lunes, 21 de mayo de 2018

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXXV




El tercer asesinato (Sandome no satsujin, Japón, 2017), de Hirokazu Koreeda. El más reciente largometraje estrenado en México del maestro nipón Koreeda es una suerte de drama judicial que, sin renunciar por completo a la influencia temática proveniente de Ozu, se encamina esta vez a una historia que se conecta más con Kurosawa y su clásico Rashomon (1950). Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado.  (** 1/2)

Sunka Raku: alegría evanescente (México, 2015), de Hari Sama. El cuarto largometraje de Sama -y primer documental en su haber- terminó en mi lista de lo mejor del año del 2016. Se trata de una fascinante biopic sobre "el turco" Roberto Behar, que ha tenido una vida, por decir lo menos, bastante interesante.
Dividida en cuatro partes por las estaciones del año y con fragmentos animados responsabilidad de Pedro González "Zulu", Sama nos presenta la vida y obra de Behar, desafiante y hereje masturbador en su infancia/adolescencia -en "Invierno"-, músico ejecutante de clavecín en su precaria juventud parisina y criador de halcones de regreso a México -en "Primavera"-, exitoso publicista responsables de algunas de las campañas más famosas en nuestro país (el comercial de Martell, el "chaca-chaca" de Ariel, aquella del "vaso medio lleno y medio vacío", el del "rápido reforzado" con María Félix) que luego le pega la chifladura de hacer una casa japonesa del té en el cerro del Ajusco -en "Verano"-  y que, al final, en "Otoño", esté plenamente dedicado a la milenaria ceremonia del te, que organiza y lleva a cabo en su propia casa, con el propio Sama como muy serio acompañante.
La personalidad de Behar es el centro organizador de este filme, construido alrededor de su total apertura para compartir los traumas más personales, desde los abusos físicos y sexuales sufridos en su infancia hasta su compleja historia materna y familiar, pasando por algunos súbitos ataques de locura, heredados acaso de un abuelo suicida. 
Por lo aquí escrito no crea usted que estamos ante el  desnudamiento psicológico de un simple narcisista más: esta atípica biopic documental funciona, más bien, como la absorbente crónica existencial de un sobreviviente de sí mismo, alguien que nació en un mundo al que veía como enemigo y al que después terminó arrojándose en sus pasiones -la música, la cetrería-, en sus traiciones -la odiada publicidad- para, al final de cuentas, encontrarse con la alegría evanescente del título. Es decir, la construcción de "una casa donde esperas tranquilamente", un hogar vivo en el que Behar ha encontrado -no, mejor dicho: construido- un equilibrio que se busca y se quiere perfecto. Una película excepcional, acaso lo mejor que ha hecho Sama hasta el momento. (***)

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