cine, hay once mexicanos (en orden alfabético: Arturo Aguilar, Aurélie Dupire -no se confunda: es más mexicana que el chile güero-, Erick Estrada, Adriana Fernández, Elena Fortes, Mauricio González Lara, Daniela Michel, Alejandra Musi, Fernanda Solórzano, Leonardo García-Tsao y acá su charro), así que como no tengo mucho negocio, me di a la tarea de revisar cómo habían votado mis diez colegas. 
El resultado, comparado con el top-10 final de los 253 críticos de todo el mundo, tiene similitudes naturales pero, nacionalidad obliga, también algunas muy saludables diferencias. Las cintas más votadas entre los once críticos mexicanos fueron:

1. Some Like It Hot (6 votos)

2. Annie Hall (5 votos)

3. Life of Brian
    Dr. Strangelove...
    The Big Lebowsky (4 votos)

4. His Girl Friday
    The General  (3 votos)
    
5. Groundhog Dog
    Airplane!
    Sherlock Jr. 
    Ahí está el detalle
    El esqueleto de la señora Morales
    Sullivan's Travels
    Duck Soup
    Tootsie          (2 votos)

Por acá puede buscar el top-10 individual de cada uno de nosotros. 

El evangelio de la comedia en la historia del cine




Hace tres meses la BBC contactó a 253 críticos de cine de 52 países para que enviáramos nuestras respectivas listas de las mejores diez comedias en la historia del cine. Los resultados completos están por acá y ¡spoiler! la película ganadora está en la imagen aquí arriba.

Mi lista, tal como la envié, acá abajo. En cuanto lo envié, me arrepentí: debí haber anotado Por meterse a redentor y, por supuesto, Dos tipos de cuidado

1. Luces de la ciudad (City Lights, Chaplin, 1931)

2. Sherlock Jr. (Keaton, 1924)

3. A Nous la Liberté (Clair, 1931)

4. Las vacaciones de Monsieur Hulot (Les vacances de Monsieur Hulot, Tati, 1953)

5. La vida de Brian (Life of Brian, Jones, 1979)

6. Dos extraños amantes (Annie Hall, Allen, 1977)

7. Amarcord (Fellini, 1973)

8. Terrible verdad (The Awful Truth, McCarey, 1937)

9. Ayuno de amor (His Girl Friday, Hawks, 1940)

10. Una Eva y dos Adanes (Some Like It Hot, Wilder, 1959) 

domingo, 20 de agosto de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXLVI




Aquí sigo (México-España, 2016), de Lorenzo Hagerman. El cineasta/fotógrafo/guionista/co-editor Hagerman, con el invaluable apoyo de un grupo de investigadores, visita varias partes del mundo (de un pueblito de Querétaro a las costas de Okinawa, pasando por Puerto Progreso, Barcelona, Cerdeña, Montreal y la selva costarricense) para conocer a una docena de ancianos centenarios (o casi) para que los ancianos y ancianas pasitas -aunque ya quisiera yo la energía de esos dones y esas doñas para un domingo- nos cuenten de sus recuerdos, sus amores y su secretos para rondar los cien años de edad. En el mejor sentido del término, un documental encantador. De lo mejor del cine nacional en lo que val del año. (** 1/2)

Sieranevada (Ídem, Rumania-Francia-Croacia-Macedonia-Bosnia y Herzegovina, 2016), de Cristi Puiu. Un maduro doctor rumano -que en realidad ya no ejerce sino vende productos médicos- visita a su familia en Bucarest para conmemorar a su papá, muerto recientemente. En esa tarde, mientras llega el sacerdote a bendecir la comida, la familia extendida entra en eternas discusiones de todo tipo -globales, nacionales, familiares, matrimoniales-, cual muestrario de la eterna crisis de la familia -de cualquier familia- y del país entero -de Rumania, pero bien podría ser México. Esta cinta de Puiu está expertamente realizada y la dirección de actores es impecable, pero la excesiva duración -¡173 minutos!- termina por exasperar. Por supuesto, acaso de esto se trataba, pero se les pasó la mano. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (* 3/4)

Annabelle 2: La creación (Annabelle: Creation, EU, 2017), de David F. Sandberg. La cuarta película del Universo Cinematográfico del Conjuro (sí, ya lo llaman así) es una convencional pero muy entretenida película de horror que nos presenta el origen de la muñeca satánica del título. Mi crítica in extenso el próximo martes en este blog. (*)

Café (México, 2014), de Hatuey Viveros. El segundo largometraje -aunque primero documental- de  Viveros -sensible y meritoria opera prima Mi Universo en Minúsculas (2011)- cumple con un requisito clásico de este modo de producción fílmica: documenta. En este caso, lo que documenta es la vida de una pequeña familia indígena que vive en Cuetzalan del Progreso, en la sierra norte de Puebla.
El papá ha fallecido sin ver a su hijo, Jorge Antonio Hernández Desión, graduarse de abogado y hasta con mención honorífica. Tampoco puede ver cómo su otra hija, Chayo, ha quedado embarazada, sin que quede muy claro que el muchacho el cuestión "le cumpla" como ella quiere. La cámara del propio Viveros ve lo que pasa frente a ella, sin intervenir en ningún momento de forma directa. No hay narración en off, no hay contextualización de datos en pantalla, no hay cabezas parlantes dirigiéndose a nosotros. Tampoco se necesita nada de esto, por cierto.
Viveros y su guionista Monika Revilla parecen tener una sola ambición: documentar la vida de esta familia rural que habla náhuatl, sus logros, sus trabajos, sus fiestas, sus decisiones...  Su ethos como tal, en el más amplio sentido del término: sus costumbres como parte de una comunidad y, al mismo tiempo, el caracter individual de cada uno de los miembros de la familia. El resultado nunca deja de ser interesante. (* 1/2)

Zeus (México, 2016), de Miguel Calderón. Vista en Morelia 2016, esta opera prima escrita por el propio cineasta nos presenta la vida de un nini sin oficio ni beneficio que vive con su castrante madre neurocirujana.
Joel (el escritor Daniel Saldaña París en su debut como actor) ya araña los 30 años y, fuera de hacerle los mandados a su mamá (ir a la tintorería, hacer el mandado, diseñar las presentaciones de su señora madre para algún congreso) no tiene otra vida más que ir a cazar con el Zeus del título: un imponente halcón que Joel quiere más que a sí mismo. O más bien, el pajarraco es una extensión deseada de sí mismo, pues en sus sueños -simbolazo obliga-, Joel ve cómo Zeus ataca a su madre o cómo, de plano, le hace el amor. 
Dicho de otra manera: madre e hijo comparten una relación enfermiza de mutua dependencia, aunque la (no tan) santa señora tiene en un vecino a su amante de planta y el propio Joel ve la oportunidad de crecer -o, bueno, solamente coger- cuando conoce a Ilse (sensacional Diana Sedano robándose cada escena), una secretaria buenota que parece estar encarnando a La Pelangocha del nuevo siglo.
Hay que decir que la cinta está hecha correctamente -es difícil que una película fotografiada en parte por María Secco se vea mal-, pero no tiene mucho qué ofrecer. (-)

viernes, 18 de agosto de 2017

El baúl: Dawn of the Dead



Ante la exhibición de Dawn of the Dead hoy en la Cineteca Nacional, me di a la tarea de rescatar del baúl de mis archivos este viejo texto publicado hace... ufff... no sé. Hace mucho tiempo. 


Diez años después de su histórica opera prima La noche de los muertos vivientes (1968), George A. Romero volvió al tema de los zombies con la secuela Dawn of the Dead (EU-Italia, 1978) que, inexplicablemente, nunca encontró distribución comercial en nuestro país. La historia, escrita por el propio Romero, es básicamente la misma (un pequeño grupo de seres humanos se protegen del ataque de una multitud de muertos vivientes que quieren comérselos), pero esta vez el tono ha dejado de ser dramático para inclinarse más hacia la sátira.
Si el primer filme exigía una lectura alegórica que nos mostraba a un microcosmos estadounidense dividido y enfrentado entre sí, cual réplica de los problemas sociales que vivió la Unión Americana durante los años sesenta, en la secuela vemos a un centenar de zombies deambular por un emblemático mall típicamente gringo pues, como dice uno de los seres humanos sobrevivientes “eso es lo que acostumbraban hacer cuando estaban vivos”. 
Así, la tardía continuación se instala rápidamente en los terrenos de la sátira social, con decenas de muertos vivientes caminando por los pasillos del centro comercial, con cuatro humanos encerrados en una enorme tienda y consumiendo todo lo que quieren (caviar, embutidos, licores, armas) sin que nadie se los impida y, finalmente, con una banda de motociclistas que entran a la fuerza al mall, provocando una orgía de sangre, balazos y canibalismo.
La película, filmada a colores –a diferencia de La noche..., que fue realizada en blanco y negro-, tiene el mismo aire semidocumental de la primera, con la cámara siempre en mano, con movimientos bruscos y poco elegantes, con los encuadres desordenados de un reportaje in situ, no de una película de ficción. En el terreno de los efectos especiales y el maquillaje, el maestro Tom Savini se hizo cargo de ese departamento, así que no faltan mutilaciones varias y momentos de gore desbocados (para la trivia, Savini participó en el filme como uno de los brutales motociclistas que toman por asalto el centro comercial).
Como de costumbre en el cine de Romero, en este, su sexto largometraje, no hay un solo actor reconocible entre los cuatro humanos y las decenas de zombies caníbales pues lo que le importa a Romero es contar su historia sin que nos estorbe la presencia de alguna estrella –por supuesto, otro motivo por el cual (casi) nunca aparece nadie importante en las cintas de este director es que Romero siempre ha trabajado con presupuestos relativamente modestos.
¿Dawn of the Dead es mejor que La noche de los muertos vivientes? Probablemente sí. Por supuesto, el impacto del primer filme es irrepetible, pero Dawn... muestra un cineasta más seguro, tanto en lo que quiere decir como en de qué manera decirlo. Acaso no solo sea la mejor película de la saga zombiesca de Romero sino es, seguramente, uno de sus filmes más logrados. 

jueves, 17 de agosto de 2017

Hazlo como hombre



Hacia el final de Hazlo como hombre (México-Chile, 2017), noveno largometraje –pero primero mexicano- del taquillero productor y cineasta chileno Nicolás López (exitosa trilogía chilena Qué pena tu vida/2010, Qué pena tu boda/2011 y Qué pena tu familia/2012, con remake mexicano Qué pena tu vida/Reyes/2016), el gay recién salido del clóset Santiago (Alfonso Dosal) se da cuenta que su novio chef multicultural Xavier Dolan, digo Julián Dolan (Ariel Levy), le pone los cuernos cada vez que va a Miami. Cuando Julián se da cuenta de la decepción en el rostro de Santiago, le dice, palabras más, palabras menos, que es “demasiado gay para ser heterosexual, pero demasiado heterosexual para ser un auténtico gay”. En otras palabras, Santiago es un gay modosito, del siglo pasado, demasiado recatado y no suficientemente retacado (perdón, no lo pude evitar: he visto demasiadas cintas albureras en los últimos meses, luego le platico por qué).
Esta escena que, por lo demás, tiene un pésimo chiste (-“Yo te advertí que era poliamoroso”, –“Ah, es que yo creía que eso significaba que tenías fijación sexual con los policías”), da en el clavo del tono de la cinta dirigida por López. Esta farsa no osa burlarse ni con el pétalo de una rosa de sus personajes gays –como sí lo hace toda buena comedia que aboga por la aceptación de lo queer, desde La jaula de las locas (Molinaro, 1978)-, pues elige mostrarlos tan idealizados y perfectos que, la verdad, resultan mortalmente aburridos.
Los dardos del guion escrito por el propio cineasta y Guillermo Amoedo están dirigidos, con toda justicia, al homofóbico, machista y farolón protagonista Raúl (Mauricio Ochmann) quien, cuando se da cuenta que su amigo de la infancia Santiago es gay, pasa por un laaaaaaargo proceso (o sea, por toda la méndiga película) de negación, ira, negociación, acomodo y aceptación de la “enfermedad” que tiene su amigo.
No he visto ninguna película anterior de López –aunque he leído que varias de ellas han impuesto marcas taquilleras en Chile-, pero Hazlo como hombre es un pésimo muestrario de sus aptitudes como cineasta y guionista. Si formalmente hablando la película es en el mejor de los casos funcional, la historia apenas puede nombrarse comedia: está lastrada por digresiones sin chiste –la cura de la homosexualidad por equinoterapia, por ejemplo-, diálogos inanes (creo que la mejor línea es cuando el siempre bienvenido Humberto Bustos subraya que las películas de súper-héroes son realmente muy gays) y running-gags penosos (hacer “la tortuguita” para bajar la ira) o más viejos que viajar a pie (el jabón caído bajo la regadera).
A quien peor le va, por cierto, es a Aislinn Derbez, quien interpreta a Nati, la novia despechada de Santiago, como una histérica desatada que habría que encerrarla en un manicomio. Las escenas en las que aparece la Derbez desaforada no son graciosas sino penosas, y más pena dan cuando uno se da cuenta que Hazlo como hombre es coproducida por la propia Derbez a través de su casa productora A Toda Madre Entertainment. ¿No habrá alguien que la aconseje? Pero, bueno, yo qué sé: la cinta, al momento de escribir estas líneas, es un irrebatible trancazo taquillero, como los que acostumbra hacer Nicolás López en Chile.