sábado, 9 de diciembre de 2017

En línea: Lady Macbeth



No sabía que existía Lady Macbeth (GB, 2016) hasta que la vi enlistada en el top-10 del2017 que dio a conocer el cineasta de culto John Waters. Me llamó la atención la forma en la que Waters la definió: la película que es todo lo opuesto a otra de las obras fílmicas del año, la sátira de horror ¡Huye! (Peele, 2017).
Después de haberla visto –Lady Macbeth se encuentra disponible en el servicio estadounidense de streaming de Amazon Prime, además de que ya está en DVD/BD de importación-, tengo que confirmar que Waters está en lo correcto: la opera prima del director teatral y operístico William Oldroyd no solo puede aparecer dignamente en cualquier lista de lo mejor de este año, sino que también es una perversa pieza de acompañamiento/contraste de la también opera prima dirigida por Jordan Peele.
El título adelanta el tema de la historia, pero no la ejecución de la misma ni, tampoco, el sentido político/alegórico que tiene el guion de Alice Birch, basado en el cuento ruso Lady Macbeth de Mtsensk (1865), de Nikolái Leskov, ya adaptado al cine en varias ocasiones, en una de ellas por Andrzej Wajda (Obsesión cruel/1962, no vista por mí) y también convertido en una ópera homónima escrita por Shostakovich y estrenada en 1934.
Birch ha movido el escenario de la historia de la Rusia original al norte de Inglaterra, aunque la época es la misma: 1865. La joven Lady Macbeth del título se llama en realidad Katherine (la veinteañera Florence Pugh, todo un descubrimiento) y la conocemos en la primera escena de la cinta, casándose, escondida tras un velo blanco. Katherine se ha casado con un tal Alexander Lester (Paul Hilton), un tipo que tiene nombre y dinero y que le dobla fácilmente la edad. El por qué se casó con ella es un misterio, pues no la toca en la noche de bodas –ni en las noches subsiguientes-, aunque él sí se toca a sí mismo. La realidad es que la muchacha fue adquirida, casi como si fuera una suerte de bono extra, cuando el hombre compró algún pedazo de tierra “que no sirve ni para criar una vaca”.
Katherine es un objeto más de los Lester, el hijo y su tiránico y anciano padre (Christopher Fairbank, formidable): sirve de adorno en alguna reunión en la amplía y fría casa, funciona como rotundo pedazo de carne para los desvíos onanistas de su marido, está inventariada como propiedad pues se le prohíbe salir de la casa, es vigilada por la criada negra Anna (Naomi Ackie) bajo las órdenes de los patrones…
Sin embargo, pronto queda claro que a Katherine no se le da bien eso de estar amarrada, como lo dice uno de los criados de la casa, el mulato Sebastian (Cosmo Jarvis), aunque refiriéndose a una perra a la que saca a pasear por los alrededores. Katherine demostrará, pues, que es tan inquieta como ese animal y, eso sí, mucho más peligroso.
La cámara de Ari Wegner toma de manera constante a Katherine en el centro del encuadre, dominando el escenario y, al mismo tiempo, siendo objetificada. Es de esta mirada, la de la cámara, la de nosotros, ante la que se rebela Katherine. Primero, entregándose al placer con el criado; luego, ante los violentos reproches de su suegro; después, ante el desprecio de su marido; finalmente, ante su condición de víctima natural a la que, de manera perversa, maquiavélica, cual Lady Macbeth shakespeariana, le da la vuelta en la secuencia final, usando tantos las armas femeninas como las sociales y raciales que tiene a su disposición.
¿Katherine es una heroína proto-feminista, un simple monstruo de maldad pura o, como lo dice Sebastian, “una enfermedad”? Pensándolo bien, ¿por qué no puede ser todo al mismo tiempo? 

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