miércoles, 3 de enero de 2018

El evangelio del 2017... según Miguel Cane/XIV



Miguel Cane envió su top-10 del año, como sigue:


The Killing of a Sacred Deer (Giorgios Lanthimos)
La influencia de la tragedia griega en la segunda cinta en inglés de Lanthimos (Kynodontas, The Lobster) es palpable y funciona para contar una historia completamente surrealista e inquietante: los Murphy, Steven y Anna (espléndidos Colin Farrell y Nicole Kidman, que son un prodigio de contención, hablando él en telegramas y ella gritando en susurros), tienen un matrimonio convencional. Ambos son médicos, su posición es desahogada, sus hijos adolescentes no les dan grandes problemas y viven con buen gusto. Es la misteriosa relación que establece Steven con el joven Martin (Barry Keogh) que podrá devenir en una pesadilla sobrenatural. Lanthimos se aventura al parejo en los terrenos de Dario Argento e Ingmar Bergman y nos da un filme muy americano, acerca de los horrores que somos capaces de crearnos a nosotros mismos. En mi opinión, la mejor película del año.

Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve)
La belleza del filme que crea Villeneuve, más cercano a las obsesiones de Phillip K. Dick que al universo estilizado y arrogante de Scott, hace que trascienda el género y se muestre como una obra de arte que se mueve, que respira y nos envuelve. Ryan Gosling hace un espléndido trabajo como el Virgilio que nos guía a un infierno postmoderno, para encontrar en cada uno de sus círculos lo que nos conecta con su universo que causa una obsesión por volver para analizar su arte y sus ritmos. Definitivamente soy de aquellos que opinan que esta cinta es superior (en guión, por decir lo menos, ya que sería injusto comparar la tecnología de efectos visuales) a la de 1982. Por mucho (y hace que uno tiemble de anticipación al pensar en lo que hará con el Dune creado por Frank Herbert).

My Cousin Rachel (Roger Michell)
Michell es lo que se conoce como un ‘journeyman director’. No es un ‘autor’; lo mismo hace películas de encargo que, cuando puede, proyectos personales, pero siempre de primera clase. Valga recordar Notting Hill (una de las más sólidas comedias románticas de los 90, que ha envejecido con gracia) o su inquietante y demoledora The Mother (con una incendiaria Anne Reid). Aquí, precisamente, rinde homenaje a su madre, al tomar su novela favorita de Daphne DuMaurier -gran narradora injustamente descalificada como ‘autora light’-, que ya había tenido una sólida versión de estudio en 1952 (con Santa Olivia DeHavilland, no less), para convertirla en un filme de suspenso romántico que es más fiel a la ansiedad de descubrir el misterio, que a la de amar. Rachel Wesiz está monumental como el personaje titular, una enigmática viuda, y Sam Claflin correcto como el hombre que por partes iguales, la desea, le teme, la odia y la adora. Claflin no está, naturalmente, a la altura del joven Richard Burton, y está bien. Aquí el personaje de interés siempre será Rachel, aún si aparece hasta 20 minutos después de comenzada la cinta: la mujer vestida de negro, en cuya mirada se refleja la intención que el espectador debe descubrir. Michell juega con las ambigüedades de Lady Daphne para crear tensión y lo consigue. Esta película se siente antigua, y es deliberado. Ya no las hacen así.

Joan Didion. The Center Will Not Hold (Griffin Dunne)
Retrato de una mujer de letras que ha sobrevivido prácticamente dos veces al peor de los infortunios, frente a cuyos ojos desfiló el zeitgeist de una época y que consiguiera convertirse en una leyenda aún estando viva. Joan Didion (1931) es una de las escritoras estadounidenses más relevantes de la época contemporánea: sus novelas y ensayos han influenciado a decenas de escritores, desde Bret Easton Ellis hasta José Saramago. Delicada, inteligente, controlada, intensa, la mujer es captada con amoroso esmero por su sobrino político, Griffin, que trata a su personaje con respeto, con ternura, pero también con un ojo crítico. Hacer un documental sobre un escritor —especialmente alguien tan idiosincrásico como lo es Didion — es muy difícil, sin embargo, este queda libre de pretensiones para convertirse en un asomo muy emotivo a una gran voz de su tiempo.

The Shape of Water (Guillermo Del Toro)
Esta es la Gravity de Del Toro; una historia sencilla, de pocos personajes, ambientada como si fuera un cuento de hadas —a la El laberinto del fauno — en otra época, en una ciudad que solo existe en las películas. Sally Hawkins es una antorcha incandescente;  se atreve, se lanza, se entrega (literalmente) y da una interpretación que trasciende cualquier trampa de género. Del Toro demuestra que es mucho más que una máquina para masturbar fanboys de adolescencia intelectual perenne y crea, con una construcción primorosa, un filme por turnos tierno y hermoso, como brutal y devastador, todo sin perder en ningún momento la sutileza. No todo el mundo podrá apreciarla, pero Del Toro esta vez no se rinde a las presiones de un estudio (La Fox, que extrañamente le dio carta blanca para crear lo que básicamente es un estudio de personajes con rituales de cortejo y apareamiento interespecie), como lo tuvo que hacer con Crimson Peak, que tuvo ese clímax tan fraudulento, para precisamente satisfacer a los fanboys que esperaban chingadazos como en su película esa de los monstruos vs los robototes. Aquí no cede: cuenta una magnífica historia, y si al salir no se siente conmovido, es que se trata de un fanboy o no tiene alma en el cuerpo.

Los Adioses (Natalia Beristáin)
Cinco años después de su espléndido debut con No quiero dormir sola, Beristáin vuelve y toma un elemento muy común —y hoy muy de moda— en el llamado ‘cine de mujeres’: la biopic… solo que Los adioses no es una una cosa de esas al uso; de hecho, se trata (en la misma vena psicológica del docudrama, de uno de los fragmentos de Las Horas de Daldry) de una intrigante y cautivadora mirada a una serie de pasajes imaginados en la vida de Rosario Castellanos, la escritora chiapaneca que fue nuestra más prominente mujer de letras en la década de los 50 y 60, que en 1974 tuvo un desenlace tan absurdo, que parecería escrito por David Lynch. Como Castellanos, la Gidi está exquisitamente vestida y modulada, su trabajo es una interpretación lo mismo naturalista que lírica: Rosario la mujer de carne y sangre vs. Rosario la ninfa poética. Beristáin se mueve con soltura, con la seguridad que da lo aprendido: su película es cine de mujeres, sí, pero no está vedado a los hombres. Es un filme muy humano y abierto a la mirada del espectador.

Call Me By Your Name (Luca Guadagnino)
Todas las modernillas de Condesa juran que esta película es sobre ellos. Not so, pero se entiende: la novela de André Aciman (adaptada con presteza por James Ivory, el de Merchant-Ivory) es un trabajo hermoso. El filme de Guadagnino no lo es menos (para eso, finalmente, es le creador de Io Sino L’Amore). Timothée Chalamet es el ídolo de la generación Grindr, con su interpretación sencilla de un joven que investiga las opciones de su sexualidad en el ardiente verano de 1983 en una Italia apenas liberada de las Brigadas Rojas. Armie Hammer demuestra que no es solo un inepto objeto de ornato, y da suficiente sustancia a su personaje, revaluando el concepto que de él se tenía. Hay amor, hay sexo, hay Psychedelic Furs. Y una sensación de nostalgia bonita y lograda. Bertolucci lo hizo mejor con Liv Tyler en Stealing Beauty (1996), pero el coming-of-age a la italiana es un subgénero sabrosón. Este es el mejor ejemplo en memoria reciente y hecho con primor. Lástima que la sobrevaloración de sus fans le de en la madre al perder la objetividad sobre ella.

Vuelven (Issa López)
López armó oficio haciendo sucedáneos de productos estadounidenses (¿recuerdan esa abyecta Casi divas?), pero aquí se suelta el pelo para crear una fábula gótica ambientada en el México Bárbaro del PostNarco y los Desaparecidos. Estrella es una pequeña que se une a una tribu de fugitivos infantiles que han hecho de la calle, su bosque encantado. Huye de la violencia, del peligro y de un horror sobrenatural conjurado en la inocencia. El estilo de López se torna deslumbrante y cuenta su historia de manera magistral. Tenoch Huerta demuestra, de nuevo, que es el mejor actor mexicano en cine hoy en día.

Wonder Woman (Patty Jenkins)
Es la mejor película de superhéroes que se ha hecho en los últimos cinco años. Gal Gadot, en contra de todo pronóstico, emula a lo que en su tiempo fueron la Liz Taylor o Ava Gardner -no será una gran actriz,  ni de lejos, pero hay que ver qué presencia tan carismática- y llena la pantalla. Patty Jenkins trabaja con humor, con química y libertad (se trataba, finalmente, de un personaje que no sabían cómo vender) y el resultado es realmente icónico y logró esquivar el sexismo y misoginia inherentes del fanboy.

Okja (Bong Joon-Ho)
Fabulita ecológica sazonada con elevadas y muy sanas dosis de sarcasmo y cinismo corporativo. Bong (Snowpiercer) se divierte y en complicidad con no una, sino dos Tilda Swinton (¿qué puede ser mejor?) nos pierde en un mágico mundo de color (¿A quién se le ocurriría poner Annie’s Song de John Denver, rola cursi por excelencia, para acompañar como banda sonora una escena de destrucción?) y crueldad. No es para todos los gustos, pero definitivamente es un espectáculo que debe verse. Que su resolución se de precisamente mediante una transacción de lo mismo que satiriza es el último giro delicioso de ironía que hace que sea una película poco común: una comedia negra para el público pensante.

Menciones honoríficas:

Little Big Lies (Jean-Marc Vallée)
La soap opera suburbana convertida en estudio psicológico del ama de casa postmoderna: sexo, maternidad, obligaciones para con los demás y una misma: dinero, ansiedad, el sentido de la vida, solidaridad, perversiones, obsesiones. Todo junto y de un jalón. La Kidman encabeza un reparto sólido de mujeres en el que destaca Laura Dern robándose cada escena que puede (“THANK YOUUUUUUUUUUU!”). Serie astuta, bien adaptada de la novela engañosamente lite de Liane Moriarty, en la que vemos en siete episodios desarrollarse una trama que fusiona los lenguajes de cine y TV de modo brillante. Se promete segunda temporada: ojalá no, ya que este ejercicio, tal como se ve, es perfecto.

Twin Peaks (David Lynch)

Si Lynch dice que es una película en 18 episodios, ¿quién soy yo para renegarle? Siempre es maravilloso ver a Laura Palmer. Siempre es lindo asomarse a la cabeza de Lynch. Siempre será maravilloso que alguien se atreva a tomar el medio y hacer algo completamente distinto con él. El capítulo 8 debe ser la cosa más indescriptible que haya visto nunca. 

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