martes, 3 de abril de 2018

Ready Player One: Comienza el juego



Hacia el final de Ready Player One: Comienza el juego (Ready Player One, EU, 2018), el más reciente largometraje de un Steve Spielberg de apenas 71 primaveras, la conciencia viva del genio-magnate semi-autista James Halliday (Mark Rylance, cual Willy Wonka stevejobsiano) le dice a su único heredero -en más de un sentido- Wade Watts (Tye Sheridan) que, aunque nunca le ha encantado la realidad, "es el único lugar en el que se puede conseguir una comida decente".
Parece contradictorio que el creador de OASIS, la plataforma de realidad virtual en la que el planeta entero vive en el año 2045 le diga a su joven discípulo -el hijo que nunca tuvo- que la realidad no es tan mala y que pasar todo el tiempo en un mundo virtual no puede ser una buena elección de vida. Más contradictorio aún cuando la película que estamos viendo es dirigida por Spielberg, el más virtuoso y entusiasta creador de espectáculos escapistas de los últimos 40 años.
Pero es en esta insalvable contradicción en donde recae la grandeza del trigésimo-primer largometraje spielbergiano: aunque es cierto que no es tan raro que el director de E.T., el extraterrestre (1982) rechace la fantasía para tratar temas "serios", sean raciales y de género (El color púrpura/1985), históricos (La lista de Schindler/1993, Amistad/1997, Rescatando al soldado Ryan/1998, Munich/2005, Lincoln/2012) o políticos (Puente de espías/2015, The Post: los oscuros secretos del Pentágono/2017), la verdad es que el sello autoral spielbergiano está marcado, en el imaginario popular cinéfilo, por el perfeccionamiento del cine hollywoodense más escapista, es decir, en la creación de pesadillas tiburonescas o dinosáuricas, en la invención de mundos futuros utópicos/distópicos, en el constante asombro infantil de ver hacia el cielo, en la indeclinable voluntad de entretener a toda costa y pésele a quien le pese.
Es este impulso el que guía a Spielberg en Ready Player One, un espectáculo visual tan apabullante como gozoso que no le da tregua al espectador en su ininterrumpida sucesión de aventuras, sea en el distópico mundo real del Columbus, Ohio del 2045, sea en el universo paralelo de realidad virtual OASIS, en donde todo ser humano puede ser quien sea, tener el rostro que quiera, poseer la fuerza de un súper-héroe o convertirse en El gigante de hierro (Bird, 1999) auténtico.
El guion, basado en el bestseller homónimo escrito por Ernest Cline y adaptado por él mismo y Zak Penn -coargumentista de El último gran héroe (McTiernan, 1993), una cinta precursora en muchos aspectos de Ready Player One-, es muy simple. En una sociedad relativamente cercana en el tiempo, la humanidad sobrevive como puede en el mundo real, pero se evade todo el tiempo hacia OASIS, una idílica plataforma de realidad virtual creada por el excéntrico genio James Halliday, quien al morir dejó un reto para quien quisiera tomarlo: el primer jugador de OASIS que logre tener ciertas tres llaves mágicas será el heredero universal de toda la fortuna de Halliday y, por añadidura, el dueño absoluto de OASIS. El soñador jovencito Wade Watts, obsesivo especialista en la vida de Halliday, es uno de los muchos competidores, bajo su avatar/anime Perzival. El inevitable villano es Nolan Sorrento (Ben Mendelsohn), un antiguo asistente de Halliday y cabeza de la maléfica compañía Innovative Online Industries, que quiere hacerse del control de OASIS para apoderarse por completo de la humanidad, tanto en el mundo real como en el virtual.
OASIS es un inabarcable paraíso referencial de la cultura pop y cinéfila, anclado en los años ochenta y mirando siempre hacia atrás. Creado por Halliday, fanático de la década en la que creció, el mundo virtual de OASIS  en el que se mueve Perzival está plagado de guiños musicales inevitables (Duran Duran, Michael Jackson, Van Halen, Prince) y entrañables saqueos al cine de esos años, desde Volver al futuro (Zemeckis, 1985) hasta Chucky, el muñeco diabólico (Holland, 1988), pasando por el cine adolescente de John Hughes y la obra mayor kubrickiana El resplandor (1980), a la que se le hace un extendido homenaje en una de las mejores secuencias de la cinta. Pero Halliday (y Spielberg, claro está), como todo buen chamaco que creció pegado a la televisión y al cine, se alimentó también de los clásicos, así que en OASIS, tanto sus héroes como sus villanos, saben citar lo mismo a Capra que a Welles, y conocen a King Kong, Mechagodzilla o, faltaba más, el T-Rex de Parque jurásico (Spielberg, 1993).
Pero más allá de la compulsión spielbergiana por el entretenimiento puro y más allá de toda la avalancha interminable de referencias culteranas pop, está el centro argumental, fascinante por lo contradictorio, de Ready Player One. Wade/Perzival y sus grupo de amigos (los High Five, que incluye a su rebelde enamorada Art3mis, interpretada por Olivia Cooke) quieren evitar que el maléfico capitalista Sorrento se haga de OASIS, con el objetivo de respetar el idealismo creativo y emprendedor del benefactor capitalista fallecido Halliday. Mientras Sorrento busca apoderarse del mundo virtual para terminar de esclavizar a la humanidad entera, los High Five de Wade/Perzival quieren conservar el mundo fantástico en el que son tan felices y completos, aunque luego lo apaguen martes y jueves para volver a la realidad, que puede muy ser decepcionante, pero que sigue siendo"el único lugar en donde se puede conseguir una comida decente".
Ignoro si esta frase aparece como tal en la novela de Cline, pero este consejo de no olvidar la realidad, por más dura que esta sea, proviene de una de las preocupaciones centrales en la obra de un cineasta contemporáneo de Spielberg, con el que nunca había cruzado caminos temáticos, hasta este momento. Me refiero a Woody Allen, de donde proviene la cita casi exacta ("Cloquet odiaba la realidad, pero se dio cuenta que era el único lugar en donde se puede comer un buen bistec", del cuento "The Condemned", 1977) y que el propio cineasta neoyorkino ha usado en varios de sus filmes, sea con algunas variantes verbales, sea como la idea central de alguna película.
Por supuesto, hay una diferencia importante: por ejemplo, en la obra maestra alleniana La Rosa Púrpura del Cairo (Allen, 1985), la protagonista, enamorada de un perfecto galán cinematográfico salido literalmente de la pantalla, termina eligiendo la realidad -es decir, el actor real sobre el personaje ficticio- porque es lo sensato, porque es lo racional, porque es lo que cualquier persona madura haría. Sin embargo, la realidad golpea duro, traiciona, aniquila: la ingenua heroína es abandonada por el hombre real, dejada a su suerte y perdida en una sala de cine, maravillada frente al espectáculo de ver bailar a Ginger y a Fred. Para Allen, el eterno pesimista, el escape de la realidad a través de la religión, la magia, el arte, la música y, por supuesto, el cine, es una necesidad humana fundamental: necesitamos engañarnos a nosotros mismos, aunque sea a ratos, para seguir viviendo. 
Spielberg, el eterno optimista, tiene otra idea muy diferente: hace el pastel y quiere comérselo. Nos entrega un regocijante espectáculo escapista como solo él sabe hacerlo, nos empuja aviesamente a perdernos en él y, al final, como no queriendo la cosa, nos advierte que demasiado escapismo es malo. 
El problema es que cuando el espectáculo escapista lo hace Spielberg nunca es tan malo y, por eso, al final de Ready Player One, debo confesar que terminé, cual Mia Farrow en el desenlace de La Rosa Púrpura del Cairo, con la boca abierta, embrujado por el impulso narrativo spielbergiano, deseando que la fantasía no acabara nunca... porque había que salir del cine y volver a la realidad, ese lugar terrible en el que, de todas formas, qué remedio, a veces se come bien. 

7 comentarios:

Eduardo Mejía dijo...

Esa parte de que demasiado escapismo es malo se les va por encima a muchos de los que han odiado al libro y la película. Al parecer se quedan con la superficie del texto. Y de la película.

Travsam dijo...

Yo cuando termine de jug... perdon ver la pelicula, le pregunte a mi prometida... ¿me vas a regalar ese juego cuando salga?...

McCloudKen dijo...

Pues que más decir, me encanto la película, a pesar de que cuando vi el trailer no me llamo para nada la atención, pero el rey Midas de Hollywood sabe contar muy bien la historia, sabe marcar bien el ritmo, y con tantas y muchas referencias no se hace cansada la película.

Ya en lo personal hubiera preferido a Mazinger Z que a Gundam en esa "escena".

Christian dijo...


Felicitaciones Ernesto, qué gran, sentida, bonita y sesuda reseña.

Confieso que cuando pusiste el tuit sobre esa referencia que tanto te había gustado y que era sobre un cineasta con el que no se le relacionaba a Spielberg, nunca me imaginé que fuera Woody Allen. Lo más que llegué a pensar fue en James Cameron.

En fin, pues si, ya la vi varias veces y en cada iteración me gusta más. Me gusta todo en ella: la relampagueante carrera inicial, la hipnotizante secuencia de la disco a ritmo, primero de New Order, y luego de Bee Gees, el sentido del humor siempre presente (latidos del corazón del chico a 170, latidos de ella a 57 jajaja), la terrorífica/hilarante secuencia de Stanley Kubrick y por supuesto, la emocionante batalla final, donde la cantidad de referencias es apabullante, incluida mi favorita que es cuando uno de los personajes cita a Capra.

Y bueno, ya por último quisiera comentar algo que ya platiqué en tuiter, sin embargo, si no han visto la película mejor no lean porque puede haber... SPOILERS!!!

Bueno, pues resulta que la última vez que fuimos a ver la película, nos tocó junta a una niña de unos 10 años que iba con su papá y, ya casi al final, cuando Parzival tiene que meter las llaves en la puerta pero no puede porque los malos van golpeando su camioneta (that is SOOOO Inception), de repente volteo de reojo y veo que la niña meneaba sus manitas como queriendo ayudar al personaje a meter la llave y lo hacía con tal emoción que conmovía. Nos mató de ternura. Qué padre es el cine. Qué padre es el cine de Spielberg.

Saludos

luis felipe jurado martínez dijo...

Buena crítica pero una cosa nada más: la frase "I’m not crazy about reality, but it’s still the only place to get a decent meal", no pertenece a Woody Allen sino a Groucho Marx, obviamente, Allen la tomó. Recuerda que el mismo Woody Allen a comentado en varias ocasiones que Groucho fue (y ha sido) una de sus mayores influencias. Un saludo.

Ernesto Diezmartínez dijo...

Hola, Luis Felipe: Yo también creía que el autor original era Groucho. Al parecer, es fake news. El autor original es Allen, alegan aquí: https://quoteinvestigator.com/2015/10/18/steak/

Ernesto Diezmartínez dijo...

Eduardo: La cinta tiene un discurso que niega su propio mensaje. Una película más compleja de lo que muchos quieren ver. Es más que un mero divertimento, en efecto.