domingo, 20 de agosto de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXLVI




Aquí sigo (México-España, 2016), de Lorenzo Hagerman. El cineasta/fotógrafo/guionista/co-editor Hagerman, con el invaluable apoyo de un grupo de investigadores, visita varias partes del mundo (de un pueblito de Querétaro a las costas de Okinawa, pasando por Puerto Progreso, Barcelona, Cerdeña, Montreal y la selva costarricense) para conocer a una docena de ancianos centenarios (o casi) para que los ancianos y ancianas pasitas -aunque ya quisiera yo la energía de esos dones y esas doñas para un domingo- nos cuenten de sus recuerdos, sus amores y su secretos para rondar los cien años de edad. En el mejor sentido del término, un documental encantador. De lo mejor del cine nacional en lo que val del año. (** 1/2)

Sieranevada (Ídem, Rumania-Francia-Croacia-Macedonia-Bosnia y Herzegovina, 2016), de Cristi Puiu. Un maduro doctor rumano -que en realidad ya no ejerce sino vende productos médicos- visita a su familia en Bucarest para conmemorar a su papá, muerto recientemente. En esa tarde, mientras llega el sacerdote a bendecir la comida, la familia extendida entra en eternas discusiones de todo tipo -globales, nacionales, familiares, matrimoniales-, cual muestrario de la eterna crisis de la familia -de cualquier familia- y del país entero -de Rumania, pero bien podría ser México. Esta cinta de Puiu está expertamente realizada y la dirección de actores es impecable, pero la excesiva duración -¡173 minutos!- termina por exasperar. Por supuesto, acaso de esto se trataba, pero se les pasó la mano. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (* 3/4)

Annabelle 2: La creación (Annabelle: Creation, EU, 2017), de David F. Sandberg. La cuarta película del Universo Cinematográfico del Conjuro (sí, ya lo llaman así) es una convencional pero muy entretenida película de horror que nos presenta el origen de la muñeca satánica del título. Mi crítica in extenso el próximo martes en este blog. (*)

Café (México, 2014), de Hatuey Viveros. El segundo largometraje -aunque primero documental- de  Viveros -sensible y meritoria opera prima Mi Universo en Minúsculas (2011)- cumple con un requisito clásico de este modo de producción fílmica: documenta. En este caso, lo que documenta es la vida de una pequeña familia indígena que vive en Cuetzalan del Progreso, en la sierra norte de Puebla.
El papá ha fallecido sin ver a su hijo, Jorge Antonio Hernández Desión, graduarse de abogado y hasta con mención honorífica. Tampoco puede ver cómo su otra hija, Chayo, ha quedado embarazada, sin que quede muy claro que el muchacho el cuestión "le cumpla" como ella quiere. La cámara del propio Viveros ve lo que pasa frente a ella, sin intervenir en ningún momento de forma directa. No hay narración en off, no hay contextualización de datos en pantalla, no hay cabezas parlantes dirigiéndose a nosotros. Tampoco se necesita nada de esto, por cierto.
Viveros y su guionista Monika Revilla parecen tener una sola ambición: documentar la vida de esta familia rural que habla náhuatl, sus logros, sus trabajos, sus fiestas, sus decisiones...  Su ethos como tal, en el más amplio sentido del término: sus costumbres como parte de una comunidad y, al mismo tiempo, el caracter individual de cada uno de los miembros de la familia. El resultado nunca deja de ser interesante. (* 1/2)

Zeus (México, 2016), de Miguel Calderón. Vista en Morelia 2016, esta opera prima escrita por el propio cineasta nos presenta la vida de un nini sin oficio ni beneficio que vive con su castrante madre neurocirujana.
Joel (el escritor Daniel Saldaña París en su debut como actor) ya araña los 30 años y, fuera de hacerle los mandados a su mamá (ir a la tintorería, hacer el mandado, diseñar las presentaciones de su señora madre para algún congreso) no tiene otra vida más que ir a cazar con el Zeus del título: un imponente halcón que Joel quiere más que a sí mismo. O más bien, el pajarraco es una extensión deseada de sí mismo, pues en sus sueños -simbolazo obliga-, Joel ve cómo Zeus ataca a su madre o cómo, de plano, le hace el amor. 
Dicho de otra manera: madre e hijo comparten una relación enfermiza de mutua dependencia, aunque la (no tan) santa señora tiene en un vecino a su amante de planta y el propio Joel ve la oportunidad de crecer -o, bueno, solamente coger- cuando conoce a Ilse (sensacional Diana Sedano robándose cada escena), una secretaria buenota que parece estar encarnando a La Pelangocha del nuevo siglo.
Hay que decir que la cinta está hecha correctamente -es difícil que una película fotografiada en parte por María Secco se vea mal-, pero no tiene mucho qué ofrecer. (-)

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