lunes, 23 de julio de 2018

Aequitas: Documentando la (in)justicia




Ensayo publicado originalmente en Aequitas, Revista del Poder Judicial del Estado de Sinaloa, número 8, enero-abril del 2015.


Hay un momento clave en The Thin Blue Line (EU, 1988), segundo largometraje documental del especialista Errol Morris, en el que el abogado defensor Dennis White confiesa frente a la cámara, en tono derrotado, que tiene tiempo de que no se dedica al ámbito penal. Que, por lo pronto, ha tenido suficiente. Que eso de lidiar con jurados manipulables agota o, de plano, deprime. Y luego suelta una frase que se quedará ahí, flotando, no solo en el resto del filme, sino mucho tiempo después de haber terminado de ver la película: “Un buen fiscal puede lograr la condena de un culpable, pero solo un gran fiscal puede condenar a un inocente”.
Lo que propone White, oblicuamente, es descorazonador: si eres un acusado en el sistema judicial estadounidense y hay un jurado frente a ti, importa menos la verdad que tener de tu parte un buen abogado. Tan bueno, que puede lograr que salgas libre a pesar de que hayas confesado haber asesinado y desmembrado a un cristiano, como el celebérrimo caso del multimillonario Robert Durst; tan bueno que puede lograr que te condenen a muerte a pesar de que todas las evidencias en tu contra sean circunstanciales y no haya una sola prueba forense que demuestre tu culpabilidad.
El cine americano ha documentado casos emblemáticos que demuestran que la verdad es accesoria si hay por ahí gran abogado. Y que los jurados, tan idealizados por el buen cine liberal hollywoodense a través de la obra maestra 12 hombres en pugna (Lumet, 1957), pueden ser encandilados  por la retórica de un habilidoso abogado defensor o pueden ser atrapados en las redes de un implacable fiscal que sabe cómo explotar los miedos y prejuicios de sus conciudadanos.


La delgada línea entre el orden y el caos

                La “línea azul” a la que hace alusión el título del clásico documental de Errol Morris es una muy delgada y separa al orden del caos. Por eso, para mantener aplacado al feroz animal hobbesiano que descansa en el interior de cada uno de nosotros, hay que aplicar la ley, con rigor y sin distingos. Pero, ¿y si la ley tiene poco que ver con la justicia? ¿Qué tal si tiene que ver más con una representación, con una puesta en escena?
La noche del 29 de noviembre de 1976, en Dallas, Texas, un oficial de policía llamado Robert Wood fue asesinado de cinco balazos. Él y su compañera policía le habían pedido al conductor de un automóvil que se detuviera, pues llevaba las luces apagadas. Al acercarse Wood a la ventanilla del conductor, del interior del auto apareció un arma de calibre 22 y se escucharon cinco tiros. La mujer policía, al parecer, permanecía en el interior de la patrulla, sin seguir el protocolo recomendado: cuando un agente detiene un auto y se dirige a hablar con el conductor, el otro policía debe estar de pie, fuera de la patrulla, a la expectativa de lo que pueda pasar. Cuando la mujer reacciona, ya es demasiado tarde: el automóvil con el asesino de Robert Wood se alejaba a toda velocidad. En estado de shock, la mujer policía no alcanzó a ver completa la placa del automóvil –solo las letras HC-, pero podía asegurar que el auto era un Chevy Vega de color azul.
Morris echa mano de las declaraciones escritas y de los peritajes oficiales para recrear, una y otra vez, el escenario en el que fue asesinado Wood. Estas dramatizaciones, que fueron muy criticadas en su momento y que provocaron que The Thin Blue Line fuera descalificada para competir por el Oscar 1989 a Mejor Largometraje Documental, resultan ser claves para el tono general de la obra maestra de Morris. El cineasta y su equipo de producción repiten  los acontecimientos en los que perdió la vida Wood, solo que en cada ocasión el ángulo ha cambiado, el encuadre es diferente y los elementos de la dramatización no son los mismos. La machachona música de Philip Glass es, también, repetitiva, hipnótica. Morris nos ha encerrado, visual y auditivamente, en ese instante, en esos cinco disparos, cuando perdió la vida el agente Wood.
Pero he aquí que, poco a poco, ese mismo hecho no es como lo hemos visto. Ni como los testimonios lo indican. Ni como lo recuerda la mujer policía. Resulta que el auto no es un Chevy Vega sino un Ford Mercury Comet y, además, al parecer, en el auto iban dos tipos y no uno solo. O a lo mejor sí era uno solamente. Más aún: un adolescente de 16 años llamado David Harris había estado presumiendo con sus amigos, por esos días, que había asesinado a un policía después de robar el Mercury azul de su vecino.
Morris, que había trabajado como detective privado antes de realizar The Thin Blue Line, empieza a ordenar las piezas de un rompecabezas que vemos armarse y desarmarse frente a nuestros ojos. Además de las ya mencionadas –y tan criticadas- dramatizaciones, el cineasta nos presenta entrevistas con un desparpajado David Harris y un muy tranquilo Randall Adams, quien terminó siendo acusado –y condenado a muerte- por el asesinato de Wood.
Adams, un hombre de 28 años que acababa de llegar a Dallas, se encontró en la calle con Harris, quien acababa de robar el auto de su vecino. Era el fin de semana largo del Día de Acción de Gracias y Adams caminaba por la calle con un bidón vacío en busca de una gasolinera, pues su auto se había quedado sin combustible. Harris se acerca, le ofrece darle un aventón y, al subirse el automóvil, Adams, sin saberlo, cambió su vida entera.
Según Harris, después de tomar unas cervezas y ver unas películas en un autocinema, los dos recientes amigos salieron a pasear en el auto. Una patrulla los detuvo y, sin decir agua va, Adams le disparó a un policía. La otra versión, la de Adams, es que Harris lo dejó en su motel temprano, vio un programa de televisión y se durmió a media noche… la hora en la que Wood fue asesinado.
¿Por qué la policía decidió creerle a Harris, un joven malandrín con un largo historial que seguiría acumulando delitos después de esa noche de noviembre, en lugar de confiar en la palabra de Adams, un tipo que nunca había tenido un solo problema con la ley? Muy simple: en un estado como Texas, el asesinato de un policía no podía quedar sin el castigo capital y Harris, por su edad, no podía ser condenado a la pena de muerte. La policía de Dallas y el invencible fiscal Douglas Mulder encontraron en Adams al perfecto chivo expiatorio. El hombre tenía 28 años, había aceptado estar con Harris en el Mercury azul esa noche y si no había manera de probar que él había disparado, eso era lo de menos: una recompensa de 21 mil dólares hizo que aparecieran de la nada tres testigos claves que juraban que habían visto a Adams ir en el asiento del conductor cuando el oficial Wood se acercaba caminando al auto.
En la medida que avanza la película, Morris no deja lugar a dudas: echada a andar la maquinaria de la (in)justicia, no hay manera de detenerla. Además de los tres sospechosísimos testigos presenciales, no falta el psiquiatra especialista, un tal Dr. Grigson (apodado el “doctor Muerte” por su proclividad a declarar a favor de la fiscalía cuando esta pedía la pena capital), quien afirma que Adams es un psicópata peligroso que no muestra un solo signo de remordimiento por lo que ha hecho. Los miembros del jurado, manipulados por el fiscal Mulder no se hacen la pregunta obvia: ¿y no será que Adams no demuestra remordimiento alguno porque resulta que el pobre tipo es inocente?
La justicia es caprichosa: a la pena de muerte le sigue una apelación en la que los abogados de Adams fueron derrotados unánimemente (9-0) y, después, un triunfo en la Suprema Corte, cuando la pena capital fue conmutada por cadena perpetua por 8 votos a 1. Morris sigue los laberínticos vericuetos de este caso, sin adelantar nunca el resultado: de hecho, a pesar de que Adams y Harris hablan frente a la cámara a lo largo del filme, no es hasta el minuto 86 de la película cuando nos damos cuenta en qué condiciones ha estado hablando Harris. Y no es hasta los instantes finales cuando alcanzamos a saber, con toda claridad, lo que hemos estado viendo.
Morris hizo historia con The Thin Blue Line en varios niveles: no solo porque provocó un resultado jurídicamente válido –antes las evidencias mostradas en el filme, los abogados de Adams lograron su libertad meses después del estreno de la cinta-, sino porque, en el aspecto formal, alternó de manera descarada las convenciones del documental clásico –testimonios, evidencias, fotografías, cabezas parlantes- con una serie de estilizadas dramatizaciones que, en primera instancia, parecían dotar de poca seriedad a su discurso.
Sin embargo, insidiosamente, esas mismas dramatizaciones nos llevaban a comprender el punto central en el argumento del cineasta: frente a un juez y frente a un jurado, en el sistema de justicia estadounidense, el trabajo del fiscal y el del abogado defensor, ¿no son, al final de cuentas, una especie de dramatizaciones? ¿No termina todo siendo un teatro en el cual el mejor actor es el que logra obtener la libertad o la condena del acusado?


                                                                 Paraísos arrebatado



The Thin Blue Line no es el único filme documental que ha provocado resultados jurídicos extra-cinematográficos. La extraordinaria trilogía de cintas documentales Paradise Lost: The Child Murders at Robin Hood Hill (EU, 1996), Paradise Lost: Revelations (EU, 2000) y Paradise Lost: Purgatory (EU, 2011), dirigida por Joe Berlinger y Bruce Sinofsky, hizo la acuciosa crónica, a lo largo de tres lustros, del horrendo caso del asesinato de tres niños sucedido en West Memphis, Arkansas, desde la aprehensión de los tres sospechosos, acusados de haber matado a los tres chamacos de 8 años en depravadas ceremonias satánicas, hasta el momento en el que fueron liberados, 18 años después, gracias en gran medida a esta serie de documentales y a través de una extraña fórmula legaloide conocida como Doctrina Alford. Así, los tres acusados, que fueron encarcelados a los 16, 17 y 18 años de edad, tuvieron que declararse primero culpables -por más que también se consideraran inocentes-, para que un juez los liberara.
Esto les permitió recuperar su libertad, pero el hecho de que el estado de Arkansas los considere culpables –por más que es evidente que no lo son-, ha dejado en estado de indefensión a los deudos de las víctimas, a los padres y madres de los niños asesinados que aceptan que los recién liberados son, en efecto, inocentes pero, entonces, ¿dónde está el culpable?



En West of Memphis (EU, 2012), documental dirigido por Amy Berg y producido por Peter Jackson, que funciona como pieza de acompañamiento y eficiente resumen de la trilogía Paradise Lost, hay un claro sospechoso de los tres crímenes que, muy probablemente, quede impune. Pues si los “Tres de Memphis” -Jessie Misskelley, Jason Baldwin y Damien Wayne Echols- son ante la ley culpables, el caso de los niños está oficialmente resuelto y cerrado.
“Esto no es justicia”, dice uno de los padres de familia al saber el veredicto, y no por el hecho de que los tres muchachos hayan recobrado finalmente su libertad –él defiende la inocencia de ellos-, sino porque  sabe que el verdadero culpable está libre.
El propio juez que liberó a los “Tres de Memphis” lo dice, emotivamente, al justificar su decisión: el caso fue “una tragedia para todos” y esa liberación, lograda por un artilugio legal y sin declaración de inocencia, no les quitará “el dolor ni los 18 años de cárcel”. Aunque, claro, gracias a la Doctrina Alford el estado de Arkansas se ahorra pagar una demanda civil multimillonaria y la vergüenza de tener que reabrir un caso que fue manejado, desde el inicio, como una cacería de brujas.



Un caso muy similar es mostrado en The Central Park Five (EU, 2012), dirigido por el gran documentalista estadounidense especializado en temas netamente estadounidenses Ken Burns (The Civil War/1990, Baseball/1994, Jazz/2001, Prohibition/2011, The Roosevelts: An Intimate History/2014).
El 19 de abril de 1989, en Central Park, Nueva York, fue encontrada brutalmente violada y golpeada una mujer. Se trata de la década de los 80, los años más violentos en la Gran Manzana en el siglo XX, cuando el crack empezó a venderse en las calles y los tiroteos, asaltos y asesinatos estaban a la orden del día.
¿Qué extraordinario tenía, entonces, la violación de una mujer en una ciudad que todos los días parecía un escenario cinematográfico post-apocalíptico? Primero: que la víctima era una mujer blanca, empleada de Wall Street. Segundo: que el escenario fue Central Park, un lugar sagrado para todos los neoyorkinos, como dice el exalcalde Ed Koch. Y tercero: que los sospechosos resultan ser un grupo de chamacos negros e hispanos que, más o menos a la misma hora que la mujer había sido violada y golpeada, habían estado haciendo desmanes en el mismo Central Park.
Los cinco adolescentes detenidos –alguno de ellos prácticamente un niño, pues tenía 14 años de edad- son interrogados hasta por 30 horas de forma ininterrumpida y son engañados por los policías para que confiesen lo que los agentes desean. La tormenta perfecta la completan unos padres de familia incapaces de pelear por sus hijos debido a que están acostumbrados a los abusos de la autoridad, a unos medios de comunicación horrorizados por el comportamiento “bestial” de esos muchachos, y una fiscalía que necesitaba urgentemente un triunfo legal –un escarmiento, mejor dicho- para convencer a los ciudadanos que estaba haciendo su trabajo.
Burns y sus codirectores, Sarah Burns y David McMahon, nos van mostrando, a través de testimonios y entrevistas, así como de reportajes periodísticos y programas televisivos de la época, el estado de histeria colectiva que provocó un veredicto con el cual cinco muchachitos pasaron cinco, seis, siete años en la cárcel por un crimen que no habían cometido.
Curiosamente, con todo y el furor provocado por la fiscalía y los medios de comunicación, el jurado tardo diez días en declarar la culpabilidad de los muchachos. Si todo estaba tan claro, ¿a qué se debió la tardanza?
En un testimonio clave, uno de los jurados, el número 5, confiesa frente a la cámara de Burns que él nunca estuvo convencido de la culpabilidad de los muchachos. El problema fue que este buen hombre no pudo convencer al resto de sus colegas que las pruebas presentadas no eran suficientes, que no había coincidencias en el DNA de los detenidos con los restos de semen encontrados en la víctima, que había discrepancias en los tiempos y que las confesiones, después de todo, no pueden ser la única prueba para declarar culpable a alguien.
El Jurado 5 dice, sin embargo, que al final tuvo que ceder ante la presión del resto de sus compañeros. En el cine, un jurado así, tan decente y articulado, es como el Henry Fonda de 12 Hombres en Pugna: listo para defender sus ideas, incapaz de dar su brazo a torcer cuando ve una injusticia. En la vida real, por desgracia, no abundan los Henry Fonda. Y cuando la maquinaria de la (in)justicia inicia su marcha, no hay nada ni nadie que lo detenga. Aunque eso sí, siempre habrá alguien que lo documente, como Morris, como Berg, como Burns, acaso con la esperanza de que estas injusticias nunca se vuelvan a repetir.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Tremenda lectura

McCloudKen dijo...

Cuando David Harris habla en el documental "The Thin Blue Line", se nota el desinterés por la vida misma, como si pensara cada palabra para que encaje en sus mentiras, al menos esa impresión me dio. No se como Randall Adams mantenía esa calma, esa apacibilidad por todo lo que le estaba pasando. Y sí, las escenas de dramatización son cambiantes según lo que narran unos y otros, y al final muestra la verdad. Gran documental.
No se si también entre en esta categoría de documentando la (in)justicia: el documental "The Witness", el caso de Kitty Genovese. Muchos años se dio por buena esa teoría de que los vecinos no hicieron nada a pesar de oír los gritos, hasta le pusieron el nombre de "el efecto espectador". El documental echa por tierra todo eso, también muy bueno.

Ernesto Diezmartínez dijo...

McCloduKen: Ese documental que mencionas no lo he visto, pero sí he leído buenas cosas de él.