viernes, 2 de febrero de 2018

The Post: Los oscuros secretos del Pentágono



Hacia la última parte de The Post: Los oscuros secretos del Pentágono (The Post, EU-GB, 2017), el más reciente largometraje del clásico viviente Steven Spielberg, un grupo de hombres serios y trajeados, rodean a Katharine Graham (Meryl Streep, nominada por chorrogésima vez al Oscar), quien se encuentra sentada en una silla. La forma en la que los tipos rodean a la madura mujer, las miradas que le dirigen, la posición central de ella misma, la luz con la que se baña a todos los personajes, el ángulo de la cámara de Janusz Kaminski, le otorgan al encuadre un aire casi portentoso. He aquí una imagen que podría haber salido de algún perfecto retrato de conjunto del siglo XVII. Una especie de Velázquez en movimiento. (Véase la foto aquí arribita).
A lo largo del largometraje número 30 de Spielberg afloran imágenes como esta, que lo mismo subrayan una posición moral del cineasta (las mujeres que ven bajar a Katharine por las escalinatas de la Suprema Corte de Justicia), muestran -por la simple elección del encuadre- el dilema ético/personal/profesional que enfrenta uno de los protagonistas (Katharine, al fondo del encuadre, voltea hacia donde se encuentra el exSecretario de Defensa Bob McNamara/Bruce Greenwood en primer plano) o definen la personalidad de otro (un contrapicado contundente nos presenta al editor Ben Bradlee/Tom Hank leyendo ávidamente unos papeles, colocando su pierna sobre una mesita, cual vaquero estudiando algún potro bravo en el corral).
La maestría visual y narrativa de Spielberg es tal que llega un momento en el que la historia que está contando pasa a un segundo término, por más importante y pertinente que esta sea. Estamos en Washington, en 1971. La presidenta de la Washington Post Company, Katharine Graham, ha decidido que toda la compañía -el mencionado diario, otros periódicos más y algunos canales de televisión- se vuelva pública, lo que significa cotizar en la bolsa de valores. Graham tiene algunos años dirigiendo el Post pero aún no se gana el respeto ni la confianza de los demás ejecutivos: después de todo, es una mujer de más de 50 años, nunca había tenido puesto de liderazgo alguno y si ahora dirige el periódico es por el suicidio de su marido, que había heredado esa posición del padre de Katharine. Al final de cuenta, que ella esté dirigiendo el Post es "como ver a un perro caminar con las patas traseras; no le hace nada bien, pero sorprende que lo haga". 
Sin embargo, haiga sido como haiga sido, Katharine es la que tiene la voz de mando en el diario y frente a ella se encuentra la primera de varias decisiones periodísticas que resultarán ser históricas en los meses y años por venir, en concreto, la publicación o no, de ciertos documentos clasificados, "los papeles del Pentágono", que habían sido copiados y sustraídos años atrás por algún asesor militar con súbita conciencia (Mathew Rhys, siempre bienvenido). Cuando los primeros documentos -que revelaban los crímenes y pecados cometidos por distintas administraciones gringas en Vietnam- fueron publicados por el New York Times, el presidente Nixon logró que un juez le ordenara al diario detener su difusión bajo el argumento de que ponía en peligro la seguridad nacional. Ahora los documentos los tiene Ben Bradlee, el "corsario" editor del Washington Post, y si decide publicarlos, tanto él como la propia señora Graham serían acusados de desacato y podrían terminar en la cárcel... A menos, claro está, que la Suprema Corte de Justicia falle a favor del Post en particular y de la libertad de prensa en general. 
Por supuesto, ya sabemos cómo terminó la historia -y de hecho, hasta como continuó, pues The Post... bien puede entenderse como una precuela tardía de Todos los hombres del presidente (Pakula, 1976)- pero esto no es lo importante. Sin ambigüedad alguna, Spielberg ha dirigido una vibrante oda a favor de la importancia del trabajo periodístico, de la trascendencia de la prensa libre y de la necesidad de que el periodismo sirva de contrapeso del poder. Y si el mensaje parece obvio y a ratos machacón ("La única manera de defender el derecho de publicar algo es publicándolo"), esto no es un defecto insalvable cuando está acompañado de la complejidad visual con la que envuelve Spielberg a su historia.
Además, en estos tiempos de fake news (véase las redes sociales) y coberturas pagadas desde el poder (véase las primeras planas de muchos de nuestros diarios, escúchense muchos noticieros radiofónicos), no estorba recordar lo que alguna vez fue el periodismo... y soñar con lo que puede seguir siendo el día de hoy.  

6 comentarios:

rojaasconbotas dijo...

Yo creo que Spielberg ya está en otra liga. Los mismos miembros de la Academia saben que un simple Oscarito no le hace justicia, por eso mejor darle chance a los chavos (y a las chavas, por favor!!!) de que se diviertan con sus juguetes dorados.

Ernesto Diezmartínez dijo...

Rojaasconbotas: Algo hay de eso. Aunque si quieren hacer una suerte de affirmative action con las nominaciones, hicieron mala elección con Gerwig. Ahí estaba Bigelow o Hittman. Pero, bueno, en fin.

Champy dijo...

Vaca Con-Sagrada.

2046

rojaasconbotas dijo...

Es que Bigelow, nominada, si hubiera merecido ganar.

Ernesto Diezmartínez dijo...

Rojaasconbotas: I concur.

Joel Meza dijo...

La escena de Streep descendiendo la escalinata hacia el nuevo Pueblo, las chamacas jipiosas manifestantes, después de echarle una mirada triunfal de reojo a los del Times, siendo abordados por entrevistadores mientras la ignoran a ella, me transportó a lo que describes, Ernesto: toda la película parece diseñada para mantener al personaje de Kay al centro de nuestra conciencia.