domingo, 14 de enero de 2018

En línea: Nocturama



Nunca exhibida comercialmente en México, pero disponible en Netflix desde fines del año pasado, Nocturama (Ídem, Francia-Alemania-Bélgica, 2016), octavo largometraje del prácticamente desconocido en México Bertrand Bonello (L’Apollonide/2011, Saint Laurent/2014), se estrenó en París en julio de 2016, unos meses después de los atentados terroristas de noviembre de 2015 ocurridos en la propia Ciudad Luz.
El dato es pertinente porque, aunque la película había sido terminada cuando sucedieron los atentados, lo cierto es que, por la forma y el fondo del filme, Nocturama terminó siendo mucho más provocadora de lo que, probablemente, habría pretendido Bonello.
La cinta está claramente dividida en dos partes. Inicia a las 14:07 de cierto día con el seguimiento de una decena de jóvenes –el más chico tendrá 15 años, el más viejo no más de 30- que preparan lo que en su momento veremos como varios atentados terroristas simultáneos: una bomba estalla en una torre comercial, otra en un edificio de gobierno, un banquero es asesinado en su propia casa, una estatua de Juana de Arco es incendiada...
En esta primera parte, la cámara de Léo Hinstin sigue con frialdad procedimental cada paso que dan estos muchachos mientras que la precisa edición sin crédito –supongo que del propio cineasta- juega con los tiempos y las acciones, de tal forma que la narración avanza, retrocede, se mueve de forma paralela mostrando desde distintas perspectivas los atentados o aparecen flashbacks claves sobre cómo se conocieron y cómo empezaron a planear sus actos criminales.
Cuando termina esta primera sección, que funciona como un espléndido thriller, vemos a los terroristas llegar a un enorme centro comercial en donde se refugiarán durante la noche, mientras ven por televisores las consecuencias de sus crímenes, se prueban ropa de las mejores marcas, comen y beben lo que desean, escuchan la música de su preferencia y hasta uno de ellos interpreta vía fonomímica, maquillado y bajando soberanamente por las escaleras, “My Way”, en la versión de Shirley Bassey.
Por supuesto, esta segunda parte es la que causa mayor escozor, pero por lo mismo, resulta ser la más fascinante de la cinta. Provocadoramente (¿e irresponsablemente?), Bonello despoja de toda ideología clara a los terroristas. Es obvio que los muchachos no forman parte de una organización islámica y, por lo demás, el grupo es lo más diverso posible: hombre y mujeres, magrebíes y blancos, alguno de clase alta, otro de estrato más popular, un par de hermanos, una pareja de novios…
La misma policía los identifica rápidamente como “enemigos del Estado”, no terroristas, lo que hace aún más confusa la posición: ¿por qué hicieron lo que hicieron?, ¿qué buscan obtener?, ¿la destrucción por la destrucción misma?, ¿son anarquistas hípsters-chic de última generación? El nihilismo que mueve a estos muchachos los convierte no en los revolucionarios que acaso quieren ser (pero, otra vez, ¿eso quieren ser?), sino en lamentables zombis que, como en el irrebatible clásico Dawn of the Dead (Romero, 1978), ante la destrucción del mundo en el que habitan/vegetan, no tienen otro universo existencial más que meterse a un mall.
La cinta termina como inicia, con otro despliegue procedimental que no describiré aquí, pero que, como toda la película, resulta ser fascinante y repelente a la vez. La forma y el fondo de Nocturama no se funden, sino chocan una con otro en un desenlace que nos niega toda tranquilidad posible.

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