domingo, 21 de enero de 2018

Todo lo demás



Todo lo demás (México, 2016), cuarto largometraje -primero de ficción- de la cineasta de origen sinaloense Natalia Almada (documentales Al otro lado/2005, El general/2009 y El velador/2011), fue presentada en Morelia 2016 en donde ganó una mención honorífica por su dirección y el premio a la Mejor Actriz, otorgado a Adriana Barraza.
Doña Flor (Adriana Barraza, en efecto, espléndida) es una burócrata que trabaja en el INE (en la película es el IME) tramitando la credencial para votar con fotografía. Seguimos la vida rutinaria de Doña Flor durante varios días, casi de forma inalterable: se levanta, se va al metro a su trabajo, se pinta los labios, se quita el exceso de carmín con un klínex, le hace las mismas preguntas a todos los ciudadanos, rechaza o no los papeles que le llevan, regresa a su casa en metro, le hace cariños a su única compañía -su gato Manuelito-, anota los nombres de las personas que atendió en algún libro por alguna razón desconocida, va a una alberca a ver a la gente nadar -ella, al parecer, le tiene fobia al agua-, cena alguna concha y se duerme... para levantarse al día siguiente y empezar todo de nuevo.
El catálogo del festival afirma que la cinta está inspirada en Hannah Arendt y su idea de que la burocracia es la peor forma de violencia. No dudo de esa inspiración -cada quien se inspira en lo que quiere, la verdad sea dicha-, pero es obvio que estamos ante una especie de versión nacional de la obra maestra de Chantal Akerman Jeanne Dielmann, 23, quai de commerce, 1080 Bruxelles (1975), solo que sin la contundencia de su desenlace. Es evidente que Almada quiere aburrir al respetable -como en su momento lo hizo concientemente Akerman- representando la vida vacía de esa mujer a la que no le pasa nada de nada, a no ser la muerte de su gato.
La fotografía de Lorenzo Hagerman es exquisita, Barraza está extraordinaria en un personaje que le demanda la mayor sutileza posible y el objetivo de Almada se cumple: uno se siente exasperado y aburrido hacia la primera parte del filme. El problema es que la cinta no pasa de ser un ejercicio de estilo que bien podría haber durado tres horas o cuarenta minutos: el loop vacío de la vida de Doña Flor seguramente se prolongará hasta el día que ella se jubile y, luego, muera. Un ejercicio estético notable, sin duda alguna, pero francamente estéril. 
Un último detalle: ¿y esa obsesión con los pies de la señora Barraza?: si no hay una decena de tomas de ellos, no hay ninguna.

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