sábado, 21 de octubre de 2017

Morelia 2017: Cannes 2017/I



El quinceañero festival de Morelia -muy simpático el corto de presentación, por cierto- inició el viernes pasado con la première mundial de Coco (Ídem, EU, 2017), décimo-noveno largometraje de la casa Pixar. No voy a gastar espacio en el blog para escribir de ella, pues mi crítica aparecerá en la sección Primera Fila del Reforma el próximo viernes. Además, si escribo aquí de Coco, ¿luego de qué escribo?
Al día siguiente, en el primer día completo del festival, la primera función con público a la que entré justificó el viaje a la capital michoacana: se trata de Nelyubov (Rusia-Francia, 2017), el más reciente largometraje del infalible maestro ruso Andrey Zviagintsev, filme ganador del premio del jurado en Cannes 2017.
Una pareja a punto de divorciarse (Maryana Spivak y Aleksey Rozin, perfectamente despreciables) ponen en venta el departamento en el que viven. Ella es administradora en un salón de belleza, él trabaja en un corporativo de bienes raíces; los dos han empezado de una vez con su brava vida nueva futura: ella tiene un amante mayor que vive claramente en un estatus económico superior; él ha embarazado a una jovencita con la que ya casi vive de tiempo completo.
Zheny y Boris -así se llaman estos monstruos tan universalmente identificables- pelean por cualquier cosa, incluyendo la patria potestad de su único hijo de 12 años. El asunto es que no riñen para ver quién se queda con él sino, por el contrario, para tratar de enjaretarle el chamaco al otro. Hacia la mitad de la cinta la historia da un vuelco, pues el niño, enterado que sus padres lo ven como un estorbo, desaparece del departamento. Durante la siguiente hora veremos a estos mater y pater horribilis buscar a su hijo, apoyados por la policía y un profesional grupo de voluntarios.
Por supuesto, esta no una cinta hollywoodense, así que no espere usted que Boris y Zhenya se reconcilien: de hecho, sucede todo lo contrario. El nivel de animadversión y peleas -a veces de plano a golpes- aumenta con tal intensidad que, llegado el momento, el espectador tiene que empezar a reírse como último signo de defensa psicológica -de hecho, la película no carece de sentido del humor. Cierta visita de la pareja a la gorgónica madre de ella es una pieza maestra de la dramaturgia de la lucidez y lo desagradable.
Como de costumbre tratándose de Zvyagintsev, la película es inocultablemente rusa y, al mismo tiempo, universal: una cinta así podría haberse realizado en nuestro país, por ejemplo. Desde esta trinchera, de lo mejor del año.
No todo lo premiado en Cannes 2017 ha sido como Nelyubov. Para muestra, En la penumbra (Aus dem Nichts, Alemania-Francia, 2017) la más franca decepción de estos primeros días. La actriz alemana internacionalizada Diane Kruger -ganadora del premio a Mejor Actriz en Cannes 2017- interpreta a una mujer cuyo marido, de origen turco, y su hijito de seis años, mueren en un atentado terrorista ejecutado por una joven pareja matrimonial neonazi.
Los criminales son detenidos y durante la extensa segunda parte del filme -casi una hora- vemos el juicio de los supremacistas en un estilo visual cercano a cualquier telefilme gringo de juzgado. En la última parte, la más interesante, Kruger se transforma de mujer doliente a mujer de acción. 
Esto salva, hasta cierto punto, a la película de la ignominia total, pero debo decir que En la penumbra me gustó mucho cuando se llamó El vengador anónimo (Winner, 1974). Es cierto que Kruger está más guapa que Charles Bronson, lo acepto, pero a Bronson le creo más este tipo de papeles.
La tercera cinta presentada en Cannes 2017 y exhibida en Morelia es Good Time: Viviendo al límite (Good Time, EU, 2017), el más reciente largometraje de los hermanos Benny y Josh Safdie.
En los créditos finales de esta cinta -que ganó en Cannes 2017 un premio paralelo de mejor banda sonora- los directores agradecen a decenas de personas pero, en primer lugar, aparece el nombre de Martin Scorsese. En efecto: Good Time... sigue el energético espíritu del primer Marty, el de Calles peligrosas (1973), solo que el protagonista es una suerte de nueva versión del Johnny Boy de Robert de Niro mezclado con el torpísimo delincuente Woody Allen de Robó, huyó y lo pescaron (Allen, 1969).
Robert Pattinson -impresionante el rango interpretativo que demuestra en cada nuevo papel el otrora vampirito ñoño- es Connie Nikas, bienintencionado pero fallido protector de su hermano con leve retraso mental Nick (el co-director Benny Safdie), con quien planea y ejecuta un robo bancario que nos remite a cierto gag alleniano de la película ya referida, secuencia que termina como si los Safdie hubieran sido poseídos por los hermanos Coen de Educando a Arizona (1987).
La historia, escrita por Josh Safdie y Ronald Bronstein no deja descansar al espectador ni, mucho menos, a su personaje central, un Connie que posee una determinación digna de mejor causa pero difícilmente de una mejor película. La acción y la comedia están perfectamente imbricadas: la emoción se confunde con la carcajada cada vez que el Connie de Pattinson sale de un atolladero para meterse en otro aún más grande. Una obra mayor que merece, por lo menos, una revisión más. 

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