jueves, 15 de marzo de 2018

Guadalajara 2018: Cine mexicano en competencia/VI



Si está leyendo estas líneas, quiere decir que se ha hecho público el veredicto del jurado FIPRESCI del que he formado parte en Guadalajara 2018, así que ya puedo liberar mis impresiones de las 20 cintas mexicanas en competencia, nueve documentales, once ficciones: la llamada sección Mezcal. En lugar de escribir sobre cada uno de los filmes nacionales -ya habrá oportunidad de hacerlo cuando se exhiban comercialmente, si es que algunos de ellos pueden ser estrenados de esa manera-, van cinco impresiones muy puntuales y a bote pronto:

1. La programación. Como ha sido una constante no solo en Guadalajara sino en otros festivales nacionales (es decir, Morelia, FICUNAM, Los Cabos, el extinto y extrañado Riviera Maya), la sección más floja de Guadalajara 2018 fue, sin duda, la de cine nacional. El problema es que, parafraseando el famoso chiste woodyallenesco, la selección no solo fue mala sino, además, grandota: veinte cintas de, entre las cuales, solo hubo tres películas realmente valiosas y otras cuatro que, con todas sus insuficiencias o excesos, bien podrían merecer la revisión. Eso nos deja con números negativos: más de la mitad de la selección no merecía haber estado en competencia. Entiendo que las presiones para programar muchas cintas mexicanas deben ser muy fuertes en todos los festivales en nuestro país, pero he propuesto la misma solución desde tiempo atrás en todos los festivales nacionales: hacer una sección mexicana más pequeña y más rigurosa. ¿Y qué pasa con el resto de los filmes no seleccionados? Hombre, que tengan su espacio, que se exhiban en el festival, pero fuera de competencia. 

2. El documental. El lugar común durante buena parte de este siglo -y que yo mismo he repetido como mantra- es que el documental mexicano tiene mucho mejor promedio de bateo que la ficción nacional. Desde el año pasado, ya no es tan cierto. Es decir, el terreno se ha ido emparejando aunque, por desgracia, no hacia arriba. Es decir, no es que la ficción nacional haya mejorado mucho, sino que el documental ha entrado en un territorio de estancamiento creativo notable y notorio.
Habría que decir que no es un fenómeno exclusivamente mexicano: una colega que formó parte del jurado de documentales iberoamericanos me comentaba de su hartazgo del cine "ombliguista", es decir, la moda de muchos documentalistas de voltear la cámara hacia la propia familia y, por ende, hacia uno mismo. En Guadalajara hubo varios documentales nacionales que, en mayor o en menor medida, son ejemplos de cineastas mirándose el ombligo: The Best Thing You Can Do with Your Life (México-Alemania, 2018), de Zita Erffa; ¿Dónde estás? (Costa Rica-México, 2018), de Maricamen Merino Mora; Donde se quedan las cosas (México-República Dominicana, 2018), de Daniela Silva Solórzano; y Lejos del sentido (México, 2018), de Olivia Luengas Magaña.
Si exceptuamos este último, un muy meritorio documental en el que la cineasta sigue la lucha de su hermana Liliana -quien padece un trastorno límite de personalidad- por tener una vida funcional e independiente, la realidad es que las demás películas fallan porque desperdician el tema (en The Best Thing..., sobre el jovial hermano de la cineasta que se vuelve sacerdote de los Legionarios de Cristo), porque terminan abandonando lo importante (el retrato del padre político ausente y la madre política presente) para voltear la cámara hacia ella misma (en ¿Dónde estás?) o porque, acaso, no había tema qué tratar o, por lo menos, no se debió tratar de esa manera (en Donde se quedan las cosas, sobre un abuelo obsesionado con coleccionar infinidad de chácharas valiosas o no tanto).
Si a eso le agregamos que hubo otros documentales fallidos centrados en familias -Mi hermano (México-España, 2018), de Alana Simoes, que no es más que una serie de películas caseras sobre dos niños rusos adoptados en España; y Hermanos (México-GB, 2017), de Laura Plancarte, sobre dos hermanos mexicanos deportados de Estados Unidos (más una gringa racista en crisis que quién sabe para qué aparece en el filme)-, tengo que aceptar que la propuesta que soltó un colega en alguna cena ("Debería haber una moratoria para que el documental mexicano deje de hacer películas sobre las familias, especialmente si son las propias"), no suena tan malo. 
Los buenos documentales nacionales fueron, pues, el ya mencionado Lejos del sentido, Rita, el documental (México, 2018), de Arturo Díaz Santana; Ayotzinapa, el paso de la tortuga (México, 2018), de Enrique García Meza; y el mejor de todos, el notable Un filósofo en la arena (México-España, 2017), de Aarón Fernández y Jesús Muñoz. 
Si exceptuamos Lejos del sentido -que, en todo caso, trata de la hermana de la cineasta, no de la cineasta misma-, en los otros filmes los directores dirigieron la cámara hacia el exterior, mostrándonos la vergüenza nacional en el funcional, militante e informativo Ayotzinapa...; recordándonos la fascinante y contradictoria personalidad de la vocalista de Santa Sabina en el hagiográfico y repetitivo, pero aun así valioso Rita, el documental; y descubriéndonos -o a mí, en todo caso- la existencia del filósofo francés Francis Wolff, un quimérico defensor de las corridas de toros que en el mundo políticamente correcto en el que vivimos parece ser una provocación imperdonable, en Un filósofo en la arena. De hecho, el humor y la lucidez de Wolff fue uno de los dos descubrimientos en Guadalajara 2018.

3. La presencia de la mujer. Guadalajara 2018 contó con buena presencia femenina, como debe ser, con o sin MeToo. En las secciones oficiales iberoamericanas, cuatro de las diecisiete cintas de ficción fueron dirigidas por mujeres; y en el terreno documental, 5 de 19. En cuanto al cine mexicano, solo una ficción fue dirigida por una cineasta -Jimena Montemayor- pero, eso sí, en el documental dominaron las mujeres: 6 de los nueve filmes fueron dirigidos por ellas.
En cuanto a la calidad, no pude ver mucho del cine iberoamericano, pero de lo poco que vi, por lo menos dos de las mejores cintas fueron dirigidas por mujeres: Alanis (Argentina, 2017), de Anahí Berneri; y La defensa del dragón (Colombia, 2017), de Natalia Santa. En cuanto al cine nacional se refiere, una de las dos mejores películas de ficción mexicanas fue dirigida por una mujer, Restos de viento (México, 2017), de Jimena Montemayor Loyo que, de hecho, ganó el premio del jurado FIPRESCI, del que fui parte, al lado de Leonardo García Tsao y el italiano Furio Fossati.
Además, Guadalajara 2018 me hizo descubrir a Gabriela Ivette Sandoval, una recién egresada del CUEC que presentó su notable opera prima Ok, está bien (México, 2018) en Guadalajara Construye. El segundo gran descubrimiento en el festival.

4. La ficción mexicana. Dejemos a un lado, por un momento,  las dos únicas buenas cintas nacionales de ficción: la justa ganadora del FIPRESCI Restos de viento y la no menos lograda Tiempo compartido (México, 2017), de Sebastián Hoffman que, espero, gane alguno de los premios oficiales -escribo esto antes de saber qué decidieron los otros jurados. 
Más allá, insisto, de esas dos sólidas cintas nacionales, solo hubo otro par de largometrajes meritorios, aunque no exento de insuficiencias: Cría puercos (México, 2018), de Ehécatl García, sobre una anciana recién enviudada y con el hijo en Estados Unidos que vence la depresión y recupera el gusto de vivir al criar una enorme puerca; y La negrada (México, 2017), de Jorge Pérez Solano, ambientada en la costa negra de Oaxaca, donde vive buena parte de nuestra ignorada población afromexicana. 
En el primer caso se trata de una encantadora anécdota mínima que llega a buen puerto gracias, sobre todo, a su actriz principal (Concepción Márquez) y a la calidez de su propuesta dramática; en el segundo caso, su principal virtud -realizar una cinta entre la auténtica "negrada" de Pinotepa Nacional- es también su mayor defecto, pues el reparto no profesional de intérpretes afromexicanos -verdaderos habitantes de esa zona de Oaxaca- no siempre es capaz de cumplir de la mejor manera con su trabajo actoral. 
Eso sí, La negrada va de menos a más, mostrándonos sin moralina de ningún tipo la vida de un negro vaquetón que tiene dos familias (una mujer, una "querida" de planta, uno que otro "jale" por ahí o por allá, varios hijos) y ante la vista de todos. Viendo en pantalla grande esa forma de vida, esos paisajes costeños, esa negritud orgullosa de sí misma, me pregunté si no habría sido mejor haber realizado un documental, en lugar de esta ficción. De todos modos, haiga sido como haiga sido, una cinta valiosa.
En cuanto al resto de la ficción, hubo cinco títulos fallidos que, de cualquier manera, me pareció que tenían alguna buena película escondida en alguna parte: Cuernavaca (México, 2017), opera prima de Alejandro Andrade Pease, es una inusual cinta de crecimiento juvenil con tintes homoeróticos que se auto-sabotea con varias escenas de risa loca; Mente revólver (México, 2017), de Alejandro Ramírez Corona, presume una gran idea -Mario Aburto sale de la cárcel en el México de hoy- y nada más; Nadie sabrá nunca (México, 2018) es un atractivo pastiche cinéfilo que me habría gustado que fuera más lograda, pero es un ejercicio de estilo que vale a ratos por sus partes y no por el todo; Ocho de cada diez (México, 2018), de Sergio Umansky Brener, presume otra gran idea -un padre al que le matan el hijo por error busca hacer justicia- con una muy pobre ejecución; Juan y Vanesa (México, 2017), del actor convertido en cineasta Ianis Alexis Guerrero, es una torpe road-movie en la que un camionero alcohólico se lía con una adolescente en una gasolinera en una historia cuyos personajes parecen haberse tragado un GPS; y Traición (México, 2018), del veterano Ignacio Ortiz Cruz, se siente incompleta, acaso porque, según tengo entendido, se filmó apenas dos terceras partes del guion, lo que se nota en pantalla.
Finalmente, un indefendible filme fallido-fallido. Se trata de La incertidumbre (México, 2017), de Haroldo Fajardo, cuya sinopsis dice que su protagonista rockero está en "una espiral descendente de excesos y autodestrucción", aunque lo que yo vi es un rockero ojete que se coge todo lo que se mueve y chelea con singular alegría y nada más. A lo mejor como soy de otra generación soy medio atascado, pero eso de coger mucho y tomar cervezas no entra en mi categoría de "espiral descendente de excesos y autodestrucción". Ora sí que cada quién.

5. Lo mejor de Guadalajara 2018. A pesar de todos los pesares, hubo tres cintas mexicanas en Guadalajara 2018 que estarán, seguramente, en mi lista de lo mejor del cine mexicano a final del año. Me refiero al ya mencionado documental Un filósofo en la arena y a las ficciones Restos de viento y Tiempo compartido. Del documental ya escribí unas líneas arriba y de Restos de viento escribiré in extenso en el sitio de FIPRESCI, así que déjenme abundar sobre Tiempo compartido.
Estamos ante una sulfurosa comedia de humor negro ubicada en un hotel que ofrece los "tiempos compartidos del título. Pedro (Luis Gerardo Méndez) y su joven esposa Eva (Cassandra Cianguerotti) llegan con su hijito al que apodan "Ratón" a un lujoso hotel en algún lugar de la Riviera Maya, solo para toparse con la novedad que tienen que compartir su villa con un tal Abel (Andrés Almeida, perfectamente detestable), su esposa y su par de chamacos.
Se supone que ese tipo de vacaciones son paradisíacas, pero Pedro pasará unos días infernales viendo, impotente ¿y paranoicamente?, cómo Abel y los suyos invaden su espacio vital para tratar de arrebatarle a su familia. Mientras tanto, en las entrañas de ese mismo infierno, un empleado del hotel llamado Andrés (un extraordinario Miguel Rodarte, en la mejor actuación de su carrera) fragua su venganza en contra de esa demoníaca compañía hotelera.
La música de Giorgio Giampà es otro personaje de la cinta: inicia con acordes que parecen juguetones para terminar irritando, provocando un creciente malestar en el espectador, mientras la mirada clínica que nos ofrece Hoffman a través de la cámara de Matias Penachino nos muestra a este grupo de personajes como si fueran meros bichos en alguna colección entomológica.
La cinta anterior de Hoffman, Halley (2012), fue una atípica película de horror. Tiempo compartido inicia como una comedia de humor negro que termina en terrenos mucho más perturbadores que Halley. Una obra mayor.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy interesante Don Ernesto.
De cortometrajes, ¿no le llamo la atención nada?, por ejemplo: Los Últimos Veranos.
Saludos.

Anónimo dijo...

Don Ernesto, algunas de sus apreciaciones sobre los documentales me parecieron muy deficientes, no solo porque en algunos casos opino diferente a usted, ya que eso es legítimo y habitual en el medio, sino porque en algunos de los casos, es evidente que no vio la película completa. El documental sobre los hermanos rusos donde usted escribe "no es más que varias películas caseras" , por ejemplo. La película puede o no gustarle, pero no puede decir eso de una película que después de usar algunos minutos de material de archivo familiar, tiene un desarrollo fotografiado por una de las mejores fotógrafas latinoamericanas, ganadora del pasado FICG32 en esta disciplina. Además de que es un retrato del todo cinematográfico (sugerente y no evidente) de cómo se construye una familia, con una poesía visual extraordinaria.

Sobre las películas auto referenciales, disculpe pero depende de los casos. Hay ocasiones donde se justifica y otras que no. Lo mismo podría decir de películas sobre la violencia e injusticia que se acercan más al periodismo que al cine, pero una vez más, depende del abordaje. En general, de esta vez, me pareció muy simplista su análisis, como de quien ya está "de regreso".

Ernesto Diezmartínez dijo...

Anónimo del 15 de marzo: No vi cortometrajes, por desgracia.

Anónimo del 23 de marzo: Bueno, tomaré eso de que "no vio la película completa" como un exceso retórico. Fui jurado y vi todas las cintas de principio a fin. Eso sí, vimos la misma película pero con distintos ojos y, por fortuna, con distintas sensibilidades. Tú viste una "poesía visual extraordinaria"; yo vi una cinta hecha con buena factura, cierto, pero nada de poesía. La historia de esos chamacos y su madre adoptiva no me pareció lo suficientemente interesante. De hecho, no encontré a nadie que opinara distinto pero eso no demuestra nada: solo prueba que, seguramente, tenemos distintos círculos de amistades. En el mío, la cinta no pasó de ser una "home-movie" bien producida; en el tuyo, un filme de "poesía visual extraordinaria". Lo bueno -o lo malo- de quienes escribimos crítica es que nuestros juicios quedan ahí como prueba de nuestros acierto o errores de apreciación. Acaso en 10 años alguien lea estas líneas (lo dudo, es un mero ejemplo) y piense lo errado de mi apreciación; acaso suceda que nadie se acuerde de esta cinta.
En cuanto a lo otro, lo que hice fue recoger una opinión de otra persona, miembro del jurado documental. Y tienes razón: no todo el cine ombliguista es malo. De hecho, una de las mejores cintas mexicanas del año pasado, un corto llamado La casa de los Lúpulos, califica como cine "ombliguista" pero trasciende con mucho la mera fórmula y el narcisismo. Es decir, no dije lo que crees que dije. Ora sí que tu lectura es muy pobre, no como de quien está de regreso, sino de alguien que nunca se fue.

Anónimo dijo...

Muy bien. No nos hemos ido, por eso seguimos hablando de cine. De esta vez no coincidimos pero ya volveremos a coincidir. Saludos.