lunes, 13 de noviembre de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLVIII



Somos lengua (México, 2016), de Kyzza Terrazas. Presentada en competencia en Morelia 2016 y luego nominada al Ariel 2017 en la categoría de Mejor Largometraje Documental, Somos lengua (México, 2016), segundo largometraje –primero documental- del productor y ocasional cineasta Kyzza Terrazas (meritoria opera prima El lenguaje de los machetes/2011), se ha estrenado, insólita pero justicieramente, en buena parte del país.
Estamos ante un vigoroso acercamiento al hip-hop mexicano a través de algunos de sus intérpretes en varias ciudades del centro, norte y occidente del país, desde la Ciudad de México hasta Monterrey y Guadalajara, pasando por Ecatepec, Aguascalientes, Torreón o Gómez Palacios. El montaje final, el del rapeo colectivo, fue una de las secuencias mejor montadas que vi el año pasado. De lo más logrado del cine nacional producido en el 2016, por lo menos desde esta trinchera. (** 1/2)

Los pasos de papá (Brad's Status, EU, 2017), de Mike White. El segundo largometraje del guionista y ocasional cineasta White es una sátira diríase chejoviana sobre un tipo de mediana edad (Ben Stiller) que acompaña a su hijo de 17 años a un tour universitario en Boston. El tipo en cuestión se ve a sí mismo como un auténtico fracaso, aunque no hay nada que señale que realmente lo es. Stiller nació para interpretar este tipo de papeles. Mi crítica en la sección Primera Fila de Reforma del viernes pasado. (***)

Oso polar (México, 2017), de Marcelo Tobar. El tercer largometraje de Tobar ganó hace un par de semanas y con toda justicia el premio principal en Morelia 2017 y ya tiene su modesto pero merecido estreno comercial. ¿Se tratará de un récord en la historia del cine mexicano? ¿Del festival a la pantalla en unos días? Escribí de ella cuando se presentó en Morelia por acá. (* 3/4)

Manifesto (Ídem, Alemania, 2015), de Julian Rosefeldt. Esta curiosidad, dirigida por el artista plástico alemán Rosefeldt, inició como una instalación multi-pantalla que se presentó primero en el Centro Australiano de la Imagen en Movimiento para después ser exhibido en Nueva York. Hasta donde he leído, la citada instalación multi-pantalla consistía en la presencia de Cate Blanchett declamando -mejor dicho, interpretando y encarnando distintos personajes- una serie de manifiestos artísticos, todos ellos claves en la historia moderna, desde el Manifiesto del Partido Comunista hasta el famoso voto de castidad del grupo danés Dogma, liderado por Lars von Trier, pasando por el dadaísmo, el futurismo, el surrealismo o el arte conceptual.
Manifesto es, hasta donde entiendo, la edición de esa instalación artística. La película funciona intermitentemente gracias a la camaleónica presencia de Cate Blanchett, quien aparece dando variaciones de su rostro, su cuerpo y su voz  a 13 personajes (o 14, si contamos a una muñeca idéntica a ella) que interpretan medio centenar de manifiestos artísticos. Otra razón son los valores de producción: el diseño de producción de Erwin Prib en la creación de cada uno de los sets, la elegante cámara de Christoph Krauss, además del equipo encargado del maquillaje, el peinado y el vestuario de Blanchett, que ayuda a que la actriz australiana pueda transformarse en un ama de casa conservadora, en una coreógrafa rusa, en un rabioso homeless, en una profesora de kínder o en una conductora de noticiero -y su corresponsal.
Debo confesar que en varios de los 18 segmentos en los que está dividido el filme, dejé de poner atención a lo que decía Blanchett para concentrarme en su rostro, en su cuerpo, en su acento, en su manera de hablar. Es decir, los manifiestos en sí dejaron de importar ante la fuerza de Blanchett; los mejores episodios son aquellos en los que los manifiestos interpretados chocan con el personaje que los dice: la elegante viuda leyendo en el funeral los preceptos dadaístas o la maestra de kínder que muy amablemente les recita a un atento y bien portado grupo de infantes el voto de castidad del grupo Dogma.
En momentos como este, Manifesto trasciende su origen de instalación museográfica -o de examen rápido de clase de Arte, Cultura y Sociedad, módulo de manifiestos vanguardistas- gracias a la conjunción de discurso, escenario y actriz. Especialmente de actriz. (* 3/4)

Era el Hotel Cambridge (Era o Hotel Cambridge, Brasil-Francia-España, 2016), de Eliane Caffé. Un dinámico docudrama (los personajes se interpretan a sí mismo, lo que vemos sí sucedió, pero todo está reconstruido cinematográfico y dramáticamente) ubicado en el Hotel Cambridge del título, un ruinoso edificio público ubicado en el centro de Sao Paulo que ha sido invadido por inmigrantes provenientes de distintos sitios (del Congo, de Siria, de Palestina) y por gente sin hogar.
Doña Carmen, la lideresa del Frente de Lucha por la Vivienda, trata de organizar la vida en este edificio, mientras lucha porque las fuerzas del orden no los desalojen. En el interior, somos testigos de la vida de los refugiados y los sin hogar, sus sueños, sus deseos, sus fracasos y sus problemas de toda índole, incluyendo los amorosos (hay una relación casi fassbinderiana entre una madura excirquera y uno de los refugiados).
Estamos ante el producto de una docuficción que no solo le presta la voz a quienes menos la tienen sino que se atreve a cuestionarse a sí mismo, porque se supone que lo que estamos viendo es, en parte, producto de los propios habitantes del Hotel Cambridge y de los activistas que los apoyan, por más que a veces se antoje (a nosotros, a ellos mismos) que no hay mucho qué hacer, a no ser este documental militante ("Esta es una masturbación social. Estoy harto. ¿Dónde está el foco narrativo?", se queja alguien en algún momento). La película arrasó en Río 2016 (premio FIPRESCI a la Mejor Película Brasileña, Premio del Público y Mejor Edición). (**)

1 comentario:

Christian dijo...


También vi la de Ben Stiller’s Midlife Crisis Show, o Brad’s Status o Los Pasos de Papá pues.

Tengo que decir que *casi* me deprime. Es decir, la película está bien, tiene algunos momentos graciosos, aprovechando a ese Stiller del que hablas pero en general el tono es muy introspectivo y si llega a deprimir un poco.

Mi escena favorita es cuando le hace mansplaining a la amiga del hijo jajaja

En fin, me pareció superior la de los Royal Meyerowitz donde también sale Stiller.

PD: en la comodidad de casita y ya con tele nueva luego de que el sismo acabara con mi benemérita tele viejita, vi Body Double de Brian De Palma y: WOWOWOWOOOOOOW

Qué mendigo peliculón! Es como Vértigo en tachas. Me voló la tapa de los sesos.