Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXV



Good Time: Viviendo al límite (Good Time, EU, 2017), de Benny y Josh Safdie. En los créditos finales de esta cinta los hermanos Safdie agradecen a decenas de personas pero, en primer lugar, aparece el nombre de Martin Scorsese. En efecto: Good Time... sigue el energético espíritu del primer Marty, el de Calles peligrosas (1973), solo que el protagonista es una suerte de nueva versión del Johnny Boy de Robert de Niro mezclado con el torpísimo delincuente Woody Allen de Robó, huyó y lo pescaron (Allen, 1969).
Robert Pattinson es Connie Nikas, bienintencionado pero fallido protector de su hermano con leve retraso mental Nick (el co-director Benny Safdie), con quien planea y ejecuta un robo bancario que nos remite a cierto gag alleniano de la película ya referida, secuencia que termina como si los Safdie hubieran sido poseídos por los hermanos Coen de Educando a Arizona (1987).
La historia, escrita por Josh Safdie y Ronald Bronstein no deja descansar al espectador ni, mucho menos, a su personaje central, un Connie que posee una determinación digna de mejor causa pero difícilmente de una mejor película. La acción y la comedia están perfectamente imbricadas: la emoción se confunde con la carcajada cada vez que el Connie de Pattinson sale de un atolladero para meterse en otro aún más grande. (***)

Historia de fantasmas (Ghost Story, EU, 2017), de David Lowery. Inspirado por el cuento "La casa encantada" (1921), de Virginia Woolf, Lowery entrega una pequeña pero encantadora cinta sobre el amor, la vida, la muerte y la pérdida. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (***)

Soy héroe (I am a hero, Japón, 2015), de Shinsuke Sato. Sobre una manga -que, por supuesto, no he leído-, he aquí una efectiva cinta de zombis con todos los elementos clásicos en su lugar: un virus (el ZQN) que desata la epidemia, un Tokio que entra en caos de inmediato, un protagonista -el héroe del título- que termina cargando con una adolescente, la llegada a un refugio en donde hay humanos más peligrosos que los muertos vivientes y, por supuesto, la sangrienta confrontación final.
El director Sato maneja con efectividad todos los resortes del subgénero, la acción está bien montada -el momento en el que se desata el caos en las calles de Tokio es realmente notable- y el hecho de que buena parte de la cinta termine en un centro comercial sirve para remitir la historia a la inevitable Dawn of the Dead (Romero, 1978).
Un detalle interesante es que el protagonista -un apocado asistente de manga- es dueño de una enorme escopeta pero, a diferencia de cualquier personaje gringo en una situación similar, es incapaz de dispararla porque es muy respetuoso de la ley, por más que esta haya dejado de existir. Se entiende por qué ganó los premios de la audiencia en los festivales especializados de Sitges 2016, Fantasporto 2016 y SXSW 2016. (**)

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