domingo, 26 de noviembre de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXX




Batallas íntimas (México, 2016), de Lucía Gajá. El segundo largometraje de Gajá    (multipremiada opera prima Mi vida dentro/2007) es un documental dolorosamente testimonial.
Las que aparecen en cámara son varias mujeres de distinto estrato social, distintas sociedades, distintos países (de México, Estados Unidos, España y de Finlandia) que tiene algo en común: han sido maltratadas (psicológica y físicamente) de manera brutal por sus respectivas parejas.
La violencia contra la mujer aparece como una perversa epidemia que lo mismo sucede a partir de un matrimonio arreglado en Nueva Delhi que en la ultracivilizada Helsinki, ya ni se diga en países tan machistas como México o España. El patrón se repite en cada uno de los testimonios: el huevo de la serpiente se incuba desde el primer día de matrimonio sino es que durante el noviazgo. Hombres que empiezan anulando a la mujer para continuar con amenazas, gritos, golpes y terminar con terroríficos intentos de homicidio.
Las mujeres hablan con entera libertad y lucidez de los horrores que (sobre)vivieron pero también de la esperanza que les depara la vida. Cada una de ella sigue en pie no sin hondas cicatrices psicológicas y/o físicas (una de ellas fue quemada por su marido inspector de fuego), pero todas ellas han decidido seguir hacia adelante. Una de ellas se ha librado del marido para estudiar, otra ha continuado su carrera como arpista, otra más ha vencido su miedo a los hombres para encontrar una nueva pareja...
En algún momento clave del filme, hacia el desenlace, las mujeres, cada una en su ciudad, caminan por la calle mientras la cámara las sigue. Han recuperado su capacidad de vivir y ahí están, caminando, viviendo. (**)

Los crímenes de Mar del Norte (México, 2017), de José Buil. Aunque el más reciente largometraje del veterano Buil está impecablemente producido y bien fotografiado en un blanco y negro muy ad hoc por Claudio Rocha, a la historia de los asesinatos cometidos en la Ciudad de México en 1942 por el célebre asesino serial Goyo Cárdenas le faltó algo fundamental: una pizca de perversidad.
Me explico: para hacer una buena película con asesino serial en ristre -y, además, estrangulador-, hay que ser capaz de imprimirle al filme un tono torcido -digamos, el de Hitchcock en Frenesí (1972)- o, por lo menos, tener una dura y severa mirada clínica -digamos, la de Fleischer en El estrangulador de Boston (1968). 
Buil, por desgracia, no tiene ni lo uno ni lo otro: los tres primeros crímenes cometidos por el Goyo Cárdenas de Gabino Rodríguez son casi antisépticos. Hacia el final, cuando Goyo ultima a su noviecita santa Graciela (Sofía Espinosa, siempre bienvenida), tanto el asesino serial como el cineasta se sueltan el chongo, pero ya es demasiado tarde. 
Igual, la cinta, como suele suceder con casi todo el cine de Buil, no carece de interés, aunque sea porque es la primera película que trata directamente del caso Goyo Cárdenas -aunque, claro, El profeta Mimí (Estrada, 1973) ya era una aproximación al tema. (* 3/4)

La gran fuga (Overdrive, EU-Francia-Bélgica, 2017), de Antonio Negret. Escrita por los guionistas de la segunda parte de la saga de los pelones y homoeróticos, esta derivativa cinta de carritos corriendo es, por lo menos, inocuamente entretenida. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (*)

Cartas de van Gogh (Loving Vincent, GB-Polonia, 2017), de Dorota Kobiela y Hugh Welchman. La cinta ganadora del premio del público en el festival especializado de Annecy 2017 es el primer largometraje animado de la historia realizado completamente al óleo. En efecto, lea los números: 125 artistas trabajaron para realizar 853 pinturas al óleo con las cuales reprodujeron 94 de las obras más conocidas del genio holandés Vincent van Gogh (1853-1890). Así pues, las obras de van Gogh cobran vida ante nuestros ojos, lo que significó ir modificando, fotograma por fotograma, cada una de las pinturas realizadas. Al final de cuentas, los 125 artistas pintaron poco más de 60 mil óleos.
El resultado, visualmente hablando, es genuinamente espectacular. Entramos al mundo del maestro postimpresionista, de sus formas y de sus colores, y es imposible resistir el encanto. En este sentido, la historia, escrita por los codirectores Kobiela y Welchman en colaboración con Jacek Dehnel, es un mero excipiente para el logro técnico que significó realizar el filme inicialmente con actores para luego, insertarlos a ellos en las pinturas, en una suerte de inédita fusión del rotoscopio con la animación al óleo.
Estamos en Arles, en 1891, un año después de la muerte de van Gogh. El viejo cartero de Arles, Joseph Roulin (Chris O'Dowd) -inmortalizado en uno de los cuadros más conocidos del artista-, le encarga a su hijo Armand (Douglas Booth) que busque a Theo, hermano de Vincent, para entregarle una carta que dejó escrita el desafortunado artista fallecido. El muchacho entonces viaja a París, en donde se entera que Theo ha también muerto, por lo que decide visitar Auvers, el suburbio parisino en el que vivió y murió van Gogh, para ver si alguien sabe dónde se encuentra la viuda de Theo, con el fin de enviarle esa última carta. Ya en el pueblo, Armand hablará con el médico del artista (Jerome Flynn, demasiado reconocible por Game of Thrones y, por lo tanto, un enorme distractor), con su hija (Saoirse Ronan), con una vecina poco amigable (Helen McCrory), con un lanchero (Aidan Turner) y otras personas más, que no solo le dan testimonios encontrados de los últimos días del artista sino que, incluso, le siembran la duda: ¿van Gogh se suicidó o fue asesinado?
A decir verdad, la teoría del asesinato no es nueva y Cartas de van Gogh no fue realizada para resolver el enigma y, realmente, ni siquiera para plantearlo. El supuesto misterio y la estructura narrativa -idéntica, ya lo habrá adivinado usted, a la del clásico de clásicos Ciudadano Kane (Welles, 1941)- es el pretexto, como lo anoté antes, para el irrebatible alarde técnico que significó llevar a la pantalla grande la obra de van Gogh, a la que vemos, arrobados, en constante movimiento. Ahora sí que, ¿a quién le interesa la historia? (** 1/2)

2 comentarios:

Christian dijo...


No se pasen de lanza, acabo de ver la de Van Gogh y tengo que comentar qué hay un fotograma hacia la mitad de la película que parece sacado de una película de Carl Theodor Dreyer. En blanco y negro con un gran fondo en negro y solo las caras de Vincent y Theo.

Estremecedor e impactante, tal como como lo que ocurre cuando se ve un pintura de Van Gogh por primera vez. Gran logro.

Ernesto Diezmartínez dijo...

Christian: Visualmente, la película es impresionante. Y, bueno, la chamba atrás, alucinante.