domingo, 11 de marzo de 2018

Guadalajara 2018: Largometraje iberoamericano de ficción/II



He aquí dos cintas latinoamericanas en la competencia oficial dirigidas por mujeres y que tienen en el centro argumental a personajes que viven de forma independiente y que quieren seguir viviendo así por decisión propia: Violeta al fin (Costa Rica-México, 2017) y La defensa del dragón (Colombia, 2017).
En el primer caso se trata del segundo largometraje de la cineasta costarricense Hilda Hidalgo (Del amor y otros demonios/2009, no vista por mí), escrito por ella misma. La Violeta del título (Eugenia Chaverri) es una mujer de 72 años de edad, recién divorciada después de un largo matrimonio. A pesar de que sus dos hijos -que ya tienen sus propias familias- le insisten que debería vender el enorme caserón en el que vive en el centro de San José para irse con alguno de ellos, ella reafirma su independencia: no quiere aceptar a su exmarido, no quiere vender su casa -que fue la casa de sus padres, de hecho-, no quiere ser un estorbo para nadie. La santa señora pasa el tiempo arreglando su paraíso personal -su amplio y bello jardín-, se reúne con sus amigas de siempre y está aprendiendo a nadar, porque por supuesto que se puede seguir viviendo aunque en el futuro cercano pueda uno estar necesitando un bastón.
Sin embargo, el presente no es tan idílico: cuando empieza a rentar los cuartos vacíos de su casa -su primer inquilino es su maestro de natación mexicano (Gustavo Sánchez Parra, nada menos)- descubre que su más preciada posesión, la que le da identidad y razón de ser, está en peligro de ir a parar a otras manos. En la segunda parte de la cinta vemos la forma en la que Violeta se enfrenta a esta situación, mientras la narración se permite algunas digresiones por las cuales accedemos al estado mental de la acorralada mujer.
Hidalgo ha dirigido una sencilla woman's film que evita caer en el chantaje sentimental, bien apoyada por la veterana actriz teatral tica Chaverri y una funcional puesta en imágenes a través de la fotografía de Nicolás Wong.
La cámara de Iván Herrera y Nicolás Ordoñez tiene más conciencia de su encuadre en La defensa del dragón, opera prima de Natalia Santa, presentada en competencia en La Quincena de los Realizadores en Cannes 2017. De hecho, no solo se nota la precisión en la elección y manejo de la cámara, sino en el propio diseño de producción, que nos ubica anímicamente en un viejo Bogotá analógico, por más que estemos en tiempo presente.
El asunto es que el protagonista, el cincuentón Samuel (el compositor y ocasional actor Gonzalo Sagarmínaga), un entrenador de ajedrez y tutor de matemáticas, así como sus amigos de la misma edad, el relojero Joaquín (Hernán Méndez) y el médico homeópata Marcos (Manuel Navarro), viven solos porque así lo han decidido (es el caso de Samuel, que se divorció hace tiempo), porque se han resignado a ese tipo de vida (el caso de Joaquín) o porque terminan abandonados por la novia (el caso de Marcos).
El mundo que habitan es el de viejos clubes de ajedrez (el auténtico Club Lasker, el más antiguo de Bogotá), de centros comerciales en decadencia (donde tiene su negocio Joaquín) o de consultorios que huelen a naftalina (la oficina de Marcos). Uno puede pensar que Samuel es el que tiene más oportunidad de romper esa rutina: después de todo, además de sus amigos, tiene a su hija de 10 años a la que aún visita en la casa de su exmujer y, más aún, tiene la oportunidad del sexo y del romance, aunque es claro que el tipo no quiere tomar ninguna iniciativa.
El título de la cinta se refiere a una variante de la defensa siciliana en el ajedrez en el que, usando solamente los peones -la pieza más pequeña y sin chiste del llamado deporte-ciencia-, se logran ganar partidas sin atacar. Samuel es un especialista en eso: en jugar con las piezas negras, en defenderse y protegerse, tanto en el tablero de ajedrez como en la vida misma, pues para él es más fácil sacarle la vuelta a la vida que vivirla. "Tengo cosas que hacer", dice para rechazar alguna invitación, aunque es claro que no tiene oficio ni beneficio.
Al final, parece abrirse una puerta frente a Samuel. No es claro, de todas formas, que esté dispuesto a abrirla. Acaso está demasiado acostumbrado a jugar con las negras. Acaso así ha decidido vivir. 

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